“Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir ser un imbécil.” (Ortega y Gasset)
“Las ideologías son una forma de organizar emocionalmente la ignorancia colectiva.” (Jesús G. Maestro)
“Luchamos contra tres gigantes, mi querido Sancho: la injusticia, el miedo y la ignorancia”. (El Quijote, Miguel de Cervantes)
Estoy profundamente apenada por el terrible accidente ferroviario ocurrido la semana pasada en Urda, Toledo, cerca de donde vivo, en el que han perdido la vida al menos 70 personas. Curiosamente, la noche anterior al accidente me desperté a las 2 de la madrugada y fui incapaz de volver a conciliar el sueño. Me encontraba especialmente inquieta, con una sensación extraña que no sabría explicar. Recuerdo que lo mismo me sucedió la noche anterior al 11 M y al accidente de Spanair en 2008. Cuando me desperté y conocí la noticia de lo sucedido, me quedé completamente sobrecogida.
Quiero aprovechar estas líneas para expresar mi agradecimiento más sincero a los vecinos de Urda y Los Yébenes que acudieron a ayudar en medio de aquella tragedia, así como a todos los profesionales que participaron en las labores de rescate. En situaciones así es cuando aflora lo mejor del ser humano. Como siempre digo: «Solo el pueblo salva al pueblo». Soy madrileña, pero vivir en Toledo ha sido un auténtico regalo. Aquí he descubierto una calidad humana que me conmueve. Por mi experiencia, encuentro a las personas más cercanas, llanas y humildes, y esta tragedia me ha recordado una vez más por qué me siento tan agradecida de vivir en esta tierra.
Pero junto a la tristeza también siento una profunda indignación. No puedo evitar preguntarme cómo es posible que una tragedia de semejante magnitud haya ocurrido otra vez (la última vez fue hace 9 meses) en una red ferroviaria que debería contar con todas las garantías de seguridad. Mi opinión sobre la gestión del Ministerio de Transportes, tanto durante la etapa de José Luis Ábalos como durante la de Óscar Puente, es profundamente crítica. La comparecencia de prensa de Óscar Puente me enfadó incluso más. Hubo momentos de su intervención que, personalmente, interpreté como una actitud defensiva y victimista que me recordó a otras comparecencias de Pedro Sánchez. Utilizó lo que se conoce en psicología como “victimización estratégica”. Desviando la atención de las víctimas “al calvario que va a tener que aguantar”. Hablamos de vidas humanas truncadas en un accidente horrible. Familias destrozadas. Personas que salieron de sus casas pensando que regresarían y que nunca volvieron, heridos traumatizados así como personas que han perdido miembros de sus cuerpos.
Espero que la investigación judicial y técnica lleguen hasta el final, sin interferencias y sin excepciones. Y si se demuestra que hubo negligencias o responsabilidades que pudieron contribuir a esta tragedia, como ya indican ex miembros de ADIF, que quienes correspondan respondan por ellas. Las víctimas y sus familias merecen justicia y respeto. Como ciudadanos, merecemos saber qué ocurrió y qué se va a hacer para impedir que vuelva a suceder. Ya está bien.
Jamás habría imaginado que llegaría un momento en mi vida en el que mi ideología de izquierdas se tambalearía hasta el punto de llevarme a cuestionar buena parte de las convicciones políticas que había defendido durante años. Sin embargo, con el paso del tiempo, mi manera de entender la política ha ido cambiando. Mi desencanto comenzó en 2020, con una gestión de la pandemia que considero profundamente desacertada y que supuso un antes y un después en mi percepción del Gobierno. Desde entonces, los acontecimientos se han sucedido y, con ellos, también mis reflexiones, mis dudas y mi creciente distanciamiento de unas ideas con las que antes me identificaba plenamente. Hoy tengo una visión mucho más crítica de la política y de quienes nos gobiernan. Y, después de todo lo vivido y observado durante estos años, considero a Pedro Sánchez el peor presidente del Gobierno de nuestra democracia.
Y no lo digo desde una identificación automática con la derecha, lo digo desde la decepción de quien ha visto cómo determinados principios que siempre asocié con la izquierda (la justicia social, la igualdad, la defensa de las libertades, el estado del bienestar, la honestidad institucional y la protección de los más vulnerables) parecían quedar relegados, a un segundo plano frente a la conservación del poder. Una cosa es tener una ideología y otra muy distinta convertirla en una religión cuyos representantes deban ser defendidos incondicionalmente, hagan lo que hagan, como es lo que veo en quienes le defienden. Las convicciones políticas deberían servirnos para examinar críticamente a quienes gobiernan, no para justificar sus contradicciones. No me vale la archiconocida frase que espetan quienes le siguen defendiendo: “Es que la alternativa es peor”. Aquello me recuerda mucho a las excusas de algunas mujeres víctimas de maltrato que alegan que no dejan a sus parejas, “porque lo que hay fuera, es peor”.
Gracias a las asignaturas de derecho que tuve que estudiar, soy conocedora de la Constitución Española, que por cierto, conviene recordar: El artículo 1.1 establece que “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Por su parte, el artículo 9.2 “encomienda a los poderes públicos promover las condiciones necesarias para que la libertad y la igualdad de los individuos y de los grupos en los que se integran sean reales y efectivas, así como remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud”. Son principios fundamentales sobre los que debería sustentarse nuestra convivencia democrática, independientemente del color político de quien ocupe la Moncloa. Pero es el propio gobierno el que ha creado un odio que ha sido clave de su consigna y propaganda política, no respetar a las personas que no piensen como ellos, que no comulgan con sus fechorías y trayendo el término “facha” de nuevo a escena para desprestigiar a quien no piense como ellos. Todo su mandato ha sido un alegato a no respetar la diversidad política tal y como la Constitución sí refleja.
Me preocupa sobremanera el clima de enfrentamiento político que se ha instalado en España con ese discurso mantenido del gobierno. Tengo la sensación de que hemos retrocedido décadas en nuestra manera de relacionarnos con quienes piensan diferente. La crispación ha convertido conversaciones en auténticas batallas ideológicas. Las etiquetas sustituyen a los argumentos, las descalificaciones reemplazan al debate y cualquier discrepancia se interpreta como una declaración de enemistad. Considero que Pedro Sánchez ha contribuido a alimentar esa dinámica mediante una estrategia discursiva que, a mi entender, presenta la política como una confrontación entre bloques moralmente incompatibles. No es el único responsable. Determinados medios de comunicación y las redes sociales también participan de esa espiral.
Me preocupa la facilidad con la que términos como “facha”, “comunista”, “rojo” o “fascista” se utilizan para desacreditar a personas que simplemente expresan opiniones distintas. No todo aquel que cuestiona las políticas migratorias es xenófobo. Ni todo aquel que critica una ley es enemigo de los derechos sociales. O aquel que rechaza una decisión del Gobierno pertenece a la extrema derecha. Del mismo modo, tampoco toda persona de izquierdas es radical ni todo votante conservador carece de sensibilidad social. Una sociedad verdaderamente plural debería ser capaz de comprender estas diferencias. Y precisamente porque sigo valorando la libertad, la igualdad y la justicia, me niego a aceptar que esos principios sean patrimonio exclusivo de ningún partido.
Es imprescindible recordar en estos momentos al filósofo francés Montesquieu. Si levantara la cabeza probablemente tendría mucho que decir sobre el funcionamiento de nuestras instituciones. En su libro, “El espíritu de las leyes”, desarrolló el principio de separación de poderes, el poder legislativo, del ejecutivo y el judicial. Concebido precisamente para evitar la concentración de la autoridad y proteger la libertad frente a los abusos.
La democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta en una urna cada cuatro años como nos han hecho creer, sino que nos permite exigir instituciones independientes, mecanismos de control, transparencia y rendición de cuentas. Aunque nuestra constitución articula la distribución y el control del poder entre distintas instituciones, el sistema español presenta deficiencias importantes en este aspecto, por la influencia en determinados nombramientos institucionales. Y durante estos ocho años de gobierno, mi preocupación por esta cuestión no ha hecho más que aumentar. Hasta qué punto hemos normalizado prácticas que debilitan la confianza ciudadana en las instituciones.
Uno de los aspectos que más ha deteriorado mi confianza en Pedro Sánchez ha sido su relación con las promesas electorales y los compromisos públicos. En política es inevitable negociar y adaptarse a circunstancias cambiantes, pero existe una diferencia monumental entre modificar una posición y defender con absoluta contundencia una cosa para, posteriormente, hacer exactamente la contraria sin ofrecer explicaciones que resulten convincentes. Los acuerdos parlamentarios con EH Bildu, los cambios de posición respecto a los independentistas catalanes y, especialmente, la aprobación de la ley de amnistía representan para mí algunos de los ejemplos más significativos.
La amnistía puede defenderse desde argumentos jurídicos y políticos, y también puede rechazarse legítimamente. Mi discrepancia se encuentra tanto en su contenido como en las circunstancias de su aprobación, después de que el propio Sánchez hubiera manifestado anteriormente su oposición a esa medida. Cuando una decisión de semejante trascendencia coincide con la necesidad de conseguir apoyos para una investidura, considero inevitable preguntarse si responde a una estrategia de supervivencia. Y esa pregunta, en democracia, debería poder formularse sin que quien la plantee sea automáticamente descalificado.
Existe, además, una realidad que nos afecta directamente a millones de españoles: el encarecimiento de la vida. La alimentación, la vivienda, los suministros y numerosos servicios esenciales se han convertido en una preocupación constante para muchas familias. Aunque la inflación responde a múltiples factores, algunos internacionales, considero que un Gobierno debe ser evaluado también por su capacidad para aliviar sus consecuencias. El problema es cuánto poder adquisitivo han perdido los hogares y qué posibilidades reales tienen de construir un proyecto de vida estable. La vivienda es, a mi juicio, uno de los mayores fracasos colectivos de nuestro país. Resulta desolador que tantos jóvenes, incluso teniendo empleo, no puedan emanciparse, ahorrar o acceder a una vivienda digna. Y tampoco podemos olvidarnos de quienes, sin ser ya tan jóvenes, siguen destinando una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler.
A esta fotografía del país, se le añade el endeudamiento público, las interminables listas de espera sanitarias, la precariedad de determinados sectores laborales y las dificultades estructurales en España. No atribuyo todos estos problemas exclusivamente a Sánchez, porque sería deshonesto ignorar su origen anterior o los factores externos que los agravan, pero tampoco considero razonable eximir de responsabilidad a quien lleva tantos años gobernando. El tiempo en el poder debería servir para resolver problemas, no para convertirlos indefinidamente en argumentos contra gobiernos anteriores.
Otro de los asuntos que más rechazo me producen es la sucesión de investigaciones judiciales y escándalos relacionados con personas del entorno político y personal del presidente. La corrupción no pertenece exclusivamente a ningún partido. La historia democrática española ofrece ejemplos suficientes para saber que ningún espacio ideológico está inmunizado contra ella. Precisamente por eso me resulta decepcionante que quienes llegaron al poder presentándose como una alternativa regeneradora terminen enfrentándose a cuestionamientos tan graves sobre la integridad de personas de su entorno. Un gobernante también debe responder por las personas que elige y por la manera en que reacciona cuando aparecen indicios de irregularidades. La ejemplaridad no debería ser un recurso retórico reservado a los discursos de investidura.
Lo mismo pienso de las controversias relacionadas con la Fiscalía y el Poder Judicial. Es la primera vez en la historia de nuestra democracia que los jueces se han puesto en huelga. Y, por si todo lo anterior fuera poco, esta legislatura nos ha regalado uno de los mayores plot twists de la historia política española. Un giro de guión tan surrealista que parece digno meritorio de aparecer en una película de Berlanga. Según las informaciones publicadas, personas presuntamente vinculadas a una trama relacionada con antiguos miembros del PSOE habrían contactado con un clan de narcotraficantes de Badajoz para “eliminar” a la jueza Beatriz Biedma, encargada de investigar a David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno. Lo verdaderamente esperpéntico, que estoy segura que ni el propio Valle Inclán hubiera imaginado, es que según las denuncias conocidas, el clan habría rechazado la propuesta por desconfianza hacia quienes se la planteaban. Es decir, que el encargo habría resultado demasiado poco fiable incluso para los propios narcotraficantes. Si este suceso llega a acreditarse judicialmente, estaremos ante uno de los episodios más grotescos de nuestra historia política reciente. Es insuperable desde el punto de vista de la ironía.
Tampoco puedo dejar en el olvido ni mucho menos la gestión de distintas crisis nacionales: no solo la citada pandemia, sino la gestión de la erupción volcánica de La Palma, las tensiones migratorias en Ceuta, la pésima gestión de la DANA en Valencia, los graves problemas relacionados con las infraestructuras (el estado de las vías ferroviarias y carreteras) los servicios públicos (con sus correspondientes huelgas de médicos y profesores). Un presidente no puede evitar una catástrofe natural, pero sí tiene la obligación de impulsar una respuesta eficaz, coordinar los recursos disponibles y explicar con transparencia las decisiones adoptadas. Cuando se producen tragedias, lo último que espero de los responsables políticos es propaganda o enfrentamientos destinados a desplazar las culpas. Espero humanidad, responsabilidad y soluciones. No necesito que un presidente o ministro me convenza constantemente de que todo funciona extraordinariamente bien. Necesito que reconozca los problemas y no que diga: “si necesitan ayuda, que la pidan”, porque es insultante.
No voy a terminar esta reflexión defendiendo ni mucho menos al principal partido de la oposición. Alberto Núñez Feijóo no es precisamente santo de mi devoción. Durante la pandemia discrepé profundamente de determinadas medidas sanitarias que llevó a cabo en Galicia. La defensa de la libertad individual y el debate sobre esas medidas siguen siendo cuestiones importantes para mí. Y es que mi desencanto con Sánchez no implica una conversión automática al Partido Popular. Quizá una de las mayores dificultades de nuestro sistema político sea que muchas personas votan no porque crean en un proyecto, sino porque desean impedir que gobierne otro. Por ello apelo al voto alternativo hacia otros partidos que se han originado y a los que deberíamos dar una oportunidad.
Siempre me ha interesado la psicología y la manera en que determinadas personalidades llegan a ocupar posiciones de influencia. Existen investigaciones sobre la presencia de la psicopatía en política y entornos corporativos. En el caso de Pedro Sánchez, su estilo político me transmite exactamente eso. Observo en muchas de sus decisiones una tendencia a anteponer la supervivencia política a la coherencia. Y llegados a este punto, quiero introducir la astrología en este contexto. No como un método científico capaz de predecir resultados electorales, sino como una lectura simbólica que me gusta explorar. Pedro Sánchez nació bajo el signo de Piscis, un signo de agua asociado con la intuición, la adaptabilidad, la sensibilidad y la capacidad de desenvolverse en escenarios cambiantes. En su expresión menos equilibrada, su sombra, se le atribuye a Piscis tendencias como la evasión, la toxicidad, la ambigüedad, la idealización y la dificultad para establecer límites claros. Desde mi interpretación personal, algunas de estas características encuentran un curioso paralelismo con la trayectoria política de Sánchez. Por otro lado, Alberto Núñez Feijóo es Virgo, un signo de tierra asociado con el análisis, la organización, el pragmatismo y la necesidad de orden. La oposición simbólica entre Virgo y Piscis resulta súper interesante aquí. Es increíble que justo los dos oponentes políticos principales sean opuestos en sus soles, pero lo es más, si miramos sus lunas. Sánchez la tiene en Virgo y Feijóo en Piscis. ¡También lo son en sus lunas! En cuanto a los otros representantes de partidos políticos, tenemos a Santiago Abascal, Aries de pura cepa con un stellium en Cáncer, (de ahí su interés en respetar los valores tradicionales, la familia y la defensa del país), Roberto Moreno, Géminis, Irene Montero quien comparte signo con Gabriel Rufián, Acuario; el líder de SALF, Alvise Pérez y Luis María Pardo, quienes también comparten sol, esta vez en Piscis.
Feijoó tiene a su Venus en Leo y un posible ascendente en ese signo. Leo, se le asocia con la visibilidad, el liderazgo, el reconocimiento público y la necesidad de destacar. Si tenemos en cuenta los tránsitos planetarios, activarán favorablemente esos mismos puntos en su carta natal. Se podría relacionar con una etapa de mayor protagonismo teniendo en cuenta que Júpiter está en Leo y le activa su Venus y ascendente, y esto sería una marcador de su posible éxito. Además, el próximo año Júpiter pasará a Virgo, su sol. El 29-N habrá luna en Leo, lo que activará su ascendente y su Venus. En base a esta lectura, creo que es quien mejor resultado obtendrá ese día, pero no gobernaría en mayoría, se cree que pactaría con Vox, representado por un Aries que ahora tiene a Saturno y Neptuno en su signo, y tanto el Sol en Sagitario como Júpiter y la Luna en Leo de ese día, le harían un trígono a su Sol y sextil a su Luna en Libra. Eso sería un buen augurio también para ese partido.
Mi intuición política es que Pedro Sánchez podría enfrentarse a un resultado electoral desfavorable y que el Partido Popular podría beneficiarse del desgaste del Gobierno, aunque eso no garantiza que Feijóo consiga formar una mayoría suficiente para gobernar, como he comentado. No obstante, esto ha sido una pincelada astrológica, ya que una predicción rigurosa requiere levantar la carta correspondiente a la fecha electoral, estudiar los tránsitos exactos y contrastarlo con sus datos natales. Y, por supuesto, los resultados los decidirán los ciudadanos en las urnas, no los planetas.
Para finalizar, comentar que hace años llegué a un punto en el que trascendí la polaridad izquierda/derecha. No me considero ya de ninguna ideología porque he aprendido que nos limitan y separan. Son una forma de pensamiento que se nos ha inculcado para tener a la población distraída y enfrentada. Un resultado de ingeniería social, como tantas otras cosas. No me gusta entrar en un molde, ni me gustan los límites, ni que me digan lo que tengo que hacer o pensar. Me interesa la honestidad, la coherencia, la libertad, la justicia social, la igualdad y el respeto a las instituciones democráticas. Y si un dirigente traiciona, a mi juicio, esos principios, no voy a justificarlo simplemente porque pertenezca al espacio político con el que alguna vez me identifiqué. La lealtad a unas ideas no debería confundirse con la obediencia a quienes dicen representarlas. Superemos eso y pensemos por nosotros mismos.
Mi mayor decepción ha sido comprobar hasta qué punto la política puede convertir principios en simples herramientas de confrontación partidista. Por encima de cualquier líder, partido o ideología, debería estar siempre el respeto a los ciudadanos y a las instituciones que hacen posible nuestra convivencia. No he dejado de creer en la libertad, la igualdad o la justicia. Por eso, no votaré por el bipartidismo imperante. No sé qué más hace falta para que la gente deje de apoyar a las ideologías. Sean sus consignas de un color o de otro. Hay que empezar a abrirse a nuevas posibilidades de pensamiento, cambiar y aspirar a tener líderes honestos. Parece una utopía, pero es necesario creer que podemos cambiar la sociedad. Sí se puede y se comienza votando.
Un abrazo y mucha fuerza.
Beatriz Casaus 2026 ©


