jueves, 10 de septiembre de 2026

El número 13 y la efeméride de mi cumpleaños

 “Para amarte como debería, debo primero adorar a Dios como Creador. Cuando haya aprendido a amar a Dios más que a ti, te amaré mejor que ahora.” (C. S. Lewis)


Hemos entrado, desde el pasado 23 de agosto, en el signo de Virgo. El año pasado ya hablé largo y tendido sobre este arquetipo, entre otras cosas para echarle un capote a uno de los signos del zodiaco con mayor fama de perfeccionista, crítico y obsesionado con poner orden. Así que este año no voy a volver sobre lo mismo. Esta vez quiero detenerme en algo mucho más concreto: la fecha exacta de mi nacimiento y, especialmente, en un número que durante siglos ha cargado con una injusta mala fama: el 13.

Creo que los cumpleaños merecen celebrarse y este año he decidido regalarme también este pequeño homenaje. Lo he escrito con antelación para celebrarlo como es debido y me olvide un poco del ordenador. El mío suele ser un cumpleaños gitano y pienso disfrutar cada celebración como si fuera la única.

Así que hoy quiero empezar precisamente por ahí: Nací un día 13. Resulta curioso que un número al que durante siglos se le ha atribuido una connotación negativa, asociado en nuestra cultura a la mala suerte o los malos augurios, tenga lecturas completamente diferentes cuando nos acercamos a otras tradiciones espirituales. Incluso dentro del cristianismo encontramos un simbolismo interesante alrededor del 13. Jesús estaba acompañado por doce apóstoles y él, era el decimotercero. Me resulta curioso que un número que nuestra cultura ha aprendido a mirar con tanto recelo pueda aparecer también asociado a una figura que representa el amor, la entrega y la salvación. Como siempre suelo hacer, lanzo preguntas al aire: ¿Pudiera ser que no convenga saber el verdadero poder que tiene este número?

Hay otra coincidencia dentro del cristianismo relacionada no solo con el número 13, sino con mi fecha exacta de nacimiento. El 13 de septiembre de 1935, santa Faustina Kowalska escribió en su diario que recibió una revelación en la que se le enseñó la oración que daría origen a la Coronilla de la Divina Misericordia. Según su relato, aquella noche vio a un ángel dispuesto a ejecutar la justicia divina y, mientras contemplaba aquella escena, recibió interiormente las palabras con las que debía implorar misericordia para el mundo: “Padre Eterno, yo te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo…”. Al día siguiente, según relata, Jesús le indicó que rezara aquella oración y posteriormente le pidió que la difundiera. Así que el 13 aquí, no está asociado a la desgracia o a la fatalidad, sino a todo lo contrario: a una oración destinada a pedir misericordia para la humanidad. 

Y si dentro del cristianismo encontramos estas curiosas correspondencias, al acercarme a la Cábala el significado de ese dígito da un giro todavía más sorprendente: porque, en hebreo, el amor tiene un número. Y ese número es precisamente el 13. Para entenderlo hay que fijarse primero en una de las particularidades de la lengua hebrea: que las letras poseen también valores numéricos y, por tanto, las palabras pueden expresarse mediante la suma del valor de las letras que las componen. A este sistema se lo conoce como guematría y ha sido utilizado durante siglos como una herramienta de interpretación de los textos sagrados. Por eso los cabalistas son conocidos por aprender y desentrañar lo que esconden esos textos, sus secretos, más allá de la lectura literal de los mismos.

La palabra hebrea para amor es Ahavá. La suma del valor numérico de sus letras es 13. Así que el número que tantas veces nos han presentado como de "la mala suerte" adquiere en hebreo una dimensión completamente distinta. Desde esta perspectiva, habla de amor, de luz, de transformación, de crecimiento y de la posibilidad de trascender una existencia puramente individual para llegar a una dimensión más espiritual. Y aquí comienza una de esas coincidencias numéricas dentro del pensamiento cabalístico. Existe otra palabra hebrea cuyo valor numérico también es 13: Ejad, que significa Uno o Unidad. Amor y Unidad. Ahavá = 13, Ejad = 13. En cábala, que dos conceptos compartan un mismo valor numérico permite establecer entre ellos una relación. Y la que aparece aquí es que el amor conduce a la unidad.

No se trata de entender esa unidad como la desaparición de uno mismo dentro del otro, como esa idea romántica de que dos personas tienen que convertirse en una sola perdiendo su individualidad. Más bien habla de una conexión capaz de trascender la separación. Cuando amamos de verdad, seguimos siendo nosotros y el otro continúa siendo el otro, pero aparece entre ambos algo que permite atravesar esa frontera invisible que normalmente nos separa. Por eso, desde esta mirada, el amor no sería únicamente un sentimiento. Sería también una fuerza de unión. Una forma de acercarnos a la experiencia del Uno sin dejar de existir como individuos.

En la tradición cabalística nada se contempla como una simple casualidad. El hebreo posee un carácter sagrado que contiene códigos y relaciones profundas entre letras, palabras, números y significados. Por lo que cuando dos palabras comparten un mismo valor numérico, existe entre ellas una equivalencia. También tiene valor numérico 13 la palabra Vohu, asociada al vacío y que aparece en la expresión bíblica Tohu va-Vohu, vinculada al estado primordial anterior al orden de la creación. Y así se queda una asociación todavía más profunda con el número 13: Amor, Unidad y Vacío. 

El vacío puede entenderse no únicamente como ausencia, sino como un espacio de posibilidad. Para que algo nuevo pueda existir tiene que haber un lugar donde pueda aparecer. Hay que vaciar para recibir. Dejar espacio para que algo diferente nazca. Por eso, cuando una empieza a observar todas estas correspondencias, el significado del 13 se vuelve mucho más complejo que la simple etiqueta cultural de “mala suerte” que han colocado sobre él.  Pero la secuencia continúa... Si Ahavá, amor, vale 13, cuando una persona ama a otra podríamos representarlo simbólicamente como 13 + 13 = 26. Y 26 es el valor numérico del Tetragrámaton, YHWH, el nombre de Dios. De modo que dos veces el amor nos conduce, numéricamente, al nombre divino, a Dios. Es una de esas relaciones simbólicas que explican por qué los números tienen tanta importancia dentro de la Cábala. Todo parece formar parte de un código sagrado. Es mágico. ¿Comenzamos a entender por qué no conviene que se sepa esto?

Pero cuando quise mirar mi fecha de nacimiento desde la perspectiva cabalística descubrí que había otra capa más, porque la Cábala no sigue sólo la fecha del calendario gregoriano en la que nacemos. Hay que buscar también qué día era en el calendario hebreo en el momento exacto de nuestro nacimiento. El 13 de septiembre de 1984 correspondía al 18 de Elul de 5744. Elul es uno de los meses más profundos del calendario hebreo. Es el último mes antes de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y constituye un periodo especialmente dedicado a la introspección, a la revisión de la propia vida y a la teshuvá. Aunque teshuvá suele traducirse como “arrepentimiento”, su significado literal está mucho más cerca de la idea de regreso. Regresar al camino, a la esencia, a aquello que somos cuando apartamos las capas que hemos ido acumulando. Por eso me gusta pensar en Elul como el mes del regreso al alma. También se le conoce como el mes de la purificación. (*Escribí dos post sobre teshuvá en este blog el año pasado).

Existe además una metáfora utilizada por los maestros judíos para explicar la energía espiritual de este periodo: “El Rey está en el campo”. Describe a un rey que normalmente permanece en su palacio, rodeado de protocolos y al que resulta difícil acceder, pero que durante un determinado periodo abandona el palacio y sale al campo para encontrarse directamente con su pueblo. Espiritualmente, significa que durante Elul la presencia divina se considera más cercana y accesible. No hace falta “subir al palacio” para encontrar a Dios; simbólicamente, es Dios quien sale al encuentro del ser humano. Por eso es un mes dedicado a revisar la vida, perdonar, cerrar ciclos, sanar aspectos del ego y preparar un nuevo nacimiento espiritual antes de comenzar el nuevo año con Rosh Hashaná. Elul se asocia también a una fuerte llamada hacia el crecimiento interior y la búsqueda espiritual.

Cada mes del calendario hebreo se relaciona tradicionalmente con una de las doce tribus de Israel. A Elul le corresponde la Tribu de Gad. Y Gad significa literalmente “buena fortuna”. Pero, no se trata de la suerte entendida como esperar pasivamente a que la vida nos entregue acontecimientos favorables. Habla de la capacidad de transformar incluso las dificultades en bendiciones, de extraer algo valioso de aquello que inicialmente parecía adverso. La energía de Gad está relacionada con la resiliencia, la capacidad de levantarse después de las caídas y la posibilidad de convertir las experiencias difíciles en crecimiento.

Elul corresponde además al signo de Virgo, Betulá. Existe otra diferencia interesante entre la interpretación que solemos hacer de un signo zodiacal y la que se hace en Cábala, Virgo no representa simplemente el perfeccionismo. Su verdadero símbolo es la purificación. El trabajo espiritual de esta energía consiste en transformar su sombra (la crítica, el exceso de control, la autoexigencia, el puntillismo) en cualidades superiores (servicio, humildad y compasión) Es decir, utilizar la capacidad de observar lo que puede mejorarse no para juzgar continuamente el mundo, a los demás o a uno mismo, sino para contribuir a transformarlo.

La letra hebrea asociada al mes de Elul es Yod. Es la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Y, sin embargo, simbólicamente contiene un enorme potencial. De ella nacen gráficamente las demás letras y representa la semilla, el potencial infinito y el punto primordial desde el cual comienza la creación. Lo inmenso contenido dentro de lo diminuto. La posibilidad de que algo aparentemente insignificante contenga en su interior todo aquello que todavía puede llegar a manifestarse. Por eso, también puede hablar de personas que sienten que llevan muchísimo dentro aunque externamente puedan parecer discretas.

El sentido espiritual tradicionalmente asociado a Elul es además la acción (maasé). Y esto introduce otro elemento importante: no basta con comprender. No basta con estudiar, analizar, leer, descubrir significados o acumular conocimiento espiritual. Todo aquello que comprendemos tiene que encontrar alguna manera de encarnarse en la realidad. La luz, tiene que terminar llegando a algún sitio. Por eso esta simbología puede relacionarse con la necesidad de ayudar, enseñar, escribir, acompañar o poner lo aprendido al servicio de otros. No quedarse solo en la experiencia interior, sino convertirla en algo concreto y práctico.

El 18 de Elul tiene una particularidad muy conocida dentro del judaísmo jasídico. Este día recibe el nombre de Jai Elul. Y Jai significa vida. La fecha posee una importancia histórica especial porque el 18 de Elul nacieron dos figuras fundamentales del jasidismo: Israel ben Eliezer, conocido como el Baal Shem Tov, fundador del movimiento jasídico, y Shneur Zalman de Liadí, fundador de la corriente Jabad.

Los cabalistas dicen que este día trae al mundo una energía destinada a despertar el corazón de las personas y acercarlas a Dios desde el amor más que desde el miedo. Por esta razón, el 18 de Elul ha llegado a ser conocido como una fecha especialmente vinculada a la vitalidad espiritual del jasidismo, una corriente que puso un enorme énfasis en acercar la experiencia de Dios a la vida cotidiana y en servirle no desde el temor o la obligación, sino también desde la alegría y el amor. Los maestros jasídicos han interpretado esta fecha como una inyección de “vida” dentro del mes de Elul. Una energía destinada a despertar el corazón y preparar interiormente al ser humano para el nuevo ciclo que comienza con Rosh Hashaná. Volviendo otra vez a los números, la palabra Jai, “vida”, está formada por dos letras: 8 y 10 y la suma es 18 = Jai = Vida. El 18 es probablemente uno de los números más queridos y reconocibles dentro de la tradición judía. Por eso, es frecuente realizar donaciones en múltiplos de 18. El número simboliza vida, bendición, continuidad y la manifestación de la energía vital.

De modo que, mirando la simbología cabalística del día 13 de septiembre de 1984 (sin pretender que una fecha determina obligatoriamente la personalidad o el destino de quien nace en ella), aparece esta combinación: El 13, número que a través de Ahavá habla del amor y a través de Ejad de la unidad. El 18 de Elul, donde el 18 significa vida. Elul, el mes de la introspección, la teshuvá, el regreso a la esencia y la preparación para un nuevo nacimiento espiritual. Un mes asociado a Gad, la capacidad de transformar las dificultades en bendiciones; Virgo, entendido como un proceso de purificación que lleva de la crítica y la autoexigencia al servicio, la humildad y la compasión; Yod, la diminuta semilla que contiene un potencial inmenso; y a la acción, recordándonos que aquello que comprendemos interiormente tiene que terminar manifestándose en el mundo. Y, además, nací precisamente en Jai Elul, una fecha vinculada dentro del jasidismo a dos maestros que contribuyeron a acercar la espiritualidad a la vida cotidiana y a despertar el vínculo con Dios desde una dimensión profundamente vital. Por todo ello, el 18 de Elul puede leerse como una invitación a buscar un profundo crecimiento interior, transformar el dolor en sabiduría y expresar esa transformación mediante la palabra, la enseñanza, el servicio o el acompañamiento a otros; compartir desde la experiencia vivida y no únicamente desde la teoría.

Me resulta inevitable que, al conocer todo esto, encuentre resonancias con mi propio camino. Mi interés por el servicio, la ayuda, el acompañamiento en todos los niveles, la escritura, la poesía, mi necesidad casi permanente de comprender lo que vivo, mi fascinación por el conocimiento espiritual, la Cábala y mi tendencia a transformar experiencias personales en palabras adquieren, una curiosa coherencia con la fecha en la que nací. No porque crea que un número pueda encerrarnos dentro de una definición ni porque nuestra fecha de nacimiento determine quiénes estamos obligados a ser, pero sí creo en la tendencia que esconde su influjo. Aún así me interesa contemplarlo como un lenguaje simbólico. Una de tantas formas que el ser humano ha utilizado durante siglos para intentar comprender el misterio de su propia existencia. Por eso estudio las fechas, porque conocerlas, transmiten mensajes. El 13, al que nuestra cultura decidió temer, en hebreo nos conduce al amor y a la unidad, al vacío, vida, transformación, regreso y acción.

Los números y la simbología nos ayudan a descifrar quiénes somos. Y también, nos ayudan a formularnos preguntas. Y si tuviera que resumir toda la simbología de mi fecha de nacimiento en una sola idea, probablemente elegiría esta: regresar una y otra vez a lo esencial, lo espiritual. Transformar lo vivido en conciencia y procurar que aquello que uno aprende en el camino pueda convertirse, de alguna manera, en luz para los demás.

P.D.: Como dato curioso, en la película Matrix (que la suelo nombrar bastante) decir que el protagonista, Neo, en la película nace también un 13 de septiembre. Si tenemos en cuenta que la película la escribieron y dirigieron los hermanos Wachowski, que estudiaron cábala en el Kabbalah Center de Los Ángeles, estoy segura que esa elección no fue casual.


Un fuerte abrazo. Yo voy a dejarme abrazar y mimar estos días para volver con amor multiplicado. 


Beatriz Casaus 2026 ©



lunes, 7 de septiembre de 2026

Si fuera perfecta

 "Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida." (Federico García Lorca)

"Vivo en otra dimensión y no tengo tiempo para cosas que no tienen alma." (Charles Bukowski) 


"Cómo voy a culpar al viento del desorden que hizo, si fui yo quien abrió la ventana." (Mario Benedetti)

                                    


Hoy no me voy a explayar demasiado. Simplemente me paso por aquí para dejar el último poema que he escrito. Se titula: Si fuera perfecta y nació de una idea aparentemente sencilla, pensar en todas esas cosas que no formarían parte de nosotros si hubiéramos atravesado la vida sin equivocarnos, sin rompernos, sin amar de la manera incorrecta alguna vez, sin tomar decisiones que después hubiéramos querido cambiar.

Supongo que durante mucho tiempo nos enseñan a relacionar la perfección con no fallar. Con acertar a la primera. Con no desviarnos demasiado del camino previsto y poder mirar hacia atrás sin encontrar demasiadas cicatrices. Pero creo que una vida así tendría muy poco que contar. Hay aprendizajes que llegan precisamente porque nos equivocamos. O puertas que solo descubrimos después de haber abierto otras que quizá nunca debimos cruzar. Hay partes de nosotros que aparecen cuando algo se rompe y hay heridas que terminan convirtiéndose también en lugares desde los que mirar de otra manera.

No sé si hacerse mayor consiste, entre otras cosas, en reconciliarse con todo eso. En dejar de observar nuestra historia como una sucesión de aciertos y errores y empezar a contemplarla como el extraño recorrido que nos ha traído hasta quienes somos hoy. Seguramente yo tampoco sería la misma sin aquello que salió mal. Sin todas las versiones de mí que fui dejando atrás por el camino. Por eso cada vez me interesa menos ser perfecta. Me interesa mucho más ser verdadera.

Un abrazo.




Si fuera perfecta




Pero entonces...

¿qué sabría de estar viva?


Es una prueba.


Prende un impulso de fuego

y déjalo arder

hasta que nieve.


Acaba pronto.

Empieza tarde. 

Enciende dentro. 

Revélate fuera.


No te dejes callar 

por quienes han perdido 

su voz.


Todo lo escondido

termina pidiendo un cuerpo.


Un secreto no tiene otra razón

que el instante

en que deja de serlo. 


La ropa envejece.


Tu cuerpo, en cambio,

 es lo único que sé amar

mientras desaparece. 


Entre las cuerdas

me escondo

para rozar los acordes que tocas.

Como si la música supiera

más que nosotros. 


No existen laureles

capaces de alcanzar tu éxito.


Mi principal logro 

es llegar a ser quien soy.


Parece sencillo 

y cuesta vidas aprenderlo.


Mantente quebrado.

Hay voces 

que solo atraviesan grietas.


Dan ganas de salir corriendo

de todo aquello 

que no tiene corazón.


Pero a veces, 

también se huye

permaneciendo.


Hace un viento horrible 

en mi cabeza.

Me lleva hasta espejos

que no recuerdo haber colgado

frente a mi ventana.


En ninguno 

consigo 

reconocerme del todo.


No hay sombra que huya de mí 

tan deprisa

como mis pensamientos de mis actos.


Veo umbrales 

donde otros ven finales.


No espero misericordia 

de quien

no ha vivido. 


¿Para qué serviría la vida

si no dejara,

al menos, 

una herida por donde mirar?


Si fuera perfecta 

no gastaría esta carne.


No tendría cicatrices.

No conocería el hambre.

No habría amado mal.

No habría abierto puertas

que no supe cerrar.

No me hubiera equivocado tanto.


Si fuera perfecta

sería intacta. 


Y las cosas intactas

no saben nada 

de estar vivas.


He conseguido callarme

fuera.


Desde dentro 

se vive mejor.



Beatriz Casaus 2026 ©






jueves, 20 de agosto de 2026

El triunfo del corazón

 “El talento incomoda como nunca. Los mediocres, los acomplejados, los bobos, necesitan que la vida descienda hasta su nivel para sentirse cómodos, y es destruyendo la inteligencia y ensalzando la mediocridad como están a gusto.” (Arturo Pérez-Reverte)

“A mí ya no me podéis cambiar. Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo. Dejadme las alas en su sitio, que yo os respondo que volaré bien.” (Federico García Lorca)




Iris nació un día capicúa, el mismo día en que su abuela se fue. Su madre siempre creyó que el testigo había pasado de una a otra: hasta el lunar de la palma de la mano derecha era idéntico en las dos. Todo en Iris parecía llevar una marca de sentido, un halo que unos entendían como luz y otros, sin saber nombrarlo, percibían de manera muy distinta. Desde niña provocó esa doble reacción: quienes se acercaban a calentarse en ella y quienes se apartaban ofendidos, como si su sola presencia les recordara algo que preferían no mirar. Por eso, a lo largo de su vida, más de una vez se encontró con personas que incapaces de gestionar aquello que les despertaba, intentaron hacerla más pequeña. Y como nunca logró comprender del todo ese comportamiento (porque ella no funcionaba así), estudió Psicología, y convirtió esa pregunta sin resolver en vocación.

Durante años creyó que la maldad no existía sin más: que todo el que hacía daño arrastraba una herida sin curar, y que bastaba con conocer su historia para perdonarla de antemano. Le costó tiempo, estudio y algún golpe aceptar lo contrario. Aprendió que hay quien convierte el resentimiento en forma de vida, y que la psicología tiene incluso un nombre para esa clase de oscuridad: la tríada oscura; narcisismo, que no tolera el brillo ajeno, psicopatía, asociada a una baja empatía y ausencia de remordimiento, maquiavelismo, que usa a los demás como herramientas para sus fines. No era una teoría abstracta. Era, a veces, gente muy concreta. 

Tenía, además, una imaginación desbordante. Escribía en cualquier superficie que tuviera a mano. Una vez, sin querer, entregó a un desconocido un tique de la compra con un poema detrás, y durante días imaginó su cara de desconcierto. Con el tiempo fue derribando la costumbre de guardarse las cosas y empezó a compartir lo que escribía en redes y a publicar libros. No buscaba nada a cambio. Las palabras le salían solas, y pensó que quizá a alguien más le sirvieran. No esperaba que aquello despertara rencor. Pero lo hizo. Una noche, revisando los comentarios de su última entrada, se detuvo en uno: alguien había escrito, con la ortografía cuidada de quien se ha tomado su tiempo, que sus textos eran “pretenciosos” y que “ojalá dejara de escribir de una vez”. No era la primera vez. Desde que había comenzado a exponerse públicamente, había descubierto que algunas personas podían seguir con extraordinaria atención precisamente a aquellos a quienes parecían no soportar. Se quedó mirando la pantalla más rato del que le hubiera gustado admitir. Por un instante, muy breve, se preguntó si tendría razón. Si debería escribir menos, ocupar menos espacio, ser menos ella. 

Cerró el portátil y, en lugar de la duda, encontró algo parecido a la compasión hacia ellos. Nadie seguía su trabajo con tanta atención como quien decía despreciarlo. Nadie invertía tanto tiempo en ella. Comprendió, no como una idea sino como algo que sintió en el cuerpo, que el odio también puede ser una forma torcida de admiración: quien de verdad quiere borrar a alguien no necesita mirarlo tanto. Aquella noche, en vez de escribir menos, escribió más.

Desde entonces sintió una honda admiración por cualquiera que se atreviera a exponerse: a publicar un libro, a subir una canción, a defender una idea en público. Exponerse es aceptar ser blanco. Siempre habrá alguien juzgando desde la grada a quien tuvo el valor de bajar al campo. Con el tiempo llegó a pensar que quien odia obsesivamente rara vez odia la obra, o el rostro, o las palabras. Muchas veces lo que odia es aquello que esas cosas le recuerdan de su propia infelicidad.

Para Iris el tiempo era el único bien que no vuelve. El dinero se recupera; las cosas se reemplazan, pero un minuto gastado no regresa nunca. Le costaba imaginar cuánto vacío debía de habitar en alguien para dedicar ese tesoro a vigilar la vida ajena. Terminó por aceptar que ese comportamiento hablaba mucho más de quien atacaba que de quien era atacado: quien construye algo que ama rara vez tiene tiempo para demoler lo de los demás. Entendió también algo incómodo: estar dispuesto a caer mal es, a veces, el precio de llegar lejos. Gustar a todos exige bajar la voz, no destacar, no soñar en voz alta. Y quien pasa la vida intentando encajar en todos los moldes deja de tallar el suyo propio. Quien avanza de verdad no suele ser el más querido por todos, sino quien un día dejó de pedir permiso. 

Escribía la verdad de su corazón, y también la que veía manifestarse en el mundo a través de los problemas que observaba, y por eso el rechazo crecía en lugar de menguar. Pensó entonces en el mito de la caverna de Platón: los que viven encadenados mirando sombras rara vez agradecen a quien vuelve para contarles que fuera hay sol. La luz, casi siempre, incomoda antes de liberar. Aquellos días de ruido la llevaron a la oración. Abrió la Biblia por el Salmo 34, uno de sus favoritos, y se detuvo en un verso: “Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores”. Siguió leyendo: “Cercano está el Señor para salvar a los que tienen roto el corazón y el espíritu. El justo pasa por muchas aflicciones, pero el Señor lo libra de todas ellas. (...) Al malvado lo destruye su propia maldad y los que odian al justo recibirán condenación. El Señor rescata el alma de sus siervos; no serán condenados los que en él confían”. Sintió que esas palabras llegaban exactamente donde debían. No estaba llamada a convencer a quien había decidido odiarla. Estaba llamada, solamente, a seguir siendo ella.

Empezó entonces a notar algo curioso: cada intento de apagarla producía el efecto contrario. Mientras otros gastaban su energía en frenarla, ella seguía escribiendo. Por una reseña mala, le llegaban cientos de buenas. Aprendió a utilizar aquella energía como en el aikido se usa la fuerza del contrario (sin enfrentarla de frente, dejándola pasar y redirigiéndola), igual que un árbol convierte lo que sobra en el aire en algo que da vida. No devolvía en la misma frecuencia lo que recibía. Lo transformaba en más estímulo. Una página más, un proyecto más, una vida un poco más suya. Para Iris, las personas conscientes poseían precisamente ese poder de transmutación. Tomar la energía que otros proyectaban sobre ella, que era energía al fin y al cabo que le era enviada, para transformarla en algo que jugara a su favor. Así que, en realidad, le daban poder.

Un día, cuando la vida por fin empezó a devolverle parte de lo sembrado, se sentó en silencio y buscó dentro de sí algún resto de incomodidad hacia quienes la habían atacado. No encontró nada. Solo una paz que la sorprendió a ella misma. Comprendió que la victoria no era el siguiente libro, ni una crítica mejor: era que nadie, en todo ese tiempo, había logrado tocarle el corazón. Pensó en aquellas personas sin necesidad ya de entenderlas del todo, y una frase apareció sola: "Los perdono y los bendigo". Y sonrió por dentro. Porque entendió que hay quien dedica la vida a vigilar la luz ajena y se olvida de encender la suya. Y que ella, sin buscarlo, se había llevado el premio mayor: descubrir que su paz era tan honda que no necesitaba desearle mal a nadie. Nunca lo había necesitado. Había ganado en el único sitio donde de verdad se gana: en el corazón. Y quizá, solo por eso, también ganó en la vida.


Beatriz Casaus 2026 ©



martes, 11 de agosto de 2026

Don't look up

 «Entramos en la oscuridad por la luz, en el silencio por las palabras y en el miedo por la bendición.” (Ursula K. Le Guin, Voices)



Este 12 de agosto de 2026 tenemos un eclipse solar total. El cielo se apagará durante una hora convirtiendo el día literalmente en noche. En la tradición astrológica se sabe que en aquellos lugares situados dentro de la franja de totalidad, tendrá más impacto. En este caso, cruzará de lleno todo el territorio nacional, así que me pregunto qué será lo siguiente que suceda en nuestro país. Desde ya, dejo a la libre interpretación de cada cual a cómo podrá afectar el simbolismo de la energía de Leo opacada en relación a posibles acontecimientos que puedan ocurrir en España. Voy a diseminar este fenómeno como lo hago siempre, desde la mirada astrológica y simbólica, teniendo en cuenta las proyecciones que han tenido diferentes civilizaciones sobre los eclipses durante miles de años. Durante un eclipse solar, el Sol desaparece representando que lo que habitualmente está iluminado deja momentáneamente de estarlo y, precisamente por ello, podemos observar aquello que normalmente queda oculto detrás de esa luz. ¿Qué es lo que hay detrás de la luz en España?

El eclipse solar se produce alrededor del grado 20 de Leo. ¿Y por qué importan el signo y el grado? Porque, dentro de la astrología, un eclipse solar no se interpreta simplemente como una Luna nueva cualquiera. Astronómicamente, los eclipses se producen cuando el Sol, la Luna y la Tierra alcanzan una alineación determinada cerca de los nodos lunares. Astrológicamente, esa proximidad a los nodos es la que tradicionalmente ha otorgado a los eclipses un significado especial. Los nodos lunares son puntos matemáticos: los lugares donde la órbita de la Luna cruza la eclíptica, es decir, el recorrido del Sol visto desde la Tierra. Sin embargo, para la astrología tradicional, evolutiva y kármica, esos puntos poseen además una enorme carga simbólica y karmática y se relacionan con procesos de dirección vital, aprendizaje, pasado, evolución y destino. Por eso, desde esa perspectiva, un eclipse puede entenderse como una Luna nueva amplificada y potenciada, una especie de punto de inflexión dentro de un proceso mucho más largo.

Por ello los eclipses no se interpretan como acontecimientos aislados que comienzan y terminan el mismo día. La tradición astrológica considera que abren procesos y que sus temas pueden empezar a percibirse semanas antes del acontecimiento, incluso aproximadamente un mes antes, y continuar desarrollándose durante los meses posteriores. Algunos astrólogos sitúan su periodo de mayor intensidad entre los tres y seis meses siguientes, aunque pueden prolongarse durante prácticamente un año. Es decir, mañana 12 de agosto no es solo un día, sino la apertura de una puerta que permanece abierta durante un tiempo. Y hay algo todavía más interesante: solo dieciséis días después, el 28 de agosto, tendremos otro eclipse, esta vez lunar y casi total, en Piscis. Los eclipses aparecen en temporadas y pueden interpretarse como partes de un mismo proceso. Uno abre y otro culmina, uno muestra y otro ayuda a desprenderse, uno expone aquello que necesita ser visto y el otro invita a disolver aquello que ya ha cumplido su función. Por eso, más que dos acontecimientos separados, podemos entender agosto como un único proceso en dos movimientos.

Imaginemos lo que debía significar contemplar un eclipse en la antigüedad. El Sol aparecía cada mañana y constituía la referencia absoluta del tiempo, de las estaciones, de las cosechas y, en muchas culturas, de la propia divinidad. Y, de repente, desaparecía en pleno día sin que la mayoría de los seres humanos pudieran comprender qué estaba ocurriendo. Por ello, prácticamente todas las grandes civilizaciones atribuían a los eclipses un significado extraordinario. Los babilonios dejaron registros de eclipses hace más de 2.500 años y desarrollaron métodos muy sofisticados para estudiarlos. En su cosmovisión, algunos eclipses podían relacionarse con presagios que afectaban especialmente al rey y al destino político del territorio. En el antiguo Egipto encontramos el enfrentamiento entre Ra y Apofis, la gran serpiente asociada al caos que amenaza el viaje de la divinidad solar. En la tradición védica de la India aparecen Rahu y Ketu, estrechamente vinculados simbólicamente a los eclipses y que continúan ocupando un lugar dentro de la astrología védica actual. Todos ellos comparten una idea parecida: cuando la luz desaparece, el orden habitual queda suspendido y aquello que permanecía oculto puede hacerse visible. Esa coincidencia simbólica entre culturas separadas por enormes distancias geográficas y temporales es lo que me fascina.

Vayamos ahora al corazón simbólico de este eclipse: Leo. Leo suele reducirse de una manera excesivamente simple al ego, pero representa muchísimo más que eso. Leo es identidad, creatividad, voluntad, corazón y expresión. Es la chispa de vida individual que se atreve a decir: "Yo existo, esta es mi voz y tengo algo único que ofrecer". Representa la necesidad profundamente humana de encontrar nuestra propia luz y atrevernos a ocupar nuestro lugar en el mundo. Pero frente a Leo, en el extremo opuesto del zodiaco, encontramos a Acuario, su signo opuesto y complementario, relacionado con la comunidad, lo colectivo y la humanidad entendida como una gran red. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de este eclipse, porque si Leo pregunta "¿quién soy yo?", Acuario pregunta "¿qué hago con eso que soy para contribuir al conjunto?". Leo habla del individuo, la creación personal, necesita encontrar su propia luz y Acuario, sin embargo, de la comunidad, de las redes humanas y necesita comprender cómo esa luz puede integrarse dentro de algo mayor.

Por eso este eje nos plantea una pregunta poderosa: ¿qué parte de nuestra identidad estamos dispuestos a mostrar al mundo y poner al servicio de algo que trascienda nuestro propio ego? Y no es una pregunta cómoda, porque quizá algunas personas tengan que aprender a dejar de esconderse, otras tengan que dejar de pedir permiso para existir y otras deban abandonar el miedo a ser visibles o a brillar demasiado. Pero habrá también personas que necesiten realizar el movimiento contrario y preguntarse cuánto de aquello que muestran nace verdaderamente del corazón y cuánto procede exclusivamente de la necesidad de reconocimiento, admiración o aprobación. Ese es precisamente el equilibrio Leo-Acuario. No se trata de apagar nuestra luz ni de renunciar a nuestra individualidad, sino de comprender para qué queremos encenderla. O soltamos el miedo a brillar o soltamos el ego que únicamente quiere brillar para sí mismo. De una manera u otra, Leo nos obliga a mirar nuestra relación con la identidad, la visibilidad y el reconocimiento.

Hay además otro elemento a destacar: el grado en el que se produce el eclipse, alrededor del grado 20 de Leo. Los grados zodiacales son imágenes arquetípicas y en torno a esta zona de Leo encontramos imágenes relacionadas con la comunidad, la expresión solar y la participación colectiva. Resulta paradójico relacionarlo con lo que literalmente sucederá mañana: millones de seres humanos mirando hacia el mismo punto del cielo, personas que probablemente jamás se conocerán compartiendo durante unos minutos exactamente el mismo acontecimiento. El individuo, Leo, dentro de una experiencia colectiva, Acuario. Como si el propio simbolismo nos recordara que este eclipse no tiene únicamente una dimensión individual, sino también colectiva. Y quizá por eso se nos insta a mirarlo en colectivo. ¿Puede haber un interés detrás de que todos pongamos nuestra atención en un mismo lugar? ¿A quién le interesa recoger toda esa energía?

Y esto nos lleva directamente a la astrología mundial, la rama que estudia simbólicamente la relación entre determinados ciclos planetarios y los grandes procesos políticos, sociales, culturales y económicos. Desde esa perspectiva, uno de los primeros asuntos relacionados con Leo es el liderazgo y el poder visible. Leo está tradicionalmente vinculado con aquello que ocupa el centro del escenario: reyes, nobleza, gobernantes, líderes, artistas, celebridades, figuras de autoridad y personas con una enorme exposición pública. Por eso, históricamente, los eclipses en este signo se han asociado con periodos capaces de señalar cambios, crisis, ascensos, revelaciones o caídas alrededor de figuras muy visibles. No hablo de una persona determinada ni afirmo que vaya a suceder un acontecimiento concreto, sino de un patrón arquetípico que la astrología mundial lleva mucho tiempo observando. La astrología seria puede hablar de ciclos, tendencias, símbolos y posibilidades, pero no debería presentarlos como certezas absolutas.

En el extremo opuesto encontramos nuevamente a Acuario, relacionado con la innovación, la tecnología, las redes, las comunicaciones, los movimientos sociales y aquellas estructuras capaces de conectar a enormes grupos humanos. También con Internet, las grandes plataformas digitales, los sistemas de comunicación global y la inteligencia artificial. Por eso no me resultaría extraño que durante las semanas o meses relacionados con esta temporada de eclipses aparezcan noticias relevantes en estos ámbitos: decisiones tecnológicas que afecten a comunidades enteras, cambios importantes en sistemas de comunicación, nuevas regulaciones, avances significativos, conflictos relacionados con las redes o transformaciones en nuestra manera de conectarnos. De nuevo, no es una predicción literal, sino una lectura simbólica del clima astrológico.

Pero hay una interpretación todavía más profunda. El Sol simboliza la conciencia, aquello que vemos, aquello que creemos conocer y aquello que permanece permanentemente iluminado. Durante un eclipse solar esa luz desaparece durante unos instantes y, por eso, la tradición esotérica lo ha interpretado como una especie de apagón simbólico de la verdad cotidiana. Cuando desaparece aquello que normalmente nos permite ver, podemos descubrir que existían cosas que la luz cotidiana no nos permitía observar: verdades incómodas, información escondida, motivaciones desconocidas, sombras personales y también colectivas. Esto no significa necesariamente que vaya a revelarse un enorme secreto mundial, sino que el arquetipo del eclipse habla de la interrupción de la normalidad para permitirnos mirar aquello que normalmente ignoramos.

Existe además una idea que aparece constantemente dentro de diferentes corrientes y es el eclipse entendido como portal. Un portal es un umbral, un momento situado entre dos estados. Durante unos minutos no estamos completamente en el día ni completamente en la noche, sino en medio. Muchas tradiciones han hablado de momentos en los que el "velo" entre lo visible y lo invisible se hace más fino. En la tradición celta se conoce el adelgazamiento del velo para explicar ciertos momentos del calendario, entre ellos la tradición que posteriormente llegaría hasta nosotros como Halloween. En diferentes prácticas chamánicas encontramos también la idea de momentos excepcionales en los que el orden cotidiano se interrumpe y aquello que normalmente permanece escondido se vuelve más accesible. Los eclipses son como grietas temporales dentro de la normalidad, ventanas breves en las que lo cotidiano queda suspendido.

Durante gran parte de la historia, el conocimiento astrológico no estuvo en manos de toda la población, sino concentrado en grupos muy concretos: sacerdotes, astrólogos, consejeros y personas cercanas al poder. Los sacerdotes babilónicos observaban sistemáticamente el cielo y utilizaban sus conocimientos para asesorar a quienes gobernaban. Ese saber servía para organizar calendarios, agricultura, rituales y también decisiones políticas. El conocimiento era poder y quien sabía interpretar los ciclos poseía una ventaja frente a quien ni siquiera sabía que esos ciclos existían. Este patrón histórico ha provocado que existan corrientes de pensamiento alternativo que sostienen que determinadas élites políticas, económicas o financieras continúan prestando atención a fechas y configuraciones astrológicas para escoger el momento de determinadas decisiones. Tampoco podemos olvidar que existen casos históricos documentados de personas situadas en las más altas esferas políticas que consultaron astrólogos. Uno de los ejemplos más conocidos fue por ejemplo Ronald Reagan durante su etapa en la Casa Blanca, quien tenía asesoramiento astrológico y que llegó a influir en determinados aspectos de la agenda presidencial. Por tanto, la relación entre astrología y poder no pertenece solo a la antigüedad.

Y ahora vamos a lo que probablemente más interesa a cada persona que esté leyendo esto: ¿cómo puede afectarme a mí? Si tienes el Sol, la Luna, el Ascendente o algún planeta personal aproximadamente entre los grados 15 y 20 de los signos fijos (Leo, Acuario, Tauro o Escorpio) esta temporada puede resultar significativa. Dependiendo del planeta, la casa y los aspectos implicados, podrían aparecer cuestiones relacionadas con crisis o redefiniciones de identidad, cambios importantes de rumbo, relaciones que necesitan transformarse, rupturas necesarias, finales, decisiones que llevaban tiempo gestándose o consolidaciones importantes. Pero incluso aunque no tengas ningún planeta personal en esos grados, el eclipse sigue cayendo en algún lugar de tu carta natal. Todos tenemos el grado 20 de Leo en alguna casa, y esa casa nos indica el escenario de nuestra vida en el que simbólicamente se está produciendo el eclipse. Puede ser el trabajo, la pareja, la familia, la vocación, la creatividad, el dinero, la espiritualidad, la identidad, las amistades o nuestra manera de mostrarnos al mundo. Por eso dos personas pueden vivir exactamente el mismo eclipse de formas completamente diferentes.

Muchas tradiciones espirituales recomiendan prudencia alrededor de los eclipses y, personalmente, tampoco considero que sean los mejores días para iniciar algo crucial si tenemos posibilidad de escoger otra fecha. Especialmente durante los tres o cuatro días anteriores y posteriores a cada eclipse, prefiero aplicar una idea muy sencilla: observar antes que actuar porque estaremos atravesando un momento de reajuste. En determinadas tradiciones se dice que aquello que se siembra bajo la sombra de un eclipse puede nacer incompleto o sujeto a revisiones posteriores, cambios de dirección o circunstancias que todavía no somos capaces de ver. Por eso yo evitaría, siempre que sea posible, grandes celebraciones, decisiones precipitadas o comienzos trascendentales durante los días más cercanos a ambos eclipses. Considero que será un momento para observar, descansar, escuchar, rezar para quien rece, meditar para quien medite y permanecer tranquilos junto a nuestros seres queridos. Personalmente, tampoco creo que sea propicio socializar esos días; es tiempo para estar tranquilos en casa o con las personas que queremos, prestando atención a lo que sentimos.

Existe además una lectura que relaciona la astrología occidental con conceptos procedentes de sistemas orientales del cuerpo energético. Desde ahí, Leo puede asociarse con el plexo solar, entendido como la sede de la voluntad, la identidad, la autoestima, la fuerza personal y la capacidad de ocupar nuestro propio espacio. Por ello algunas personas sienten un cansancio inusual, alteraciones del sueño, insomnio o una mayor sensibilidad emocional alrededor de los eclipses como parte de un proceso de reajuste energético. No existe evidencia científica de que un eclipse provoque por sí mismo estos síntomas, por lo que conviene diferenciar una interpretación espiritual de una explicación médica, pero, desde la experiencia subjetiva de muchas personas, los días del eclipse se viven como momentos especialmente intensos, y creo que ambas miradas pueden distinguirse sin necesidad de invalidar la experiencia personal de nadie.

El 28 de agosto llegará la segunda parte de este proceso, con un eclipse lunar casi total en Piscis, y aquí está para mí una de las claves de todo el mes: Leo expone y Piscis disuelve. Podemos imaginar toda esta temporada como un movimiento en dos tiempos. El 12 de agosto algo se muestra: una verdad, una identidad, una necesidad, una parte de nosotros que llevaba demasiado tiempo escondida o algo que necesita ser reconocido. Y después, el 28 de agosto, aparece una segunda pregunta: ahora que lo has visto, ¿qué estás dispuesto a dejar atrás? Piscis habla simbólicamente de disolución, entrega, sensibilidad, espiritualidad, finalización y trascendencia, por eso puede ayudarnos a observar todo aquello que mantenemos únicamente por costumbre, miedo o apariencia. Primero vemos y después soltamos. Por ello el mes de agosto adquiere un sentido diferente, pues no serían dos acontecimientos separados, sino un único proceso desarrollado en dos movimientos.

Hay una pregunta que este eclipse me inspira especialmente: ¿qué parte de mí llevo escondiendo por miedo a brillar demasiado? Y esto me acuerda al personaje del León en el cuento El Mago de Oz. El León está convencido de que no es valiente. Busca desesperadamente algo que cree que le falta y quiere conseguir valor, pero existe una paradoja preciosa en la historia: durante todo el camino actúa con valentía. Protege, se enfrenta al miedo, continúa caminando aunque tenga miedo y hace exactamente aquello que haría alguien valiente. Lo único que le falta es darse cuenta. Y quizá esta es una de las enseñanzas aquí. A veces no necesitamos convertirnos en alguien diferente, sino reconocer aquello que ya éramos y que todavía no nos habíamos permitido ver. Quizá llevemos años esperando que alguien nos entregue una autorización para creer en nosotros mismos, cuando en realidad nadie tiene que hacerlo.

Siempre me gusta comparar los eclipses con una actualización del software del ordenador. Cuando nuestro ordenador instala una actualización no empezamos a abrir veinte programas al mismo tiempo ni le exigimos funcionar igual mientras está modificando partes internas del sistema. Esperamos, dejamos que trabaje y a veces incluso nos vamos a dormir mientras se actualiza. Cuando regresamos, aparentemente sigue siendo el mismo ordenador, pero algo dentro ha cambiado. Con los eclipses funciona de forma parecida. No se requiere acción sino silencio. Por eso, alrededor de estos días, mi recomendación personal sería reducir el ruido, no tomar decisiones importantes de manera impulsiva, no llenar nuestra agenda, descansar todo lo posible, dormir, estar tranquilos con nuestros seres queridos, rezar, escuchar y observar. Observar nuestros sueños, las emociones que aparecen y también qué personas, recuerdos o situaciones regresan inesperadamente, porque quizá la información más importante de estos días no venga de fuera, sino de dentro.

Y hay otra cosa que quiero decir porque forma parte de mi manera de vivir este eclipse. Cuando desde instituciones, medios y organismos públicos se anima de manera muy insistente a contemplar un acontecimiento, mi tendencia natural es cuestionarlo y decidir por mí misma qué quiero hacer. Después de determinadas experiencias colectivas de los últimos años, incluido todo lo vivido alrededor de la pandemia y de las campañas de "kakunación", he desarrollado una desconfianza mucho mayor hacia los mensajes institucionales y hacia cualquier recomendación presentada socialmente como incuestionable. Eso no significa que mi percepción tenga que convertirse automáticamente en una verdad universal, sino que yo prefiero cuestionar y tomar mis propias decisiones. En este caso concreto, mi decisión personal es no contemplar directamente el eclipse. Desde determinadas interpretaciones espirituales existe además la creencia de que observar un eclipse no es energéticamente recomendable y que durante esos momentos conviene recogerse, proteger la energía y evitar exponerse conscientemente al fenómeno. Es una creencia que yo personalmente respeto y con la que en este momento me siento identificada, por eso también he aconsejado a mis seres queridos que no lo miren. Cada persona, naturalmente, deberá informarse y decidir por sí misma. Y si alguien decide contemplarlo, hay una cuestión que sí pertenece al terreno científico y no al espiritual: un eclipse solar nunca debe observarse directamente sin la protección ocular adecuada.

Un eclipse no decide nuestro destino. Desde mi manera de entender la astrología, muestra dónde está la puerta, pero atravesarla o no siempre depende de nosotros. El cielo puede señalar un momento, mostrarnos un símbolo, activar una parte de nuestra carta o coincidir con procesos importantes, pero nuestra conciencia y nuestras decisiones siguen siendo nuestras. Durante unos instantes desaparece aquello que normalmente ilumina todo y precisamente entonces aparece la sombra, tanto la colectiva como la individual. Por eso durante esos días algunas personas pueden estar más irritables, coléricas, removidas emocionalmente o enfrentadas a aspectos de sí mismas que habitualmente prefieren no mirar. Pero la sombra no tiene por qué aparecer para destruirnos, puede aparecer simplemente para ser reconocida. Aquello que permanece inconsciente puede gobernarnos sin que lo sepamos, mientras que aquello que somos capaces de mirar puede empezar a transformarse.

Puede que esa sea la verdadera invitación de este eclipse: no tener miedo cuando la luz desaparezca durante unos minutos, no correr inmediatamente a llenarlo todo de ruido y no necesitar comprenderlo todo en ese mismo instante. Observar qué está terminando, qué está intentando nacer, qué parte de nosotros necesita dejar de esconderse y qué parte de nuestro ego necesita dejar de ocupar todo el escenario. Porque quizá el cielo no se oscurezca simbólicamente para quitarnos la luz, sino para obligarnos durante unos instantes a recordar dónde estaba nuestra propia luz antes de volver a buscarla fuera. Así que estos días, calma, descanso, introspección, oración para quien la sienta y mucha observación. Como cuando dejamos nuestro ordenador trabajando durante la noche mientras instala una nueva versión de sí mismo: no hace falta interferir, solo dejar que termine el proceso y después observar qué ha cambiado.

¡Un fuerte abrazo y feliz actualización!

Beatriz Casaus 2026 ©