“Cualquier cosa que hagas a otra persona te lo haces a ti mismo.” (Napoleon Hill)
“Imagínate que abres tus ojos y sólo puedes ver lo bueno en cada persona, lo positivo en cada circunstancia y la oportunidad en cada reto.” (El Rebe Lubavitch)
“Cada acción que no resulte en amor por otros no está en la dirección correcta.” (Ram Haim Vita)
José era el hijo menor de Jacob, y su padre le tenía un cariño muy especial. Ese trato preferente despertó una profunda envidia entre sus hermanos. Un día, Jacob le regaló una túnica especial que no había dado a los demás. Aquello aumentó aún más el resentimiento y la envidia que sentían hacia él. La inquina hacia José llegó a ser tan grande que, cuando un día sus hermanos estaban lejos de casa cuidando el ganado, conspiraron contra él. Primero pensaron en matarlo, pero finalmente decidieron arrojarlo a un pozo en medio del desierto. José no entendía por qué sus propios hermanos podían odiarle de aquella manera, pero en ese momento descubrió que no todos miran el mundo del mismo modo ni con el mismo corazón.
Poco después, unos mercaderes que pasaban por allí lo sacaron del pozo y lo vendieron como esclavo en Egipto. Allí comenzó una nueva etapa de su vida llena de dificultades. Aunque José era un hombre justo y sabio, tuvo que atravesar pruebas muy duras. También era muy guapo, e incluso, debido a su belleza, las mujeres se quedaban profundamente impresionadas al verlo. Eso mismo le sucedió a la esposa de su señor, quien se encaprichó de él y trató de seducirlo, pero José no accedió a sus insinuaciones, lo que despertó en ella una gran frustración y lo acusó falsamente, lo que hizo que acabara en prisión.
Sin embargo, José tenía un don especial: sabía interpretar sueños. En la cárcel interpretó los sueños de dos servidores del faraón, y más tarde fue llamado ante el propio faraón para interpretar unos sueños que nadie lograba descifrar. En ellos aparecían siete vacas gordas y siete vacas flacas. José explicó que esos sueños anunciaban siete años de abundancia seguidos de siete años de gran escasez. Por eso aconsejó al faraón que almacenara grano durante los años buenos para poder sobrevivir a los años de hambre. Gracias a esa previsión, Egipto pudo afrontar la gran hambruna que llegó después. Debido a esta hazaña, el faraón reconoció su sabiduría y lo nombró gobernador de Egipto.
Lo más sorprendente de la historia ocurre entonces. Durante los años de escasez, los propios hermanos de José viajaron a Egipto para pedir ayuda y alimento, sin saber que el hombre poderoso al que acudían era el hermano al que habían traicionado y dado por muerto. José tenía en sus manos la posibilidad de vengarse. Podía haberlos tratado con la misma dureza con la que ellos le habían tratado a él. Pero no lo hizo. Actuó según su propio corazón, según lo que era él, y decidió ayudarlos.
Este relato ofrece múltiples enseñanzas pero una muy profunda que conecta con lo que escribía en el post anterior es que cada persona da lo que es. Los hermanos de José actuaron desde el resentimiento. José, en cambio, actuó desde su propia naturaleza. Suele ocurrir que las personas de buen corazón tienden a pensar que los demás sentirán, actuarán y pensarán como ellas. Les cuesta imaginar que alguien pueda moverse desde la envidia, la maldad o el deseo de hacer daño. Pero esa misma sensación también les sucede a quienes hacen daño, que piensan que los demás reaccionarán del mismo modo que ellos. De ahí el conocido dicho: “se cree el ladrón que todos son de su condición”. Pero no siempre es así, porque en realidad cada uno responde desde lo que lleva dentro. Y por eso cada uno es responsable de lo que da y es tan importante mejorarnos nosotros, para dar mejor. Como dice la cábala, convertirnos en mejores vasijas.
Este relato también permite una lectura interesante sobre lo que ocurrió con la esposa de su señor. Hay personas que, cuando arrastran heridas narcisistas, no toleran bien el rechazo. Les hiere profundamente el ego y, en lugar de aceptarlo, reaccionan intentando perjudicar a quien les ha rechazado. A veces esto se manifiesta en difamaciones o acusaciones falsas con la intención de hacer daño. Yo misma experimenté esto en una ocasión, cuando no correspondí a las insinuaciones de un hombre. Con el tiempo, cada uno termina mostrando quién es realmente. La verdad, antes o después, siempre sale a la luz. Por eso yo nunca me preocupé. El problema no era mío. Ya por aquel entonces pensaba (de forma natural para mí) que cada uno da y responde según lo que es. La cábala me confirmó, años después, que efectivamente así es.
La cábala también enseña que la palabra debe utilizarse con responsabilidad. Se nos invita a abrir la boca únicamente para bendecir: para desear el bien a los demás, para compartir conocimiento o para aportar algo verdadero y útil. Nunca para difamar, criticar o hablar a espaldas de otros. Ese tipo de comportamiento, según la tradición cabalística, alimenta energías densas que nos alejan de la luz y de nuestra propia esencia. También insiste en la importancia de la palabra y en la responsabilidad de no mentir, y menos aún de hacerlo con la intención de herir. A lo largo de la vida, se puede observar o escuchar sobre algún caso así: el hecho de que alguien construya un relato que no se corresponde con la realidad, con el único propósito de que esa información falsa llegue a quien pretende herir. Son comportamientos que hablan del estado interno de quien los emite y que, observado desde cierta distancia, nos sirven como recordatorio para alejarnos de cualquier comportamiento así.
A veces el ser humano puede llegar muy lejos cuando actúa desde el ego herido. Por eso es tan importante vigilar nuestras emociones y recordar que el interior se puede transformar con intención consciente. Todos podemos cambiar y mejorar. En esencia, todos podemos albergar corazones buenos y limpios. Para ello hay que trabajarse cada día para que así sea. Y el trabajo puede consistir, entre otras cosas, en ser conscientes de nuestros pensamientos y forma de hablar, y si nos descubrimos juzgando, parar ese pensamiento y volver al origen.
Lo único que hacemos cuando pensamos mal o hablamos mal es hacernos daño a nosotros mismos. Con ese acto, manchamos nuestra mente así como nuestra alma porque generamos un karma negativo, (en la cábala se dice tikún), y como se atrae lo igual, es decir, lo que está en nuestra misma vibración, se atraería, de ese modo, energía negativa. Los pensamientos generan emociones, y estas afectan psicosomáticamente nuestro cuerpo físico, por lo que no solo hay que limpiar el cuerpo sino nuestra mente a diario. Tenemos una media de 300.000 pensamientos al día y la mayoría de las personas los usan para criticar, pensar mal, hablar mal de otros, quejarse… Por eso es tan importante el cuidado a conciencia de lo que pensamos y hablamos. Enfocar nuestra mente para ser felices, conseguir objetivos, cumplir sueños…
No es casualidad que la historia gire precisamente alrededor de la envidia, porque una de las enseñanzas más claras de la cábala es que la envidia es uno de los errores más graves en los que puede caer el ser humano. De hecho, se la relaciona con las fuerzas más oscuras, por eso se insiste tanto en vigilar ese sentimiento y en no dejar que arraigue en el corazón. La envidia es profundamente destructiva para quien la siente. En mi caso, es un sentimiento que no reconozco en mí. Al contrario: cuando veo el bien en los demás, me nace bendecirlo y alegrarme por ello. Porque entiendo que, en un plano más sutil de la realidad, no existe realmente la separación entre unos y otros. Si me alegro por lo que el otro tiene, de alguna manera también estoy alegrándome y bendiciendo mi propia vida.
Me reconozco en otros errores, eso sí, en otros muchos. Por eso me siento tan identificada con la historia de José en algunos aspectos. Los hermanos de José no soportaban su carácter confiado, bueno, alegre y querido por su padre. A mí alguna vez me ha ocurrido algo parecido, no con mis hermanos. La mayoría de las veces he de decir que despierto simpatía y cariño, pero en alguna ocasión he sido blanco de esa energía mal usada. No afirmo esto alegremente, sé de lo que hablo. Recuerdo cómo una mujer dejó de hablarme el día que se dio cuenta que yo no tenía barriga. Me preguntó, completamente sorprendida: “¿¡No tienes michelines ni barriga?!" Y no me volvió a dirigir la palabra. Hoy lo recuerdo con humor; es tan surrealista que parece sacado de una comedia… Aunque he de decir que es gracias a estas cosas por los que se puede desarrollar el desapego al juicio ajeno y a ejercitar el perdón. Así que todo está bien.
Al igual que él, procuro no responder de la misma forma en la que me tratan. Suelo guardar silencio, ignorar, y no actuar con maldad, porque sé que en última instancia el mal acabaría volviéndose contra mí. Hace poco, en una preciosa conversación con un hombre conocedor de la cábala, me dijo que le parecía que yo tenía un alma y corazón puro. Me pareció un comentario bellísimo y generoso, así que se lo agradecí muchísimo pero recuerdo que le dije con todo el respeto y agradecimiento, si me lo permitía, que desde hace mucho no hago caso ni a los halagos ni a las críticas. Tal y como dice el genial cabalista Raúl Durán: “El elogio debilita y el insulto engrandece porque te hace cultivar la fuerza interior”. Le debió gustar esa respuesta que le di porque me dijo que siguiera siendo y actuando así porque ese es el camino. Si preguntas a dos personas cuál es su opinión sobre una tercera, probablemente cada uno daría una opinión diferente e incluso opuesta acerca de esa misma persona, entonces, ¿cuál es la verdad? Lo importante es lo que cada uno piensa sobre sí mismo. Ya está. Los halagos o críticas son subjetivos.
Para regresar a la Teshuvá, a esa toma de consciencia o retorno interior, es necesario recordar dónde estamos. Según la cábala, vivimos en el fruto del Árbol de la Vida, en el plano de Maljut, el reino. Es el nivel más denso de la realidad: el mundo material en el que experimentamos la vida. Sin embargo, nuestra verdadera naturaleza no nace aquí. Ser conscientes de esta verdad nos da un gran alivio. Procede de una dimensión mucho más profunda y elevada: del Ein Sof, la fuente infinita de la que todo emana. Y lo mejor de todo es que tenemos acceso directo a ella.
Pero para ello también tenemos que limpiar nuestras Klipot, que son las capas o defectos que ocultan nuestra esencia en nuestro propio Árbol de la Vida. Porque sí, cada ser humano tiene un mapa de su alma: su Árbol de la Vida personal, al que se puede acceder y conocer. Yo, por ejemplo, tenía un desbalance entre la sefirat Guevurá (rigidez, límites, orden) y Jesed (misericordia, bondad, dificultad para poner límites). Por eso durante mucho tiempo tendía a ser demasiado complaciente y bondadosa, sin marcar los límites necesarios. Cuando tomé consciencia de ese desbalance, mi vida empezó a mejorar. Si trabajamos en estos aspectos y los integramos, podemos acercarnos mucho más a ese acceso directo a la divinidad. Esa es la magia de comprender e integrar nuestro propio árbol de la vida.
Quizá una de las comprensiones más profundas que nacen de este camino es que la vida tiene mucho más que ver con dar que con recibir. Sino, pregúntate qué te hace más feliz, ¿que te regalen algo o hacer un regalo? La mayoría contestarán lo segundo. El hecho de dar engrandece y nos hace felices, pero no en un sentido ingenuo o sacrificado, sino desde la consciencia de quiénes somos realmente. Existen estudios en los que se observó que personas con depresión que se implicaban en ayudar a otros, (colaborando con ONGs), experimentaban una mejoría significativa, a diferencia de quienes no lo hacían.
Dar y ayudar, en realidad, nos aporta un profundo bienestar interior. Porque cuando uno da desde su esencia, sin expectativa, sin cálculo y sin necesidad de retorno, se alinea con algo mucho más grande que uno mismo. Y ahí sucede algo casi invisible pero profundamente real: la recompensa externa siempre es menor que la felicidad interna que produce el acto de ofrecer. Esa paz, esa coherencia, esa sensación de estar en tu lugar… eso no depende de nadie más. Quizá eso también es Teshuvá: recordar que nuestra verdadera naturaleza no está en lo que recibimos, sino en lo que somos capaces de dar.
Porque dar nos ensancha.
Un fuerte abrazo.
Beatriz Casaus 2026 ©


