martes, 11 de agosto de 2026

Don't look up

 «Entramos en la oscuridad por la luz, en el silencio por las palabras y en el miedo por la bendición.” (Ursula K. Le Guin, Voices)



Este 12 de agosto de 2026 tenemos un eclipse solar total. El cielo se apagará durante una hora convirtiendo el día literalmente en noche. En la tradición astrológica se sabe que en aquellos lugares situados dentro de la franja de totalidad, tendrá más impacto. En este caso, cruzará de lleno todo el territorio nacional, así que me pregunto qué será lo siguiente que suceda en nuestro país. Desde ya, dejo a la libre interpretación de cada cual a cómo podrá afectar el simbolismo de la energía de Leo opacada en relación a posibles acontecimientos que puedan ocurrir en España. Voy a diseminar este fenómeno como lo hago siempre, desde la mirada astrológica y simbólica, teniendo en cuenta las proyecciones que han tenido diferentes civilizaciones sobre los eclipses durante miles de años. Durante un eclipse solar, el Sol desaparece representando que lo que habitualmente está iluminado deja momentáneamente de estarlo y, precisamente por ello, podemos observar aquello que normalmente queda oculto detrás de esa luz. ¿Qué es lo que hay detrás de la luz en España?

El eclipse solar se produce alrededor del grado 20 de Leo. ¿Y por qué importan el signo y el grado? Porque, dentro de la astrología, un eclipse solar no se interpreta simplemente como una Luna nueva cualquiera. Astronómicamente, los eclipses se producen cuando el Sol, la Luna y la Tierra alcanzan una alineación determinada cerca de los nodos lunares. Astrológicamente, esa proximidad a los nodos es la que tradicionalmente ha otorgado a los eclipses un significado especial. Los nodos lunares son puntos matemáticos: los lugares donde la órbita de la Luna cruza la eclíptica, es decir, el recorrido del Sol visto desde la Tierra. Sin embargo, para la astrología tradicional, evolutiva y kármica, esos puntos poseen además una enorme carga simbólica y karmática y se relacionan con procesos de dirección vital, aprendizaje, pasado, evolución y destino. Por eso, desde esa perspectiva, un eclipse puede entenderse como una Luna nueva amplificada y potenciada, una especie de punto de inflexión dentro de un proceso mucho más largo.

Por ello los eclipses no se interpretan como acontecimientos aislados que comienzan y terminan el mismo día. La tradición astrológica considera que abren procesos y que sus temas pueden empezar a percibirse semanas antes del acontecimiento, incluso aproximadamente un mes antes, y continuar desarrollándose durante los meses posteriores. Algunos astrólogos sitúan su periodo de mayor intensidad entre los tres y seis meses siguientes, aunque pueden prolongarse durante prácticamente un año. Es decir, mañana 12 de agosto no es solo un día, sino la apertura de una puerta que permanece abierta durante un tiempo. Y hay algo todavía más interesante: solo dieciséis días después, el 28 de agosto, tendremos otro eclipse, esta vez lunar y casi total, en Piscis. Los eclipses aparecen en temporadas y pueden interpretarse como partes de un mismo proceso. Uno abre y otro culmina, uno muestra y otro ayuda a desprenderse, uno expone aquello que necesita ser visto y el otro invita a disolver aquello que ya ha cumplido su función. Por eso, más que dos acontecimientos separados, podemos entender agosto como un único proceso en dos movimientos.

Imaginemos lo que debía significar contemplar un eclipse en la antigüedad. El Sol aparecía cada mañana y constituía la referencia absoluta del tiempo, de las estaciones, de las cosechas y, en muchas culturas, de la propia divinidad. Y, de repente, desaparecía en pleno día sin que la mayoría de los seres humanos pudieran comprender qué estaba ocurriendo. Por ello, prácticamente todas las grandes civilizaciones atribuían a los eclipses un significado extraordinario. Los babilonios dejaron registros de eclipses hace más de 2.500 años y desarrollaron métodos muy sofisticados para estudiarlos. En su cosmovisión, algunos eclipses podían relacionarse con presagios que afectaban especialmente al rey y al destino político del territorio. En el antiguo Egipto encontramos el enfrentamiento entre Ra y Apofis, la gran serpiente asociada al caos que amenaza el viaje de la divinidad solar. En la tradición védica de la India aparecen Rahu y Ketu, estrechamente vinculados simbólicamente a los eclipses y que continúan ocupando un lugar dentro de la astrología védica actual. Todos ellos comparten una idea parecida: cuando la luz desaparece, el orden habitual queda suspendido y aquello que permanecía oculto puede hacerse visible. Esa coincidencia simbólica entre culturas separadas por enormes distancias geográficas y temporales es lo que me fascina.

Vayamos ahora al corazón simbólico de este eclipse: Leo. Leo suele reducirse de una manera excesivamente simple al ego, pero representa muchísimo más que eso. Leo es identidad, creatividad, voluntad, corazón y expresión. Es la chispa de vida individual que se atreve a decir: "Yo existo, esta es mi voz y tengo algo único que ofrecer". Representa la necesidad profundamente humana de encontrar nuestra propia luz y atrevernos a ocupar nuestro lugar en el mundo. Pero frente a Leo, en el extremo opuesto del zodiaco, encontramos a Acuario, su signo opuesto y complementario, relacionado con la comunidad, lo colectivo y la humanidad entendida como una gran red. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de este eclipse, porque si Leo pregunta "¿quién soy yo?", Acuario pregunta "¿qué hago con eso que soy para contribuir al conjunto?". Leo habla del individuo, la creación personal, necesita encontrar su propia luz y Acuario, sin embargo, de la comunidad, de las redes humanas y necesita comprender cómo esa luz puede integrarse dentro de algo mayor.

Por eso este eje nos plantea una pregunta poderosa: ¿qué parte de nuestra identidad estamos dispuestos a mostrar al mundo y poner al servicio de algo que trascienda nuestro propio ego? Y no es una pregunta cómoda, porque quizá algunas personas tengan que aprender a dejar de esconderse, otras tengan que dejar de pedir permiso para existir y otras deban abandonar el miedo a ser visibles o a brillar demasiado. Pero habrá también personas que necesiten realizar el movimiento contrario y preguntarse cuánto de aquello que muestran nace verdaderamente del corazón y cuánto procede exclusivamente de la necesidad de reconocimiento, admiración o aprobación. Ese es precisamente el equilibrio Leo-Acuario. No se trata de apagar nuestra luz ni de renunciar a nuestra individualidad, sino de comprender para qué queremos encenderla. O soltamos el miedo a brillar o soltamos el ego que únicamente quiere brillar para sí mismo. De una manera u otra, Leo nos obliga a mirar nuestra relación con la identidad, la visibilidad y el reconocimiento.

Hay además otro elemento a destacar: el grado en el que se produce el eclipse, alrededor del grado 20 de Leo. Los grados zodiacales son imágenes arquetípicas y en torno a esta zona de Leo encontramos imágenes relacionadas con la comunidad, la expresión solar y la participación colectiva. Resulta paradójico relacionarlo con lo que literalmente sucederá mañana: millones de seres humanos mirando hacia el mismo punto del cielo, personas que probablemente jamás se conocerán compartiendo durante unos minutos exactamente el mismo acontecimiento. El individuo, Leo, dentro de una experiencia colectiva, Acuario. Como si el propio simbolismo nos recordara que este eclipse no tiene únicamente una dimensión individual, sino también colectiva. Y quizá por eso se nos insta a mirarlo en colectivo. ¿Puede haber un interés detrás de que todos pongamos nuestra atención en un mismo lugar? ¿A quién le interesa recoger toda esa energía?

Y esto nos lleva directamente a la astrología mundial, la rama que estudia simbólicamente la relación entre determinados ciclos planetarios y los grandes procesos políticos, sociales, culturales y económicos. Desde esa perspectiva, uno de los primeros asuntos relacionados con Leo es el liderazgo y el poder visible. Leo está tradicionalmente vinculado con aquello que ocupa el centro del escenario: reyes, nobleza, gobernantes, líderes, artistas, celebridades, figuras de autoridad y personas con una enorme exposición pública. Por eso, históricamente, los eclipses en este signo se han asociado con periodos capaces de señalar cambios, crisis, ascensos, revelaciones o caídas alrededor de figuras muy visibles. No hablo de una persona determinada ni afirmo que vaya a suceder un acontecimiento concreto, sino de un patrón arquetípico que la astrología mundial lleva mucho tiempo observando. La astrología seria puede hablar de ciclos, tendencias, símbolos y posibilidades, pero no debería presentarlos como certezas absolutas.

En el extremo opuesto encontramos nuevamente a Acuario, relacionado con la innovación, la tecnología, las redes, las comunicaciones, los movimientos sociales y aquellas estructuras capaces de conectar a enormes grupos humanos. También con Internet, las grandes plataformas digitales, los sistemas de comunicación global y la inteligencia artificial. Por eso no me resultaría extraño que durante las semanas o meses relacionados con esta temporada de eclipses aparezcan noticias relevantes en estos ámbitos: decisiones tecnológicas que afecten a comunidades enteras, cambios importantes en sistemas de comunicación, nuevas regulaciones, avances significativos, conflictos relacionados con las redes o transformaciones en nuestra manera de conectarnos. De nuevo, no es una predicción literal, sino una lectura simbólica del clima astrológico.

Pero hay una interpretación todavía más profunda. El Sol simboliza la conciencia, aquello que vemos, aquello que creemos conocer y aquello que permanece permanentemente iluminado. Durante un eclipse solar esa luz desaparece durante unos instantes y, por eso, la tradición esotérica lo ha interpretado como una especie de apagón simbólico de la verdad cotidiana. Cuando desaparece aquello que normalmente nos permite ver, podemos descubrir que existían cosas que la luz cotidiana no nos permitía observar: verdades incómodas, información escondida, motivaciones desconocidas, sombras personales y también colectivas. Esto no significa necesariamente que vaya a revelarse un enorme secreto mundial, sino que el arquetipo del eclipse habla de la interrupción de la normalidad para permitirnos mirar aquello que normalmente ignoramos.

Existe además una idea que aparece constantemente dentro de diferentes corrientes y es el eclipse entendido como portal. Un portal es un umbral, un momento situado entre dos estados. Durante unos minutos no estamos completamente en el día ni completamente en la noche, sino en medio. Muchas tradiciones han hablado de momentos en los que el "velo" entre lo visible y lo invisible se hace más fino. En la tradición celta se conoce el adelgazamiento del velo para explicar ciertos momentos del calendario, entre ellos la tradición que posteriormente llegaría hasta nosotros como Halloween. En diferentes prácticas chamánicas encontramos también la idea de momentos excepcionales en los que el orden cotidiano se interrumpe y aquello que normalmente permanece escondido se vuelve más accesible. Los eclipses son como grietas temporales dentro de la normalidad, ventanas breves en las que lo cotidiano queda suspendido.

Durante gran parte de la historia, el conocimiento astrológico no estuvo en manos de toda la población, sino concentrado en grupos muy concretos: sacerdotes, astrólogos, consejeros y personas cercanas al poder. Los sacerdotes babilónicos observaban sistemáticamente el cielo y utilizaban sus conocimientos para asesorar a quienes gobernaban. Ese saber servía para organizar calendarios, agricultura, rituales y también decisiones políticas. El conocimiento era poder y quien sabía interpretar los ciclos poseía una ventaja frente a quien ni siquiera sabía que esos ciclos existían. Este patrón histórico ha provocado que existan corrientes de pensamiento alternativo que sostienen que determinadas élites políticas, económicas o financieras continúan prestando atención a fechas y configuraciones astrológicas para escoger el momento de determinadas decisiones. Tampoco podemos olvidar que existen casos históricos documentados de personas situadas en las más altas esferas políticas que consultaron astrólogos. Uno de los ejemplos más conocidos fue por ejemplo Ronald Reagan durante su etapa en la Casa Blanca, quien tenía asesoramiento astrológico y que llegó a influir en determinados aspectos de la agenda presidencial. Por tanto, la relación entre astrología y poder no pertenece solo a la antigüedad.

Y ahora vamos a lo que probablemente más interesa a cada persona que esté leyendo esto: ¿cómo puede afectarme a mí? Si tienes el Sol, la Luna, el Ascendente o algún planeta personal aproximadamente entre los grados 15 y 20 de los signos fijos (Leo, Acuario, Tauro o Escorpio) esta temporada puede resultar significativa. Dependiendo del planeta, la casa y los aspectos implicados, podrían aparecer cuestiones relacionadas con crisis o redefiniciones de identidad, cambios importantes de rumbo, relaciones que necesitan transformarse, rupturas necesarias, finales, decisiones que llevaban tiempo gestándose o consolidaciones importantes. Pero incluso aunque no tengas ningún planeta personal en esos grados, el eclipse sigue cayendo en algún lugar de tu carta natal. Todos tenemos el grado 20 de Leo en alguna casa, y esa casa nos indica el escenario de nuestra vida en el que simbólicamente se está produciendo el eclipse. Puede ser el trabajo, la pareja, la familia, la vocación, la creatividad, el dinero, la espiritualidad, la identidad, las amistades o nuestra manera de mostrarnos al mundo. Por eso dos personas pueden vivir exactamente el mismo eclipse de formas completamente diferentes.

Muchas tradiciones espirituales recomiendan prudencia alrededor de los eclipses y, personalmente, tampoco considero que sean los mejores días para iniciar algo crucial si tenemos posibilidad de escoger otra fecha. Especialmente durante los tres o cuatro días anteriores y posteriores a cada eclipse, prefiero aplicar una idea muy sencilla: observar antes que actuar porque estaremos atravesando un momento de reajuste. En determinadas tradiciones se dice que aquello que se siembra bajo la sombra de un eclipse puede nacer incompleto o sujeto a revisiones posteriores, cambios de dirección o circunstancias que todavía no somos capaces de ver. Por eso yo evitaría, siempre que sea posible, grandes celebraciones, decisiones precipitadas o comienzos trascendentales durante los días más cercanos a ambos eclipses. Considero que será un momento para observar, descansar, escuchar, rezar para quien rece, meditar para quien medite y permanecer tranquilos junto a nuestros seres queridos. Personalmente, tampoco creo que sea propicio socializar esos días; es tiempo para estar tranquilos en casa o con las personas que queremos, prestando atención a lo que sentimos.

Existe además una lectura que relaciona la astrología occidental con conceptos procedentes de sistemas orientales del cuerpo energético. Desde ahí, Leo puede asociarse con el plexo solar, entendido como la sede de la voluntad, la identidad, la autoestima, la fuerza personal y la capacidad de ocupar nuestro propio espacio. Por ello algunas personas sienten un cansancio inusual, alteraciones del sueño, insomnio o una mayor sensibilidad emocional alrededor de los eclipses como parte de un proceso de reajuste energético. No existe evidencia científica de que un eclipse provoque por sí mismo estos síntomas, por lo que conviene diferenciar una interpretación espiritual de una explicación médica, pero, desde la experiencia subjetiva de muchas personas, los días del eclipse se viven como momentos especialmente intensos, y creo que ambas miradas pueden distinguirse sin necesidad de invalidar la experiencia personal de nadie.

El 28 de agosto llegará la segunda parte de este proceso, con un eclipse lunar casi total en Piscis, y aquí está para mí una de las claves de todo el mes: Leo expone y Piscis disuelve. Podemos imaginar toda esta temporada como un movimiento en dos tiempos. El 12 de agosto algo se muestra: una verdad, una identidad, una necesidad, una parte de nosotros que llevaba demasiado tiempo escondida o algo que necesita ser reconocido. Y después, el 28 de agosto, aparece una segunda pregunta: ahora que lo has visto, ¿qué estás dispuesto a dejar atrás? Piscis habla simbólicamente de disolución, entrega, sensibilidad, espiritualidad, finalización y trascendencia, por eso puede ayudarnos a observar todo aquello que mantenemos únicamente por costumbre, miedo o apariencia. Primero vemos y después soltamos. Por ello el mes de agosto adquiere un sentido diferente, pues no serían dos acontecimientos separados, sino un único proceso desarrollado en dos movimientos.

Hay una pregunta que este eclipse me inspira especialmente: ¿qué parte de mí llevo escondiendo por miedo a brillar demasiado? Y esto me acuerda al personaje del León en el cuento El Mago de Oz. El León está convencido de que no es valiente. Busca desesperadamente algo que cree que le falta y quiere conseguir valor, pero existe una paradoja preciosa en la historia: durante todo el camino actúa con valentía. Protege, se enfrenta al miedo, continúa caminando aunque tenga miedo y hace exactamente aquello que haría alguien valiente. Lo único que le falta es darse cuenta. Y quizá esta es una de las enseñanzas aquí. A veces no necesitamos convertirnos en alguien diferente, sino reconocer aquello que ya éramos y que todavía no nos habíamos permitido ver. Quizá llevemos años esperando que alguien nos entregue una autorización para creer en nosotros mismos, cuando en realidad nadie tiene que hacerlo.

Siempre me gusta comparar los eclipses con una actualización del software del ordenador. Cuando nuestro ordenador instala una actualización no empezamos a abrir veinte programas al mismo tiempo ni le exigimos funcionar igual mientras está modificando partes internas del sistema. Esperamos, dejamos que trabaje y a veces incluso nos vamos a dormir mientras se actualiza. Cuando regresamos, aparentemente sigue siendo el mismo ordenador, pero algo dentro ha cambiado. Con los eclipses funciona de forma parecida. No se requiere acción sino silencio. Por eso, alrededor de estos días, mi recomendación personal sería reducir el ruido, no tomar decisiones importantes de manera impulsiva, no llenar nuestra agenda, descansar todo lo posible, dormir, estar tranquilos con nuestros seres queridos, rezar, escuchar y observar. Observar nuestros sueños, las emociones que aparecen y también qué personas, recuerdos o situaciones regresan inesperadamente, porque quizá la información más importante de estos días no venga de fuera, sino de dentro.

Y hay otra cosa que quiero decir porque forma parte de mi manera de vivir este eclipse. Cuando desde instituciones, medios y organismos públicos se anima de manera muy insistente a contemplar un acontecimiento, mi tendencia natural es cuestionarlo y decidir por mí misma qué quiero hacer. Después de determinadas experiencias colectivas de los últimos años, incluido todo lo vivido alrededor de la pandemia y de las campañas de "kakunación", he desarrollado una desconfianza mucho mayor hacia los mensajes institucionales y hacia cualquier recomendación presentada socialmente como incuestionable. Eso no significa que mi percepción tenga que convertirse automáticamente en una verdad universal, sino que yo prefiero cuestionar y tomar mis propias decisiones. En este caso concreto, mi decisión personal es no contemplar directamente el eclipse. Desde determinadas interpretaciones espirituales existe además la creencia de que observar un eclipse no es energéticamente recomendable y que durante esos momentos conviene recogerse, proteger la energía y evitar exponerse conscientemente al fenómeno. Es una creencia que yo personalmente respeto y con la que en este momento me siento identificada, por eso también he aconsejado a mis seres queridos que no lo miren. Cada persona, naturalmente, deberá informarse y decidir por sí misma. Y si alguien decide contemplarlo, hay una cuestión que sí pertenece al terreno científico y no al espiritual: un eclipse solar nunca debe observarse directamente sin la protección ocular adecuada.

Un eclipse no decide nuestro destino. Desde mi manera de entender la astrología, muestra dónde está la puerta, pero atravesarla o no siempre depende de nosotros. El cielo puede señalar un momento, mostrarnos un símbolo, activar una parte de nuestra carta o coincidir con procesos importantes, pero nuestra conciencia y nuestras decisiones siguen siendo nuestras. Durante unos instantes desaparece aquello que normalmente ilumina todo y precisamente entonces aparece la sombra, tanto la colectiva como la individual. Por eso durante esos días algunas personas pueden estar más irritables, coléricas, removidas emocionalmente o enfrentadas a aspectos de sí mismas que habitualmente prefieren no mirar. Pero la sombra no tiene por qué aparecer para destruirnos, puede aparecer simplemente para ser reconocida. Aquello que permanece inconsciente puede gobernarnos sin que lo sepamos, mientras que aquello que somos capaces de mirar puede empezar a transformarse.

Puede que esa sea la verdadera invitación de este eclipse: no tener miedo cuando la luz desaparezca durante unos minutos, no correr inmediatamente a llenarlo todo de ruido y no necesitar comprenderlo todo en ese mismo instante. Observar qué está terminando, qué está intentando nacer, qué parte de nosotros necesita dejar de esconderse y qué parte de nuestro ego necesita dejar de ocupar todo el escenario. Porque quizá el cielo no se oscurezca simbólicamente para quitarnos la luz, sino para obligarnos durante unos instantes a recordar dónde estaba nuestra propia luz antes de volver a buscarla fuera. Así que estos días, calma, descanso, introspección, oración para quien la sienta y mucha observación. Como cuando dejamos nuestro ordenador trabajando durante la noche mientras instala una nueva versión de sí mismo: no hace falta interferir, solo dejar que termine el proceso y después observar qué ha cambiado.

¡Un fuerte abrazo y feliz actualización!

Beatriz Casaus 2026 ©



lunes, 3 de agosto de 2026

Una manera de existir

"Escribo para descubrir lo que pienso." (Joan Didion)

"No hay mayor agonía que llevar una historia no contada dentro de ti." (Maya Angelou)

"Toda literatura es autobiográfica; al final, un escritor solo escribe un libro. Ese libro es él mismo."(Thomas Wolfe)

                               

                                                

A veces me preguntan por qué escribo sobre lo que vivo o sobre mi propia vida. Como si la escritura tuviera que nacer únicamente de la imaginación, (que también la uso y mucho) y no de la propia experiencia… o como si convertir la vida en palabras fuera algo extraño. Sin embargo, la historia de la literatura está llena de autores que han hecho exactamente eso. Karl Ove Knausgård escribió sobre su familia, sus amigos, sus relaciones y su intimidad hasta el punto de generar un debate sobre los límites entre la literatura y la vida privada. Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura, convirtió su propia existencia en una obra literaria donde habla de sus padres, del amor y de sus heridas. Rachel Cusk escribió sobre su matrimonio y su divorcio. Mi admirado Marcel Proust construyó personajes inspirados en personas reales o mi querida Sylvia Plath, por ejemplo, transformó su sufrimiento en poesía.

 Y no fueron los únicos, desde hace muchos siglos, innumerables escritores han hecho exactamente lo mismo, porque escribir sobre la vida no es una excepción. Es una de las tradiciones más antiguas de la literatura. La diferencia no está en partir de personas reales sino en qué hacer con aquello que se ha vivido. Hay quien convierte una experiencia en una lista de reproches y hay quien intenta comprender por qué esa experiencia sucedió, qué despertó dentro de uno y qué puede revelar sobre la naturaleza humana. Yo pertenezco a este segundo grupo. Escribo porque necesito entender al otro y a mí. También hay experiencias dolorosas que a veces son sanadas en procesos catárticos, y la escritura es uno de ellos. 

Igual que utilizo la astrología, la numerología o cualquier otra herramienta simbólica para intentar comprender a las personas y sus comportamientos, tal y como hacía Carl Jung, o la espiritualidad para tratar de entender la realidad que nos rodea, también uso la escritura con el mismo propósito. En realidad, todas forman parte de una misma búsqueda. Siempre he sentido una necesidad casi irrefrenable de comprenderlo todo. Comprender por qué una persona actúa de determinada manera, por qué dos vidas se cruzan en un momento concreto, por qué algunas experiencias nos transforman, por qué existe el sufrimiento, el amor, la pérdida, la envidia, la compasión o la belleza. No me conformo con la explicación superficial de las cosas. Necesito ir un poco más abajo, seguir excavando hasta encontrar aquello que permanece oculto bajo la primera capa.

Soy plenamente consciente de que mi mente humana jamás podrá abarcar la totalidad de la realidad. Hay preguntas que, probablemente, nunca tendrán respuesta mientras vivamos en este plano. Estoy convencida de que solo cuando dejemos este cuerpo físico comprenderemos el sentido completo de nuestra existencia y veremos con claridad aquello que ahora solo intuimos. Y, aun sabiéndolo, sigo buscando. Porque precisamente el hecho de saber que nunca alcanzaré una comprensión absoluta no me hace renunciar a esa búsqueda. Al contrario. Esa limitación no me desanima sino que me impulsa. La búsqueda, para mí, tiene tanto valor como la respuesta.

Cada persona que aparece en mi vida, cada herida, cada alegría y cada experiencia son pequeñas piezas de un puzzle inmenso que intento reconstruir sabiendo que probablemente nunca llegaré a verlo terminado. Quizá esa sea la verdadera razón por la que escribo. No escribo porque crea que tengo todas las respuestas. Escribo, precisamente, porque necesito formular más preguntas. Porque cada texto es un intento de acercarme un poco más a la verdad, aunque nunca llegue a alcanzarla del todo. Es mi manera de dialogar con la vida, de ordenar el caos y de recorrer conscientemente ese camino de búsqueda que, sospecho, terminará el día en que ya no necesite palabras para comprender. No escribo para convencer a nadie. Escribo para ser fiel a la verdad que soy capaz de ver en cada momento de mi vida. Mañana quizá comprenda algo distinto, porque sigo aprendiendo. Pero dejar de escribir sería dejar de buscar.

Es mi manera de dialogar conmigo misma. La forma que tengo de transformar una herida en aprendizaje y un recuerdo en algo que quizá también pueda servir a otra persona. Cuando escribo sobre una boda, no estoy hablando únicamente de una boda. Estoy reflexionando sobre la necesidad de aprobación, sobre el espectáculo en el que a veces convertimos nuestra vida y sobre lo que entendemos por amor. Cuando escribo sobre un incendio, no hablo solo del fuego. Hablo de una sociedad que, en ocasiones, se moviliza más para celebrar que para proteger aquello que dice amar. Cuando escribo sobre personas que han pasado por mi vida, en realidad estoy escribiendo sobre el amor, el ego, el poder, la cercanía, la manipulación, la coherencia, la envidia, el perdón o sobre las heridas que todos, en mayor o menor medida, terminamos dejando en los demás. Las personas son el punto de partida, pero nunca el destino. Porque si algo he aprendido es que toda experiencia humana contiene una enseñanza mucho más grande que la propia persona que la protagonizó. Por eso escribo para comprender. Y, tal vez, para que alguien que nunca me ha conocido pueda leer un texto y pensar: "Esto también me pasa a mí." La escritura también busca esa universalidad, esa identificación.

La palabra "catarsis" procede del griego y significa purificación. Quizá esa sea la definición más sencilla de lo que representa la escritura para mí. Escribo para limpiar el alma. Para convertir el dolor en belleza. Para que aquello que un día me hizo daño no tenga la última palabra. Escribo sobre lo que amo y si amo, pues el amor me escribe a mí. No puedo frenarlo. No elijo escribir. Necesito escribir. Es tan natural para mí como respirar. Algunas personas corren, otras pintan, otras componen música. Yo escribo. Es mi forma de entender el mundo y de encontrar un sentido a lo que, de otro modo, serían solo fragmentos dispersos de una vida. No soy la primera en convertir la vida en literatura y, desde luego, tampoco seré la última. Porque mientras exista el ser humano, existirán historias que necesitan ser contadas.

¡Fuerte abrazo!


Beatriz Casaus 2026 ©








miércoles, 29 de julio de 2026

El verdadero rival nunca está fuera

 "Nadie es libre si no es dueño de sí mismo." (Epícteto)

"El que domina a los demás es fuerte; el que se domina a sí mismo es poderoso." (Lao Tsé)

"Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta." (Viktor Frankl)

"Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro." (Santiago Ramón y Cajal)


                                


Hace unas semanas estuve, junto con mi pareja y unos amigos, en una competición nacional de IPSC, una modalidad deportiva de recorridos de tiro con pistola, en este caso de calibre 9 mm. Las competiciones y, en general, el mundo del tiro deportivo son un entorno en el que se combinan la concentración, la técnica, la precisión, la rapidez y, sobre todo, la capacidad para gestionar la presión. Cualquier pequeño error en alguno de estos aspectos puede traducirse en una peor puntuación, por lo que aprender a controlar las emociones resulta tan importante como dominar la propia técnica. El tiro deportivo no consiste únicamente en acertar al blanco. En realidad, es una práctica constante para aprender a dominarse a uno mismo. Y creo que ocurre lo mismo con cualquier disciplina deportiva. El ejercicio físico no solo fortalece el cuerpo; también pone a prueba nuestro carácter, paciencia, humildad y nuestra capacidad para gestionar la frustración. Por eso considero que el deporte es uno de los mejores maestros que existen, porque, más que enseñarnos a vencer o competir contra otros, nos enseña a vencernos a nosotros mismos. Mi rival siempre soy yo en cada ejercicio y mi objetivo es solo mejorar mi marca. 

Más allá de la competición en sí, hubo algo que llamó especialmente mi atención: la forma en la que algunas personas reaccionaban cuando las cosas no salían como esperaban. Uno de los participantes, al darse cuenta de que los ejercicios no le estaban saliendo como él quería, se enfadó tanto que decidió abandonar la competición alegando que se encontraba mal. Fue evidente que no era un problema físico, sino la incapacidad de aceptar que ese día no estaba rindiendo al nivel que esperaba de sí mismo. Pero no fue un caso aislado. Otros competidores que tampoco estaban obteniendo buenos resultados comenzaron a enfadarse, a perder los nervios e incluso a mostrarse agresivos con quienes les rodeaban. Y entonces pensé lo importante que es la gestión de las emociones,y también que en realidad, aquello no iba de una competición de tiro. Iba de las personas. Porque las personas no se definen cuando todo les sale bien. Se definen cuando las cosas no salen como esperan. Cómo actúan y reaccionan entonces.

Hace poco vivimos otro ejemplo parecido durante el Mundial de fútbol. Me refiero a la actitud de algunos jugadores de la selección argentina durante determinados momentos de la final. Más allá del resultado deportivo, hubo acciones como provocaciones, faltas innecesarias, gestos de desprecio, violencia verbal y física o comportamientos alejados de los valores que deberían representar al deporte. No pretendo juzgar a un equipo entero ni cuestionar su mérito deportivo. Mi reflexión va mucho más allá del fútbol. Lo verdaderamente interesante no es quién gana o quién pierde, sino cómo se comporta cada uno cuando siente que está bajo presión, cuando el miedo a perder aparece o cuando el ego toma el control. Porque todos, absolutamente todos, mostramos quiénes somos cuando la vida nos coloca delante de una situación incómoda.

Muchas veces creemos que nuestro verdadero enemigo está delante de nosotros: el rival, el compañero de trabajo, la persona que te odia, el político, el vecino o el que piensa distinto. Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que el verdadero rival nunca está fuera. Está dentro. La persona que aprende a dominar sus impulsos siempre será más fuerte que aquella que necesita recurrir a los insultos, a las malas palabras, a la violencia o a la humillación porque no soporta que alguien haya sido mejor que ella en un determinado momento. Cuando uno pierde el control de sí mismo, en realidad ya ha perdido la partida.

El libro "El arte de la guerra", de Sun Tzu, es un referente en este sentido. No es solo un libro sobre estrategias militares. En el fondo habla de algo mucho más profundo: la conquista de uno mismo. Cuando afirma: "Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro", parece estar recordándonos que la mayor batalla de nuestra vida no sucede fuera, sino dentro. No luchamos realmente contra el rival que tenemos delante, sino contra el orgullo cuando nos hieren, contra la ira cuando nos frustran, contra el miedo cuando creemos que vamos a perder y contra ese ego que necesita tener siempre la razón. Esa es la única guerra que todos hemos venido a librar y, al mismo tiempo, la única que merece la pena ganar.

Siempre he creído que cada persona entrega al mundo aquello que lleva dentro. Quien vive en paz transmite paz. Quien vive con miedo transmite miedo. Quien vive con rabia acaba repartiendo rabia. Y quien utiliza la violencia para responder a aquello que considera injusto no hace más que demostrar el nivel de conciencia desde el que está actuando. En el momento en que respondemos desde la agresividad dejamos de tener razón, aunque la tuviéramos antes. Descendemos al nivel más primario del ser humano, donde ya no gobierna la conciencia, sino el impulso. A nadie le gusta rodearse de ese tipo de persona. Ninguna falta se defiende con violencia. Quien responde con violencia muestra el tipo de persona que es. 

A veces, cuando uno conduce, y más en un país donde la educación al volante no siempre destaca, termina siendo el destinatario de algún insulto o gesto de desprecio. Recuerdo una ocasión en la que una persona me gritó con una ira desproporcionada. Lo curioso no solo fue su reacción, sino la mía. Me observé por dentro y descubrí que no me había afectado en absoluto. Fue como si esa persona me hubiera dicho: "No me gusta tu pelo azul." Como yo no tengo el pelo azul, era imposible sentirme identificada con esa afirmación. Lo mismo ocurría con su reacción: no hablaba realmente de mí. En ese momento comprendí que para reaccionar con semejante nivel de agresividad por una situación tan insignificante, esa persona debía de estar librando una batalla mucho más profunda dentro de sí. Aquella explosión de ira no nacía de mí; nacía de todo lo que llevaba acumulado en su interior. Simplemente había coincidido con esa persona en el momento en que necesitaba descargar ese peso. Entendí que el problema no era yo, sino su mundo interior. Cuando uno sabe quién es, deja de apropiarse de las emociones ajenas. Los insultos dejan de ser flechas que nos atraviesan para convertirse en un reflejo del estado emocional de quien los pronuncia. Porque muchas veces las palabras hablan menos de la persona a la que van dirigidas que de quien las dice.

Hace muchos años que tengo una comprensión espiritual sobre la realidad. Siempre he sentido que esta realidad no es la definitiva. Que la vida se parece más a un juego que a otra cosa. Durante este tiempo he leído infinidad de libros, estudiado filosofía, espiritualidad, física, testimonios y diferentes corrientes de pensamiento. Curiosamente, muchas de ellas, aunque utilicen lenguajes distintos, parecen señalar una misma idea: la vida funciona como una especie de escuela o de videojuego. La cábala además hace referencia a esto en muchas ocasiones. No me refiero a un videojuego en sentido literal, sino como una metáfora muy útil para comprender la existencia. La mayoría de las personas juegan sin saber que están jugando. Y, de quienes son conscientes de ello, solo unos pocos llegan a comprender cuáles son las reglas del juego. La primera gran regla, quizá la más importante, es comprender que nadie es realmente nuestro enemigo. Sí, existen personas que pueden hacernos muchísimo daño. Existen injusticias, abusos, traiciones. No pretendo negar ninguna de esas realidades. Pero, cuando observas la vida desde una perspectiva más amplia, empiezas a comprender que incluso esas personas terminan convirtiéndose en catalizadores de nuestro crecimiento. Son piezas del tablero que despiertan heridas, miedos, inseguridades o aprendizajes que de otra manera quizá nunca habríamos visto. El verdadero jugador somos nosotros. Y el verdadero adversario también. Creo que nuestra conciencia es quien juega la partida, mientras que nuestro personaje, ese conjunto formado por el ego, la mente, los miedos, las heridas, las creencias y las emociones, es el gran reto que debemos aprender a dirigir.

El problema es que la mayoría vive completamente identificada con ese personaje. Defiende su imagen, necesita tener razón, ser el mejor, busca reconocimiento y validación, compite constantemente. Quiere demostrar quién es. Y acaba creyendo que ese personaje es su verdadera identidad. Pero no lo es. Solo es el avatar con el que estamos viviendo esta experiencia. Desde esa perspectiva, el tablero del juego sería nuestro cuerpo emocional. Cada emoción aparece como una prueba. Cada conflicto es un nivel nuevo. Cada frustración es una oportunidad para observar cómo reaccionamos. Y ganar el juego no consiste en acumular dinero, títulos, seguidores o reconocimiento social. Consiste en dejar de ser esclavos de nuestras emociones. El momento en que somos capaces de observar nuestra rabia sin convertirnos en ella, de sentir miedo sin obedecerlo o de experimentar tristeza sin identificarnos completamente con ella, ocurre algo muy interesante. De alguna manera dejamos de jugar desde el personaje y empezamos a jugar desde la conciencia. Es como si saliéramos unos centímetros fuera de nosotros mismos para contemplar la escena desde otro lugar. Y justo ahí, en ese instante, se produce el verdadero crecimiento y hasta se gana la partida. 

En mi vida he conocido personas profundamente dominadas por sus emociones. Personas incapaces de poner un filtro entre lo que sienten y lo que hacen. Personas que reaccionan impulsivamente desde la ira, el orgullo, el miedo o la frustración. Y, aunque todos podemos actuar así en algún momento, vivir permanentemente desde ese lugar termina siendo agotador, tanto para uno mismo como para quienes conviven con nosotros. Nadie tiene por qué soportar la mala gestión emocional de otra persona. Ser conscientes de nuestras emociones no significa reprimirlas. Tampoco significa fingir que no existen. Significa responsabilizarnos de ellas. Porque sentir es inevitable. Reaccionar impulsivamente es una elección. Creo que las emociones son el lenguaje del alma. Son como un GPS interior que continuamente nos informa de qué nos está ocurriendo por dentro, de qué necesita atención, de qué heridas siguen abiertas o de qué camino nos acerca más a nosotros mismos. Por eso debemos escucharlas. Pero no obedecerlas ciegamente. Escuchar no significa reaccionar. Escuchar significa comprender. Y, una vez comprendidas, decidir conscientemente cómo queremos actuar.

Las mujeres, además, convivimos con una dificultad añadida. A lo largo del mes atravesamos numerosos cambios hormonales que influyen directamente en nuestro estado emocional. Hay días en los que todo parece más sencillo y otros en los que cualquier pequeño detalle puede sentirse como una montaña. A veces bromeo pensando que debería cambiar el nombre de este blog por "No soy yo, son mis hormonas", porque en determinados momentos siento que soy una auténtica marioneta de sus vaivenes. Pero precisamente por eso creo que tiene todavía más mérito aprender a conocerse. Saber en qué momento del ciclo nos encontramos. Comprender qué nos está ocurriendo. No identificarnos por completo con ese estado emocional pasajero. No convertir cada emoción en una verdad absoluta. Porque las hormonas pueden explicar cómo nos sentimos, pero nunca deberían decidir quiénes somos. Al final, quizá la vida no consista en ganar competiciones, discusiones o batallas. Quizá consista en algo mucho más complejo y, al mismo tiempo, mucho más sencillo: aprender a gobernarnos a nosotros mismos. Porque el verdadero rival nunca estuvo enfrente. Siempre estuvo dentro.

Abracito. 


Beatriz Casaus 2026 ©







domingo, 19 de julio de 2026

La puerta de oro que se abre

 "Y aquellos que fueron vistos bailando fueron considerados locos por quienes no podían escuchar la música." (Friedrich Nietzsche)

"Lo que la oruga llama el fin del mundo, el maestro lo llama mariposa." (Richard Bach)


"No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio." (Charles Darwin)



Gráfico de Barbault. Los puntos mínimos de las curvas coinciden con periodos de crisis y transformación colectiva, mientras que las puntos ascendentes se asocian con etapas de crecimiento y nuevos ciclos históricos a lo largo de los años.

Una alineación extraordinaria comienza a dibujarse desde hoy, 19 de julio, y durante estos días en el firmamento. Se trata de una configuración que muchos astrólogos (sobre todo Barbault, del que voy a hablar a continuación) consideran una de las más significativas de todo el siglo. Los tres planetas colectivos, también llamados transpersonales, (Urano, Neptuno y Plutón) se sitúan, en una coincidencia asombrosa, en el grado 4 de los signos en los que se encuentran: Aries, Géminis y Acuario. A los que también se unen Saturno y Júpiter. Este evento inusual y “causal”, inaugura un nuevo ciclo evolutivo para la humanidad. Los planetas transpersonales no hablan únicamente del individuo, sino del destino colectivo, de los grandes cambios históricos, de los giros de conciencia y de los nuevos paradigmas que transforman las civilizaciones. 

En hebreo, el número cuatro corresponde a la letra Dalet (ד), cuyo significado está íntimamente relacionado con la palabra Delet, "puerta". Una puerta representa un umbral. Un límite entre una realidad y la siguiente. Es el instante en el que una etapa termina y otra nueva comienza. Nada vuelve a ser igual después de cruzar un verdadero portal. Desde la visión cabalística, los planetas no son simples cuerpos celestes. Son mensajeros de Hashem (uno de los nombres de Dios), expresiones de su voluntad dentro del orden de la creación. Cada uno transporta una energía, una enseñanza y una misión específica para el ser humano. Que estos cuatro grandes mensajeros (Júpiter, Urano, Neptuno y Plutón) coincidan en el grado cuatro parece señalar precisamente eso. Una puerta colectiva comienza a abrirse. Existe además otra curiosidad numérica: si tomamos los cuatro grados de los cinco cuerpos protagonistas de esta configuración (Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón), obtenemos el número 20. En guematría, el valor numérico 20 corresponde a la letra Kaf, relacionada con la capacidad de contener y manifestar, pero además coincide con el valor de la palabra “oro”. Es como si el cielo estuviera simbolizando la apertura de una puerta dorada, un nuevo umbral hacia una etapa de mayor conciencia. El comienzo de una época dorada. 

El gran astrólogo francés André Barbault, considerado uno de los astrológos más importantes del siglo XX, fallecido en 2019, dedicó gran parte de su vida al estudio de los ciclos planetarios colectivos y es conocido por sus gráficos cíclicos. También, entre otras muchas cosas, por haber advertido años antes que 2020 estaría marcado por un gran acontecimiento relacionado con la salud a nivel mundial, debido a la concentración excepcional de planetas lentos, en conjunción. Observó que cuando varios planetas colectivos se reúnen en conjunción, las tensiones históricas aumentan. En sus gráficos, se puede observar que las curvas descienden cuando aparecen esas concentraciones de planetas, indicando épocas de crisis y desequilibrio. Y las curvas ascienden cuando se producen aspectos armónicos entre los planetas. Lo que es algo esperanzador. Tras toda gran contracción llega una expansión, tal y como es el propio ciclo de la vida o incluso los ciclos económicos estudiados en macroeconomía. Y precisamente, en 2026, ahora, sucede eso. Por ello, él lo denominó el año del despegue. Porque, por primera vez en muchos años, los grandes planetas cambian simultáneamente de escenario. Urano ha entrado definitivamente en Géminis, Neptuno inicia su recorrido por Aries y Plutón se establece en Acuario. Los tres planetas más lentos comienzan un nuevo ciclo histórico. Y Júpiter, el gran expansor, viene a potenciar esa nueva dirección.

Hoy, 19 de julio, y durante los días que rodean esta fecha, Júpiter alcanza exactamente el grado 4 de Leo. La Luna, transitando por Libra, actúa además como una auténtica activadora de esta alienación. Júpiter se encuentra en oposición exacta con Plutón en Acuario. Al mismo tiempo, mantiene un trígono con Neptuno y Saturno en Aries y un sextil con Urano en Géminis. Todos, como he recalcado, en el grado 4 de cada signo. ¿Casualidad? nada en el universo lo es. Y se forma la conocida "cesta" o "canasta de Barbault", de la que tanto se está hablando actualmente en numerosos círculos astrológicos y básicamente en todas partes.

Barbault utilizaba esta imagen para describir las ocasiones en las que Urano, Neptuno y Plutón formaban aspectos armónicos (trígonos y sextiles), creando una especie de estructura energética capaz de sostener grandes procesos evolutivos para la humanidad. Esta configuración llega, además, en un momento especialmente significativo. Nos encontramos ya dentro del corredor que conduce a la temporada de eclipses del 12 y 28 de agosto, abierta desde la pasada Luna Nueva en Cáncer. Y apenas una semana después, el 26 de julio, los Nodos Lunares cambiarán de eje, pasando a Leo y Acuario. Astrológicamente, cuesta no interpretar todo ello como un auténtico cambio de dirección colectiva. Personalmente, llevo tiempo hablando de este posible despertar de la humanidad. Mientras muchas predicciones económicas, políticas o sociales continúan siendo profundamente pesimistas, siempre me he sentido más cercana a una visión distinta. No niego las dificultades; simplemente creo que todo gran cambio suele venir acompañado de un período de aparente caos y quizá estemos viviendo exactamente eso. No un final, sino un nacimiento.

Como sucede siempre, este cambio no será uniforme. No toda la humanidad vibrará al mismo ritmo. Habrá personas que únicamente perciban el ruido exterior: las crisis, las guerras, la incertidumbre económica o la polarización social. Y habrá otras que comenzarán a experimentar algo completamente distinto. Sentirán que ya no pueden vivir como antes, que buscan más silencio que ruido, más verdad que apariencia y más profundidad que entretenimiento. Y no porque sean mejores. Simplemente porque su conciencia ha comenzado a expandirse. Por eso algunos hablan de la aparición de "dos humanidades". Quienes continúan completamente identificados con la rutina del mundo exterior y quienes empiezan a recorrer el camino hacia su mundo interior. No es una cuestión de superioridad espiritual, sino de distintos momentos evolutivos. Cada alma tiene su propio ritmo y cada proceso merece el mismo respeto.

Existe además otra coincidencia, esta vez, simbólica. En la Cábala existe un concepto muy parecido al de la canasta de Barbault, el de la vasija (Kli). Concepto que indica que nuestro verdadero trabajo consiste en ampliar esa vasija interior. Porque una vasija pequeña solo puede contener una pequeña cantidad de luz, pero una vasija amplia puede recibir mucho más conocimiento, más sabiduría, más conciencia y más energía para ponerla al servicio del mundo. No se trata de acumular información. Se trata de aumentar nuestra capacidad de contenerla, integrarla y manifestarla. De ahí que la Cábala insista tanto en el crecimiento interior. No busca la perfección, sino la excelencia. Es decir, nuestra mejor versión. Busca convertirnos, poco a poco, en recipientes cada vez más amplios para que la Luz pueda expresarse a través de nosotros. Quizá esa sea la verdadera enseñanza que esconden estos cielos. No basta con que exista una gran oportunidad cósmica. También necesitamos desarrollar la capacidad interior para recibirla.

Si esta lectura resulta acertada, podríamos estar asistiendo al inicio de un enorme renacimiento colectivo. Un tiempo marcado por avances extraordinarios en tecnología, medicina, inteligencia artificial, ciencia y comunicación. Nuevas formas de crear, de aprender, de colaborar y de organizar la sociedad. Pero nada de esto ocurrirá por arte de magia. Esta configuración planetaria no es una varita mágica. Es una ventana de oportunidad, como un viento favorable. Los planetas no sustituyen nuestro libre albedrío; simplemente ofrecen el escenario energético sobre el que cada uno elegirá construir su propia historia. Quizá haya llegado el momento de dejar de esperar que el mundo cambie por sí solo y comenzar a convertirnos nosotros mismos en ese cambio. Es tiempo del camino interior. Es tiempo de las almas que recuerdan quiénes son y se atreven a manifestarlo en el mundo físico. Porque, tal vez, la puerta ya se ha abierto. La  única pregunta es si nos atrevemos a cruzarla.

¡¡Un abrazo inmenso!!


Beatriz Casaus 2026 ©



jueves, 9 de julio de 2026

Excavar el silencio

“Escribes poemas porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es” (Alejandra Pizarnik)

“Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos. Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.” (Alejandra Pizarnik)





Siempre he sentido una profunda admiración por Alejandra Pizarnik. No solo por su poesía, sino por esa búsqueda incansable que atraviesa cada uno de sus versos: la necesidad de encontrar las palabras capaces de nombrar aquello que parece imposible decir. Como si escribir no fuera un ejercicio literario, sino una batalla íntima contra el silencio. Un intento desesperado y, al mismo tiempo, hermoso de acercarse a lo innombrable. Quizá por eso me siento tan cercana a ella.

Desde muy pequeña he sentido que existen experiencias, intuiciones, dolores y formas de amar que el lenguaje cotidiano no alcanza. Hay emociones que desbordan las palabras y, sin embargo, seguimos buscándolas. Escribimos porque intuimos que, aunque nunca lleguemos a decirlo del todo, cada intento nos acerca un poco más a la verdad. Creo que esa es la tarea del poeta: no inventar mundos, sino descender a ellos. Adentrarse en las galerías más profundas del alma para regresar con una pequeña chispa de luz entre las manos.

Las almas sensibles solemos vivir con esa sensación de extrañeza. Habitamos un mundo que, muchas veces, no parece diseñado para nuestra forma de sentir. Todo sucede demasiado deprisa, demasiado superficial, demasiado ruidoso. Y entonces buscamos refugio. Algunos lo encuentran en la música. Otros en la pintura. Otros en el silencio. Yo lo encuentro escribiendo. La escritura ha sido, desde siempre, mi manera de respirar cuando el mundo se vuelve demasiado estrecho. Mi forma de comprender aquello que todavía no sé explicar. Porque escribir no es tener respuestas. Es aprender a convivir con las preguntas. Y cuanto mejores sean las preguntas, más se aprende.

También me conmueve la relación que mantuvieron Alejandra Pizarnik y el también escritor, Julio Cortázar. Nunca sabremos con certeza si fue una amistad, una admiración mutua o un amor silencioso que eligió permanecer en el territorio de las palabras. Tal vez no importe. Hay vínculos que trascienden las etiquetas. Lo verdaderamente hermoso es imaginar esas conversaciones entre dos personas que entendían que el lenguaje no solo sirve para comunicarse, sino también para intentar rozar el misterio de la existencia.

Vivimos, sin embargo, en una época en la que el amor parece medirse por la espectacularidad de las ceremonias en las bodas, por la cantidad de invitados, por las fotografías perfectas o por la puesta en escena. Y no puedo evitar preguntarme si, en medio de tanto ruido, seguimos dejando espacio para lo verdaderamente importante: esa conversación profunda que sucede cuando dos almas se encuentran sin necesidad de demostrar nada a nadie. 

***Nota astrológica: Me refiero, por ejemplo, a la reciente boda de Taylor Swift (Sagitario) con el jugador Travis Kelce (Libra), quienes, eligieron celebrar su enlace en el multitudinario y poco romántico Madison Square Garden de Nueva York. Por supuesto, les deseo toda la felicidad del mundo, pero no puedo evitar mirar estas cosas también desde la perspectiva astrológica. Creo que, en este sentido, no han estado tan bien asesorados como Dua Lipa, que eligió casarse bajo la influencia de la reciente conjunción de Venus y Júpiter. Taylor y Travis, en cambio, han decidido darse el “sí, quiero” bajo una conjunción prácticamente exacta de Marte y Urano en Géminis, acompañada además por Mercurio retrógrado en Cáncer. Tratándose justamente de configuraciones mucho más imprevisibles y menos auspiciosas. Ojalá me equivoque (la astrología habla de tendencias, no de sentencias), pero, si tuviera que hacer una lectura de esa carta para el día de su boda, no sería de las que invitan precisamente a pronosticar un camino especialmente tranquilo para la pareja. Por otro lado, Pizarnik era Tauro y Cortázar, Virgo, de ahí la inmediata atracción mutua y su discreción para llevar su relación, fuera la que fuese. ***

Quizá por eso sigo creyendo que la poesía continúa siendo necesaria. Porque mientras el mundo corre hacia afuera, ella nos invita a descender hacia dentro. Nos recuerda que todavía existen lugares donde el alma puede respirar sin prisa, donde el silencio no incomoda y donde las palabras dejan de ser simples sonidos para convertirse en pequeñas lámparas encendidas en mitad de la oscuridad.

Hoy no quiero extenderme demasiado. Estamos en pleno mes de julio y es tiempo de descansar y de bajar el ritmo. Os dejo con mi último poema, profundamente inspirado por esa forma de habitar el lenguaje que tanto admiro en Alejandra Pizarnik. Espero que, al leerlo, encontréis alguna palabra que también os estaba esperando.

¡¡Un fuerte abrazo!!

Excavar el silencio


Cavo palabras 

con las manos desnudas.


Las arranco 

antes de que vuelvan

a no pertenecerle a nadie.


Permanecen suspendidas,

como vetas invisibles

en la roca del universo,

esperando

a quien acepte perderse

para encontrarlas.


Yo solo soy 

el accidente de su descenso.


Las bajo desde ese lugar

donde todavía no existen los nombres

y las golpeo, 

torpe, 

contra el yunque de mi lengua.


Qué desmesura 

creer que una palabra

puede soportar un alma. 


Las moldeo 

con esta precaria soberbia 

de quien juega a ser dios

sin haber aprendido aún

a crear una sola brizna de hierba.


Vivo en el mes del olvido.


Todavía soy guaje 

de este oficio antiguo. 


Cada poema,

me deja los dedos abiertos, 

como si la memoria 

fuera cuarzo 

y hubiese decidido resistirse.


Nadie preparó 

la entibación

de estos recuerdos.


Cada galería

amenaza derrumbe.


Nací 

para reconocer 

las corrientes profundas,

pero solo se me mostró 

a recorrer

los túneles superficiales

como si la luz 

fuera un accidente

y no el destino.


Salgo cada mañana

igual que un minero.

Beso a quienes amo 

con la discreta sospecha

de no regresar.


Nunca se sabe

qué veta esconderá grisú,

qué silencio

hará estallar el pecho.


Con pico y pala

desmenuzo la realidad. 

La separo como quien aparta

la mena del estéril.

Y, sin embargo,

cuanto más excavo,

menos comprendo. 


Nos educaron

para respirar 

bajo tierra.

No a volar. 


Para aceptar 

que el horizonte

es solo el techo

de otra galería.


Pero yo digo:

¡Abrid las ventanas!

Si vamos a amarnos, 

hagámoslo con la insolencia

de quienes conocen 

el oxígeno.


Porque ningún cielo 

se construye 

desde el fondo

de un socavón.


Y luego están 

los que no han descendido

hasta su propio infierno.

Los que no se conocen.

No existe criatura 

más peligrosa que esa.

Quien nunca ha escuchado

el eco

de sus propios derrumbes.


Excavo cavidades paralelas

para encontrarte

en estas profundidades.


Tal vez 

el amor 

no sea otra cosa 

que dos galerías

que avanzan a oscuras

esperando,

contra toda lógica,

abrirse la una en la otra.


Pero hay minerales

que jamás cristalizan juntos.

Y filones que exigen 

renunciar

a toda la montaña.

Y riquezas,

que ninguna escombrera

podrá ocultar.


Yo vivo 

en la sencilla 

profundidad de amar.


Lo extraordinario

es que muchos

la consideran

demasiada honda

para llamarla sencilla. 


Sigo descendiendo.

No busco oro.

Me vale el barro.


Busco

esa palabra

que aún respira

bajo toneladas

de escombro

y silencio.


Y cuando la encuentro,

comprendo

que la oscuridad

nunca fue mi cárcel.


Era la mina

donde aprendía 

a fabricar

mi propia luz.


Beatriz Casaus 2026 ©