lunes, 11 de mayo de 2026

La apariencia como lenguaje del alma

 “Lo que eres habla tan fuerte que no puedo oír lo que dices” (Ralph Waldo Emerson)

“La elegancia es cuando el interior es tan hermoso como el exterior” (Coco Chanel)

“Tu vida exterior es un reflejo de tu mundo interior” (Bob Proctor)

                                            

Cuidar la apariencia me parece de suma importancia y no me refiero a un tema de vanidad, sino porque es una especie de declaración. La apariencia sí importa, pero no por razones meramente superficiales. No me refiero ni mucho menos a obsesionarse con la perfección, ni de vivir pendiente de la aprobación ajena, ni de intentar encajar en estándares imposibles. La verdadera importancia de la apariencia tiene que ver con algo mucho más profundo: se trata de la relación que una persona mantiene consigo misma. La forma en que alguien se cuida, se viste o se presenta al mundo suele ser también un reflejo silencioso de cómo se siente por dentro y del valor que cree tener.

Durante años se ha extendido la idea de que preocuparse por la apariencia es sinónimo de superficialidad, mientras que descuidarse parece asociarse a una especie de profundidad intelectual o espiritual. Pero esa oposición para mí es falsa. El interior y el exterior no son enemigos; son dos partes de nuestra misma realidad. Cuidarte físicamente no te hace menos profundo, igual que tener un mundo interior rico no debería implicar abandonarte a ti mismo. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: cuando una persona empieza a sanar por dentro, eso termina reflejándose también en su energía, en su mirada y en la forma en que habita su cuerpo.

La apariencia es un lenguaje. Antes de que una persona diga una sola palabra, ya transmite algo con su presencia. No solo a los demás, sino también a sí misma. Cada pequeño gesto cotidiano contiene el mensaje implícito de cómo nos hablamos, cómo nos tratamos, cómo elegimos presentarnos incluso cuando nadie nos va a ver. Porque el amor propio no es solo una idea bonita o una frase motivacional; el amor propio es un comportamiento sostenido hacia nosotros mismos. Es la acción continua que decidimos tomar en cada momento hacia nosotros. 

Cuando hablo de apariencia no me refiero a encajar en un estándar de belleza impuesto desde afuera. No hablo de conseguir una imagen de revista ni de convertirnos en alguien que no somos. Tampoco hablo de convertirnos  en discípulos de Anna Wintour, o de seguir ninguna moda. Hablo de algo más profundo y francamente más difícil: la relación entre cómo nos sentimos por dentro y cómo nos presentamos al mundo. Es la primera conversación que tenemos con los demás y más importante aún, es la conversación continua que mantenemos con nosotros mismos cada vez que nos miramos al espejo. 

No es solo la ropa o el peinado, sino la energía de alguien que toma decisiones deliberadas sobre sí mismo y sobre su vida. Y lo contrario también es cierto: cuando alguien se descuida sistemáticamente, es una forma de renuncia silenciosa. Una decisión consciente o inconsciente de que no vale la pena el esfuerzo.

Todo esto empieza con lo que ponemos en el cuerpo. La nutrición no es un tema estético, aunque tenga consecuencias visibles. Es un tema de respeto fundamental. Cada vez que comemos estamos eligiendo sobre qué tipo de combustible merece nuestro organismo, y eso va a repercutir en la piel, en la energía, en la claridad mental. La comida es información bioquímica. Le dice constantemente a las células cómo funcionar y cómo repararse. Cuando comemos comida basura de forma reiterada no solo comprometemos nuestra salud futura, sino nuestra capacidad de estar plenamente presente hoy.

Luego está el movimiento. Hemos convertido el ejercicio en algo opcional, un hobby para vanidosos u obsesivos, pero el cuerpo fue diseñado para moverse. Llevamos millones de años caminando, corriendo, trepando, y sin embargo, en los últimos años decidimos que podríamos pasar ocho, diez, doce horas sentados sin consecuencias y el resultado está por todas partes: cuerpos que se colapsan sobre sí mismos, posturas que comunican derrota antes de pronunciar una palabra, energía estancada que se manifiesta como depresión, ansiedad, irritabilidad. Cuando nos ejercitamos no solo transformamos el cuerpo, sino que liberamos las tensiones que el cuerpo almacena, generamos la neuroquímica que el cerebro necesita para sentir esperanza, motivación y claridad.

Además, la apariencia afecta cómo pensamos. Los psicólogos lo llaman “cognición incorporada”. Nuestros estados físicos influyen directamente en nuestros estados mentales”. Cuando nos  arreglamos, el cerebro lo registra y nuestros estándares suben. Nos convertimos en el tipo de persona que merece la presentación que hemos elegido. Por ello, el exterior mejora el interior, o en el caso contrario, el descuido exterior refuerza la negatividad interior. Yo utilizo la “cromaterapia” (así lo llamo) para levantar mi ánimo, por ejemplo. Elijo colores según el día y según lo que quiera desarrollar, los colores alegres y vitales siempre levantan el ánimo. 

También hay que hablar de la edad, porque existe una narrativa tóxica que dice que preocuparse por cómo te ves es cosa de jóvenes, y que llega un punto en que debe superar. Es una completa tontería. Cuidar la apariencia no tiene fecha de vencimiento porque no se trata de atraer parejas ni de competir en un mercado de belleza: se trata de mantener la dignidad, la vitalidad, el sentido de seguir siendo un participante activo en la vida. He visto personas de setenta años que irradian más presencia y energía vital que personas de veinticinco. La diferencia no está en sus arrugas o en el color de su cabello, sino en la relación que tienen consigo mismas. Las personas que envejecen bien son las que nunca dejaron de invertir en sí mismas, las que nunca aceptaron que su relevancia era cosa del pasado.

Y sí, el carácter importa absolutamente, en ningún momento digo lo contrario, sino que me refiero a la complementariedad de ambos. De nada sirve ir bien vestido si se es una persona que no cultiva valores. Porque desde luego que la bondad, la inteligencia y la sabiduría importan. Nadie dice lo contrario. Lo que digo es que esas cualidades no eximen de la responsabilidad de cuidar nuestro recipiente físico. Si realmente valoramos lo que llevamos dentro, deberíamos valorar el vehículo que lo porta. El cuerpo es el medio a través del cual expresamos quiénes somos. Ese medio merece nuestra atención y gratitud en forma de cuidado. Cuando se descuida la apariencia mientras se enorgullece de la profundidad interior, se crea una disonancia. 

Vivimos en una sociedad donde la apariencia tiene consecuencias reales. Es injusto, pero es la realidad. Las personas que se presentan bien son tratadas mejor, son tomadas más en serio, se les abren más puertas. Múltiples estudios en psicología social confirman lo que ya sabemos intuitivamente: existe un sesgo hacia la apariencia. Podemos enfadarnos por ello y negarnos a participar por principio, o podemos reconocer que este es el juego que estamos jugando y decidir jugarlo con intención. No estoy diciendo que esté bien. Estoy diciendo que es real, y que ponernos en desventaja sin razón no es una declaración moral, simplemente hace las cosas más difíciles de lo que pueden ser.

Pero más allá de cómo trata el mundo, está cómo nos tratamos a nosotros mismos. No me canso de repetirlo. Cada día mantenemos una conversación con nosotros mismos y con el tiempo, se convierte en nuestra identidad. Y la vida sigue a la identidad. Tal y como decía el autor Brian Tracy, “la apariencia es nuestra biografía visible”. Es la historia que contamos sobre quiénes somos y qué valoramos. Podemos contar una historia de negligencia y de resignación o podemos contar una historia de dignidad y de autodeterminación. Ninguna de esas dos es más real que la otra hasta que la hacemos verdadera con nuestras acciones diarias.

Y aquí viene algo que he llegado a tener muy claro: con el tiempo, cada persona muestra lo que lleva dentro. Por eso a veces vemos personas de la misma edad que aparentan edades muy distintas. Lo que se cultiva en el interior, el exterior lo va revelando con los años. La ira acumulada, la envidia, los pensamientos que dañan a otros, todo eso deja huella. No solo energética o espiritualmente, sino físicamente: se apaga la mirada, se pierde el brillo, el rostro se va consumiendo. Y al contrario, quien cuida lo que piensa, lo que siente y lo que da, quien vive desde la coherencia y la limpieza interior, suele irradiar una vitalidad que no tiene que ver con la edad cronológica. El cuerpo no miente. Es el espejo más honesto que tenemos. Y lo que refleja, al final, es exactamente lo que hemos elegido cultivar. 

Un ejemplo de ello lo tenemos en el actual presidente español a quien tanta animadversión tengo. El otro día vi una fotografía de él totalmente demacrado, casi cadavérico, sin luz en su mirada, como ausente, incluso parecía un ser sin alma, nada que ver con las apariciones del principio de su mandato no electo. Tengo la teoría además, de que según sea el interior, se puede ser parasitado por seres del bajo astral que se alimentan de esa energía, esto no solo lo digo yo, hay múltiples culturas que lo creen también. Y al revés sucede lo contrario, por eso las personas que brillan de verdad, que parecen que derrochan luz es porque muy probablemente, están influenciadas por altas entidades espirituales a su alrededor. Cuidar lo que somos por dentro, refleja una vibración al fin y al cabo, y por eso atrae unas energías u otras en propia sintonía energética. Al final, el físico siempre muestra lo que llevamos dentro. 

También está el caso de personas que tienen muy buena apariencia pero que hay algo en ellos que chirría cuando se les ve y eso puede indicar, que hayan descuidado su interior y no lo cultiven del mismo modo en el que invierten el tiempo en su exterior. Ese tipo de personas de los que quizá sus únicos valores sean físicos, y eso también se percibe porque no desprenden esa energía armoniosa sino que  muestran una falta de esa luz de la que hablo, aunque por fuera demuestren lo contrario. 

Las personas que se cuidan consistentemente, que invierten en su apariencia de forma sostenida, no son más superficiales. A menudo son más profundas, porque han aprendido que la disciplina en un área de la vida se manifiesta en todas las demás. Son elecciones existenciales sobre poder personal y sobre la capacidad de moldear la realidad a través de esas elecciones. Hay personas que irradian algo imposible de fingir. No es perfección física, sino presencia. Es luz. Es coherencia entre lo que sienten, lo que piensan y lo que proyectan. Y eso termina reflejándose en el rostro, en la mirada, en la forma de caminar, las posturas, y de existir. 

En cualquier caso, la apariencia es una parte más de nosotros mismos, igual de importante que nuestra inteligencia o nuestros valores personales. No le demos un valor meramente superficial, no como modo de clasificar a nadie, sino como un ejercicio de autocuidado y de respeto personal. 

En el fondo, de eso se trata todo esto de lo que he hablado. De comprender que cuidarnos no es un acto superficial, ni de mera apariencia, sino una forma silenciosa de amor propio. Una manera de decirnos, incluso en los días difíciles, que somos merecedores. Porque la apariencia no habla solo de cómo queremos que nos vea el mundo, sino también de cómo decidimos habitarnos a nosotros mismos. Del cuidado de nuestra mente, cuerpo, energía y forma de estar en el mundo. El verdadero atractivo nunca es la perfección, sino algo tan sutil como la armonía interior y exterior y la coherencia entre ambas. Cuando nos tratamos con amor, dignidad y consciencia, tarde o temprano todo empieza a florecer. 


Un abracito. 



Beatriz Casaus 2026 ©





martes, 28 de abril de 2026

Dejar de perseguir: lo que eres, atrae lo que buscas

 “Dios es número” (Pitágoras) 

"No atraigas lo que quieres, conviértete en lo que quieres atraer" (Wayne Dyer)

(Las letras hebreas del nombre De Dios: Yod Hei Vav Hei)


Nos han enseñado que en la vida hay que ir detrás de todo, del amor, del éxito, de las oportunidades, de una vida mejor. Que hay que esforzarse más que nadie, luchar, insistir, no rendirse, perseguir sin descanso aquello que deseamos. Y, sin embargo, he llegado a una conclusión que puede parecer incómoda, pero liberadora: que gran parte de esa idea es una mentira. No porque no haya esfuerzo en la vida, sino porque el enfoque está equivocado. No se trata de perseguir, sino de convertirse. Pero antes de explicar por qué creo esto con tanta claridad, quiero compartir algo que me fascinó cuando comencé a estudiar cábala, porque fue uno de esos descubrimientos que te expanden la mente y obligan a mirar la realidad desde otro lugar.

Los números no son simples cifras, sino que son un lenguaje. En la antigüedad se conocía que los números son el idioma de Dios, y que a través de ellos, se codifica la información del universo. El alfabeto hebreo no es solo fonético, sino también numérico, y cada palabra contiene una vibración y un significado más profundo cuando se traduce a su valor numérico. Nuestros nombres y apellidos (que además arrastran el linaje tanto paterno como materno) pueden descomponerse en números que revelan información sobre quiénes somos. Y aunque esto pueda parecer algo abstracto, lo importante es que apunta a que hay un orden y una inteligencia mayor detrás que pasamos por alto por el propio desconocimiento.

En hebreo, el nombre de Dios compuesto por las cuatro letras Yod, Hei, Vav, Hei, tiene un valor numérico de 26. La guematria, que es el sistema mediante el cual cada letra hebrea posee un valor numérico, nos permite descubrir significados ocultos en las palabras cuando se suman sus letras. Es revelador que si acudimos al Génesis, en el capítulo 1, versículo 26 (precisamente el número asociado al nombre de Dios) se diga explícitamente que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Esta correspondencia no parece casual, sino una declaración. Si Dios es creador, nosotros también lo somos en esencia. Somos, por decirlo de alguna manera, una gota de agua que contiene la misma naturaleza que el océano del que proviene. No estamos separados de esa capacidad creadora, sino que participamos de ella.

Pero lo que más me impactó fue comprender que, el Creador dejó su firma en la creación, es decir, en nosotros. Y cuando digo firma, no hablo de algo metafórico, sino de algo real y medible. Si el nombre de Dios suma 26 y en Génesis 1:26 se establece la creación del ser humano a su imagen y semejanza, la idea que subyace es que esa “firma” divina está inscrita en nosotros mismos, en lo más sagrado de nuestro ser. 

Desde esta perspectiva, el patrón numérico del nombre divino (10-5-6-5, que son los valores numéricos de sus cuatro letras que suman 26) están implícitas en el código del ADN humano ya que este se activa, precisamente, con cuatro aminoácidos que se componen del patrón 10, 5, 6, 5. Es decir, Dios firma su obra. Dios nos crea a su imagen y semejanza y nos lo deja muy claro a través de su nombre firmado en nuestro ADN,  a través de la activación de nuestras hebras de ADN. Esto es fascinante y por estas cosas vivo apasionada con la cábala. 

Lo poderoso de esta idea es la comprensión de que no somos seres pasivos en la existencia, sino participantes activos en la creación de nuestra realidad. Y esta idea no es nueva. Ya Platón, hablaba del mundo de las ideas como la verdadera realidad, de la cual el mundo material no es más que un reflejo. En su famoso mito de la caverna, explicaba que lo que percibimos con los sentidos es solo una sombra de algo más profundo. Hoy, desde la física cuántica, encontramos conceptos que apuntan en una dirección similar, que la realidad no es sólida, sino energética, compuesta por posibilidades. Y es la observación (la conciencia) la que colapsa esas posibilidades en una forma concreta. Es decir, aquello en lo que sostenemos nuestra atención, aquello que observamos de forma reiterada, tiende a materializarse.

Por eso, en muchos relatos bíblicos, como cuando Dios le muestra al patriarca Abraham las tierras que heredarán sus descendientes, aun cuando él ni siquiera tenía hijos, le insistió en una idea clave, que siguiera observando, que mantuviera la visión de que las tierras de Canaán serían suyas y de sus descendientes. No necesitamos saber el cómo, pues la realidad se irá desplegando por sí sola. Y esto, llevado a nuestra vida cotidiana, tiene una implicación directa y poderosa. No se trata de perseguir las cosas, sino de sostener una visión interna coherente hasta que esa realidad se alinee con nosotros.

Se nos ha enseñado, desde muy pequeños, que la vida es complicada. Que todo cuesta, que todo requiere sacrificio extremo, que hay que luchar constantemente para conseguir cualquier cosa que merezca la pena. Se nos ha repetido tanto, que lo hemos asumido como una verdad incuestionable. Sin embargo, uno de los mayores descubrimientos que he hecho en mi vida adulta como he apuntado antes, es que esa idea, en gran medida, es una mentira. O, al menos, una verdad incompleta.

La vida no es fácil, pero tampoco es ese campo de batalla perpetuo que nos han vendido. La vida se vuelve difícil cuando vamos en contra de nosotros mismos, cuando nos alejamos de lo que somos, cuando intentamos encajar en moldes que no nos pertenecen o cuando perseguimos metas que, en el fondo, no están alineadas con nuestra esencia. Ahí es cuando todo cuesta, cuando todo parece lejano. Pero cuando uno empieza a caminar en coherencia con lo que es, algo cambia. No desaparecen los retos, pero dejan de sentirse como una lucha constante y empieza a haber fluidez.

Se nos ha hecho creer que nuestros sueños no se pueden cumplir, que son ingenuos y poco realistas. Se nos ha entrenado para intercambiar nuestra autenticidad por seguridad, nuestros sueños por una nómina. Que hay que seguir un tipo de vida establecido. Pero basta con mirar alrededor para ver que muchas de las personas que han seguido ese guión no son felices. Yo lo veo constantemente y esto no es juicio sino observación, porque ahí comienza el despertar, al darte cuenta de que cumplir lo que se espera de ti no garantiza la plenitud. 

En mi experiencia personal, y como a mí me gusta poner ejemplos para que se entienda bien, incluso en el ámbito de las relaciones he podido comprobar esa dinámica de no perseguir. Nunca he perseguido a ningún hombre, y no me ha ido mal así. Al inicio de la relación con mi pareja no hubo persecución por mi parte. No forcé situaciones, no busqué encuentros, ni me hice la encontradiza. Simplemente fui yo. Y, precisamente por eso, fue él quien se acercó y quien generó el vínculo. Porque cuando no necesitas, la energía cambia. Y esto aplica a todo. No se trata de perseguir lo que quieres, sino de convertirte en la persona que ya lo tiene. Nos han enseñado a ir detrás de las cosas, pero lo que persigues, se escapa y lo que eres, lo atrae. No se trata de desear desde la carencia, sino de encarnar desde la coherencia.

El desaparecido neurocientífico mexicano Jacobo Grinberg apuntaba exactamente a esto. Sus palabras lo expresan mejor que yo, así que las dejo íntegras: : “lo que buscamos no está fuera de nosotros: ni el amor, la abundancia, la paz… todo eso ya existe dentro de nosotros, en nuestro campo cuántico. El problema es que muchas veces no estamos conectados con esa parte de nosotros. Estamos demasiado centrados en lo que no tenemos, en lo que nos falta, y eso genera una distorsión en nuestra frecuencia. Cuando dejas de enfocarte en lo que te falta, y empiezas a conectarte con lo que ya eres, el campo cuántico responde.  Es entonces cuando la manifestación se vuelve natural porque ya no estás luchando contra la corriente. Estás alineado con ella. Este es el punto más crucial de todo el proceso. La manifestación  no es algo que haces, es algo que eres. Es cuando dejas de buscar algo fuera de ti, y comienzas a sintonizarte con lo que ya está dentro. Cuando entendemos esto, el proceso de manifestación deja de ser un esfuerzo y se convierte en una expresión de quién eres realmente, y esa es la coherencia de la que hablo, esa es la clave que desbloquea todo. El campo cuántico responde a la coherencia de tu ser, no a tus deseos verbales, si tus pensamientos dicen quiero esto, pero tu emoción, tu cuerpo, tu energía dice algo diferente, el campo solo responde a lo que eres en el momento presente, a lo que estás emanando en tu totalidad”.

Si queremos algo hay que preguntarse ¿cómo es la persona que ya vive eso? ¿Cómo piensa, cómo actúa, cómo se mueve? Y empezar a serlo ahora. No mañana. No cuando se consiga. Ahora. Porque quizá la mayor mentira que nos han contado no es que hay que ir fuera a buscar lo que, en realidad, solo puede nacer dentro. Y cuando eso se comprende de verdad, todo deja de ser una persecución para convertirse en una alineación. Y entonces, casi sin darnos cuenta, aquello que tanto buscamos empieza a encontrarnos.

Un fuerte abrazo.


Beatriz Casaus 2026 ©






 

jueves, 23 de abril de 2026

La belleza de la vulnerabilidad

“La pluma es la lengua del alma.” (Miguel de Cervantes)

“Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.” (William Shakespeare)



Hoy, 23 de abril, celebramos el Día del Libro. Una fecha envuelta casi en un halo poético, porque se asocia a la muerte de tres grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Aunque la realidad histórica no fuera exactamente así, se ha decidido creer en esa coincidencia. Quizá eso también tenga algo de belleza... 

En Cataluña, hoy además, se celebra Sant Jordi, donde se regala un libro y una rosa, haciendo que la cultura y el amor se den la mano. Y no se me ocurre mejor forma que honrar este día que hablando de Shakespeare, aunque no de sus páginas precisamente, sino de una historia de su vida llevada al cine que recoge su dolor. 

El otro día pude ver la última película de la directora Chloé Zhao, “Hamnet”, basada en un episodio de la vida del famoso escritor y su familia. Es una cinta de una belleza devastadora que encoge el corazón y lo estruja con las interpretaciones de sus dos protagonistas. Es una representación del propio arte como proceso catártico del duelo y de cómo el dolor puede unirnos.

 Y fue precisamente uno de los protagonistas de la película, el actor Paul Mescal, quien influyó en el precioso y emotivo discurso que dio su directora al recibir el Golden Globe 2026 a mejor película de drama el pasado febrero. Al recibir el premio, Chloé Zhao mencionó las palabras que Paul Mescal le había expresado esa misma mañana: “Lo más importante de ser artista es aprender a ser lo suficientemente vulnerables para permitirnos ser vistos por quiénes somos, no por quien deberíamos ser.” 

En su discurso destacó la vulnerabilidad como esencia del arte, promoviendo la empatía y la conexión humana. Enfatizó la importancia de mostrar las partes imperfectas o temerosas de uno mismo, para que el público pueda hacer lo mismo.  Convertir así el arte como la necesidad de mantener los corazones abiertos, para dejarnos ser vistos, para provocar ese lazo que solo se consigue desde el desnudo de los sentimientos. Para poder vernos los unos a los otros. 

Yo uso el arte, particularmente la escritura, también como proceso catártico. Y me inclino hacia la desnudez total de la vulnerabilidad no solo como forma de conexión sino por razones propias de existencia. Reivindico siempre la vulnerabilidad y su expresión. Dejando a un lado las máscaras, los muros o los caparazones que nos queramos construir para intentar ocultar lo que sentimos en frente de los demás, cuando, en realidad, no existe nada más humano que compartir nuestras verdaderas emociones. No hay nada que cree un vínculo más sincero que compartirlo. 

Además, soy fiel defensora de que las experiencias personales están para compartirse. No son solo para guardarlas para uno mismo, sino también para ponerlas al servicio de otros. Porque cuando las compartimos, pueden resonar en quienes se sienten identificados y, de alguna manera, todos aprendemos de todos. Por eso, últimamente las incluyo más aquí, en mi blog, porque siento que acercan y generan una conexión más real.

Siempre he sido muy abierta en ese sentido. No me importa mostrarme natural, transparente y sin máscaras, y por eso mismo valoro profundamente a las personas que también saben mostrarse con autenticidad. En cambio, quienes nunca cuentan nada, se muestran herméticos o se esconden constantemente, me generan cierta desconfianza. Prefiero la naturalidad de quien comparte, de quien se muestra y de quien no tiene miedo a ser visto. Así, siempre hay un aprendizaje mutuo. Un compartir que aporta valor.

Merece la pena recordar que el arte, en última instancia  sana, tanto a quien lo hace, como a quien lo recibe. 

Os dejo con un poema mío a continuación.


Un abrazote. 


Beatriz Casaus 2026 ©



Un sueño que parece muy real 


He soñado 

que soy un ser humano 

con un nombre prestado,

anclado a un linaje 

de cuerdas invisibles,

retorcidas 

alrededor de una etiqueta 

que no elegí.


Para aprender 

a decir “yo” 

entre tantos 

otros muros

que ya hablaban 

por mí.


Antes de saber 

quién pronunciaba 

las palabras,

ya brotaban,

salvajes, 

sin pedir permiso,

sin necesidad 

de ser comprendidas.


Antes de saber 

quién miraba 

desde dentro.


Soy un alma 

cosida a un cuerpo,

en una forma transitoria

que no se puede nombrar 

pues pertenece 

a la esencia.


Algo me habita 

desde antes 

de yo saberlo,

como un ungüento

 antiguo

con una memoria 

que no aprendí

y sin embargo,

recuerdo.


He sido capaz

de reconocerlo ahora

pero es más antiguo 

y lúcido 

que la mente. 

Sabe incluso 

las decisiones

que ya tomé,

antes de atreverme

a vivirlas.


Y estoy aquí,

quizá solo, 

para saber

por qué las elegí.


He soñado 

que habito el mundo

en un cuerpo,

pero no soy 

el cuerpo. 


Camino 

como quien busca una casa 

que siempre ha sido suya,

mientras pensaba

que era el inquilino.


Es un viaje largo 

recorrerse,

deshacerse,

perderse

en los propios senderos 

que llaman destino.


Cuanto más alcanzas,

menos sabes, 

cuanto más ves,

menos te sostienes.

Y mis pies, 

torpes, 

aprenden a caer

como una única

forma de avanzar.


Tengo una verdad 

dentro 

ardiendo:


No soy de este mundo.

 

Y, oh, 

spoiler: 


tú tampoco. 


Beatriz Casaus 2026 ©