“Para amarte como debería, debo primero adorar a Dios como Creador. Cuando haya aprendido a amar a Dios más que a ti, te amaré mejor que ahora.” (C. S. Lewis)
Hemos entrado, desde el pasado 23 de agosto, en el signo de Virgo. El año pasado ya hablé largo y tendido sobre este arquetipo, entre otras cosas para echarle un capote a uno de los signos del zodiaco con mayor fama de perfeccionista, crítico y obsesionado con poner orden. Así que este año no voy a volver sobre lo mismo. Esta vez quiero detenerme en algo mucho más concreto: la fecha exacta de mi nacimiento y, especialmente, en un número que durante siglos ha cargado con una injusta mala fama: el 13.
Creo que los cumpleaños merecen celebrarse y este año he decidido regalarme también este pequeño homenaje. Lo he escrito con antelación para celebrarlo como es debido y me olvide un poco del ordenador. El mío suele ser un cumpleaños gitano y pienso disfrutar cada celebración como si fuera la única.
Así que hoy quiero empezar precisamente por ahí: Nací un día 13. Resulta curioso que un número al que durante siglos se le ha atribuido una connotación negativa, asociado en nuestra cultura a la mala suerte o los malos augurios, tenga lecturas completamente diferentes cuando nos acercamos a otras tradiciones espirituales. Incluso dentro del cristianismo encontramos un simbolismo interesante alrededor del 13. Jesús estaba acompañado por doce apóstoles y él, era el decimotercero. Me resulta curioso que un número que nuestra cultura ha aprendido a mirar con tanto recelo pueda aparecer también asociado a una figura que representa el amor, la entrega y la salvación. Como siempre suelo hacer, lanzo preguntas al aire: ¿Pudiera ser que no convenga saber el verdadero poder que tiene este número?
Hay otra coincidencia dentro del cristianismo relacionada no solo con el número 13, sino con mi fecha exacta de nacimiento. El 13 de septiembre de 1935, santa Faustina Kowalska escribió en su diario que recibió una revelación en la que se le enseñó la oración que daría origen a la Coronilla de la Divina Misericordia. Según su relato, aquella noche vio a un ángel dispuesto a ejecutar la justicia divina y, mientras contemplaba aquella escena, recibió interiormente las palabras con las que debía implorar misericordia para el mundo: “Padre Eterno, yo te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo…”. Al día siguiente, según relata, Jesús le indicó que rezara aquella oración y posteriormente le pidió que la difundiera. Así que el 13 aquí, no está asociado a la desgracia o a la fatalidad, sino a todo lo contrario: a una oración destinada a pedir misericordia para la humanidad.
Y si dentro del cristianismo encontramos estas curiosas correspondencias, al acercarme a la Cábala el significado de ese dígito da un giro todavía más sorprendente: porque, en hebreo, el amor tiene un número. Y ese número es precisamente el 13. Para entenderlo hay que fijarse primero en una de las particularidades de la lengua hebrea: que las letras poseen también valores numéricos y, por tanto, las palabras pueden expresarse mediante la suma del valor de las letras que las componen. A este sistema se lo conoce como guematría y ha sido utilizado durante siglos como una herramienta de interpretación de los textos sagrados. Por eso los cabalistas son conocidos por aprender y desentrañar lo que esconden esos textos, sus secretos, más allá de la lectura literal de los mismos.
La palabra hebrea para amor es Ahavá. La suma del valor numérico de sus letras es 13. Así que el número que tantas veces nos han presentado como de "la mala suerte" adquiere en hebreo una dimensión completamente distinta. Desde esta perspectiva, habla de amor, de luz, de transformación, de crecimiento y de la posibilidad de trascender una existencia puramente individual para llegar a una dimensión más espiritual. Y aquí comienza una de esas coincidencias numéricas dentro del pensamiento cabalístico. Existe otra palabra hebrea cuyo valor numérico también es 13: Ejad, que significa Uno o Unidad. Amor y Unidad. Ahavá = 13, Ejad = 13. En cábala, que dos conceptos compartan un mismo valor numérico permite establecer entre ellos una relación. Y la que aparece aquí es que el amor conduce a la unidad.
No se trata de entender esa unidad como la desaparición de uno mismo dentro del otro, como esa idea romántica de que dos personas tienen que convertirse en una sola perdiendo su individualidad. Más bien habla de una conexión capaz de trascender la separación. Cuando amamos de verdad, seguimos siendo nosotros y el otro continúa siendo el otro, pero aparece entre ambos algo que permite atravesar esa frontera invisible que normalmente nos separa. Por eso, desde esta mirada, el amor no sería únicamente un sentimiento. Sería también una fuerza de unión. Una forma de acercarnos a la experiencia del Uno sin dejar de existir como individuos.
En la tradición cabalística nada se contempla como una simple casualidad. El hebreo posee un carácter sagrado que contiene códigos y relaciones profundas entre letras, palabras, números y significados. Por lo que cuando dos palabras comparten un mismo valor numérico, existe entre ellas una equivalencia. También tiene valor numérico 13 la palabra Vohu, asociada al vacío y que aparece en la expresión bíblica Tohu va-Vohu, vinculada al estado primordial anterior al orden de la creación. Y así se queda una asociación todavía más profunda con el número 13: Amor, Unidad y Vacío.
El vacío puede entenderse no únicamente como ausencia, sino como un espacio de posibilidad. Para que algo nuevo pueda existir tiene que haber un lugar donde pueda aparecer. Hay que vaciar para recibir. Dejar espacio para que algo diferente nazca. Por eso, cuando una empieza a observar todas estas correspondencias, el significado del 13 se vuelve mucho más complejo que la simple etiqueta cultural de “mala suerte” que han colocado sobre él. Pero la secuencia continúa... Si Ahavá, amor, vale 13, cuando una persona ama a otra podríamos representarlo simbólicamente como 13 + 13 = 26. Y 26 es el valor numérico del Tetragrámaton, YHWH, el nombre de Dios. De modo que dos veces el amor nos conduce, numéricamente, al nombre divino, a Dios. Es una de esas relaciones simbólicas que explican por qué los números tienen tanta importancia dentro de la Cábala. Todo parece formar parte de un código sagrado. Es mágico. ¿Comenzamos a entender por qué no conviene que se sepa esto?
Pero cuando quise mirar mi fecha de nacimiento desde la perspectiva cabalística descubrí que había otra capa más, porque la Cábala no sigue sólo la fecha del calendario gregoriano en la que nacemos. Hay que buscar también qué día era en el calendario hebreo en el momento exacto de nuestro nacimiento. El 13 de septiembre de 1984 correspondía al 18 de Elul de 5744. Elul es uno de los meses más profundos del calendario hebreo. Es el último mes antes de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y constituye un periodo especialmente dedicado a la introspección, a la revisión de la propia vida y a la teshuvá. Aunque teshuvá suele traducirse como “arrepentimiento”, su significado literal está mucho más cerca de la idea de regreso. Regresar al camino, a la esencia, a aquello que somos cuando apartamos las capas que hemos ido acumulando. Por eso me gusta pensar en Elul como el mes del regreso al alma. También se le conoce como el mes de la purificación. (*Escribí dos post sobre teshuvá en este blog el año pasado).
Existe además una metáfora utilizada por los maestros judíos para explicar la energía espiritual de este periodo: “El Rey está en el campo”. Describe a un rey que normalmente permanece en su palacio, rodeado de protocolos y al que resulta difícil acceder, pero que durante un determinado periodo abandona el palacio y sale al campo para encontrarse directamente con su pueblo. Espiritualmente, significa que durante Elul la presencia divina se considera más cercana y accesible. No hace falta “subir al palacio” para encontrar a Dios; simbólicamente, es Dios quien sale al encuentro del ser humano. Por eso es un mes dedicado a revisar la vida, perdonar, cerrar ciclos, sanar aspectos del ego y preparar un nuevo nacimiento espiritual antes de comenzar el nuevo año con Rosh Hashaná. Elul se asocia también a una fuerte llamada hacia el crecimiento interior y la búsqueda espiritual.
Cada mes del calendario hebreo se relaciona tradicionalmente con una de las doce tribus de Israel. A Elul le corresponde la Tribu de Gad. Y Gad significa literalmente “buena fortuna”. Pero, no se trata de la suerte entendida como esperar pasivamente a que la vida nos entregue acontecimientos favorables. Habla de la capacidad de transformar incluso las dificultades en bendiciones, de extraer algo valioso de aquello que inicialmente parecía adverso. La energía de Gad está relacionada con la resiliencia, la capacidad de levantarse después de las caídas y la posibilidad de convertir las experiencias difíciles en crecimiento.
Elul corresponde además al signo de Virgo, Betulá. Existe otra diferencia interesante entre la interpretación que solemos hacer de un signo zodiacal y la que se hace en Cábala, Virgo no representa simplemente el perfeccionismo. Su verdadero símbolo es la purificación. El trabajo espiritual de esta energía consiste en transformar su sombra (la crítica, el exceso de control, la autoexigencia, el puntillismo) en cualidades superiores (servicio, humildad y compasión) Es decir, utilizar la capacidad de observar lo que puede mejorarse no para juzgar continuamente el mundo, a los demás o a uno mismo, sino para contribuir a transformarlo.
La letra hebrea asociada al mes de Elul es Yod. Es la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Y, sin embargo, simbólicamente contiene un enorme potencial. De ella nacen gráficamente las demás letras y representa la semilla, el potencial infinito y el punto primordial desde el cual comienza la creación. Lo inmenso contenido dentro de lo diminuto. La posibilidad de que algo aparentemente insignificante contenga en su interior todo aquello que todavía puede llegar a manifestarse. Por eso, también puede hablar de personas que sienten que llevan muchísimo dentro aunque externamente puedan parecer discretas.
El sentido espiritual tradicionalmente asociado a Elul es además la acción (maasé). Y esto introduce otro elemento importante: no basta con comprender. No basta con estudiar, analizar, leer, descubrir significados o acumular conocimiento espiritual. Todo aquello que comprendemos tiene que encontrar alguna manera de encarnarse en la realidad. La luz, tiene que terminar llegando a algún sitio. Por eso esta simbología puede relacionarse con la necesidad de ayudar, enseñar, escribir, acompañar o poner lo aprendido al servicio de otros. No quedarse solo en la experiencia interior, sino convertirla en algo concreto y práctico.
El 18 de Elul tiene una particularidad muy conocida dentro del judaísmo jasídico. Este día recibe el nombre de Jai Elul. Y Jai significa vida. La fecha posee una importancia histórica especial porque el 18 de Elul nacieron dos figuras fundamentales del jasidismo: Israel ben Eliezer, conocido como el Baal Shem Tov, fundador del movimiento jasídico, y Shneur Zalman de Liadí, fundador de la corriente Jabad.
Los cabalistas dicen que este día trae al mundo una energía destinada a despertar el corazón de las personas y acercarlas a Dios desde el amor más que desde el miedo. Por esta razón, el 18 de Elul ha llegado a ser conocido como una fecha especialmente vinculada a la vitalidad espiritual del jasidismo, una corriente que puso un enorme énfasis en acercar la experiencia de Dios a la vida cotidiana y en servirle no desde el temor o la obligación, sino también desde la alegría y el amor. Los maestros jasídicos han interpretado esta fecha como una inyección de “vida” dentro del mes de Elul. Una energía destinada a despertar el corazón y preparar interiormente al ser humano para el nuevo ciclo que comienza con Rosh Hashaná. Volviendo otra vez a los números, la palabra Jai, “vida”, está formada por dos letras: 8 y 10 y la suma es 18 = Jai = Vida. El 18 es probablemente uno de los números más queridos y reconocibles dentro de la tradición judía. Por eso, es frecuente realizar donaciones en múltiplos de 18. El número simboliza vida, bendición, continuidad y la manifestación de la energía vital.
De modo que, mirando la simbología cabalística del día 13 de septiembre de 1984 (sin pretender que una fecha determina obligatoriamente la personalidad o el destino de quien nace en ella), aparece esta combinación: El 13, número que a través de Ahavá habla del amor y a través de Ejad de la unidad. El 18 de Elul, donde el 18 significa vida. Elul, el mes de la introspección, la teshuvá, el regreso a la esencia y la preparación para un nuevo nacimiento espiritual. Un mes asociado a Gad, la capacidad de transformar las dificultades en bendiciones; Virgo, entendido como un proceso de purificación que lleva de la crítica y la autoexigencia al servicio, la humildad y la compasión; Yod, la diminuta semilla que contiene un potencial inmenso; y a la acción, recordándonos que aquello que comprendemos interiormente tiene que terminar manifestándose en el mundo. Y, además, nací precisamente en Jai Elul, una fecha vinculada dentro del jasidismo a dos maestros que contribuyeron a acercar la espiritualidad a la vida cotidiana y a despertar el vínculo con Dios desde una dimensión profundamente vital. Por todo ello, el 18 de Elul puede leerse como una invitación a buscar un profundo crecimiento interior, transformar el dolor en sabiduría y expresar esa transformación mediante la palabra, la enseñanza, el servicio o el acompañamiento a otros; compartir desde la experiencia vivida y no únicamente desde la teoría.
Me resulta inevitable que, al conocer todo esto, encuentre resonancias con mi propio camino. Mi interés por el servicio, la ayuda, el acompañamiento en todos los niveles, la escritura, la poesía, mi necesidad casi permanente de comprender lo que vivo, mi fascinación por el conocimiento espiritual, la Cábala y mi tendencia a transformar experiencias personales en palabras adquieren, una curiosa coherencia con la fecha en la que nací. No porque crea que un número pueda encerrarnos dentro de una definición ni porque nuestra fecha de nacimiento determine quiénes estamos obligados a ser, pero sí creo en la tendencia que esconde su influjo. Aún así me interesa contemplarlo como un lenguaje simbólico. Una de tantas formas que el ser humano ha utilizado durante siglos para intentar comprender el misterio de su propia existencia. Por eso estudio las fechas, porque conocerlas, transmiten mensajes. El 13, al que nuestra cultura decidió temer, en hebreo nos conduce al amor y a la unidad, al vacío, vida, transformación, regreso y acción.
Los números y la simbología nos ayudan a descifrar quiénes somos. Y también, nos ayudan a formularnos preguntas. Y si tuviera que resumir toda la simbología de mi fecha de nacimiento en una sola idea, probablemente elegiría esta: regresar una y otra vez a lo esencial, lo espiritual. Transformar lo vivido en conciencia y procurar que aquello que uno aprende en el camino pueda convertirse, de alguna manera, en luz para los demás.
P.D.: Como dato curioso, en la película Matrix (que la suelo nombrar bastante) decir que el protagonista, Neo, en la película nace también un 13 de septiembre. Si tenemos en cuenta que la película la escribieron y dirigieron los hermanos Wachowski, que estudiaron cábala en el Kabbalah Center de Los Ángeles, estoy segura que esa elección no fue casual.
Un fuerte abrazo. Yo voy a dejarme abrazar y mimar estos días para volver con amor multiplicado.
Beatriz Casaus 2026 ©




