viernes, 5 de junio de 2026

El hombre que lo tenía todo y no tenía nada

 "El resentimiento es como tomar veneno y esperar que muera el otro." (Nelson Mandela)

"Perdonar es soltar un prisionero y descubrir que ese prisionero eras tú." (Lewis B. Smedes)




Saúl cogía el tren todos los días a la misma hora y en la misma estación. Era un hombre de rutinas inamovibles, de horarios exactos, de una puntualidad casi religiosa que él mismo se había impuesto como una forma de control sobre el mundo que le rodeaba. En vez de caminar mirando hacia el frente, siempre miraba hacia abajo, cabizbajo, casi como resignado. Por ello, tenía el hábito curioso de mirar los pies de las personas cuando salían o entraban en los vagones. Esperaba con paciencia calculada a que desaparecieran los últimos zapatos de quienes bajaban del tren antes de dar él el primer paso. Era su manera de asegurarse de que el camino estaba libre y podía pasar. Una vez dentro, siempre intentaba conseguir un asiento, porque aquello era, como una pequeña competición diaria, una batalla silenciosa por encontrar algo de comodidad en las largas horas que perdía cada día yendo y volviendo del trabajo. Ganar ese asiento le importaba más de lo que debería. Hasta en eso competía. 

Nunca llegaba tarde. Y se enfadaba con una intensidad desproporcionada cuando otros sí lo hacían. Le parecía una falta de respeto imperdonable, casi un insulto personal. Pero lo cierto es que, en aquellos tiempos, Saúl se enfadaba por cualquier nimiedad. Su cortisol estaba tan alto, su sistema nervioso tan encendido de manera permanente, que cualquier cosa, por pequeña que fuera, le sentaba como una bofetada. Él aún no era consciente de ello, pero sus relaciones más cercanas empezaban a resquebrajarse de manera silenciosa. Siempre se había justificado diciendo que era un hombre de mucho carácter, como si eso fuera una virtud o, al menos, una excusa suficiente. Sin embargo, aquello que llamaba carácter no era más que la expresión visible de un poso profundo de amargura y frustración que llevaba años acumulándose en lo más hondo de su alma, sedimentándose capa a capa durante gran parte de su vida adulta, sin que nadie, ni él mismo, lo tocara ni lo nombrara.

Esa frustración encontró en la comida uno de sus refugios más constantes. Saúl era adicto a las harinas, a los hidratos, y sobre todo al pan, en cualquiera de sus formas. El pan era su consuelo, su premio, su manera de callar algo que no sabía cómo expresar. Había engordado mucho a causa de ello, y ese cambio en su cuerpo añadía otra capa más a su malestar interior. Su esposa, Raquel, mantenía la compostura como podía. Era una persona complaciente por naturaleza, y el amor que sentía por sus tres hijos lo anclaba a aquella vida que, en el fondo, ya no reconocía como propia. Hacía tiempo que no estaba enamorada de Saúl. Y Saúl, si era honesto consigo mismo, nunca lo había estado de ella. Se casaron por inercia, por presión social, por cumplir con lo establecido. Cuando Saúl conoció a Raquel, ya bien pasados sus treinta, llevaba mucho tiempo solo y estaba desesperado por encontrar pareja. Cualquier persona le servía para cumplir lo que sentía como un mandato: casarse, formar una familia, sentar cabeza y quedarse tranquilo, y sobre todo, dejar tranquilos a sus padres, quienes no soportaban que su único hijo varón siguiera soltero y sin descendencia. Con ellos nunca había tenido una buena relación; guardaba hacia ellos un resentimiento viejo y silencioso que nunca había sabido nombrar ni sanar.

Así, lo que debería haber sido un capítulo romántico y hermoso de sus vidas, se convirtió en un trámite burocrático disfrazado de boda. De cara al mundo, Saúl lo tenía todo: la sonrisa perfecta, el relato de la pareja ideal, la familia modélica. Pero Raquel, con el paso de los años, fue dándose cuenta de la realidad. Notó cómo Saúl había dejado de verle como mujer, y ella por su parte, ocupaba todo su tiempo libre con los hijos en lugar de con él, como si los niños fueran un escudo conveniente para evitar la intimidad. Además, el carácter agriado de Saúl se había vuelto insufrible: era ella quien recibía todas las reprimendas, todas las críticas, todo el peso de su amargura cotidiana.

En el trabajo, sin embargo, Saúl era una figura respetada y temida. Su carácter fuerte, su frialdad estratégica y su habilidad para rodearse de personas que pudieran serle útiles la habían llevado lejos en la empresa. Solo le importaba escalar, y por ello gestionaba sus relaciones laborales con la misma calculada precisión con que un ajedrecista mueve sus piezas. Sabía ponerse máscaras a la perfección: la máscara de líder brillante, la de profesional impecable, la del hombre que lo tiene todo bajo control. El problema era que llevaba tanto tiempo poniéndose máscaras que ya no sabía quién era sin ellas.

El golpe llegó cuando Saúl supo que Raquel le era infiel. Curiosamente, sintió algo parecido al alivio: en algún rincón de su interior sabía que ese matrimonio era una ficción, y una parte de él quería que alguien lo rompiera de una vez. Pero lo que le aterró de verdad no fue el desamor, sino el qué dirán. Pasar de aparentar ser una familia feliz a ser un hombre divorciado con tres hijos. Ese era el verdadero miedo: la mirada de los demás, el juicio social, el cambio de imagen. Cuando llegó a casa, Raquel le presentó los papeles del divorcio con una calma que le desarmó. Le explicó que se había enamorado de otra persona, un compañero de trabajo que llevaba tiempo dándole la atención y el valor que ella no encontraba en su matrimonio. Le prometió que cumpliría con sus obligaciones como madre, y que él podría estar cerca de sus hijos. Raquel era una buena persona. Y ser una buena persona no significa ser tonta: con los años había comprendido que su relación era una estafa emocional, un teatro sostenido por el esfuerzo de una sola.

Saúl estalló en cólera. Planteó soluciones, trazó planes, intentó mantener el control de la situación. Pero esta vez no había manera de controlarlo todo. El divorcio fue adelante. Saúl se mudó cerca de la casa familiar para hacer frente a la custodia compartida. Y se quedó solo frente a sí mismo por primera vez en mucho tiempo. Con los meses, algo empezó a moverse en su interior. Se dio cuenta de que había conseguido todo lo que, según los estándares del mundo que conocía, debía hacerle feliz: una carrera profesional de prestigio, un buen sueldo, un matrimonio, tres hijos. Y sin embargo, nunca había sido feliz. Nunca. Se sentía vacío, amargado, sin energía ni ganas de nada. La sola idea de volver al mundo de las citas y de tener que contarle su historia a una persona extraña desde el principio, le parecía agotadora y absurda.

En lugar de enfrentarse a ese vacío, Saúl siguió alimentando su válvula de escape en la obsesión. Seguía obsesionado por aquella muchacha que le había dejado hacía veinte años y de quien nunca había conseguido desengancharse emocionalmente. Era la única herida que seguía sangrando, la única que le hacía sentir algo, aunque ese algo fuera dolor y rabia. La seguía en redes sociales y era su principal distracción. Se comparaba con la pareja que tenía en la actualidad. Le odiaba. Creía que si le odiaba, causaría daño a su relación, pero el único daño se lo hacía a él. Se alimentaba de esa amargura con la misma adicción con que comía pan. Y cada día que pasaba, estaba un poco más consumido por dentro.

Su carácter se deterioró hasta extremos que ya no podía ocultar ni en el trabajo. Empezó a tratar mal a sus compañeros. Le dieron un aviso formal: si seguía con esa actitud, tendría que abandonar la empresa. La obsesión se había convertido en su única afición real, en el centro oscuro alrededor del cual giraba su vida entera. Hasta que un día, decidió mandarle un mensaje directo a aquella mujer, pero ella nunca le respondió. Saúl había tocado fondo. En todos los ámbitos posibles: el laboral, el familiar, el emocional, el social. Todo se había derrumbado.

Pasaron los años. Saúl envejeció visiblemente, como envejece quien lleva demasiado tiempo en guerra consigo mismo. Su soberbia le impedía pedir ayuda. Reconocer que necesitaba un psicólogo le parecía una derrota imperdonable. Así que siguió cargando con todo, hasta que el cuerpo le pasó la factura. Un día, al volver del trabajo, sintió un dolor intenso en el pecho. Llamó a Raquel, que sin dudarlo fue a recoger a los niños al colegio y se quedó con ellos. Saúl fue a urgencias. Después de todas las pruebas, le dijeron que era ansiedad. Solo en su casa aquella noche, algo cambió. Era la primera vez, quizás en décadas, que se escuchaba de verdad. Se dio cuenta de que llevaba años escondido detrás de máscaras, de roles, de obligaciones. La paternidad había sido una de las más grandes, la que más había usado para no mirarse por dentro.

En ese momento de vulnerabilidad absoluta, un hilo del destino o de la providencia apareció. Un fin de semana, en una calle, un chico le puso en la mano un panfleto de una charla. El anuncio decía que cualquier persona que estuviera pasando un mal momento era bienvenido. Sus hijos ya tenían sus propias vidas y Saúl tenía tiempo libre que no sabía cómo llenar. Algo le impulsó a ir. Aquella tarde, algo dentro de él hizo click. En esa reunión se hablaba, entre otras cosas, de Dios. Pero no desde el dogma religioso, sino desde una visión más amplia, más humana, más conectada con lo esencial. Uno de los ponentes explicó algo que Saúl sintió como si le hablara directamente a él:

"Hay una lección sobre el pan espiritual que es importante comprender. Jesús conecta el pan y el perdón de una manera que no es casual. Por ejemplo, en el Padre Nuestro se reza: “danos nuestro pan de cada día”,  y el verso siguiente es “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”; En la Última Cena, Jesús compartió el pan con sus discípulos diciéndoles “este es mi cuerpo”. Y en otra ocasión, dijo: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre. Si conectamos que Jesús nació en Belén, que en hebreo significa “la casa del pan” y que en hebreo, cada letra tiene un valor numérico, el nombre Belén, tiene un valor numérico de 490. Y ese mismo número lo tienen también las palabras Natividad (nacimiento) y Tamim, que significa “ser perfecto” o “ser completo”; También cuando el apóstol Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar a su hermano, Jesús le responde: setenta veces siete, que suma 490. En guematria, las palabras con el mismo valor numérico son intercambiables,  es decir, significan lo mismo. Lo que quiere decir es que no se puede ser perfecto ni completo, hasta que se extiende el pan del perdón a los demás. El verdadero pan de la vida es Jesús (nace en Belén, la casa del pan), y su alimento es el amor y el perdón."

Aquellas palabras le llegaron a Saúl a un lugar que había cerrado con llave. Porque llevaba años alimentándose de odio, de rencor, de envidia, creyendo que ese veneno dañaba a los demás, sin darse cuenta de que el único cuerpo que estaba envenenando era el suyo. Le llevó tiempo que aquello se acomodara dentro de él, que bajara desde la cabeza hasta el corazón. Pero algo había cambiado de manera irreversible. No podía seguir enganchado al pasado con sus emociones, debía cambiarlas para que su vida cambiara. Comenzó a dar una oportunidad al perdón. Y al hacerlo, comprendió algo que nadie le había explicado antes: que había construido toda su identidad sobre esas emociones de su pasado, que aunque dañinas, le daban una sensación de control sobre los eventos traumáticos que vivió. Esas emociones marcaban su identidad, aunque no fuera algo positivo. Estaba adicto. Vivía atrapado en eventos que ya no existían salvo en su memoria, pero que seguían gobernando su presente como si fueran reales. Las emociones oscuras, aunque dolorosas, eran las únicas que la hacían sentir vivo. Las necesitaba porque había basado su identidad en base a ellas.Y eso era, quizás, lo más trágico de todo.

Saúl comenzó a ir a terapia. Empezó a cultivar una vida espiritual honesta, sin máscaras, ni de cara a la galería. Aprendió a perdonar, a soltar, a desengancharse del pasado. Poco a poco, fue liberándose de las cadenas que él mismo se había forjado. Y descubrió que el pan que había estado comiendo todos esos años, el pan de la frustración y el resentimiento, nunca había podido saciar el hambre real que sentía. El verdadero alimento era otro: el que se encontraba en el acto de perdonar, en la completitud que solo llega cuando uno deja de retener lo que hace daño. Una mañana de domingo, con la casa en silencio y los niños con Raquel, Saúl se sentó en la silla de la cocina con una taza de café entre las manos. No había ningún plan, ninguna agenda, ni ningún rol que cumplir. Solo él mismo y ese silencio que durante años había huido porque le daba miedo. Entonces, sin haberlo premeditado, cerró los ojos.

Vio a sus padres. Los vio como nunca los había querido ver: no como los villanos de su historia, sino como dos personas asustadas que tampoco supieron cómo amar bien, que repitieron lo que a ellos también les habían hecho. Sintió cómo algo muy apretado dentro del pecho empezaba a aflojarse, despacio, como cuando se desata un nudo que lleva tanto tiempo cerrado que ya casi forma parte de la tela. “Os perdono”, pensó. Y lo sintió de verdad, por primera vez sin trampa. Vio a Raquel. La vio siendo lo que siempre fue: una mujer buena a quien nunca le dio la oportunidad de ser amada. Una mujer que encontró en otro lugar lo que él nunca fue capaz de darle y que merecía. “Te perdono”, pensó. “Y me perdono por no haber sabido amarte”. 

Y entonces vio a la muchacha de hacía tantos años. La que le rechazó. Quien a pesar de los años aún no había soltado. La que sin saberlo, se había convertido en el ancla invisible que le había mantenido hundido durante décadas. Le vio como lo que era: alguien que simplemente no le quiso, sin maldad, sin intención de hacerle daño. Alguien que había seguido viviendo su vida mientras él construía una cárcel alrededor de su ausencia. Sintió algo extraño al mirarlo desde ese lugar nuevo, por primera vez sintió paz por la felicidad de ella aunque no fuera con él y lástima de sí mismo. Pero también una ternura inesperada hacia el hombre joven que fue, el que se quedó esperando tanto tiempo en una puerta que nunca iba a abrirse. “Te suelto”, pensó. “Ya no te necesito para saber quién soy.” "Acepto, apruebo y perdono todo lo que fue". Abrió los ojos. El café se había enfriado. La cocina seguía igual. Pero algo en el aire de la habitación, o quizás en el aire de su interior, se sentía diferente. Más limpio, más liviano, como si acabara de dejar en el suelo un peso que había cargado tanto tiempo que ya ni recordaba cómo era caminar sin él.

Dejó de comer tanto el pan de hidratos como el de la amargura. Y empezó a alimentarse del único pan que nunca defrauda: el de la paz que nace cuando, por fin, uno se perdona a sí mismo y perdona a los demás. El pan del perdón.


Beatriz Casaus 2026 ©




lunes, 1 de junio de 2026

Géminis, la mente que nunca duerme y el signo menos entendido

“Tengo dentro de mí una multitud” (Walt Whitman)


“La mente que se abre a una nueva idea jamás vuelve a su tamaño original” (Albert Einstein)




Foto con mi géminis favorito: el director, guionista y amigo, Berjer B. Capati.


Antes de entrar en faena, quiero añadir algo sobre la astrología que siempre suelo remarcar y por lo que puedo parecer pesada, pero yo sigo erre que erre pese a quien le pese. A menudo tengo que lidiar con la idea de que la astrología es una creencia moderna o una simple superstición, cuando en realidad ha formado parte del pensamiento humano durante miles de años y ha sido estudiada, respetada y utilizada por algunas de las mentes más brillantes de la historia. Por eso, cuando a veces escucho que la astrología no es de fiar o cosas por el estilo, lo que digo es que les falta contexto histórico para hacer esas afirmaciones. 

Por citar algunos, el psiquiatra Carl Jung afirmaba que la astrología representa la suma de todo el conocimiento psicológico de la antigüedad. Isaac Newton estudió alquimia y astrología junto con sus investigaciones científicas. Johannes Kepler llegó a afirmar que la astrología era la hija de la astronomía y que no podía ser ignorada. Galileo Galilei impartía astrología en la universidad. Incluso Hipócrates, considerado el padre de la medicina, integraba los ciclos celestes dentro de su visión de la salud. Por su parte, Claudio Ptolomeo escribió el célebre Tetrabiblos y sostenía que un médico sin conocimientos astrológicos difícilmente podía comprender al ser humano en toda su complejidad. En España, y especialmente en Toledo, la astrología formó parte del saber académico durante siglos. Bajo el impulso de Alfonso X el Sabio se tradujeron y recopilaron numerosos textos astrológicos que convirtieron a la ciudad en uno de los grandes centros de conocimiento de toda Europa. Por lo que contexto histórico, desde luego, no le falta.

Por eso, cuando alguien afirma que la astrología carece de valor o que es una invención reciente, suele hacerlo desde el desconocimiento de su enorme relevancia histórica. Otra cuestión distinta es qué uso hacemos hoy de ella. Hace unos años era de locos estudiarlo, yo incluso lo tenía que hacer a escondidas y sin contarlo a nadie para que no me tomaran por loca, pero hoy en día, está mucho más normalizado, incluso en las redes sociales ahora se ha convertido en trending topic y mucha gente usa en su día a día el término “mercurio retrógrado” como causa y razón de todos los males que les acontecen. Y sobre Mercurio, o más bien, el signo que le rige voy a hablar hoy. 

Desde el pasado 21 de mayo el Sol transita por el signo de Géminis, y la sensación de movimiento mental se ha hecho evidente. Los signos mutables, (Géminis, Virgo, Sagitario y Piscis) especialmente aquellos que tienen planetas en los primeros grados, deberían estar sintiendo esta influencia con mayor intensidad. Sin embargo, como sucede con todos los movimientos colectivos, de una forma u otra todos participamos de este nuevo clima astrológico. Las conversaciones se aceleran, las ideas se multiplican, las noticias parecen sucederse unas a otras sin descanso y sentimos una mayor necesidad de interactuar, aprender, comunicar y conectar. 

Esta energía adquiere todavía más relevancia porque coincide con el ingreso de Urano en Géminis, uno de los movimientos astrológicos más importantes de los próximos años. Urano es el planeta de la innovación, la revolución, la tecnología, los cambios inesperados y los despertares de conciencia. Su entrada en el signo de los gemelos inaugura un periodo que promete transformar profundamente nuestra manera de comunicarnos, aprender, relacionarnos y acceder a la información. Este tránsito, junto con Plutón en Acuario, que está en trígono a Urano, representa una nueva era para la humanidad. Con Plutón en Acuario ya estamos viendo todo lo relacionado con el tema de los extraterrestres en la palestra. La desclasificación de los archivos OVNI por parte del gobierno norteamericano, o la última película de Steven Spielberg son solo un ejemplo de ello. El propio Spielberg, ha manifestado en distintas ocasiones su interés por este fenómeno y la posibilidad de que exista más información de lo que conocemos. 

Durante los próximos años asistiremos, probablemente, a una auténtica revolución tecnológica y comunicativa. A avances inimaginables, nuevas formas de inteligencia artificial, avances en telecomunicaciones, cambios en los sistemas educativos, transformaciones en los medios de comunicación y nuevas maneras de relacionarnos con nuestro entorno más cercano serán algunos de los temas asociados a este tránsito. A nivel individual, Urano en Géminis puede manifestarse como una necesidad imperiosa de aprender algo nuevo, de cambiar nuestras creencias, de abrirnos a perspectivas diferentes o de sentir que nuestra mente ya no puede permanecer encerrada en los mismos esquemas de siempre. Es una energía que despierta, sacude y obliga a pensar de forma diferente.

Además, nos acercamos a una configuración especialmente interesante entre los planetas transpersonales: Urano en Géminis, Neptuno en Aries y Plutón en Acuario. Los tres forman parte de una energía profundamente orientada al cambio, la innovación y la apertura de nuevos paradigmas. Aunque cada planeta actúa a su ritmo, juntos parecen señalar una época en la que muchas estructuras antiguas comenzarán a transformarse de forma irreversible.

Pero volvamos al protagonista de este artículo: Géminis. Géminis está regido por Mercurio, el mensajero de los dioses en la mitología romana. Mercurio representa la mente, la comunicación, el aprendizaje, los desplazamientos cortos, el lenguaje, el comercio y la capacidad de conectar ideas aparentemente inconexas. No es casualidad que el signo regido por Mercurio sea considerado uno de los más inteligentes del zodiaco. Géminis posee una rapidez mental extraordinaria. Comprende conceptos con facilidad, aprende a gran velocidad y tiene la capacidad de moverse entre diferentes temas sin esfuerzo aparente.

Mientras otros signos necesitan profundizar durante semanas en una materia, Géminis puede captar la esencia en cuestión de minutos. Es el signo que pregunta, que investiga, que observa, que compara y que constantemente busca nuevos estímulos para alimentar su curiosidad. Su mente funciona como una red neuronal permanente. Todo le interesa y todo le llama la atención. Todo puede convertirse en una nueva fuente de aprendizaje. Por eso se le conoce como el eterno estudiante del zodiaco y los eternos aprendices.

Pertenece al elemento aire, junto con Libra y Acuario. Los signos de aire viven a través de las ideas. Necesitan intercambiar opiniones, debatir, comunicar y comprender el mundo desde una perspectiva intelectual. Mientras los signos de fuego actúan, los de tierra construyen y los de agua sienten, los signos de aire piensan. Y dentro de ellos, Géminis es probablemente el más inquieto por su inabarcable curiosidad.

Posee una capacidad admirable para establecer conexiones entre conceptos que aparentemente no guardan relación entre sí. Es capaz de pasar de hablar sobre filosofía a comentar una noticia de actualidad, después analizar una película y terminar reflexionando sobre física cuántica sin perder el hilo de la conversación. Su mente es veloz, flexible y enormemente adaptable. De ahí nace también una de sus mayores virtudes: el ingenio. Si hubiera que resumir a Géminis en una sola palabra, probablemente sería esa. Ingenio. Porque Géminis siempre encuentra una salida inesperada, una respuesta rápida, una observación brillante o una ocurrencia capaz de arrancar una sonrisa incluso en los momentos más tensos.

Y eso nos lleva a otro de sus grandes dones: el humor. Pocos signos poseen la capacidad de hacer reír como Géminis. Suelen ser personas con una enorme facilidad para la ironía, el doble sentido, la vis cómica, la diversión, la improvisación y la observación humorística de la realidad. Son excelentes narradores de chistes y anécdotas. Saben captar los matices más absurdos de cualquier situación y transformarlos en algo divertido. Por eso encontramos tantas personas dedicadas al entretenimiento, la comunicación, el periodismo, la televisión, la radio, la escritura o la comedia con una fuerte presencia geminiana en sus cartas natales.

Con ellos rara vez hay silencio. Hablan sin cesar. Siempre hay una historia, una pregunta, una reflexión o una ocurrencia que cuentan de forma que no pasa desapercibida. Socialmente, suelen resultar personas muy divertidas y agradables. Poseen facilidad para relacionarse con perfiles muy distintos entre sí y tienen el talento de encontrar puntos en común allí donde otros sólo ven diferencias. 

Sin embargo, como todo signo, Géminis también tiene su sombra. Su necesidad constante de estímulo puede convertirlo en alguien disperso. A veces sabe un poco de todo, pero le cuesta profundizar en algo concreto durante mucho tiempo. Su curiosidad es tan grande que puede abandonar un tema en cuanto aparece otro que le parece más interesante. También puede resultar cambiante. Y aquí encontramos una de las razones de su fama. El símbolo de Géminis son los gemelos. No porque tenga literalmente dos personalidades, como suele decirse de forma simplista, sino porque representa la dualidad inherente a la naturaleza humana. Géminis comprende que una misma situación puede observarse desde varios puntos de vista diferentes. Por eso puede defender una idea hoy y mañana encontrar argumentos válidos para defender la contraria. Lo que para algunos es incoherencia, para Géminis suele ser flexibilidad mental.

El problema aparece cuando esa flexibilidad le lleva a adaptar excesivamente su discurso según el interlocutor que tenga delante, de ahí su mala fama de “falsos” o tener dos caras. Suelen ser personas muy risueñas, pero en su sombra, esas sonrisas pueden no reflejar lo que realmente sienten. Pueden ser chismosos o hablar a las espaldas.  Uno de sus principales defectos puede ser el uso de la mentira. También pueden parecer emocionalmente distantes.  No porque no sienta, sino porque procesa la realidad a través de la mente antes que a través de las emociones. Necesita comprender lo que siente antes de permitirse sentirlo plenamente. Por eso, en ocasiones, puede transmitir una imagen de frialdad. No digo que todos los géminis sean así, sino que en sombra, esos son los defectos que podría desarrollar el arquetipo géminis, pero por supuesto, muchos de ellos, personalmente no sean así. Siempre hay que mirar el compendio de toda la carta astral de una persona.

Sin embargo, cuando Géminis evoluciona, se convierte en uno de los signos más fascinantes del zodiaco según mi punto de vista. Su inteligencia y rapidez y su dominio de la palabra puede ser impresionante. Su capacidad para aprender, comunicar, enseñar, conectar personas e ideas y adaptarse a los cambios lo transforma en un verdadero puente entre diferentes mundos. Porque si Tauro construye los cimientos y Cáncer nutre la vida emocional, Géminis cumple una función igualmente esencial: abre ventanas a  nuevas ideas, posibilidades o formas de comprender la realidad.  Y quizá por eso, cuando la energía de Géminis domina el cielo, la vida parece moverse más deprisa. Como si el universo nos recordara que aprender, preguntar, conversar y mantener la mente abierta siguen siendo algunas de las formas más poderosas de evolucionar. 

Os dejo con unos vídeos musicales de un gran géminis de la industria musical, Lenny Kravitz. 


Un fuerte abrazo y ¡disfrutad de este mes todo lo que podáis! :)


Beatriz Casaus 2026 ©






jueves, 21 de mayo de 2026

La abundancia empieza en la mente

 “La abundancia no es algo que adquirimos. Es algo con lo que conectamos.” (Wayne Dyer)

“La riqueza es la capacidad de experimentar plenamente la vida.” (Henry David Thoreau)

“La mente es todo; en lo que piensas, te conviertes.” (Buda)        

                                       

Foto del paseo del otro día
                                  

Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo y considerado uno de los inversores más prestigiosos de la historia, dijo una vez algo con lo que siempre he estado de acuerdo: “Piensa en tus años escolares. ¿Para qué te entrenaron realmente? Te entrenaron para permanecer sentado durante ocho horas, memorizar instrucciones, levantar la mano para pedir permiso para hablar o incluso para ir al baño, temer al fracaso y, sobre todo, completar las tareas asignadas por una autoridad superior. Esas no son las habilidades de un dueño, sino las de un trabajador obediente. El sistema escolar fue diseñado en la época prusiana para producir soldados y obreros. Nunca fue creado para formar capitalistas.” A esta idea no se le puede añadir mucho más, ya lo dice todo. 

El sistema en el que crecimos no fue diseñado para enseñarnos a ser libres, sino para enseñarnos a ser obedientes y útiles. Desde pequeños nos preparan para encajar en estructuras ya creadas por y para otros. Nos enseñan a obedecer horarios, a memorizar información que muchas veces olvidamos, a competir por una nota y, sobre todo, a convertirnos en piezas eficientes dentro de una maquinaria mucho más grande. Nos preparan para buscar trabajo, no para crear riqueza. Para sobrevivir, no para construir. Para obedecer, no para liderar. Y quizá por eso tanta gente vive atrapada en una vida que no desea realmente, esperando un viernes que les devuelva unas pocas horas de libertad antes de volver a empezar el lunes.

Basta con observar el mundo para comprender que muchas de las personas que revolucionaron la historia no siguieron el camino tradicional que nos vendieron como único. La mayoría de los grandes creadores de imperios empresariales construyeron su éxito fuera de las estructuras convencionales. Warren Buffett, Steve Jobs, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Robert Kiyosaki, Bill Gates, Richard Branson, Amancio Ortega, entre otros… no estudiaron carreras universitarias o las dejaron sin acabar. Entendieron que la educación tradicional y la inteligencia financiera no siempre caminan de la mano. Y eso no significa despreciar el conocimiento, ni mucho menos, sino comprender que existen muchas formas de inteligencia que jamás se evalúan en una escuela o universidad. Y más, teniendo en cuenta estos tiempos donde el propio Elon Musk ya ha advertido que de aquí a 6 años, la mayoría de los empleos que hoy conocemos van a desaparecer. 

Vivimos además en una cultura donde, de forma casi inconsciente, se nos enseña a mirar el dinero con culpa. A veces parece incluso más aceptable vivir frustrado que prosperar. Se romantiza el sacrificio, la escasez y el agotamiento, mientras se mira con sospecha a quien desea abundancia o a quien ya la tiene. Como si querer una vida próspera fuese automáticamente algo superficial o egoísta. Pero quizá el problema no sea el dinero, sino la relación emocional y espiritual que tenemos con él.

Siempre he sido una persona esplendorosa cuando ha llegado el momento de pagar o de invitar. Mis amigas siempre se "enfadan" conmigo porque saben que cuando digo que voy al baño, en realidad he ido de forma sigilosa a pagar la cuenta. Luego recibo sus bizum, aunque muchas veces suelo hacer “contra bizum”. Suelo invitar siempre tanto a amigas, familiares como a todo el mundo. Mi pareja siempre me dice que soy demasiado generosa y que nunca ha conocido a una mujer que siempre invite o que siempre quiera pagar. Incluso las personas que nos ven discutir amistosamente por la cuenta terminan riéndose de la escena. Con el tiempo he entendido que esa forma mía de ser también me llevó a rodearme, a veces, de personas que quisieron aprovecharse de ello. Y por eso aprendí algo igual de importante que dar: poner límites. Uno puede dar desde el amor sin dejar de respetarse a sí mismo. Quizá precisamente por eso, desde muy pequeña tuve clarísimo que quería ser libre financieramente y no depender jamás de ningún hombre, ni de nadie. La independencia para mí, nunca ha sido solo un asunto económico, sino también una forma de dignidad y de libertad.

La abundancia, además, no es solamente un asunto económico, yo la concibo en todo y en todas partes. Está en el amor sincero, en las amistades reales, en las conversaciones profundas, en una sobremesa larga, en una mirada limpia, en el silencio de la naturaleza, en un abrazo que llega justo cuando más lo necesitas. Cada vez que salgo a pasear me doy cuenta de que el universo entero es abundancia. Hay millones de árboles, de flores, de insectos, de hojas, de nubes, de piedras, de estrellas. Siempre me quedo embelesada mirando las flores que inundan los campos en primavera, como la foto que he adjuntado al texto y que es una muestra de toda la abundancia que la naturaleza nos da y nos regala. La existencia no piensa en pequeño. La naturaleza nunca funciona desde la escasez. Todo florece, todo se multiplica y se expande constantemente.

Gracias a la cábala comprendí algo que transformó profundamente mi forma de entender el dinero, que ser próspero no es algo malo. De hecho, muchas creencias occidentales han asociado históricamente la espiritualidad con la carencia, como si sufrir fuese una especie de virtud moral. Lo que se aleja de la espiritualidad no es el dinero, sino el apego a él, pero el dinero, en sí, es una energía espiritual mediante la cual se intercambian cosas en este mundo. Sin embargo, resulta curioso que mientras se predica cierta culpa hacia el dinero, instituciones como el Vaticano acumulen una inmensa riqueza. Lo peligroso no es el dinero, sino lo que las personas hacen con él, los sentimientos poco beneficiosos que se pueden desarrollar si no se tiene una conciencia sobre él, como la codicia o la ambición desmesurada o el ansia de poder. Y no, la codicia no está bien. La ambición desmedida tampoco. Nada llevado al extremo suele estarlo. Por eso siempre intento buscar el equilibrio, porque todo desequilibrio termina rompiendo algo dentro de nosotros. Pero una cosa es la codicia y otra muy distinta es la abundancia consciente.

Los judíos, aun estudiando la misma Biblia que los cristianos, desarrollaron históricamente una relación completamente distinta con la prosperidad. Para muchos cabalistas, la abundancia está ligada al concepto de Shefa, que significa flujo. Y esa idea me parece profundamente hermosa. Porque la vida es precisamente eso, un flujo constante. Dar y recibir, expandirse, compartir, permitir que la energía circule. En Oriente Medio, donde el agua ha sido siempre un bien preciado debido a las sequías, comprendieron desde hace siglos la importancia de entender los ciclos de abundancia y escasez. Quizá por eso desarrollaron una mentalidad más previsora y consciente respecto a los recursos. Para ellos, Dios es abundancia infinita, y el ser humano, como creación divina, también debe manifestar esa abundancia en su vida.

Todos los grandes patriarcas bíblicos eran hombres ricos: Abraham, Isaac, Jacob, el rey David o el rey Salomón. Y no es casualidad que una comunidad que representa apenas un pequeño porcentaje de la población mundial haya desarrollado históricamente una enorme capacidad para generar riqueza. Tal vez no se trate solo de dinero, sino de mentalidad. Porque la pobreza muchas veces no empieza en el bolsillo, sino en la mente. En la culpa. En el miedo. En las creencias heredadas. En esa idea repetida durante generaciones de que quien tiene dinero necesariamente es malo, egoísta o materialista.

Los cabalistas dicen algo que me hizo pensar mucho la primera vez que lo escuché: quien pide poco, en realidad, está pensando solo en sí mismo. Porque quien desea únicamente lo justo para sobrevivir apenas puede sostenerse a sí mismo. Pero quien aspira a más puede ayudar a otros, crear proyectos, dar trabajo, sostener causas, construir belleza, compartir. La abundancia también es capacidad de servicio. Solo quien tiene puede dar. Y esto ocurre igualmente en el amor. Solo quien se ama de verdad puede amar sanamente a los demás. Solo se puede entregar aquello que habita dentro de uno mismo.

Por eso creo que la abundancia es, sobre todo, un estado de consciencia. Para vivir en abundancia primero hay que romper todos los condicionamientos aprendidos sobre el dinero. Hay que dejar de asociar prosperidad con maldad. El dinero, por sí mismo, no es bueno ni malo. Es energía. Y como toda energía, depende de la intención de quien la utiliza. Puede destruir o puede ayudar. Puede alimentar el ego o puede convertirse en una herramienta para crear cosas hermosas y ayudar a otros.

Muchas veces me doy cuenta de que la mentalidad de escasez no está tanto en la realidad objetiva como en la forma en la que las personas hablan constantemente de ella. Y esto lo encuentro especialmente en muchas mujeres. Escucho continuamente frases como “es muy caro”, “no puedo permitírmelo”, “las cosas están fatal”, “el dinero se va”, “todo es imposible”, “ojalá tuviera…”, “yo nunca podré”. Y aunque puedan parecer simples comentarios cotidianos, para mí tienen muchísimo poder. Porque las palabras no son inocentes, las palabras crean realidad. Son una especie de hechizos lanzados al aire constantemente y yo me niego a recibirlos. Son decretos que repiten tanto que terminan convirtiéndose en su verdad. Y cada vez soy más consciente de que no quiero envolverme en esa energía ni participar de ella. 

Hay personas que viven desde una narrativa permanente de carencia, incluso aunque objetivamente no estén mal. Porque la escasez primero se instala en la mente y después se materializa fuera. Ya lo dice una de las siete leyes universales del Kybalion: “El universo es mente”. Todo lo que pensamos, sostenemos emocionalmente y repetimos una y otra vez acaba tomando forma de algún modo en nuestra vida. Por eso intento observar muchísimo cómo hablo del dinero, de la prosperidad y de la vida en general. No porque crea en una especie de positivismo ingenuo donde todo se resuelve mágicamente, sino porque sé que aquello que alimentamos mentalmente termina creciendo. Y si uno vive constantemente afirmando que no puede, que no llega, que todo está mal o que nunca tendrá suficiente, acaba construyendo una prisión alrededor de sí mismo con esa realidad que en realidad no quiere. La abundancia también empieza en el lenguaje. En la manera en la que pensamos. En lo que decretamos cada día sin darnos cuenta. Porque muchas personas no solo viven rodeadas de escasez, sino que además la invocan continuamente con sus palabras.

Una de las enseñanzas más importantes que aprendí durante estos años leyendo decenas de libros sobre prosperidad y mentalidad financiera fue el poder del agradecimiento. Y me sorprendió descubrirlo porque, en realidad, era algo que llevaba haciendo toda mi vida de forma intuitiva. Dar gracias cambia completamente la frecuencia desde la que vivimos. Sentirse verdaderamente bendecido por lo cotidiano transforma la manera en la que uno mira el mundo. Agradecer el techo, la comida, las personas que amamos, la salud, una conversación, una canción, una tarde tranquila, incluso las lecciones difíciles. Porque el agradecimiento abre puertas invisibles. Nos conecta con una sensación profunda de plenitud que no depende únicamente de lo material.

Para mí el secreto de la abundancia está en comprender que la vida no responde solo a lo que pedimos, sino también a la energía desde la que vivimos. Sentirse bendecido cada día por lo que ya se tiene y dar gracias por ello es vivir en abundancia. No nace únicamente del esfuerzo, sino también de la capacidad de creer que merecemos recibir. Dejar de vivir desde el miedo constante a perder. De vivir con confianza. En San Mateo, 6, versículos del 26 al 33 Jesús dice: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? (...) Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan, ni hilan, pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas, pero vuestro Padre Celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo se dará por añadidura.” Yo prefiero confiar en Dios y comprender que el universo no es escasez, sino expansión. Las personas verdaderamente abundantes no son necesariamente las que más tienen, sino las que viven con el corazón abierto, sin miedo, confiando en que la vida siempre encuentra formas de multiplicarse. Al final, la verdadera riqueza no consiste solo en acumular dinero, sino en vivir con el alma llena y confiando.


Un fuerte abrazo.


Beatriz Casaus 2026 ©

                       



lunes, 11 de mayo de 2026

La apariencia como lenguaje del alma

“Lo que eres habla tan fuerte que no puedo oír lo que dices” (Ralph Waldo Emerson)

“La elegancia es cuando el interior es tan hermoso como el exterior” (Coco Chanel)

“Tu vida exterior es un reflejo de tu mundo interior” (Bob Proctor)

                                            

Cuidar la apariencia me parece de suma importancia y no me refiero a un tema de vanidad, sino porque es una especie de declaración. La apariencia sí importa, pero no por razones meramente superficiales. No me refiero ni mucho menos a obsesionarse con la perfección, ni de vivir pendiente de la aprobación ajena, ni de intentar encajar en estándares imposibles. La verdadera importancia de la apariencia tiene que ver con algo mucho más profundo: se trata de la relación que una persona mantiene consigo misma. La forma en que alguien se cuida, se viste o se presenta al mundo suele ser también un reflejo silencioso de cómo se siente por dentro y del valor que cree tener.

Se ha extendido la idea de que preocuparse por la apariencia es sinónimo de superficialidad, mientras que descuidarse parece asociarse a la profundidad intelectual o espiritual. Pero esa oposición para mí es falsa. El interior y el exterior no son enemigos; son dos partes de nuestra misma realidad. Cuidarte físicamente no te hace menos profundo, igual que tener un mundo interior rico no debería implicar abandonarte a ti mismo. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: cuando una persona empieza a sanar por dentro, eso termina reflejándose también en su energía, en su mirada y en la forma en que habita su cuerpo.

La apariencia habla por sí sola. Antes de que una persona diga una sola palabra, ya transmite algo con su presencia. No solo a los demás, sino también a sí misma. Cada pequeño gesto cotidiano contiene un mensaje implícito de cómo nos hablamos, cómo nos tratamos, cómo elegimos presentarnos incluso cuando nadie nos va a ver. Porque el amor propio no es solo una idea bonita o una frase motivacional; el amor propio es un comportamiento sostenido hacia nosotros mismos. Es la acción continua que decidimos tomar en cada momento hacia nosotros. 

Cuando hablo de apariencia no me refiero a encajar en un estándar de belleza impuesto desde afuera. No hablo de conseguir una imagen de revista ni de convertirnos en alguien que no somos. Tampoco hablo de convertirnos  en discípulos de Anna Wintour, o de seguir ninguna moda. Hablo de algo más profundo y francamente más difícil: la relación entre cómo nos sentimos por dentro y cómo nos presentamos al mundo. Es la primera conversación que tenemos con los demás y más importante aún, es la conversación continua que mantenemos con nosotros mismos cada vez que nos miramos al espejo. No es solo la ropa o el peinado, sino la energía de alguien que toma decisiones deliberadas sobre sí mismo y sobre su vida. Y lo contrario también es cierto: cuando alguien se descuida sistemáticamente, es una forma de renuncia silenciosa.

Todo esto también tiene que ver con lo que ponemos en el cuerpo. La nutrición no es un tema estético, aunque tenga consecuencias visibles. Es un tema de respeto fundamental. Cada vez que comemos estamos eligiendo sobre qué tipo de combustible merece nuestro organismo, y eso va a repercutir en la piel, en la energía, en la claridad mental. La comida es información bioquímica. Cuando comemos comida basura de forma reiterada no solo comprometemos nuestra salud futura, sino nuestra capacidad de estar plenamente presente hoy.

Luego está el movimiento. Hemos convertido el ejercicio en algo opcional, un hobby para vanidosos u obsesivos, pero el cuerpo fue diseñado para moverse. Llevamos millones de años caminando, corriendo, trepando, y sin embargo, en los últimos años decidimos que podríamos pasar ocho, diez o doce horas sentados sin consecuencias y el resultado está por todas partes. Cuando nos ejercitamos no solo transformamos el cuerpo, sino que liberamos las tensiones que el cuerpo almacena, generamos la neuroquímica que el cerebro necesita para sentir esperanza, motivación y claridad.

Además, la apariencia afecta cómo pensamos. Los psicólogos lo llaman “cognición incorporada”. Nuestros estados físicos influyen directamente en nuestros estados mentales”. Cuando nos  arreglamos, el cerebro lo registra y nuestros estándares suben. Nos convertimos en el tipo de persona que merece la presentación que hemos elegido. Por ello, el exterior mejora el interior, o en el caso contrario, el descuido exterior refuerza la negatividad interior. Yo utilizo la “cromaterapia” (así lo llamo) para levantar mi ánimo, por ejemplo. Elijo colores según el día y lo que quiera desarrollar ese día, los colores alegres y vitales siempre levantan el ánimo. 

También hay que hablar de la edad, porque existe una narrativa tóxica que dice que preocuparse por cómo te ves es cosa de jóvenes, y que llega un punto en que se debe superar. Es una completa tontería. Cuidar la apariencia no tiene fecha de vencimiento porque no se trata de competir en un mercado de belleza: se trata de mantener la dignidad, la vitalidad, el sentido de seguir siendo un participante activo en la vida. He visto personas de setenta años que irradian más presencia y energía vital que personas de veinticinco. La diferencia no está en sus arrugas o en el color de su cabello, sino en la relación que tienen consigo mismas. Las personas que envejecen bien son las que nunca dejan de invertir en sí mismas, las que nunca aceptan que su relevancia es cosa del pasado.

Y sí, el carácter importa absolutamente, en ningún momento digo lo contrario, sino que me refiero a la complementariedad de ambos. De nada sirve ir bien vestido si se es una persona que no cultiva buenos valores. Porque desde luego que la bondad, la inteligencia y la sabiduría importan. Nadie dice lo contrario. Lo que digo es que esas cualidades no eximen de la responsabilidad de cuidar nuestro recipiente físico. Si realmente valoramos lo que llevamos dentro, deberíamos valorar el vehículo que lo porta. El cuerpo es el medio a través del cual expresamos quiénes somos. Ese medio merece nuestra atención y gratitud en forma de cuidado. Cuando se descuida la apariencia mientras se enorgullece de la profundidad interior, se crea una disonancia. 

Vivimos en una sociedad donde la apariencia tiene consecuencias reales. Es injusto, pero es la realidad. Las personas que se presentan bien son tratadas mejor, son tomadas más en serio, se les abren más puertas. Múltiples estudios en psicología social confirman que existe un sesgo hacia la apariencia y podemos enfadarnos por ello y negarnos a participar, o podemos reconocer que este es el juego que estamos jugando y decidir jugarlo con conciencia. No estoy diciendo que esté bien. Estoy diciendo que es real, y que ponernos en desventaja sin razón no es una declaración moral, simplemente hace las cosas más difíciles de lo que pueden ser.

Pero más allá de cómo trata el mundo, está cómo nos tratamos a nosotros mismos. No me canso de repetirlo. Cada día mantenemos una conversación con nosotros mismos y con el tiempo, se convierte en nuestra identidad. Y la vida sigue a la identidad. Tal y como decía el autor Brian Tracy, “la apariencia es nuestra biografía visible”. Es la historia que contamos sobre quiénes somos y qué valoramos. Podemos contar una historia de resignación o podemos contar una de autodeterminación.

Y aquí viene algo que he llegado a tener muy claro: con el tiempo, cada persona muestra lo que lleva dentro. Por eso a veces vemos personas de la misma edad que aparentan edades muy distintas. Lo que se cultiva en el interior, el exterior lo va revelando con los años. La ira acumulada, la envidia, los pensamientos que dañan a otros, todo eso deja huella. No solo energética o espiritualmente, sino físicamente: se apaga la mirada, se pierde el brillo, el rostro se va consumiendo. Y al contrario, quien cuida lo que piensa, lo que siente y lo que da, quien vive desde la coherencia y la limpieza interior, suele irradiar una vitalidad que no tiene que ver con la edad cronológica. El cuerpo no miente. Es el espejo más honesto que tenemos. Y lo que refleja, al final, es exactamente lo que hemos elegido cultivar. 

Un ejemplo de ello lo tenemos en el actual presidente español a quien tanta animadversión ganada a pulso tengo. El otro día vi una fotografía de él totalmente demacrado, casi cadavérico, sin luz en su mirada, como ausente, incluso parecía un ser sin alma, nada que ver con las apariciones del principio de su mandato no electo. Tengo la teoría además, de que si no se cultiva el interior y se da cabida a pensamientos negativos hacia otras personas, se puede ser parasitado por seres que se alimentan de esa energía, y esto no solo lo digo yo, hay varias culturas que lo creen también. Y al revés sucede lo contrario, por eso las personas que brillan de verdad, que parecen que derrochan luz es porque muy probablemente, están influenciadas por altas entidades espirituales a su alrededor. Cuidar lo que somos por dentro, refleja una vibración al fin y al cabo, y por eso atrae unas energías u otras en propia consonancia energética. Al final, el físico siempre muestra y atrae lo que llevamos dentro. 

También está el caso de personas que tienen muy buena apariencia física pero en las que hay algo que chirría cuando se las observa, en lo que irradian. Y eso puede indicar que han descuidado su interior y que no lo cultivan del mismo modo en el que invierten tiempo en su exterior. Ese tipo de personas cuyos únicos valores quizá sean físicos o materialistas, también terminan revelándolo, porque no desprenden una energía armoniosa ni esa luz de la que hablo, aunque por fuera se esfuercen en demostrar lo contrario. Para quienes somos especialmente perceptivos o tenemos una sensibilidad más alta, como es mi caso, esas cosas no pasan desapercibidas.

Las personas que se cuidan consistentemente, que invierten en su apariencia de forma sostenida, no son más superficiales. A menudo son más profundas, porque han aprendido que la disciplina en un área de la vida se manifiesta en todas las demás. Son elecciones existenciales sobre poder personal y sobre la capacidad de moldear la realidad a través de esas elecciones. Hay personas que irradian algo imposible de fingir y no es perfección física, sino presencia, es luz. Es coherencia entre lo que sienten, lo que piensan y lo que proyectan. Y eso termina reflejándose en el rostro, en la mirada, en la forma de caminar, las posturas y de existir.  En cualquier caso, la apariencia es una parte más de nosotros mismos, igual de importante que nuestra inteligencia o nuestros valores personales. No le demos un valor meramente superficial, no como modo de clasificar a nadie, sino como un ejercicio de autocuidado y de respeto personal. 

En el fondo, de eso se trata todo esto de lo que he hablado. De comprender que cuidarnos no es un acto superficial, ni de mera apariencia, sino una forma silenciosa de amor propio. Una manera de decirnos, incluso en los días difíciles, que somos merecedores. Porque la apariencia no habla solo de cómo queremos que nos vea el mundo, sino también de cómo decidimos habitarnos a nosotros mismos. Del cuidado de nuestra mente, cuerpo, energía y forma de estar en el mundo. El verdadero atractivo nunca es la perfección, sino algo tan sutil como la armonía interior y exterior y la coherencia entre ambas. Cuando nos tratamos con amor, dignidad y consciencia, tarde o temprano todo empieza a florecer. 


Un abracito. 



Beatriz Casaus 2026 ©