lunes, 2 de febrero de 2026

Capricornio: el renacimiento de la luz (y la verdad de Saturno)

“Decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores, vosotros sois el tiempo.” (San Agustín)

“El éxito como la felicidad es el efecto secundario inesperado de la dedicación personal a una causa mayor que uno mismo.” (Viktor Frankl)

 


El pasado 21 de diciembre, el Sol ingresó en el signo de Capricornio, inaugurando como cada año el Solsticio de invierno en el hemisferio norte y el Solsticio de verano en el hemisferio sur. El grado 0 de Capricornio es un punto del zodíaco muy significativo, ya que ha sido considerado desde la antigüedad como un portal de entrada de energía, una especie de umbral simbólico desde el cual se “recibe” la fuerza del centro galáctico. No es casual que antiguamente se celebrara como el día del “Sol Invictus”, el nacimiento de la luz, el momento en el que los días empiezan lentamente a alargarse. Y precisamente por eso, es la noche más larga en el hemisferio norte. 

Y aquí me parece importante añadir un matiz: históricamente no hay consenso sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo, quien muy probablemente no nació un 25 de diciembre. Esa fecha se fijó siglos después, en parte por motivos culturales, para hacerlo coincidir con antiguas celebraciones romanas vinculadas al renacimiento de la luz tras el solsticio. Existen hipótesis y textos que sitúan su nacimiento en otras épocas del año (por ejemplo en agosto, lo que lo colocaría en Leo, o en marzo, Piscis). Personalmente, siento más probable esta segunda opción. Hablaré de ello en otro post, si os interesa.

La temporada Capricornio ya ha pasado, pero aunque escribo con retraso, este signo merece su homenaje. Como ya hablé de Acuario en otro post antiguo https://nosoyyosomosnosotros.blogspot.com/2024/11/pluton-en-acuario-hacia-una-era-de-luz.html (y ahora estamos plenamente inmersos en la temporada acuariana), siento que es importante detenerme un momento y dar valor a ese tiempo que acabamos de atravesar. Hoy quiero romper una lanza a favor de este signo (al igual que ya hice con Virgo) porque Capricornio arrastra una mala fama injusta: se le acusa de frialdad, de dureza, de ser excesivamente serio. Y al estar regido por Saturno, un planeta tan exigente como necesario, asociado al trabajo duro, la disciplina, la constancia, los límites, el esfuerzo y el sacrificio, en la astrología tradicional se le ha llamado por ello “el gran maléfico”.

Sin embargo, y esto quiero subrayarlo, necesitamos a Saturno en nuestras vidas. Sin Saturno no habría estructura, no habría orden ni sostén, no habría realidad. Saturno representa el principio de la materialidad. Representa la capacidad de dar forma concreta a lo que pensamos, soñamos o deseamos. Saturno es tiempo y madurez. Es Cronos, en la mitología griega el dios del tiempo, asociado a la sabiduría profunda que se adquiere tras vivir, esperar, resistir y comprender. Por ello también está relacionado con la etapa de la vejez.

Como a mí me gusta hacer analogías para que se entienda bien de lo que hablo, Saturno sería como ir al gimnasio. A nadie le apetece ir, y muchas veces cuesta empezar. Pero una vez allí, a base de esfuerzo, constancia y disciplina, el cuerpo, y también la mente, empiezan a transformarse. Sin milagros ni atajos, sino mucha repetición, paciencia y compromiso. La frase "no pain, no gain" lo resume bien. Esa es, en esencia, la energía de Saturno en su forma más sencilla. No premia lo rápido sino lo sostenido. Al principio no se nota nada, pero con el tiempo llega un día en que te miras al espejo y ves resultados. Merece la pena el sacrificio, porque con dedicación se consigue un cuerpo más tonificado, más fuerte, más firme… y sobre todo, una sensación interna de orgullo porque sabes que te lo has ganado.

Saturno también simboliza la ambición, el éxito, la construcción de una identidad sólida y nuestra posición en el mundo. Por eso se encuentra ligado a la Casa X, la del mundo, la del logro visible, cómo el mundo nos percibe, qué lugar ocupamos, cuál es nuestra reputación, nuestra profesión, nuestro legado. Capricornio es el signo de la madurez, la responsabilidad, el sacrificio necesario para conseguir las cosas. Habla de compromiso, de establecer metas y objetivos, y de lograrlos con tenacidad y determinación.

Además, Capricornio es un signo cardinal, lo que implica inicio, fuerza de arranque y dirección. Por lo que hablamos de personas que, con frecuencia, son líderes natos. Suelen alcanzar puestos de autoridad y no es de extrañar que muchos jefes sean Capricornio, porque este signo está profundamente vinculado al mundo de las jerarquías y las estructuras establecidas. Capricornio es un signo de tierra, por lo que su esencia se relaciona con la solidez, lo real, lo tangible, lo que se puede sostener y demostrar. Es el signo del largo plazo.

Y por esto mismo voy a decir algo que sostengo con fuerza: Capricornio, para mí, es uno de los signos más fieles. Tiene una cualidad preciosa, y es que cuando decide comprometerse, suele hacerlo con una lealtad difícil de encontrar. Cuando está en una relación, Capricornio es, sin duda, una de las energías más fieles y estables que existen. Y no solo en el amor: también a nivel de amistad son profundamente leales, constantes y protectores con los suyos. No suelen fallar y esa es una de sus mayores virtudes. 

Capricornio es leal y demuestra amor con hechos. Cuando se vincula, suele hacerlo con constancia y compromiso. Porque Capricornio se compromete en todo lo que hace y, cuando lo hace, suele ser para toda la vida. De hecho, lo vemos también en grandes ejemplos de Capricornio que vivieron el amor con una lealtad preciosa: David Bowie, con su amor inquebrantable junto a Iman, Freddie Mercury y Jim Hutton (Freddie era Virgo y Jim, Capricornio) o la historia legendaria de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, dos ejemplos que representan esa fidelidad madura y sólida cuando esa energía está bien integrada. 

También quiero enfatizar algo importante: Capricornio no es solo “frío”. Capricornio es, cuando ha madurado, el signo que protege, que sostiene, que construye refugio. A veces se confunde su reserva emocional con falta de sentimientos, cuando en realidad muchas veces es lo contrario. Capricornio siente profundamente, pero no le gusta desperdiciar energía emocional donde no hay verdad, futuro o coherencia. Este signo ama demostrando con hechos, con lealtad, presencia, responsabilidad y permanencia. Capricornio puede no prometer demasiado… pero lo que promete, lo cumple. 

La sombra de Capricornio aparece cuando su necesidad de estructura, seguridad y logro se distorsiona y se convierte en rigidez. En vez de vivir, puede vivir desde el deber. Sentir que solo vale si produce, si cumple, si está “a la altura”. De ahí nacen la autoexigencia, la productividad extrema, el miedo al descanso y una tendencia al control, intentando ordenar la vida para no enfrentarse al caos o a la incertidumbre. 

Muchos Capricornio tienen un gran corazón y son muy buenas personas, aunque al principio puedan parecer fríos y reservados. Pues en su herida, como he dicho antes, Capricornio puede aislarse emocionalmente, reprimir la vulnerabilidad y confundir fortaleza con frialdad, cuando en realidad suele sentir profundamente pero le cuesta mostrarlo. También puede caer en la ambición vacía de lograr mucho y aun así no sentirse pleno, porque el éxito no sustituye lo emocional. Saturno, mal integrado, puede volverse juez, severo, duro consigo y con los demás. En sombra, pueden caer en rigidez mental y dificultad para flexibilizar y querer tener siempre la razón, aunque la mayor parte de las veces, la tienen… Su gran aprendizaje es transformar esa exigencia en sabiduría: comprender que descansar no es fracasar y pedir no es debilidad. 

Es importante resaltar también que el pasado día de Reyes Magos, vivimos un precioso Venus Star Point en Capricornio. Este evento se produce cuando Venus hace conjunción exacta con el Sol y cada vez que sucede se renuevan valores, deseos, la armonía, el equilibrio… según el signo en el que se dé. En este caso, al producirse en Capricornio y con Marte formando parte también, resultó beneficioso para vincularnos desde el compromiso y la responsabilidad. El deseo se orientó hacia lo que puede construirse y sostenerse en el tiempo. Comenzó así un año muy favorable para concretar y consolidar relaciones, asociaciones y proyectos. La presencia de Marte en su signo de exaltación aportó dinamismo y enfoque. Se produjo además en oposición a Júpiter en Cáncer, amplificando la dimensión emocional y recordándonos que toda construcción sólida necesita también sensibilidad y afecto. 

Os deseo un feliz comienzo de febrero, ya en plena temporada Acuario, con su aire rebelde, original y su impulso inevitable de cambio. Acuario no deja indiferente, viene a remover, a cuestionar y a sacarnos de la comodidad. Y con el stellium que tenemos en este signo, estamos atravesando una profunda revolución tan intensa como inevitable, a todos los niveles. Lo vemos en muchas partes de la sociedad y en muchos países, así como a nivel individual. Creo firmemente que las viejas estructuras, las que ya no se sostienen, caerán tarde o temprano. ¡Feliz revolución!

Un abrazo.

Beatriz Casaus 2026 ©


- Esta vez hago un homenaje a mi mejor amigo, Fabio, nacido un 19 de enero... Una persona extraordinaria en todos los sentidos: bueno, culto, inteligente, justo... y con quien me río hasta tener agujetas el día siguiente. Las fotos en las que salgo con él son en Milán y Madrid :) (No dejo las fotos mucho tiempo para que no se queden en Google pululando) Y como dato curioso, decir que tres de las personas más importantes de mi vida nacieron el mismo día en diferentes años… un 19 de enero. Como siempre me gusta recordar, nada es casualidad. -




domingo, 18 de enero de 2026

No me sé la tabla del cero, pero sí la del amor

 “In case you ever foolishly forget. I am never not thinking of you.” (Virginia Woolf)

“Sea cual sea la sustancia en la que están hechas nuestras almas, la suya y la mía son idénticas.” (Emily Brontë)




Hoy es el cumpleaños de la personita que tengo más cerca, no solo en mi vida sino en cada latido. Mi compañero de existencia en esta, y en todas las que vengan. Mi fiel pareja, mejor amigo, amante, refugio, apoyo constante, consejero, mi chef de confianza, el perfecto manitas, la persona más carismática que conozco, un profe increíble, el mejor instructor de buceo, armas... un gran líder y el que siempre ayuda a todos. Mi persona favorita de este y de cualquier universo, conocido o por descubrir.  Él, a quien amo de la forma más amplia que esa palabra puede abarcar. ¡¡Muchísimas felicidades y mucha felicidad hoy y siempre!! Te amodoro. 


Gracias por inundarme de este amor infinito y dejarme vivirlo contigo. Gracias por hacer de lo cotidiano algo extraordinario: incluso ir a comprar al súper es divertido. Gracias por nuestros bailes en cualquier parte (colas incluidas) y por  no soltarme de la mano ni con aguarrás. Gracias porque todos los sitios son testigos de nuestros abrazos, miradas, risas y besos, excepto cuando me salen calenturas :P Es gracioso cómo todo el mundo nos pregunta si nos acabamos de conocer…


Gracias por esta vida tan bonita que estamos construyendo, por enseñarme a que se puede vivir como dos agapornis siendo simples humanos. Gracias por una vida feliz compartida. Gracias por quererme aun sabiendo que soy probablemente la persona más despistada que conocerás jamás (y aún así sigues aquí, lo cual te convierte oficialmente en héroe). Y gracias, sobre todo, por regalarme sin pretenderlo un máster en paz, aprendizaje y armonía a tu lado.

Perdonad este arrebato de cursilería, pero el día lo pide y yo me dejo llevar. Y, cambiando de tercio y como antesala al poema que he escrito, he de confesar que nunca se me dieron bien las matemáticas. Con los números, en general, nunca tuve una relación fácil… siempre fui de letras. Creo que nuestra mala relación empezó pronto y, aunque siempre he admirado la belleza y la universalidad de las matemáticas, mi cabeza parecía hecha de otra materia.

Eso sí, tuve suerte. Solía caer bien a los profesores (sobre todo a mi profesora de matemáticas, que se reía mucho conmigo) y sospecho que, por cariño, hacía la vista gorda a mi poco uso del hemisferio izquierdo. Mientras sacaba sobresalientes en Lengua, Literatura o Historia, en Matemáticas apenas alcanzaba el cinco o el seis.

Por eso seguí mi inclinación natural y elegí el bachillerato de letras, con Latín y Griego, materias que me fascinaban. Fue entonces cuando nació mi amor por la mitología y por la cultura griega, que todavía hoy me acompaña. Recuerdo, además, que cuanto más estudiaba Física, Química o Matemáticas, más crecía mi fe: una vez, en el reverso de un examen de Física, le escribí a mi profesor que, gracias a todo lo que me había enseñado, creía más en Dios. Él era ateo, así que debió de quedarse perplejo. Ya entonces era bastante transparente y decía lo que sentía de verdad.

Este poema nace de ahí: de mi nula relación con los números… y de la preciosa relación que tengo con mi pareja. Para Él, este poema.

Que la vida te devuelva multiplicado todo lo que das.





No me sé la tabla del 0



Nunca se me dieron bien los números. 

Siempre he sido de letras, 

de las que se escriben en la piel. 

Y he tocado el infinito con la tuya. 


Dicen que lo pequeño es fácil, 

pero sin ti, 

que eres lo menos pequeño que conozco,

no me sé ni una mísera suma. 


No me salen los números con la vida 

si no puedo engendrar 

las palabras suficientes

para describir lo feliz que soy a tu lado.


Amar sin medir,

sin contabilidad emocional.

Medrar con hogueras de imaginación 

y llamarlo nuestro hogar. 

 

Se me fue el tiempo 

contando tus virtudes 

mientras olvidaba las mías.  

En cambio memoricé poemas  

para que no acabaran nunca,

como si la poesía pudiera salvar al mundo,

porque a mí desde luego sí.


No conozco la aritmética del desgaste.

Las matemáticas son

para quienes se atreven a restar,

para soltar años 

y comprar calendarios nuevos.


Siempre empecé por la del uno, 

me perdí ahí, conmigo misma. 

Llenando el vacío de fuera hacia dentro,

como la educación femenina. 


Me sé la del dos: 

pensar por dos -en eso soy buena-

doblar sábanas gastadas por amor, 

multiplicar mis sonrisas por las tuyas, 

y rezar por los dos.


También me sé bien la del tres: 

ser hija, ser pareja, ser fuerte. 

Tres columnas sosteniendo una mesa 

que nunca descansa. 

Repetir “no pasa nada”, 

hasta que pasa. 


Pero la del cero… esa no. 

No me interesa.


El cero es la pausa 

cuando nadie aplaude. 

No produce, no cotiza, 

no tiene perfume 

ni un plan de pensiones. 

El cero no se cuenta 

con los dedos de las manos.


Conozco el número 𝜋 de tu cuerpo 

con una precisión obscena. 

Pero con los números en general,

no me llevo bien.

No me creen cuando les cuento 

las innumerables veces

que me he caído

o las infinitas veces 

que me he vuelto a enamorar de ti

en cada amanecer. 


 -Tienes que quererte más- 

me dice la gente que cree en los números 

más que en las palabras,

y lo dicen deprisa, 

como quien receta paracetamol

para seguir contando años.

No dan ni agua 

a una mujer incendiada. 


He aprendido cero veces 

a explicarme. 

Cero veces a justificar mi ausencia. 

Cero veces a recitar mi cansancio. 

Cero veces a sonreír por educación. 


Multiplicarte por nada 

no da ningún beneficio.


Prefiero dividir felicidad 

para compartirla contigo.

 

No sé ni cuántas veces te he visto 

crecer dentro de mí, 

tantas que pensé que tú eras yo 

y padecía cuando tú sufrías.


Y no sé cuántas veces 

no te he pensado ni un momento.

Cero veces, para ser exactos.



Beatriz Casaus 2026 ©






viernes, 2 de enero de 2026

El coraje de ser: hacia el 2026 con autenticidad

“Si no hubiera creado mi propio mundo, sin duda habría muerto en el de los demás.” (Anaïs Nin)

“Ser uno mismo en un mundo que está constantemente tratando de hacerte alguien diferente es el mayor logro.” (Ralph Waldo Emerson)




2025 ha traído aprendizajes intensos y un crecimiento profundo para muchas personas. Ha sido un año en el que muchas cosas se han derrumbado y otras, como algunas creencias e ideas que erosionan nuestra alma, se han ido disolviendo. Por eso, ha sido también un tiempo de limpieza, de verdades incómodas a nivel social y personal y de máscaras que ya no podían sostenerse. 

Una de las ilusiones que merece la pena señalar, porque ha empezado a desmoronarse, es la del no merecimiento. Cada vez más personas hemos atravesado esa creencia y la hemos ido soltando. No creernos suficientes, de que nuestra existencia no es significativa o de que no aportamos nada al mundo. Y hemos empezado a recordar lo que siempre fue verdad, que somos suficientes y merecedores. 

Esos derrumbes, algunos los hemos aprovechado como impulso para ayudarnos a regresar a casa: a nosotros mismos. Ha sido una transición necesaria para atrevernos a acercarnos hacia nuestra verdadera identidad, aquella que no sostenemos para agradar a los demás, sino la que nos pertenece de forma auténtica, sin maquillaje. 


En la cultura japonesa existe un concepto llamado Ma. Se traduce como vacío o pausa. Pero no es un espacio desde la carencia sino una transición necesaria que propicia el estado intermedio entre las cosas. 2025 ha requerido ese Ma. Para que lo nuevo y diferente pueda brotar, lo antiguo debe desvanecerse, soltarse. Ese tránsito, da lugar a un silencio lleno de posibilidades; deseo que así sea nuestro 2026.


Tengo la sensación que este año nuevo nos va a pedir, entre otras cosas, a dejar de vivir desde el miedo para comenzar a vivir desde el amor. Aprender a consultar primero nuestro corazón antes que nuestras cuentas bancarias, por ejemplo, y  ponerlo como prioridad. Que nuestra mayor ambición sea vivir en coherencia con él. Hablar desde el corazón, decidir desde él y alinear nuestra existencia en base a él. Y seguir la intuición, porque es curioso que solo sobrepensamos y nos sentimos confundidos cuando nos alejamos de ella. La intuición no nace de la mente, sino del corazón, y por eso es tan certera.


Como recordaba Heráclito, lo único permanente es el cambio. Así que toca soltar lo seguro, para saltar al precipicio (en sentido figurado). Dar el paso. Lanzarse al vacío. Hacer las cosas con miedo, pero hacerlas. Perder el miedo al miedo, al fracaso, a la inseguridad. Nunca se está preparado para nada importante; y eso es precisamente lo que distingue a los valientes: quienes, aún temblando, avanzan. 


Tetis, la madre de Aquiles, una nereida inmortal, había sido advertida de la muerte temprana de su hijo. Sabía que, si Aquiles marchaba a la guerra de Troya, alcanzaría una gloria eterna, pero no regresaría con vida. Aterrada por esa profecía, intentó protegerlo sumergiéndolo en las aguas del río Estigia para hacerlo inmortal,  pero al sujetarlo por el talón, esa parte quedó sin proteger, convirtiéndolo así en su único punto débil.


Cuando por fin Aquiles conoció la verdad, Tetis le rogó que no fuera. Pero Aquiles comprendió que su destino no era sobrevivir, sino vivir con sentido. Y le respondió con la grandeza que define a los verdaderos héroes, que un héroe es quien, aún conociendo su destino, se enfrenta a él. 


He elegido este episodio de la mitología griega como inspiración y es la actitud con la que quiero enfrentarme al próximo año y a la vida. No huir de lo que me asusta, no esconderme de lo que me transforma, sino elegir conscientemente la verdad de mi corazón, aunque me haga temblar. Mi intención es vivir desde el corazón y no alejarme más de él. Escuchar lo que siento y construir mi vida a partir de su verdad. 


Si en 2025 ha sido tiempo de regresar a uno mismo y de dejar ir, incluso nuestra identidad, en 2026, no queda otra que reinventarse. Deseo que el 2026 nos encuentre más fieles a nosotros mismos, más valientes, más unidos, más humanos y siguiendo nuestro corazón, porque ese es el camino más directo hacia la autenticidad. 

¡¡Feliz autenticidad!!


Beatriz Casaus 2026 ©



domingo, 21 de diciembre de 2025

El maravilloso sentido de la vida

 “En verdad muchas cosas dejaron de importarme. Y me alegro. Que me roben las maletas y yo pueda viajar con las manos libres.” (Alejandra Pizarnik)

"Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente." (Jorge Luis Borges)

Vistas del amanecer en lo alto de una montaña en Pirineos :)


Al final el tiempo se me echó encima y no pude hablar cuando tocaba de la temporada Sagitario (ayer entró el Sol en Capricornio). Aun así, merece la pena detenerse aquí, porque la semana pasada vivimos un stellium muy significativo en Sagitario: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus y Lilith coincidieron en este signo. Y este tránsito no es menor, porque trae sabiduría a través de la experiencia. Conozco bien esta energía porque tengo un Sagitario fuerte en mi carta, con Marte, Neptuno y Urano ahí. 

En el caso de Lilith, es una posición destacable, ya que permanecerá en Sagitario hasta septiembre de 2026. Esta posición es especialmente relevante porque señala una quema de dogmas, una rebelión contra las creencias limitantes y una profunda búsqueda de la verdad. Se van a cuestionar las figuras de autoridad, los maestros y los gurús; se caerá la fe ciega y se despertará la necesidad de pensar por uno mismo, de construir una verdad propia en vez de heredarla. 

Después de la oscuridad atravesada durante el mes de Escorpio, llega la luz al final del túnel con Sagitario. Pasamos de una energía de purga, introspección y terapia profunda a una vibración más optimista y expansiva. Ya no se trata de concentrarse de forma intensa y focalizada en lo emocional, como hacía Escorpio, sino de ampliar la mirada. El enfoque es más general, panorámico y holístico. Toca aligerar el peso, recuperar la risa y volver a disfrutar. 

Sagitario busca sentido a la vida, y al confiar en que todo forma parte de un bien mayor, en que incluso lo difícil tiene un propósito, encuentra esperanza y positividad. Desde esa fe interior nace su alegría. Aunque, en su sombra, puede tender a vivir refugiándose en un optimismo constante, casi un sesgo "happy", por el que a veces evita profundizar. 

Es el signo del conocimiento y la expansión. Está profundamente vinculado a los estudios superiores, la maestría, la enseñanza y los viajes que ensanchan la mente y el espíritu. Representa el optimismo, la positividad, la independencia, la fe y la esperanza. Es la búsqueda constante de la verdad, la confianza en la vida, la filosofía que intenta comprender lo real y darle sentido. Bajo su influencia, todo tiende a ampliarse y solucionarse: las historias se resuelven y los caminos se abren, porque está regido por Júpiter, el gran benefactor del zodíaco, símbolo de suerte, oportunidades y crecimiento. 

Sagitario ofrece guía y enciende la luz del corazón. Es una energía profundamente divina, asociada a Júpiter, (como he comentado antes) al que se considera simbólicamente una segunda estrella. Júpiter está vinculado a la idea de Dios (Zeus en la mitología griega) y representa la protección y el sentido trascendente de la vida. 

Sin embargo, al ser un principio de expansión, su influencia puede traducirse también en falta de medida: tendencia a crecer sin control, a los excesos, a engordar, a gastar de más o a desbordarse en cualquier plano, porque Júpiter amplifica todo lo que toca. Por eso necesita a Saturno como contrapeso, como límite y estructura, ya que por sí solo no conoce frontera. Júpiter rige las religiones, las sectas y los maestros espirituales, así como la felicidad y el goce que llegan después del sufrimiento profundo, tras haber descendido al "infierno" escorpiano. Con Sagitario, toca volver a disfrutar y hacerlo a lo grande. 

Géminis es la polaridad de Sagitario, su complemento y opuesto perfecto. Ambos se necesitan y se equilibran. Mientras Sagitario busca la verdad última, el sentido y la visión global, Géminis se mueve en el terreno del dato, la curiosidad, la pregunta y la información. Cuando este eje funciona en armonía, la sabiduría nace del diálogo entre conocimiento y experiencia, entre fe y pensamiento crítico. Cuando se desequilibra, Sagitario puede volverse dogmático y Géminis disperso. Juntos recuerdan que no hay verdad sin preguntas, ni preguntas que no conduzcan a un sentido mayor.

Sagitario es el signo de la aventura por excelencia. Es el explorador del zodíaco, el aventurero, el espíritu nómada, el Indiana Jones que tiene un llamado irresistible hacia lo desconocido y la aventura. Encierra la energía de la acción y del salto al vacío con confianza. Necesita movimiento, desafío y horizonte. Ante cualquier posibilidad nueva, su reacción es entusiasta. Encarna la energía de la ideología, las creencias y los grandes sistemas de pensamiento. Su principal desafío evolutivo es atreverse a cuestionar las estructuras mentales más arraigadas, aquellas ideas que han elevado a la categoría de verdad absoluta. En su sombra, puede caer fácilmente en el fanatismo. Aferrarse a una visión del mundo que deja de escuchar otras perspectivas. A lo largo de mi vida he conocido a varios Sagitario que, desde su sombra, han tratado de imponerme sus ideas como si fueran verdades incuestionables. 

Aquí se manifiesta su gran contradicción, ya que suele asociarse a Sagitario con el buen rollo, la alegría y la apertura, cuando en realidad, si esta energía se desequilibra, puede volverse rígida, dogmática e incluso extremista. La fe que lo impulsa a expandirse puede transformarse, si no se revisa, en una creencia cerrada que limita en lugar de liberar. Por lo tanto, el desafío es aprender a romper sus creencias. Escuchar a personas que piensan diferente. Darse cuenta de ciertas cosas de la realidad que quizá no contemplan. Los políticos, por ejemplo, son la encarnación de esa energía desequilibrada. No se escuchan, porque si se escucharan, se darían cuenta de que ambos lados tienen cosas que son ciertas. 

Por otro lado, se trata de la energía del fuego cósmico que invita a conquistar nuevos horizontes. Es un signo que necesita estímulos de ir más allá, de conocimiento, de crecimiento. Es el filósofo de la vida, cuando se desarrolla plenamente. Hay Sagitarios que les gusta la dolce vita y se dedican a una vida acomodada o burguesa, pero el Sagitario que se desarrolla plenamente tiende a buscar amplitud de miras, de conocimiento, de fronteras, por eso es un signo que viaja mucho, que conoce el extranjero, que es cosmopolita, que no para de estudiar o aprender, y a ir más allá de los límites tradicionales del entorno. 

La casa 9 es la casa natural de Sagitario y está directamente relacionada con todo este impulso de expansión y búsqueda de sentido. Las personas con planetas en la casa 9 suelen ser grandes viajeras, tienen gran facilidad para aprender idiomas y una marcada apertura cultural; no es raro que pasen gran parte de su vida en el extranjero o mantengan un fuerte vínculo con otros países. Uno de mis mejores amigos tiene el Sol en la casa 9 y es un ejemplo perfecto de esta energía: habla varios idiomas, ha vivido durante años fuera de su país de origen y cada año emprende viajes a culturas lejanas. 

Como comento, esta energía propicia las relaciones con el extranjero y favorece las actividades vinculadas al comercio exterior, los intercambios culturales y la apertura al mundo. En el plano personal, impulsa el movimiento constante, el disfrute del aire libre, las actividades deportivas y una fuerte necesidad de sentirse en libertad. También estimula los viajes y el contacto con otras culturas como vía de conocimiento. Siempre me gusta instar a la gente joven a que pase como mínimo un año fuera de su país y que aprenda otro idioma. Yo tuve la oportunidad de irme un año y medio a los 16 años a Estados Unidos y fue vital para mi desarrollo personal. 

En su versión desequilibrada, puede manifestarse como una actitud evasiva o negadora de la realidad, acompañada de orgullo, soberbia o arrogancia. Recordemos que está regido por Júpiter, antiguo Dios de los griegos y a veces puede derivar en un endiosamiento o altivez. Al no conocer límites, algunas personas bajo esta energía pueden hablar en exceso, imponerse, resultar invasivas o incluso prepotentes. Pueden sobrevalorar sus capacidades y a pensar que siempre tienen la razón, confundiendo expansión con superioridad. 

Como siempre recalco, aquí estoy hablando del arquetipo Sagitario, no de una etiqueta cerrada. También me gusta insistir en que el signo solar no explica quién eres de forma completa. Siempre se dice: "Eres Leo", "Eres Piscis", como si eso definiera toda nuestra identidad, y de ahí nace la confusión cuando no nos reconocemos plenamente en nuestro propio signo. El Sol describe nuestra esencia, el punto de partida del alma, el proceso de encarnación, la dirección evolutiva. Pero no lo explica todo. Para comprendernos de verdad es necesario observar el conjunto completo de la carta natal, porque puede ocurrir que tengas el Sol en un signo de fuego, pero la Luna en un signo de tierra o una fuerte predominancia de agua en la carta. En ese caso, es natural que no se identifique del todo con la descripción clásica del signo solar. La carta es un mapa completo, no solo una pieza. 

Esta temporada ya finalizada de Sagitario ha sido un momento excelente para iniciar aquello que habíamos ido postergando, para atrevernos a probar lo que nos daba miedo y para hacer cosas que ni siquiera imaginábamos que seríamos capaces de intentar. Bajo la energía de Sagitario, el alma se expande. Nos animamos a dar un paso nuevo, rompemos patrones y nos dejamos sorprender por nosotros mismos. Ha sido también una etapa marcadamente social, en la que nace el deseo de compartir, de salir, de encontrarnos con otros. En mi caso, llevo un mes de disfrutar con amigos maravillosos. He aprovechado bien esta energía y, con la llegada de la Navidad, ese impulso de conexión y celebración continúa. 

En el fondo, Sagitario nos recuerda algo esencial: que la vida no está hecha para ser comprendida, sino para ser vivida, para disfrutarla. Nos ha invitado a levantar la cabeza, a confiar. A dejar de tener la razón, para ser feliz. A seguir buscando, a ampliar la mirada. Nos enseña a ir hacia delante, a que demos el paso con fe, que riamos, que nos transformemos a través de la experiencia. Y quizá, viajando más ligeros (como indica la cita que abre esta entrada de la poetisa Alejandra Pizarnik) con menos dogmas y más curiosidad, es cuando la vida recupera su maravilloso sentido. 

¡Os mando un fuerte abrazo! 


Beatriz Casaus 2025 ©







martes, 16 de diciembre de 2025

La reconciliación más importante

“Lo mejor del mundo es saber cómo pertenecer a uno mismo.” (Michel de Montaigne)


“Tú mismo, tanto como cualquier otro ser en el universo entero, mereces tu propio amor y afecto.” (Buda)


“Ser dueño de nuestras historias y amarnos a nosotros mismos a través de ese proceso, es lo más valiente que jamás haremos.” (Brené Brown)  





Hoy voy a abrir una pequeña ventana a mi pasado. Se ve que los genes morenos de mi padre prevalecieron sobre los de mi madre: ella es rubia de ojos azules y él, moreno de pura cepa. Por dentro, en cambio, soy una mezcla de ambos: mi madre me enseñó su mirada de bondad hacia el mundo, y mi padre, su incansable afán de aprender y su inquietud por la cultura. Entre tantas otras cosas. 

Como muchas personas en esta sociedad, hubo momentos en los que me sentí insegura por mi físico. Pero gracias al trabajo interno, hace años aprendí a amarme, a no minimizarme y a dejar de esconderme para no incomodar. Por eso no temo mostrarme en fotos ni a habitar mi cuerpo. Aceptarme se convirtió en uno de mis verbos preferidos. 


Y antes de hablar de lo mío, me parece importante recordar que incluso mujeres admiradas en todo el mundo pasaron por experiencias similares. La para mí, diosa Nicole Kidman, confesó que lo pasó mal durante su etapa escolar debido a su estatura, en una entrevista comentaba: “Medía casi 1.80 a los 14 años. Me molestaban, y no era agradable. Toda mi vida quise ser alguien de 1.58 y curvilínea”. La otra diosa del Olimpo Charlize Theron, comentaba que se metían con ella por lo mismo. Me parece desacertadísimo teniendo en cuenta que esa mujer es, para mí, un milagro de la naturaleza. 

 

En mi caso, salvando siempre las inalcanzables distancias, ocurrió algo parecido. De los 12 a los 15 años, algunas niñas se burlaban de mí por mis pies, porque calzaba un 41 a esa edad. Ellas presumían  de una talla 35-36. Como siempre he tenido sentido del humor, lo encajaba como podía, pero aquello no dejaba de doler. Desde parvulario solía ser la alta de la clase y la “demasiado delgada”. Mi cuerpo, sin pretenderlo, siempre fue tema de debate mucho antes de que yo aprendiera a habitarlo en vez de juzgarlo. Y por aquel entonces ya lidiaba con trastornos de la alimentación diagnosticados por profesionales. 


Hoy, sigo calzando un 41 de pie, porque mido 1.72-1.73 m (depende de la farmacia, jeje). Nadie nos explicó que la talla del pie adelantaba una proporción con la estatura. Con el tiempo descubrí que mi pie no era desproporcionado sino que era proporcional. Y sobre mi delgadez: superé mis batallas con la autoexigencia corporal, y, sin pelearme con la comida, hoy mi talla XS es simplemente consecuencia de estar bien, aunque algunas personas sigan opinando que es “demasiado delgada”. (Mis padres son delgados por constitución; algo tendrá que ver). No me avergüenzo de nada de mi cuerpo. Todo lo contrario, lo celebro. Me siento afortunada de haber hecho las paces con él. De tener un cuerpo que responde, se fortalece y me sostiene. La reconciliación más importante es con uno mismo. 


Imagino que, como las excompañeras de Nicole y Charlize, aquellas niñas, hoy adultas, quizá no se sientan orgullosas de cómo hicieron sentir a otras. No era maldad, era inseguridad y miedo mal gestionado. Se reían de quien despertaba lo que no sabían gestionar. (Lo irónico es que yo también era insegura y nunca hice algo así) Sé poco de ellas, salvo que conservan su número de pie. Cada una siguió su camino y creció a su manera.


La lección que quiero dejar es que nada justifica una burla, sobre todo a ciertas edades en las que aún no hemos construido nuestras propias herramientas personales para protegernos. Se puede hacer mucho daño y cargarlo durante el resto de la vida si no se sabe sanar.  Todos debemos aprender a habitar nuestra piel en paz. Y sobre todo, dejar a los demás tranquilos. Si no te gusta lo que ves en el espejo, cámbialo. Pero no se hiere a otro por miedo a mirar adentro. 


Todo esto me llevó a comprender algo más amplio. La vida no se ordena para complacernos. Y ahí entra la entropía. Por ello, a continuación, os dejo un poema sobre disfrutar dentro del caos que es la vida, porque nada en ella es perfecto. La ciencia lo explica con claridad: la segunda ley de la termodinámica dice que la entropía, la medida del desorden, siempre aumenta con el tiempo. Todo tiende al caos. Nada permanece quieto ni perfectamente ordenado. Y cuanto antes nos acostumbremos a nadar en sus aguas indómitas, sin control y en perfecto desorden, antes empezaremos a disfrutarla. Vivir no va de controlar, sino de fluir. 


“La segunda ley de la termodinámica establece que la entropía (medida del desorden) de un sistema aislado siempre tiende a aumentar con el tiempo. Esto significa que los sistemas evolucionan naturalmente hacia un estado de mayor desorden y aleatoriedad.”



Entropía



Con cada amanecer

la cuenta comienza de cero,

como si el mundo 

fingiera pureza

en cada nueva oportunidad.


Qué queda pendiente de disolver

en esta delicada burocracia del alma.


Dentro de la ansiada perfección

intentamos practicar 

una cirugía a la vida.


Meta pendiente:

aprender a ver 

en lo borroso del desorden,

bailar descalza en el caos,

saborear la confusión,

dilucidar claridad 

en el fárrago de la mente.


La voz astuta de dentro susurra,

pero cuando hay demasiado ruido

no se escucha.

Y este mundo distrae 

con miedo y ruido.


Mientras, 

el cuerpo delata la verdad implacable:

un temblor que nadie ve,

la fiebre señala

lo que se calla, 

un dolor inesperado,

la taquicardia traidora

que una emoción desboca.


Intentamos domesticar la intuición

en vez de fiarnos de su voz,

cuando es lo único que da paz 

al cuerpo desgastado 

bajo la piel 

de un presente no vivido.


Esperamos que todo esté en orden

para seguir,

como quien aguarda 

a que cicatrice el tiempo

antes de dar el siguiente paso.


Ahí se pierde la coherencia:

asumir que nunca nada va a estar en orden;

en una vida siempre falla algo;

nunca todo va a ser perfecto.


Encontrar silencio en el ruido,

saber que se puede estar bien 

aunque algo duela.

También se puede empezar,

sin estar listo.


Fluir en la angustia de la entropía,

no controlar lo que no es asunto mío,

sino el de la vida.


Nunca es el momento idóneo para nada,

por eso siempre es el momento idóneo.

No hay nadie seguro del todo.


Hay un espejismo subyacente:

la perfección es de naturaleza distraída.

Es admirable su constancia 

por querer ser  protagonista;

es más bien escurridiza, inalcanzable 

y tan falsa como una falda que no es corta.

Perseguirla es un delirio

que puede ser tragedia.


Nos empeñamos en anestesiar

con la sed de ordenar,

controlar, asegurar.

Es agarrarse al miedo

sin saltar al vacío.


El orden es apenas

la rebeldía momentánea

contra la naturaleza de las cosas.


No siempre se está preparado.

A veces hay que transitar

el camino sin saberlo.

Comenzar a andar

sin estarlo.


Un pilar consciente:

La rutina sostiene un espacio muy grande

entre el deseo y el sometimiento.

La incertidumbre acompaña

sin darte la mano.

El desastre, 

también sostiene.


Avanzar entre la paja,

abrir la puerta a lo desconocido,

y dejar que el mundo,

con su torpeza,

nos sorprenda.




Beatriz Casaus 2025 ©