viernes, 2 de enero de 2026

El coraje de ser: hacia el 2026 con autenticidad

“Si no hubiera creado mi propio mundo, sin duda habría muerto en el de los demás.” (Anaïs Nin)

“Ser uno mismo en un mundo que está constantemente tratando de hacerte alguien diferente es el mayor logro.” (Ralph Waldo Emerson)




2025 ha traído aprendizajes intensos y un crecimiento profundo para muchas personas. Ha sido un año en el que muchas cosas se han derrumbado y otras, como algunas creencias e ideas que erosionan nuestra alma, se han ido disolviendo. Por eso, ha sido también un tiempo de limpieza, de verdades incómodas a nivel social y personal y de máscaras que ya no podían sostenerse. 

Una de las ilusiones que merece la pena señalar, porque ha empezado a desmoronarse, es la del no merecimiento. Cada vez más personas hemos atravesado esa creencia y la hemos ido soltando. No creernos suficientes, de que nuestra existencia no es significativa o de que no aportamos nada al mundo. Y hemos empezado a recordar lo que siempre fue verdad, que somos suficientes y merecedores. 

Esos derrumbes, algunos los hemos aprovechado como impulso para ayudarnos a regresar a casa: a nosotros mismos. Ha sido una transición necesaria para atrevernos a acercarnos hacia nuestra verdadera identidad, aquella que no sostenemos para agradar a los demás, sino la que nos pertenece de forma auténtica, sin maquillaje. 


En la cultura japonesa existe un concepto llamado Ma. Se traduce como vacío o pausa. Pero no es un espacio desde la carencia sino una transición necesaria que propicia el estado intermedio entre las cosas. 2025 ha requerido ese Ma. Para que lo nuevo y diferente pueda brotar, lo antiguo debe desvanecerse, soltarse. Ese tránsito, da lugar a un silencio lleno de posibilidades; deseo que así sea nuestro 2026.


Tengo la sensación que este año nuevo nos va a pedir, entre otras cosas, a dejar de vivir desde el miedo para comenzar a vivir desde el amor. Aprender a consultar primero nuestro corazón antes que nuestras cuentas bancarias, por ejemplo, y  ponerlo como prioridad. Que nuestra mayor ambición sea vivir en coherencia con él. Hablar desde el corazón, decidir desde él y alinear nuestra existencia en base a él. Y seguir la intuición, porque es curioso que solo sobrepensamos y nos sentimos confundidos cuando nos alejamos de ella. La intuición no nace de la mente, sino del corazón, y por eso es tan certera.


Como recordaba Heráclito, lo único permanente es el cambio. Así que toca soltar lo seguro, para saltar al precipicio (en sentido figurado). Dar el paso. Lanzarse al vacío. Hacer las cosas con miedo, pero hacerlas. Perder el miedo al miedo, al fracaso, a la inseguridad. Nunca se está preparado para nada importante; y eso es precisamente lo que distingue a los valientes: quienes, aún temblando, avanzan. 


Tetis, la madre de Aquiles, una nereida inmortal, había sido advertida de la muerte temprana de su hijo. Sabía que, si Aquiles marchaba a la guerra de Troya, alcanzaría una gloria eterna, pero no regresaría con vida. Aterrada por esa profecía, intentó protegerlo sumergiéndolo en las aguas del río Estigia para hacerlo inmortal,  pero al sujetarlo por el talón, esa parte quedó sin proteger, convirtiéndolo así en su único punto débil.


Cuando por fin Aquiles conoció la verdad, Tetis le rogó que no fuera. Pero Aquiles comprendió que su destino no era sobrevivir, sino vivir con sentido. Y le respondió con la grandeza que define a los verdaderos héroes, que un héroe es quien, aún conociendo su destino, se enfrenta a él. 


He elegido este episodio de la mitología griega como inspiración y es la actitud con la que quiero enfrentarme al próximo año y a la vida. No huir de lo que me asusta, no esconderme de lo que me transforma, sino elegir conscientemente la verdad de mi corazón, aunque me haga temblar. Mi intención es vivir desde el corazón y no alejarme más de él. Escuchar lo que siento y construir mi vida a partir de su verdad. 


Si en 2025 ha sido tiempo de regresar a uno mismo y de dejar ir, incluso nuestra identidad, en 2026, no queda otra que reinventarse. Deseo que el 2026 nos encuentre más fieles a nosotros mismos, más valientes, más unidos, más humanos y siguiendo nuestro corazón, porque ese es el camino más directo hacia la autenticidad. 

¡¡Feliz autenticidad!!


Beatriz Casaus 2026 ©



domingo, 21 de diciembre de 2025

El maravilloso sentido de la vida

 “En verdad muchas cosas dejaron de importarme. Y me alegro. Que me roben las maletas y yo pueda viajar con las manos libres.” (Alejandra Pizarnik)

"Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente." (Jorge Luis Borges)

Vistas del amanecer en lo alto de una montaña en Pirineos :)


Al final el tiempo se me echó encima y no pude hablar cuando tocaba de la temporada Sagitario (ayer entró el Sol en Capricornio). Aun así, merece la pena detenerse aquí, porque la semana pasada vivimos un stellium muy significativo en Sagitario: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus y Lilith coincidieron en este signo. Y este tránsito no es menor, porque trae sabiduría a través de la experiencia. Conozco bien esta energía porque tengo un Sagitario fuerte en mi carta, con Marte, Neptuno y Urano ahí. 

En el caso de Lilith, es una posición destacable, ya que permanecerá en Sagitario hasta septiembre de 2026. Esta posición es especialmente relevante porque señala una quema de dogmas, una rebelión contra las creencias limitantes y una profunda búsqueda de la verdad. Se van a cuestionar las figuras de autoridad, los maestros y los gurús; se caerá la fe ciega y se despertará la necesidad de pensar por uno mismo, de construir una verdad propia en vez de heredarla. 

Después de la oscuridad atravesada durante el mes de Escorpio, llega la luz al final del túnel con Sagitario. Pasamos de una energía de purga, introspección y terapia profunda a una vibración más optimista y expansiva. Ya no se trata de concentrarse de forma intensa y focalizada en lo emocional, como hacía Escorpio, sino de ampliar la mirada. El enfoque es más general, panorámico y holístico. Toca aligerar el peso, recuperar la risa y volver a disfrutar. 

Sagitario busca sentido a la vida, y al confiar en que todo forma parte de un bien mayor, en que incluso lo difícil tiene un propósito, encuentra esperanza y positividad. Desde esa fe interior nace su alegría. Aunque, en su sombra, puede tender a vivir refugiándose en un optimismo constante, casi un sesgo "happy", por el que a veces evita profundizar. 

Es el signo del conocimiento y la expansión. Está profundamente vinculado a los estudios superiores, la maestría, la enseñanza y los viajes que ensanchan la mente y el espíritu. Representa el optimismo, la positividad, la independencia, la fe y la esperanza. Es la búsqueda constante de la verdad, la confianza en la vida, la filosofía que intenta comprender lo real y darle sentido. Bajo su influencia, todo tiende a ampliarse y solucionarse: las historias se resuelven y los caminos se abren, porque está regido por Júpiter, el gran benefactor del zodíaco, símbolo de suerte, oportunidades y crecimiento. 

Sagitario ofrece guía y enciende la luz del corazón. Es una energía profundamente divina, asociada a Júpiter, (como he comentado antes) al que se considera simbólicamente una segunda estrella. Júpiter está vinculado a la idea de Dios (Zeus en la mitología griega) y representa la protección y el sentido trascendente de la vida. 

Sin embargo, al ser un principio de expansión, su influencia puede traducirse también en falta de medida: tendencia a crecer sin control, a los excesos, a engordar, a gastar de más o a desbordarse en cualquier plano, porque Júpiter amplifica todo lo que toca. Por eso necesita a Saturno como contrapeso, como límite y estructura, ya que por sí solo no conoce frontera. Júpiter rige las religiones, las sectas y los maestros espirituales, así como la felicidad y el goce que llegan después del sufrimiento profundo, tras haber descendido al "infierno" escorpiano. Con Sagitario, toca volver a disfrutar y hacerlo a lo grande. 

Géminis es la polaridad de Sagitario, su complemento y opuesto perfecto. Ambos se necesitan y se equilibran. Mientras Sagitario busca la verdad última, el sentido y la visión global, Géminis se mueve en el terreno del dato, la curiosidad, la pregunta y la información. Cuando este eje funciona en armonía, la sabiduría nace del diálogo entre conocimiento y experiencia, entre fe y pensamiento crítico. Cuando se desequilibra, Sagitario puede volverse dogmático y Géminis disperso. Juntos recuerdan que no hay verdad sin preguntas, ni preguntas que no conduzcan a un sentido mayor.

Sagitario es el signo de la aventura por excelencia. Es el explorador del zodíaco, el aventurero, el espíritu nómada, el Indiana Jones que tiene un llamado irresistible hacia lo desconocido y la aventura. Encierra la energía de la acción y del salto al vacío con confianza. Necesita movimiento, desafío y horizonte. Ante cualquier posibilidad nueva, su reacción es entusiasta. Encarna la energía de la ideología, las creencias y los grandes sistemas de pensamiento. Su principal desafío evolutivo es atreverse a cuestionar las estructuras mentales más arraigadas, aquellas ideas que han elevado a la categoría de verdad absoluta. En su sombra, puede caer fácilmente en el fanatismo. Aferrarse a una visión del mundo que deja de escuchar otras perspectivas. A lo largo de mi vida he conocido a varios Sagitario que, desde su sombra, han tratado de imponerme sus ideas como si fueran verdades incuestionables. 

Aquí se manifiesta su gran contradicción, ya que suele asociarse a Sagitario con el buen rollo, la alegría y la apertura, cuando en realidad, si esta energía se desequilibra, puede volverse rígida, dogmática e incluso extremista. La fe que lo impulsa a expandirse puede transformarse, si no se revisa, en una creencia cerrada que limita en lugar de liberar. Por lo tanto, el desafío es aprender a romper sus creencias. Escuchar a personas que piensan diferente. Darse cuenta de ciertas cosas de la realidad que quizá no contemplan. Los políticos, por ejemplo, son la encarnación de esa energía desequilibrada. No se escuchan, porque si se escucharan, se darían cuenta de que ambos lados tienen cosas que son ciertas. 

Por otro lado, se trata de la energía del fuego cósmico que invita a conquistar nuevos horizontes. Es un signo que necesita estímulos de ir más allá, de conocimiento, de crecimiento. Es el filósofo de la vida, cuando se desarrolla plenamente. Hay Sagitarios que les gusta la dolce vita y se dedican a una vida acomodada o burguesa, pero el Sagitario que se desarrolla plenamente tiende a buscar amplitud de miras, de conocimiento, de fronteras, por eso es un signo que viaja mucho, que conoce el extranjero, que es cosmopolita, que no para de estudiar o aprender, y a ir más allá de los límites tradicionales del entorno. 

La casa 9 es la casa natural de Sagitario y está directamente relacionada con todo este impulso de expansión y búsqueda de sentido. Las personas con planetas en la casa 9 suelen ser grandes viajeras, tienen gran facilidad para aprender idiomas y una marcada apertura cultural; no es raro que pasen gran parte de su vida en el extranjero o mantengan un fuerte vínculo con otros países. Uno de mis mejores amigos tiene el Sol en la casa 9 y es un ejemplo perfecto de esta energía: habla varios idiomas, ha vivido durante años fuera de su país de origen y cada año emprende viajes a culturas lejanas. 

Como comento, esta energía propicia las relaciones con el extranjero y favorece las actividades vinculadas al comercio exterior, los intercambios culturales y la apertura al mundo. En el plano personal, impulsa el movimiento constante, el disfrute del aire libre, las actividades deportivas y una fuerte necesidad de sentirse en libertad. También estimula los viajes y el contacto con otras culturas como vía de conocimiento. Siempre me gusta instar a la gente joven a que pase como mínimo un año fuera de su país y que aprenda otro idioma. Yo tuve la oportunidad de irme un año y medio a los 16 años a Estados Unidos y fue vital para mi desarrollo personal. 

En su versión desequilibrada, puede manifestarse como una actitud evasiva o negadora de la realidad, acompañada de orgullo, soberbia o arrogancia. Recordemos que está regido por Júpiter, antiguo Dios de los griegos y a veces puede derivar en un endiosamiento o altivez. Al no conocer límites, algunas personas bajo esta energía pueden hablar en exceso, imponerse, resultar invasivas o incluso prepotentes. Pueden sobrevalorar sus capacidades y a pensar que siempre tienen la razón, confundiendo expansión con superioridad. 

Como siempre recalco, aquí estoy hablando del arquetipo Sagitario, no de una etiqueta cerrada. También me gusta insistir en que el signo solar no explica quién eres de forma completa. Siempre se dice: "Eres Leo", "Eres Piscis", como si eso definiera toda nuestra identidad, y de ahí nace la confusión cuando no nos reconocemos plenamente en nuestro propio signo. El Sol describe nuestra esencia, el punto de partida del alma, el proceso de encarnación, la dirección evolutiva. Pero no lo explica todo. Para comprendernos de verdad es necesario observar el conjunto completo de la carta natal, porque puede ocurrir que tengas el Sol en un signo de fuego, pero la Luna en un signo de tierra o una fuerte predominancia de agua en la carta. En ese caso, es natural que no se identifique del todo con la descripción clásica del signo solar. La carta es un mapa completo, no solo una pieza. 

Esta temporada ya finalizada de Sagitario ha sido un momento excelente para iniciar aquello que habíamos ido postergando, para atrevernos a probar lo que nos daba miedo y para hacer cosas que ni siquiera imaginábamos que seríamos capaces de intentar. Bajo la energía de Sagitario, el alma se expande. Nos animamos a dar un paso nuevo, rompemos patrones y nos dejamos sorprender por nosotros mismos. Ha sido también una etapa marcadamente social, en la que nace el deseo de compartir, de salir, de encontrarnos con otros. En mi caso, llevo un mes de disfrutar con amigos maravillosos. He aprovechado bien esta energía y, con la llegada de la Navidad, ese impulso de conexión y celebración continúa. 

En el fondo, Sagitario nos recuerda algo esencial: que la vida no está hecha para ser comprendida, sino para ser vivida, para disfrutarla. Nos ha invitado a levantar la cabeza, a confiar. A dejar de tener la razón, para ser feliz. A seguir buscando, a ampliar la mirada. Nos enseña a ir hacia delante, a que demos el paso con fe, que riamos, que nos transformemos a través de la experiencia. Y quizá, viajando más ligeros (como indica la cita que abre esta entrada de la poetisa Alejandra Pizarnik) con menos dogmas y más curiosidad, es cuando la vida recupera su maravilloso sentido. 

¡Os mando un fuerte abrazo! 


Beatriz Casaus 2025 ©







martes, 16 de diciembre de 2025

La reconciliación más importante

“Lo mejor del mundo es saber cómo pertenecer a uno mismo.” (Michel de Montaigne)


“Tú mismo, tanto como cualquier otro ser en el universo entero, mereces tu propio amor y afecto.” (Buda)


“Ser dueño de nuestras historias y amarnos a nosotros mismos a través de ese proceso, es lo más valiente que jamás haremos.” (Brené Brown)  





Hoy voy a abrir una pequeña ventana a mi pasado. Se ve que los genes morenos de mi padre prevalecieron sobre los de mi madre: ella es rubia de ojos azules y él, moreno de pura cepa. Por dentro, en cambio, soy una mezcla de ambos: mi madre me enseñó su mirada de bondad hacia el mundo, y mi padre, su incansable afán de aprender y su inquietud por la cultura. Entre tantas otras cosas. 

Como muchas personas en esta sociedad, hubo momentos en los que me sentí insegura por mi físico. Pero gracias al trabajo interno, hace años aprendí a amarme, a no minimizarme y a dejar de esconderme para no incomodar. Por eso no temo mostrarme en fotos ni a habitar mi cuerpo. Aceptarme se convirtió en uno de mis verbos preferidos. 


Y antes de hablar de lo mío, me parece importante recordar que incluso mujeres admiradas en todo el mundo pasaron por experiencias similares. La para mí, diosa Nicole Kidman, confesó que lo pasó mal durante su etapa escolar debido a su estatura, en una entrevista comentaba: “Medía casi 1.80 a los 14 años. Me molestaban, y no era agradable. Toda mi vida quise ser alguien de 1.58 y curvilínea”. La otra diosa del Olimpo Charlize Theron, comentaba que se metían con ella por lo mismo. Me parece desacertadísimo teniendo en cuenta que esa mujer es, para mí, un milagro de la naturaleza. 

 

En mi caso, salvando siempre las inalcanzables distancias, ocurrió algo parecido. De los 12 a los 15 años, algunas niñas se burlaban de mí por mis pies, porque calzaba un 41 a esa edad. Ellas presumían  de una talla 35-36. Como siempre he tenido sentido del humor, lo encajaba como podía, pero aquello no dejaba de doler. Desde parvulario solía ser la alta de la clase y la “demasiado delgada”. Mi cuerpo, sin pretenderlo, siempre fue tema de debate mucho antes de que yo aprendiera a habitarlo en vez de juzgarlo. Y por aquel entonces ya lidiaba con trastornos de la alimentación diagnosticados por profesionales. 


Hoy, sigo calzando un 41 de pie, porque mido 1.72-1.73 m (depende de la farmacia, jeje). Nadie nos explicó que la talla del pie adelantaba una proporción con la estatura. Con el tiempo descubrí que mi pie no era desproporcionado sino que era proporcional. Y sobre mi delgadez: superé mis batallas con la autoexigencia corporal, y, sin pelearme con la comida, hoy mi talla XS es simplemente consecuencia de estar bien, aunque algunas personas sigan opinando que es “demasiado delgada”. (Mis padres son delgados por constitución; algo tendrá que ver). No me avergüenzo de nada de mi cuerpo. Todo lo contrario, lo celebro. Me siento afortunada de haber hecho las paces con él. De tener un cuerpo que responde, se fortalece y me sostiene. La reconciliación más importante es con uno mismo. 


Imagino que, como las excompañeras de Nicole y Charlize, aquellas niñas, hoy adultas, quizá no se sientan orgullosas de cómo hicieron sentir a otras. No era maldad, era inseguridad y miedo mal gestionado. Se reían de quien despertaba lo que no sabían gestionar. (Lo irónico es que yo también era insegura y nunca hice algo así) Sé poco de ellas, salvo que conservan su número de pie. Cada una siguió su camino y creció a su manera.


La lección que quiero dejar es que nada justifica una burla, sobre todo a ciertas edades en las que aún no hemos construido nuestras propias herramientas personales para protegernos. Se puede hacer mucho daño y cargarlo durante el resto de la vida si no se sabe sanar.  Todos debemos aprender a habitar nuestra piel en paz. Y sobre todo, dejar a los demás tranquilos. Si no te gusta lo que ves en el espejo, cámbialo. Pero no se hiere a otro por miedo a mirar adentro. 


Todo esto me llevó a comprender algo más amplio. La vida no se ordena para complacernos. Y ahí entra la entropía. Por ello, a continuación, os dejo un poema sobre disfrutar dentro del caos que es la vida, porque nada en ella es perfecto. La ciencia lo explica con claridad: la segunda ley de la termodinámica dice que la entropía, la medida del desorden, siempre aumenta con el tiempo. Todo tiende al caos. Nada permanece quieto ni perfectamente ordenado. Y cuanto antes nos acostumbremos a nadar en sus aguas indómitas, sin control y en perfecto desorden, antes empezaremos a disfrutarla. Vivir no va de controlar, sino de fluir. 


“La segunda ley de la termodinámica establece que la entropía (medida del desorden) de un sistema aislado siempre tiende a aumentar con el tiempo. Esto significa que los sistemas evolucionan naturalmente hacia un estado de mayor desorden y aleatoriedad.”



Entropía



Con cada amanecer

la cuenta comienza de cero,

como si el mundo 

fingiera pureza

en cada nueva oportunidad.


Qué queda pendiente de disolver

en esta delicada burocracia del alma.


Dentro de la ansiada perfección

intentamos practicar 

una cirugía a la vida.


Meta pendiente:

aprender a ver 

en lo borroso del desorden,

bailar descalza en el caos,

saborear la confusión,

dilucidar claridad 

en el fárrago de la mente.


La voz astuta de dentro susurra,

pero cuando hay demasiado ruido

no se escucha.

Y este mundo distrae 

con miedo y ruido.


Mientras, 

el cuerpo delata la verdad implacable:

un temblor que nadie ve,

la fiebre señala

lo que se calla, 

un dolor inesperado,

la taquicardia traidora

que una emoción desboca.


Intentamos domesticar la intuición

en vez de fiarnos de su voz,

cuando es lo único que da paz 

al cuerpo desgastado 

bajo la piel 

de un presente no vivido.


Esperamos que todo esté en orden

para seguir,

como quien aguarda 

a que cicatrice el tiempo

antes de dar el siguiente paso.


Ahí se pierde la coherencia:

asumir que nunca nada va a estar en orden;

en una vida siempre falla algo;

nunca todo va a ser perfecto.


Encontrar silencio en el ruido,

saber que se puede estar bien 

aunque algo duela.

También se puede empezar,

sin estar listo.


Fluir en la angustia de la entropía,

no controlar lo que no es asunto mío,

sino el de la vida.


Nunca es el momento idóneo para nada,

por eso siempre es el momento idóneo.

No hay nadie seguro del todo.


Hay un espejismo subyacente:

la perfección es de naturaleza distraída.

Es admirable su constancia 

por querer ser  protagonista;

es más bien escurridiza, inalcanzable 

y tan falsa como una falda que no es corta.

Perseguirla es un delirio

que puede ser tragedia.


Nos empeñamos en anestesiar

con la sed de ordenar,

controlar, asegurar.

Es agarrarse al miedo

sin saltar al vacío.


El orden es apenas

la rebeldía momentánea

contra la naturaleza de las cosas.


No siempre se está preparado.

A veces hay que transitar

el camino sin saberlo.

Comenzar a andar

sin estarlo.


Un pilar consciente:

La rutina sostiene un espacio muy grande

entre el deseo y el sometimiento.

La incertidumbre acompaña

sin darte la mano.

El desastre, 

también sostiene.


Avanzar entre la paja,

abrir la puerta a lo desconocido,

y dejar que el mundo,

con su torpeza,

nos sorprenda.




Beatriz Casaus 2025 ©



lunes, 8 de diciembre de 2025

Cuando lo imposible sucede

“Donde entra el sol, no entra el médico.” (Hipócrates)

“Un milagro sucede cuando cambias lágrimas por oración y miedo por Fe.” (San Francisco de Asís)

“Es mucho más importante qué persona tiene la enfermedad que qué enfermedad tiene la persona.” (Hipócrates) 

Pantallazo que hice del documental "Heal"


Lo que voy a contar a continuación es un hecho real que ocurrió en julio de 2024. Me sucedió a mí y a mi pareja y, aunque es una anécdota increíble que nuestros conocidos ya saben, siento que es importante compartirla aquí, en un espacio donde más personas puedan leerla y comprender el poder de la curación y la Fe. No me había atrevido a contar esto antes, porque se requiere coraje para hacerlo. Pero he llegado a un punto de mi vida en el que ya no me enfoco en lo negativo que pueda despertar lo que comparto, sino en lo positivo que puede generar.

En julio del año pasado, mi pareja, nuestro perro y yo fuimos a un camping en pleno Pirineo francés. Íbamos a salir de ruta, pero aunque lo intentamos con chubasqueros, la lluvia hacía la caminata demasiado difícil. Decidimos posponerla para el día siguiente, cuando el tiempo sería mejor. Además, ese día a él le dolía bastante la espalda. Tiene siete hernias y, a veces, el dolor es complicado. Así que lo dejamos para más adelante.

Aprovechamos para acercarnos a Lourdes, en el sur de Francia, porque mi pareja sabe que siempre había querido ir, y me sorprendió llevándome porque sabía que me haría ilusión. En otros viajes anteriores también habíamos estado en Fátima (Portugal) y en Covadonga (Asturias).

Soy una persona muy intuitiva; enseguida capto las energías de los lugares, y allí la energía era sobrecogedora. Además una intensa paz envolvía todo aquello. Desde el momento en que llegué, y durante las tres horas que pasamos recorriendo el lugar, sentí una presencia de amor y bondad indescriptible. Mi corazón se desbordaba. Tanto, que empecé a llorar de emoción. Era como si algo dentro de mí se estremeciera de forma profundamente conmovedora, pero positiva. Una emoción de amor tan intensa que jamás la había sentido en ningún otro sitio.

Mi pareja no es espiritual ni creyente; aun así, siempre me dice que si algo me hace feliz, a él le da paz. Y así fue. No se quejó en ningún momento, el pobre. Incluso le vi calmado y relajado, contagiado por cómo yo estaba viviendo aquel lugar. Por mi parte, no soy beata, ni monja, ni santa ni nada de eso. Pero profeso una gran Fe tanto a Jesucristo como a la Virgen y a Dios, desde que era muy pequeña.

Había personas de muchos países que llegaban en autobuses y hacían cola para ser bañadas en unas piscinas con fines de curación. Todo el mundo era amable y bondadoso. Después de recorrer el lugar y encender una vela, le dije que podíamos irnos; él no me metió prisa, porque sabía cuánto estaba disfrutando de aquel lugar sagrado.

Ya de camino a la salida, vi unas fuentes donde la gente recogía agua para llevársela. El agua de Lourdes es conocida por su carácter milagroso, así que, en un impulso, le pedí que nos detuviéramos y se levantara la camiseta por la espalda. Sonrió porque intuyó lo que iba a hacer. Me hizo caso. Cogí agua de la fuente y la puse en la zona donde le dolía, mientras pedía en voz alta a la Virgen que, por favor, curara su espalda.

Después regresamos al camping. Durante el camino de vuelta nos entró un sueño muy profundo así que decidimos dormir una siesta. El sueño fue tan intenso que nos despertamos cuatro horas después, ya de noche. No dábamos crédito porque no solemos dormir siestas tan largas. Nos íbamos a preparar para salir a cenar cuando, al levantarse, mi pareja me dijo visiblemente sorprendido: “No te lo vas a creer: no me duele absolutamente nada.” ¡Y claro que le creía! Le abracé y di gracias a la Virgen en voz alta.

Desde ese día, aquel dolor nunca volvió. De vez en cuando siente alguna molestia muscular en el lumbar, pero nada comparable a los dolores anteriores. Meses después tenía una revisión de sus hernias y, al hacerse la resonancia, el médico no entendía nada. Le dijo que, comparándola con la de 2010, no había rastro de las siete hernias. Que no sabía cómo explicarlo. Habían desaparecido por completo.

Mi pareja me dijo que, desde aquel día en Lourdes, jamás volvió a dolerle. Él no tiene seguro si aquello sucedió como causa directa del agua de la Virgen, por casualidad o lo que fuera, pero yo sí estoy segura de ello. No compartió con el médico lo que había sucedido, pero lo cierto es que las dos resonancias fueron una evidencia científica y empírica de un caso de curación. Al menos, para mí sí. 

Mi pareja respeta profundamente mis creencias y me apoya, igual que yo le escucho cuando habla de lo que le apasiona. Existe un respeto y un aprendizaje mutuo. Pero él no es espiritual ni nada por el estilo, más bien diría que todo lo contrario. Es terrenal, lógico, escéptico y extremadamente racional. Por eso somos complementarios: él me aporta pragmatismo, claridad, lógica y raciocinio; y yo, espiritualidad, empatía, creatividad y fantasía. Nos admiramos y nos sostenemos desde esa diferencia. Siempre le digo que es como Santo Tomás, fiel a la frase “si no lo veo, no lo creo”, como cuando necesitó meter el dedo en la herida del costado de Jesús para creer que había resucitado.

Con este relato verídico, solo quiero invitaros a abrir la posibilidad de que esto es real. Y le ha pasado precisamente a la persona más escéptica y menos creyente que conozco. La curación espontánea existe, como existen muchas otras formas de sanación que aún no comprendemos. Abramos la mente e indaguemos un poco. Por supuesto siempre hay que seguir las indicaciones médicas, pero, invito a que estemos abiertos a nuevas posibilidades si pueden sumar. 

No voy a entrar en debates sobre la actual medicina ni la industria farmacéutica; no estoy aquí para eso. He aprendido que mi opinión personal no debo darla a la ligera sobre temas tan controvertidos. Sé que en ella hay personas que trabajan con la genuina intención de mejorar la salud de otros. Pero también soy crítica con ciertos aspectos.

Recomiendo el documental Heal en Amazon Prime. Me gustó bastante ;) Y la película “El jardinero fiel” de 2005 con Rachel Weisz y Ralph Fiennes.


¡Súper abrazo!


Beatriz Casaus 2025 ©



miércoles, 3 de diciembre de 2025

Quién es tu dueño

 “La felicidad es amor, no otra cosa. El que sabe amar es feliz.” (Hermann Hesse)

"Algunas personas son tan pobres, que lo único que tienen es dinero." (Bob Marley)

“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo.” ((Leon Tolstói)





La semana pasada fue el famoso Black Friday y, con la Navidades a la vuelta de la esquina, entramos en la época más consumista del año.  Por eso quiero compartir un recordatorio: consumir no nos hace felices; ayudar, crear y compartir tiempo con la gente que amamos, sí.

Vivimos en un mundo plenamente consumista. El consumo favorece el crecimiento de la economía, y por eso se nos insta a comprar, a desear, a implantarnos necesidades materiales que no necesitamos para que la rueda de la vorágine del consumo siga girando. Gastar es sinónimo de abundancia, pero no necesariamente de plenitud. Aquello a lo que estamos apegados es nuestro dueño. Y muchas personas se aferran a lo material.

Comprar algo nos produce dopamina, ese chispazo químico que nos regala un instante de alegría, un placer fugaz y efímero. Sin embargo, pasado un tiempo, el efecto desaparece y volvemos a necesitar otro estímulo, otra compra, otro pequeño fogonazo que alivie el vacío que nunca se llena. Porque el bienestar no se encuentra en el placer momentáneo, sino en algo que va mucho más allá. Lo material puede distraer con placer pasajero, pero la paz interior, no. Lo único que llena cualquier vacío es Dios, y Dios está dentro de cada uno, no en el mundo de las formas. Por lo tanto, fuera de ti, nunca encontrarás el gozo verdadero sino distracción.

Mucha gente que aparentemente lo tiene todo, vive, aun así, con un hueco interno que ninguna compra consigue tapar. Porque el bienestar interior no tiene nada que ver con el tamaño de la cuenta bancaria, ni con la marca del coche, ni con cuántos metros cuadrados tiene una casa. Sin embargo, la sociedad nos enseña lo contrario, que más es mejor. Más estatus. Tener más. Se nos educa en el querer cada vez más y no en agradecer. Se alimenta la codicia y la ambición, pero rara vez el espíritu.

He visto personas con sueldos mínimos que ríen de verdad, que disfrutan de un café al sol como si fuera oro, que abrazan la vida con gratitud sin importar lo poco o lo mucho que tengan. Y también he observado lo contrario: personas con cifras enormes en sus cuentas, que estrenan, que acumulan… y aun así se sienten vacías.
La diferencia es que las primeras agradecen mientras las segundas sienten que siempre les falta algo. Hay quienes poseen muchas cosas, pero no poseen paz. Y otros que poseen muy poco, pero viven llenos. Confundimos abundancia con bendición, y posesión con plenitud, pero no siempre es así.

Quien está verdaderamente bendecido es profundamente agradecido. No presume, no acumula sin medida. Sabe que todo lo que tiene es un regalo, y desde ahí experimenta humildad, serenidad y un deseo real de compartir. Cuando uno está lleno por dentro, deja de vivir únicamente para sí. En cambio, quien vive atrapado en lo material nunca se siente satisfecho. Cuanto más tiene, más quiere. La abundancia sin sentido es, en realidad, un vacío muy bien decorado. 

A la sociedad no le interesa que tengas dinero propio, por eso te invita todo el tiempo a gastarlo. No le interesa que seas independiente, por eso reprime al emprendedor con impuestos. No le interesa que pienses por ti mismo, por eso tenemos un sistema educativo que forma empleados, no mentes libres. Nadie enseña educación financiera, pero sí se enseña a ser productivo, obediente, funcional. La forma de vida que proponen es trabajar para otro, ascender, consumir y callar. Nunca me atrajo la idea de trabajar en una empresa sino la de crear, ser auténtica y fiel a mí misma, ayudar y hacer de este lugar del universo, un sitio mejor.

En el Evangelio de Lucas, capítulo 4, el diablo llevó a Jesús a lo alto de una montaña y le ofreció "todos los reinos del mundo con toda su gloria" a cambio de que se inclinara solo una vez ante él. Es decir, lo que este mundo glorifica no siempre viene de Dios, sino de lo contrario. Por eso no podemos juzgar la bendición divina por lo que alguien tiene. No podemos suponer que quien más posee es quien más ha sido bendecido. Muchas veces ocurre justo al revés. 

Lo material puede llenar las manos, pero no el corazón. Puede ofrecer brillo externo, pero nunca descanso interno. Puede deslumbrar como una joya, pero no acompañarte en la noche oscura del alma. Jesús repite en varias ocasiones en el Nuevo Testamento, que “su Reino no es de este mundo”. Con ello nos recuerda que las posesiones, la riqueza, el éxito o la fama no son indicadores de su reino, de lo divino. No determinan nuestra valía. Su Reino es otro: uno que se mide en amor, en humildad, en conciencia, en verdad interior. El reino del espíritu, no el material. 

Para los budistas, la práctica para el desapego es la meditación, para Jesús, es el amor. A sus discípulos les decía: "Dejadlo todo y seguidme". Pudo haber elegido criarse en una familia con comodidades y sin embargo eligió la más humilde y se dedicó a ser carpintero. Pudo vivir con los mayores lujos y no lo hizo. Se pudo rodear de la gente adinerada de la época, y sin embargo, se rodeaba de los pobres y enfermos. También tuvo amigos con dinero que le facilitaron cierto sustento (José de Arimatea entre otros) pero eran personas que seguían sus enseñanzas. 

Por eso nos invita a desprendernos del apego a lo terrenal, no para vivir sin nada, sino para no ser esclavos de aquello que poseemos. Porque lo único que permanece es el amor. Todo lo demás pasa. A veces creemos que tenerlo todo es ser feliz: casas, vidas de revista, teléfonos de último modelo… pero, cuando miras más de cerca, descubres que muchos de esos brillos no iluminan. Que debajo, se esconden personas rotas vistiendo lujos o almas agotadas sosteniendo apariencias.

Siempre he sentido que lo único verdaderamente importante es el amor. También existe un hecho indiscutible. Cuando dejamos este cuerpo, no nos llevamos nada material. Y estoy segura de que cuando lleguemos al otro lado, no te van a preguntar por tus cuentas bancarias, títulos o promociones laborales. Creo que las únicas preguntas que importan allí y que harán, serán: ¿Cuánto amaste? ¿A quién ayudaste sin esperar nada? ¿Cuánto estuviste presente en tu vida? ¿Qué impronta de amor dejaste?

Nada externo llena ni sana un corazón herido. Nada comprado cura una falta de propósito. Nada material sustituye el amor verdadero. La paz no se compra. La plenitud no se finge. Al alma no se le engaña.

El bienestar real nace de dentro. Lo dije al inicio y lo sostengo, crear da felicidad, (un poema, una canción, un dibujo, un jersey para tu hijo…) ayudar a otros da felicidad (ofrecer servicio a quien lo necesita) y estar con las personas que se ama, da felicidad. Pero no hablo de esa alegría fugaz que se enciende y se apaga, sino de la que permanece. La que deja un poso cálido en el alma. 

La verdadera plenitud nace de la gratitud, de la coherencia entre lo que se siente y lo que se vive, de la calma que no depende de circunstancias externas, de la fe que sostiene y de un corazón limpio. Puedes tener poco y sentirte inmensamente rico, o poseerlo todo y sentir que no tienes nada. Porque la abundancia es otra cosa y no tiene que ver con lo que se tiene. Sino con lo que cultivamos en el interior, lo invisible.

Se trata de cambiar ambición por significado. Y sobre todo decidir a qué entregas tu vida y tu corazón…

¡Abrazote!


Beatriz Casaus 2025 ©