jueves, 23 de abril de 2026

La belleza de la vulnerabilidad

“La pluma es la lengua del alma.” (Miguel de Cervantes)

“Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.” (William Shakespeare)



Hoy, 23 de abril, celebramos el Día del Libro. Una fecha envuelta casi en un halo poético, porque se asocia a la muerte de tres grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Aunque la realidad histórica no fuera exactamente así, se ha decidido creer en esa coincidencia. Quizá eso también tenga algo de belleza... 

En Cataluña, hoy además, se celebra Sant Jordi, donde se regala un libro y una rosa, haciendo que la cultura y el amor se den la mano. Y no se me ocurre mejor forma que honrar este día que hablando de Shakespeare, aunque no de sus páginas precisamente, sino de una historia de su vida llevada al cine que recoge su dolor. 

El otro día pude ver la última película de la directora Chloé Zhao, “Hamnet”, basada en un episodio de la vida del famoso escritor y su familia. Es una cinta de una belleza devastadora que encoge el corazón y lo estruja con las interpretaciones de sus dos protagonistas. Es una representación del propio arte como proceso catártico del duelo y de cómo el dolor puede unirnos.

 Y fue precisamente uno de los protagonistas de la película, el actor Paul Mescal, quien influyó en el precioso y emotivo discurso que dio su directora al recibir el Golden Globe 2026 a mejor película de drama el pasado febrero. Al recibir el premio, Chloé Zhao mencionó las palabras que Paul Mescal le había expresado esa misma mañana: “Lo más importante de ser artista es aprender a ser lo suficientemente vulnerables para permitirnos ser vistos por quiénes somos, no por quien deberíamos ser.” 

En su discurso destacó la vulnerabilidad como esencia del arte, promoviendo la empatía y la conexión humana. Enfatizó la importancia de mostrar las partes imperfectas o temerosas de uno mismo, para que el público pueda hacer lo mismo.  Convertir así el arte como la necesidad de mantener los corazones abiertos, para dejarnos ser vistos, para provocar ese lazo que solo se consigue desde el desnudo de los sentimientos. Para poder vernos los unos a los otros. 

Yo uso el arte, particularmente la escritura, también como proceso catártico. Y me inclino hacia la desnudez total de la vulnerabilidad no solo como forma de conexión sino por razones propias de existencia. Reivindico siempre la vulnerabilidad y su expresión. Dejando a un lado las máscaras, los muros o los caparazones que nos queramos construir para intentar ocultar lo que sentimos en frente de los demás, cuando, en realidad, no existe nada más humano que compartir nuestras verdaderas emociones. No hay nada que cree un vínculo más sincero que compartirlo. 

Además, soy fiel defensora de que las experiencias personales están para compartirse. No son solo para guardarlas para uno mismo, sino también para ponerlas al servicio de otros. Porque cuando las compartimos, pueden resonar en quienes se sienten identificados y, de alguna manera, todos aprendemos de todos. Por eso, últimamente las incluyo más aquí, en mi blog, porque siento que acercan y generan una conexión más real.

Siempre he sido muy abierta en ese sentido. No me importa mostrarme natural, transparente y sin máscaras, y por eso mismo valoro profundamente a las personas que también saben mostrarse con autenticidad. En cambio, quienes nunca cuentan nada, se muestran herméticos o se esconden constantemente, me generan cierta desconfianza. Prefiero la naturalidad de quien comparte, de quien se muestra y de quien no tiene miedo a ser visto. Así, siempre hay un aprendizaje mutuo. Un compartir que aporta valor.

Merece la pena recordar que el arte, en última instancia  sana, tanto a quien lo hace, como a quien lo recibe. 

Os dejo con un poema mío a continuación.


Un abrazote. 


Beatriz Casaus 2026 ©



Un sueño que parece muy real 


He soñado 

que soy un ser humano 

con un nombre prestado,

anclado a un linaje 

de cuerdas invisibles,

retorcidas 

alrededor de una etiqueta 

que no elegí.


Para aprender 

a decir “yo” 

entre tantos 

otros muros

que ya hablaban 

por mí.


Antes de saber 

quién pronunciaba 

las palabras,

ya brotaban,

salvajes, 

sin pedir permiso,

sin necesidad 

de ser comprendidas.


Antes de saber 

quién miraba 

desde dentro.


Soy un alma 

cosida a un cuerpo,

en una forma transitoria

que no se puede nombrar 

pues pertenece 

a la esencia.


Algo me habita 

desde antes 

de yo saberlo,

como un ungüento

 antiguo

con una memoria 

que no aprendí

y sin embargo,

recuerdo.


He sido capaz

de reconocerlo ahora

pero es más antiguo 

y lúcido 

que la mente. 

Sabe incluso 

las decisiones

que ya tomé,

antes de atreverme

a vivirlas.


Y estoy aquí,

quizá solo, 

para saber

por qué las elegí.


He soñado 

que habito el mundo

en un cuerpo,

pero no soy 

el cuerpo. 


Camino 

como quien busca una casa 

que siempre ha sido suya,

mientras pensaba

que era el inquilino.


Es un viaje largo 

recorrerse,

deshacerse,

perderse

en los propios senderos 

que llaman destino.


Cuanto más alcanzas,

menos sabes, 

cuanto más ves,

menos te sostienes.

Y mis pies, 

torpes, 

aprenden a caer

como una única

forma de avanzar.


Tengo una verdad 

dentro 

ardiendo:


No soy de este mundo.

 

Y, oh, 

spoiler: 


tú tampoco. 


Beatriz Casaus 2026 ©






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