lunes, 2 de marzo de 2026

El gran parto de una nueva humanidad

 “Los millonarios no usan la astrología, los multimillonarios, sí.” (J. P. Morgan)

“Todos estamos en el pozo, pero algunos miramos las estrellas.” (Oscar Wilde)



Hoy quiero hablar de algo que me fascina profundamente: la astrología y los acontecimientos más relevantes de este año, que resultan absolutamente inéditos en términos astrológicos y no son baladí. Pero antes de entrar en materia, conviene recordar la importancia histórica y cultural de este saber, para darle el lugar que merece.

El Día de Reyes, tan arraigado en nuestra tradición, está íntimamente ligado a la astrología. Es el día en el que se celebra este saber milenario. Los tres Reyes Magos son reconocidos como sabios que llegaron al nacimiento de Jesús siguiendo una estrella en el firmamento hasta Belén. No eran simples viajeros, sino hombres instruidos en la observación del cielo, representantes de una antigua ciencia sagrada que interpretaba los signos celestes como lenguaje simbólico del destino. Eran, por lo tanto, sabios astrólogos.

En España, la astrología nunca fue un saber marginal. Se consolidó con fuerza gracias al rey Alfonso X el Sabio, quien en el siglo XIII impulsó la traducción y el estudio de tratados astrológicos y promovió un vasto compendio de este saber. Bajo su patrocinio, el lenguaje de los astros se integró en la cultura, la ciencia y la espiritualidad de su tiempo. Y no se quedó ahí. En el siglo XV, la astrología contaba incluso con cátedra en la Universidad de Salamanca, donde se estudiaba como disciplina esencial para comprender el orden del mundo, la medicina, la agricultura y el destino humano, entre otras cosas. Hoy, siglos después, seguimos mirando al cielo en busca de sentido.

Y precisamente ahora en el cielo vamos a ser testigos de un momento astrológico profundo y revelador en la historia de la humanidad. Un gran ciclo astral nunca antes vivido. Entramos en terreno desconocido para la astrología porque nunca antes se ha vivido ni registrado. Una especie de reset colectivo. Así de grande es. Por eso este año es fascinante a nivel astrológico pero difícil a nivel humano de sostener. 

Saturno ingresó en Aries el pasado mes de febrero, un acontecimiento que se produce aproximadamente cada treinta años. Y cada vez que ocurre, el clima se transforma. Se abre una etapa distinta, el comienzo de un ciclo completamente nuevo. Saturno ya sabemos que significa el tiempo, la estructura, la responsabilidad, los límites, la realidad y el proceso de maduración individual y colectivo. Aries por su parte, encarna el impulso, la inmediatez, la iniciativa, el inicio, la decisión instantánea y el fuego. Cuando Saturno atraviesa Aries, el mensaje es contundente: actuar desde nuestra identidad auténtica pero con conciencia. Este tránsito se extenderá durante poco más de dos años, por lo que no es algo pasajero, sino un proceso de fondo. 

Y aquí aparece la tensión natural entre ambos arquetipos antagónicos: Aries quiere avanzar deprisa, iniciar y lanzarse mientras que Saturno exige paciencia, planificación y evaluación de consecuencias. Se trata de aprender a integrar determinación y prudencia con impulso y constancia. De transformar la urgencia en construcción sólida, porque a Saturno no le gustan los atajos, sino que fortalece lo que está bien cimentado y desmantela lo que es mera apariencia. Es el momento de enfrentar temores, de ordenar lo que estaba disperso y de establecer límites donde antes no los había. Es, en definitiva, el paso hacia una madurez colectiva más consciente.

Pero esto no ocurre en solitario. El acontecimiento astrológico más fascinante de este año ha sido la conjunción Saturno–Neptuno en el grado 0 de Aries. El punto cero de una nueva humanidad. El nacimiento de una nueva identidad humana. No se trata solo de un tránsito más: simboliza el fin de un ciclo larguísimo y el comienzo de otro. Marca un antes y un después en nuestra estructura social y en la forma en que percibimos la realidad. El pasado 20 de febrero se perfeccionó esta conjunción histórica y que haya ocurrido en el grado cero de Aries, el inicio del zodiaco, el llamado “canal de parto” de la rueda astrológica, no es casual.

En el grado 0 de Aries se activa un proceso profundo de desmantelamiento. Comienza la caída de sistemas, ideologías y estructuras (Saturno) que han evidenciado su carácter ilusorio o desconectado de la realidad (Neptuno). Todo aquello que se haya mantenido sobre la falsedad, la corrupción o una narrativa colectiva engañosa pierde consistencia y deja de sostenerse por sí mismo. Este proceso de disolución y posterior reconfiguración alcanzará a gobiernos, monarquías y cualquier figura que represente una autoridad carente de autenticidad. Aquello que no supere la prueba de la verdad terminará desplomándose. Solo permanecerá en pie lo que tenga fundamento real y legitimidad propia.

La conjunción de Saturno y Neptuno marca un punto de inflexión colectivo. Nos empuja a levantar lo nuevo sobre cimientos sólidos, honestos y coherentes con la verdad. Lo que ya no tiene consistencia interna empieza a resquebrajarse para dejar espacio a otra realidad. El desorden que percibimos no es un fallo del sistema: es el mecanismo natural de reajuste. Es la evidencia de que antiguas creencias, patrones y formas de vibrar ya no pueden sostener el nivel de conciencia que estamos alcanzando.

Antes de florecer, muchas estructuras deberán caer. Cuando todo parezca inestable, y es probable que esa sensación aumente, conviene recordar que se trata de un proceso de depuración. La luz no destruye por capricho sino que disuelve lo obsoleto para liberar espacio a una etapa más consciente y más auténtica.

Dentro de este movimiento, Saturno empieza a materializar las visiones de Neptuno. Aquello que hasta ahora era intuición, sueño o ideal comienza a exigir coherencia, límites y compromiso. Se dibuja así un nuevo ciclo para la humanidad: una manera de convivir sustentada en la colaboración, la co-creación y la evolución interior consciente, reconociendo al otro no como oposición, sino como expresión del mismo entramado humano.

Son valores elevados que todavía estamos aprendiendo a llevar a la práctica tras siglos de fragmentación y enfrentamiento. Sin embargo, si mantenemos la claridad de propósito y la constancia en nuestras acciones, pueden dejar de ser solo aspiraciones y convertirse en una realidad tangible.

A nivel personal, esta conjunción actúa en el área de tu carta natal donde tengas el grado cero de Aries. Allí caerán estructuras para que puedas distinguir qué es real y qué no, y para que comiences a crear basado en tu verdadera identidad.

Y como si todo esto fuera poco, el clima general de esta época refuerza la magnitud del momento. 2026 es fascinante y nunca antes visto: Urano, Neptuno y Plutón cambian de signo de manera casi consecutiva, ingresando en signos de fuego y aire y formando aspectos armónicos entre sí. No hablamos de tendencias superficiales, sino de movimientos estructurales que condicionarán nuestro futuro.

El trígono entre Plutón en Acuario y Urano en Géminis representa una profunda transformación en el ámbito tecnológico y en la manera de pensar. La comunicación se expande hasta volverse difícil de limitar, y la información circula por vías que ningún sistema puede bloquear por completo.

Este exceso de estímulo mental y de intercambio constante, tan característico de la Era de Acuario y reforzado por la entrada de Urano en Géminis, encontrará un contrapeso en Mercurio, que a lo largo del año retrogradará tres veces en signos de agua. Estos periodos nos invitarán a desacelerar, a revisar y, sobre todo, a integrar mente y emoción, ayudándonos a reorganizar nuestro mundo interior y dar coherencia a lo que sentimos y pensamos.

A ello se le suman los eclipses: el pasado eclipse de Sol en Acuario del 17 de febrero, que sacudió estructuras colectivas; el próximo eclipse total lunar en Virgo este 3 de marzo, que marca un cierre; el eclipse total de Sol en Leo el 12 de agosto, que indica pérdida de alguna figura social importante y por último, el eclipse parcial de luna el 28 de agosto en Piscis.

Otros movimientos importantes este año son: Mercurio ha iniciado su primera retrogradación del año en Piscis el día 26 hasta el 20 de marzo, invitándonos a revisar y corregir; Neptuno ingresó en Aries el 27 de enero, simbolizando un despertar masivo de conciencia; El 20 de junio, Quirón comenzará su tránsito por Tauro, abriendo un proceso de sanación profunda del valor personal y material; Júpiter entrará en Leo el 30 de junio para expandir la soberanía individual e impulsarnos a manifestar nuestros dones. Y el 19 de agosto, los nodos lunares cambiarán al eje Acuario/Leo, desplazando la conciencia del “yo” hacia el “yo dentro del nosotros”, dejando a un lado las dinámicas del eje Piscis/Virgo que venimos trabajando.

Sobre la entrada de Júpiter en Leo en junio, me parece importante remarcarlo porque simbolizará el retorno del rey interior. Se expandirá el corazón, el brillo propio y la creatividad. Nos empujará a recordar que somos creadores de la realidad, ya que se producirá una expansión de la soberanía individual. Leo es el corazón, el brillo propio y Júpiter ahí es el disfrute, el gozo. Nos daremos cuenta de que no somos simples peones, ni queremos ser más siervos de un sistema que se cae. 

En conjunto, no estamos ante un año más. Estamos frente a un punto de inflexión. Un antes y un después. Un despertar que implica, inevitablemente, un parto colectivo. Se cierra una etapa y comienza otra. Puede sentirse como derrumbe o vivirse como desorden, pero en el fondo es un llamado a crecer, a asumir responsabilidad, a edificar con honestidad y a sostener nuestra vida con mayor lucidez y coherencia.

Lo que sucede a nivel mundial es intenso, incluso conmovedor. Sin embargo, desde la mirada astrológica estos movimientos no son sorpresivos: forman parte de un ciclo anunciado. Lo que ahora se vuelve evidente es la urgencia de gestar algo distinto. Y ese “algo distinto” no consiste en cambiar de bando ni en reforzar la polarización. No se trata de repetir la lógica de enfrentamiento que ha fragmentado a la humanidad durante siglos. Lo nuevo no surge de la reacción, sino de la conciencia. No nace del choque, sino de la comprensión.

Lo nuevo implica paz, equilibrio, ecuanimidad. Supone aprender a observar antes de responder, a discernir antes de juzgar. Venimos de una historia marcada por la división y el pensamiento dual, y precisamente por eso este momento resulta tan crucial. Estamos al comienzo de una nueva etapa. Mi deseo es que sepamos habitarla con responsabilidad y hagamos que realmente valga la pena. :)

Un fuerte abrazo.



Beatriz Casaus 2026 ©






martes, 17 de febrero de 2026

El espejo que no quiero habitar

“Algunas personas pasan por nuestra vida para enseñarnos a no ser como ellas.” (León Tolstói)


“Busca tres cosas en una persona: inteligencia, energía e integridad. Si no tiene la última, ni te molestes con las primeras dos.” (Warren Buffett)


“Son los débiles los que son crueles. La bondad solo puede venir de los fuertes.” (Leo Rosten)



La gente que más me motiva es, justamente, aquella a la que no me quiero parecer. Por contradictorio que parezca (y lo digo de verdad), me sucede constantemente. Son mi principal impulso porque me muestran con claridad aquello que no quiero ser ni en lo que deseo convertirme. A veces la mayor motivación no nace de la admiración, sino del contraste. Mi inspiración, en cambio, viene de las personas buenas, justas, íntegras e inteligentes; pero quienes realmente me empujan a querer ser mi mejor versión son, en realidad, aquellos a quienes menos quiero parecerme.

Y, en ese equilibrio, también están las personas que me elevan: aquellas que me suman con su sabiduría, conocimiento y entendimiento, que me descubren nuevas perspectivas y, sobre todo, que me acompañan a conocerme más a mí misma a través de lo que comparten. Son ellas quienes nutren esa búsqueda constante de mejora y refuerzan mi deseo de crecer.

La única forma de impresionarme es siendo buena persona de manera genuina, no ficticia. Porque se nota cuando alguien pretende parecerlo. Quien necesita demostrar su bondad suele hacer alarde de ella. Si alguien realiza un acto “bueno” pero necesita una cámara que lo registre, o estar rodeado de un público cuando lo hace, muchas veces responde más al postureo y a la necesidad de validar su imagen que a una intención auténtica. Puede que busque aplausos más que propósito. 

Por eso valoro tanto la coherencia entre lo que alguien muestra y lo que realmente es. Siento un profundo respeto, e incluso atracción, por las personas con corazones limpios y buenas intenciones reales. Conozco gente que se esfuerza en parecer buena, pero cuya conducta contradice esa imagen y que mantienen máscaras mientras tratan mal a sus allegados o a quienes consideran (según el pobre sistema de valores dominante) en una jerarquía inferior. Y son justamente esos contrastes los que me recuerdan con claridad el tipo de persona que elijo no ser.

Con el tiempo he entendido que las personas que me han hecho sentir mal en algún momento, rara vez representan el tipo de vida que yo deseo construir. A veces, lo que se muestra hacia fuera no siempre refleja lo que hay dentro, y ese contraste me sirve como recordatorio de mis propios valores. Más que juzgar, lo tomo como aprendizaje: me ayuda a clarificar qué quiero cultivar, y qué no, en mi vida. Y, desde ahí, encuentro una motivación tranquila para seguir creciendo en la dirección que elijo.

En el terreno del cuidado personal, también tengo una postura clara. Descuidar el cuerpo es, para mí, una señal de desconexión con el propio cuidado y la salud. El cuerpo refleja disciplina, amor propio y coherencia. No se trata de estética, sino de hábitos. Comer de manera consciente es también un acto de respeto hacia uno mismo. Yo elijo dedicar cada día al menos un espacio al esfuerzo físico, aunque suponga vencer la pereza. Cuidar lo que ingiero y mover mi cuerpo es parte de mi compromiso personal. No lo vivo como una imposición, sino como una elección consciente para sentirme fuerte y sana. Si no soy capaz de superarme y de salir de la comodidad, siento que ese día no he crecido.

Creo firmemente que existe una relación clara entre alimentación, actividad física y bienestar emocional. Controlar impulsos o cuestionar si comemos por hambre real o por ansiedad son ejercicios de autoconocimiento. Muchas veces comemos para tapar carencias emocionales. Cuidar lo que ingerimos es cuidar la mente: no en vano se dice que el intestino es nuestro segundo cerebro. Tampoco creo en la idea de que el deterioro físico sea inevitable con la edad, sino que creo en la responsabilidad personal. Ver, por lo tanto, hábitos que no deseo replicar, refuerza mi compromiso conmigo misma. Estos hábitos, justamente, me recuerdan el camino que no quiero tomar.

En las relaciones ocurre algo similar. La verdadera fortaleza no menosprecia al otro, sino que lo eleva. Quien es seguro no necesita humillar. Muchas veces el abuso de poder nace de inseguridades profundas que se disfrazan de autoridad. Hay entornos (especialmente laborales) donde la apariencia pesa más que la integridad, y donde la proyección externa se utiliza para compensar vacíos internos. En cambio, quienes son genuinamente seguros ayudan, apoyan y no se sienten amenazados por el brillo ajeno. Cada persona da lo que lleva dentro: quien se desprecia a sí mismo tenderá a competir desde el miedo.

La envidia es otro espejo revelador. Nunca he visto a alguien fuerte y seguro envidiar a otro. La envidia suele nacer de la inseguridad. Cuando alguien destaca, expone fragilidades ajenas. Paradójicamente, quienes más critican o envidian son a menudo quienes más observan, los conocidos como "haters”. La admiración no reconocida también es una forma de inspiración torcida. Incluso he llegado a ver personas a las que aparentemente no les agrado, copiando mi forma de vestir, mis gustos… lo que resulta, cuanto menos, curioso.

La crítica constante a los demás y el hablar a las espaldas también revelan mucho. Esa dinámica genera una energía pesada que intoxica los entornos. La palabra tiene peso. Elegir qué decir, y qué callar, es una forma de respeto. Cuando no hay nada constructivo que aportar, el silencio es una muestra de inteligencia emocional. Me atraen las personas conscientes del poder de sus palabras y de quienes saben guardar silencio.

Algo similar sucede con el papel de víctima. Todos cargamos con algún sufrimiento o con un pasado difícil, pero eso no tiene por qué convertirse en una excusa para quedarse anclado en él. A veces se asume erróneamente que, si no te presentas como víctima, es porque no has atravesado nada duro; cuando, en realidad, muchas de las personas más amables, alegres y fuertes que conozco han tenido historias profundamente difíciles. Siempre digo que las circunstancias no nos definen tanto como la actitud con la que decidimos afrontarlas. Hay elección, responsabilidad y perdón. Algunas personas, sin darse cuenta, se vuelven adictas a sus propias cadenas, aferrándose a la herida hasta convertirla en parte de su identidad. Yo elijo no vivir desde ahí, sino aprender, soltar y avanzar.

La queja constante también inmoviliza. No quiero parecerme a quienes viven quejándose. Prefiero la acción, la responsabilidad y la búsqueda de soluciones. Tampoco quiero parecerme a quienes viven dominados por su ego. El ego desmedido limita. Prefiero la conciencia, la humildad y la capacidad de mirarse con honestidad.

Al final, lo que realmente me atrae es la mentalidad de las personas y sus actos, porque son ellos los que revelan quién es cada uno. Y, muchas veces, son precisamente los ejemplos que no quiero seguir los que más me enseñan hacia dónde sí quiero dirigirme: hacia mi mejor versión en todas las áreas. Por eso también elijo tomar distancia de aquello que no resuena con mis valores, aprendiendo del contraste sin quedarme cerca de lo que no quiero cultivar en mi vida.

Un abrazote. 


Beatriz Casaus 2026 ©





lunes, 2 de febrero de 2026

Capricornio: La verdad de Saturno

“Decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores, vosotros sois el tiempo.” (San Agustín)

“El éxito, como la felicidad, es el efecto secundario inesperado de la dedicación personal a una causa mayor que uno mismo.” (Viktor Frankl)

 


El pasado 21 de diciembre, el Sol ingresó en el signo de Capricornio, inaugurando como cada año el Solsticio de invierno en el hemisferio norte y el Solsticio de verano en el hemisferio sur. El grado 0 de Capricornio es un punto del zodíaco muy significativo, ya que ha sido considerado desde la antigüedad como un portal de entrada de energía, una especie de umbral simbólico desde el cual se “recibe” la fuerza del centro galáctico. No es casual que antiguamente se celebrara como el día del “Sol Invictus”, el nacimiento de la luz, el momento en el que los días empiezan lentamente a alargarse. Y precisamente por eso, es la noche más larga en el hemisferio norte. 

Y aquí me parece importante añadir un matiz: históricamente no hay consenso sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo, quien muy probablemente no nació un 25 de diciembre. Esa fecha se fijó siglos después, en parte por motivos culturales, para hacerlo coincidir con antiguas celebraciones romanas vinculadas al renacimiento de la luz tras el solsticio. Existen hipótesis y textos que sitúan su nacimiento en otras épocas del año (por ejemplo en agosto, lo que lo colocaría en Leo, o en marzo, Piscis). Personalmente, siento más probable esta segunda opción. Hablaré de ello en otro post, si os interesa.

La temporada Capricornio ya ha pasado, pero aunque escribo con retraso, este signo merece su homenaje. Como ya hablé de Acuario en otro post antiguo https://nosoyyosomosnosotros.blogspot.com/2024/11/pluton-en-acuario-hacia-una-era-de-luz.html (y ahora estamos plenamente inmersos en la temporada acuariana), siento que es importante detenerme un momento y dar valor a ese tiempo que acabamos de atravesar. Hoy quiero romper una lanza a favor de este signo (al igual que ya hice con Virgo) porque Capricornio arrastra una mala fama injusta: se le acusa de frialdad, de dureza, de ser excesivamente serio. Y al estar regido por Saturno, un planeta tan exigente como necesario, asociado al trabajo duro, la disciplina, la constancia, los límites, el esfuerzo y el sacrificio, en la astrología tradicional se le ha llamado por ello “el gran maléfico”.

Sin embargo, y esto quiero subrayarlo, necesitamos a Saturno en nuestras vidas. Sin Saturno no habría estructura, no habría orden ni sostén, no habría realidad. Saturno representa el principio de la materialidad. Representa la capacidad de dar forma concreta a lo que pensamos, soñamos o deseamos. Saturno es tiempo y madurez. Es Cronos, en la mitología griega el dios del tiempo, asociado a la sabiduría profunda que se adquiere tras vivir, esperar, resistir y comprender. Por ello también está relacionado con la etapa de la vejez.

Como a mí me gusta hacer analogías para que se entienda bien de lo que hablo, Saturno sería como ir al gimnasio. A nadie le apetece ir, y muchas veces cuesta empezar. Pero una vez allí, a base de esfuerzo, constancia y disciplina, el cuerpo, y también la mente, empiezan a transformarse. Sin milagros ni atajos, sino mucha repetición, paciencia y compromiso. La frase "no pain, no gain" lo resume bien. Esa es, en esencia, la energía de Saturno en su forma más sencilla. No premia lo rápido sino lo sostenido. Al principio no se nota nada, pero con el tiempo llega un día en que te miras al espejo y ves resultados. Merece la pena el sacrificio, porque con dedicación se consigue un cuerpo más tonificado, más fuerte, más firme… y sobre todo, una sensación interna de orgullo porque sabes que te lo has ganado.

Saturno también simboliza la ambición, el éxito, la construcción de una identidad sólida y nuestra posición en el mundo. Por eso se encuentra ligado a la Casa X, la del mundo, la del logro visible, cómo el mundo nos percibe, qué lugar ocupamos, cuál es nuestra reputación, nuestra profesión, nuestro legado. Capricornio es el signo de la madurez, la responsabilidad, el sacrificio necesario para conseguir las cosas. Habla de compromiso, de establecer metas y objetivos, y de lograrlos con tenacidad y determinación.

Además, Capricornio es un signo cardinal, lo que implica inicio, fuerza de arranque y dirección. Por lo que hablamos de personas que, con frecuencia, son líderes natos. Suelen alcanzar puestos de autoridad y no es de extrañar que muchos jefes sean Capricornio, porque este signo está profundamente vinculado al mundo de las jerarquías y las estructuras establecidas. Capricornio es un signo de tierra, por lo que su esencia se relaciona con la solidez, lo real, lo tangible, lo que se puede sostener y demostrar. Es el signo del largo plazo.

Y por esto mismo voy a decir algo que sostengo con fuerza: Capricornio, para mí, es uno de los signos más fieles. Tiene una cualidad preciosa, y es que cuando decide comprometerse, suele hacerlo con una lealtad difícil de encontrar. Cuando está en una relación, Capricornio es, sin duda, una de las energías más fieles y estables que existen. Y no solo en el amor: también a nivel de amistad son profundamente leales, constantes y protectores con los suyos. No suelen fallar y esa es una de sus mayores virtudes. 

Capricornio es leal y demuestra amor con hechos. Cuando se vincula, suele hacerlo con constancia y compromiso. Porque Capricornio se compromete en todo lo que hace y, cuando lo hace, suele ser para toda la vida. De hecho, lo vemos también en grandes ejemplos de Capricornio que vivieron el amor con una lealtad preciosa: David Bowie, con su amor inquebrantable junto a Iman, Freddie Mercury y Jim Hutton (Freddie era Virgo y Jim, Capricornio) o la historia legendaria de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, dos ejemplos que representan esa fidelidad madura y sólida cuando esa energía está bien integrada. 

También quiero enfatizar algo importante: Capricornio no es solo “frío”. Capricornio es, cuando ha madurado, el signo que protege, que sostiene, que construye refugio. A veces se confunde su reserva emocional con falta de sentimientos, cuando en realidad muchas veces es lo contrario. Capricornio siente profundamente, pero no le gusta desperdiciar energía emocional donde no hay verdad, futuro o coherencia. Este signo ama demostrando con hechos, con lealtad, presencia, responsabilidad y permanencia. Capricornio puede no prometer demasiado… pero lo que promete, lo cumple. 

La sombra de Capricornio aparece cuando su necesidad de estructura, seguridad y logro se distorsiona y se convierte en rigidez. En vez de vivir, puede vivir desde el deber. Sentir que solo vale si produce, si cumple, si está “a la altura”. De ahí nacen la autoexigencia, la productividad extrema, el miedo al descanso y una tendencia al control, intentando ordenar la vida para no enfrentarse al caos o a la incertidumbre. 

Muchos Capricornio tienen un gran corazón y son muy buenas personas, aunque al principio puedan parecer fríos y reservados. Pues en su herida, como he dicho antes, Capricornio puede aislarse emocionalmente, reprimir la vulnerabilidad y confundir fortaleza con frialdad, cuando en realidad suele sentir profundamente pero le cuesta mostrarlo. También puede caer en la ambición vacía de lograr mucho y aun así no sentirse pleno, porque el éxito no sustituye lo emocional. Saturno, mal integrado, puede volverse juez, severo, duro consigo y con los demás. En sombra, pueden caer en rigidez mental y dificultad para flexibilizar y querer tener siempre la razón, aunque la mayor parte de las veces, la tienen… Su gran aprendizaje es transformar esa exigencia en sabiduría: comprender que descansar no es fracasar y pedir no es debilidad. 

Es importante resaltar también que el pasado día de Reyes Magos, vivimos un precioso Venus Star Point en Capricornio. Este evento se produce cuando Venus hace conjunción exacta con el Sol y cada vez que sucede se renuevan valores, deseos, la armonía, el equilibrio… según el signo en el que se dé. En este caso, al producirse en Capricornio y con Marte formando parte también, resultó beneficioso para vincularnos desde el compromiso y la responsabilidad. El deseo se orientó hacia lo que puede construirse y sostenerse en el tiempo. Comenzó así un año muy favorable para concretar y consolidar relaciones, asociaciones y proyectos. La presencia de Marte en su signo de exaltación aportó dinamismo y enfoque. Se produjo además en oposición a Júpiter en Cáncer, amplificando la dimensión emocional y recordándonos que toda construcción sólida necesita también sensibilidad y afecto. 

Os deseo un feliz comienzo de febrero, ya en plena temporada Acuario, con su aire rebelde, original y su impulso inevitable de cambio. Acuario no deja indiferente, viene a remover, a cuestionar y a sacarnos de la comodidad. Y con el stellium que tenemos en este signo, estamos atravesando una profunda revolución tan intensa como inevitable, a todos los niveles. Lo vemos en muchas partes de la sociedad y en muchos países, así como a nivel individual. Creo firmemente que las viejas estructuras, las que ya no se sostienen, caerán tarde o temprano. ¡Feliz revolución!

Un abrazo.

Beatriz Casaus 2026 ©


- Esta vez hago un homenaje a mi mejor amigo, Fabio, nacido un 19 de enero... Una persona extraordinaria en todos los sentidos: bueno, culto, inteligente, justo... y con quien me río hasta tener agujetas el día siguiente. Las fotos en las que salgo con él son en Milán y Madrid :) (No dejo las fotos mucho tiempo para que no se queden en Google pululando) Y como dato curioso, decir que tres de las personas más importantes de mi vida nacieron el mismo día en diferentes años… un 19 de enero. Como siempre me gusta recordar, nada es casualidad. 





domingo, 18 de enero de 2026

No me sé la tabla del cero, pero sí la del amor

 “In case you ever foolishly forget. I am never not thinking of you.” (Virginia Woolf)

“Sea cual sea la sustancia en la que están hechas nuestras almas, la suya y la mía son idénticas.” (Emily Brontë)




Hoy es el cumpleaños de la personita que tengo más cerca, no solo en mi vida sino en cada latido. Mi compañero de existencia en esta, y en todas las que vengan. Mi fiel pareja, mejor amigo, amante, refugio, apoyo constante, consejero, mi chef de confianza, el perfecto manitas, la persona más carismática que conozco, un profe increíble, el mejor instructor de buceo, armas... un gran líder y el que siempre ayuda a todos. Mi persona favorita de este y de cualquier universo, conocido o por descubrir.  Él, a quien amo de la forma más amplia que esa palabra puede abarcar. ¡¡Muchísimas felicidades y mucha felicidad hoy y siempre!! Te amodoro. 


Gracias por inundarme de este amor infinito y dejarme vivirlo contigo. Gracias por hacer de lo cotidiano algo extraordinario: incluso ir a comprar al súper es divertido. Gracias por nuestros bailes en cualquier parte (colas incluidas) y por  no soltarme de la mano ni con aguarrás. Gracias porque todos los sitios son testigos de nuestros abrazos, miradas, risas y besos, excepto cuando me salen calenturas :P Es gracioso cómo todo el mundo nos pregunta si nos acabamos de conocer…


Gracias por esta vida tan bonita que estamos construyendo, por enseñarme a que se puede vivir como dos agapornis siendo simples humanos. Gracias por una vida feliz compartida. Gracias por quererme aun sabiendo que soy probablemente la persona más despistada que conocerás jamás (y aún así sigues aquí, lo cual te convierte oficialmente en héroe). Y gracias, sobre todo, por regalarme sin pretenderlo un máster en paz, aprendizaje y armonía a tu lado.

Perdonad este arrebato de cursilería, pero el día lo pide y yo me dejo llevar. Y, cambiando de tercio y como antesala al poema que he escrito, he de confesar que nunca se me dieron bien las matemáticas. Con los números, en general, nunca tuve una relación fácil… siempre fui de letras. Creo que nuestra mala relación empezó pronto y, aunque siempre he admirado la belleza y la universalidad de las matemáticas, mi cabeza parecía hecha de otra materia.

Eso sí, tuve suerte. Solía caer bien a los profesores (sobre todo a mi profesora de matemáticas, que se reía mucho conmigo) y sospecho que, por cariño, hacía la vista gorda a mi poco uso del hemisferio izquierdo. Mientras sacaba sobresalientes en Lengua, Literatura o Historia, en Matemáticas apenas alcanzaba el cinco o el seis.

Por eso seguí mi inclinación natural y elegí el bachillerato de letras, con Latín y Griego, materias que me fascinaban. Fue entonces cuando nació mi amor por la mitología y por la cultura griega, que todavía hoy me acompaña. Recuerdo, además, que cuanto más estudiaba Física, Química o Matemáticas, más crecía mi fe: una vez, en el reverso de un examen de Física, le escribí a mi profesor que, gracias a todo lo que me había enseñado, creía más en Dios. Él era ateo, así que debió de quedarse perplejo. Ya entonces era bastante transparente y decía lo que sentía de verdad.

Este poema nace de ahí: de mi nula relación con los números… y de la preciosa relación que tengo con mi pareja. Para Él, este poema.

Que la vida te devuelva multiplicado todo lo que das.





No me sé la tabla del 0



Nunca se me dieron bien los números. 

Siempre he sido de letras, 

de las que se escriben en la piel. 

Y he tocado el infinito con la tuya. 


Dicen que lo pequeño es fácil, 

pero sin ti, 

que eres lo menos pequeño que conozco,

no me sé ni una mísera suma. 


No me salen los números con la vida 

si no puedo engendrar 

las palabras suficientes

para describir lo feliz que soy a tu lado.


Amar sin medir,

sin contabilidad emocional.

Medrar con hogueras de imaginación 

y llamarlo nuestro hogar. 

 

Se me fue el tiempo 

contando tus virtudes 

mientras olvidaba las mías.  

En cambio memoricé poemas  

para que no acabaran nunca,

como si la poesía pudiera salvar al mundo,

porque a mí desde luego sí.


No conozco la aritmética del desgaste.

Las matemáticas son

para quienes se atreven a restar,

para soltar años 

y comprar calendarios nuevos.


Siempre empecé por la del uno, 

me perdí ahí, conmigo misma. 

Llenando el vacío de fuera hacia dentro,

como la educación femenina. 


Me sé la del dos: 

pensar por dos -en eso soy buena-

doblar sábanas gastadas por amor, 

multiplicar mis sonrisas por las tuyas, 

y rezar por los dos.


También me sé bien la del tres: 

ser hija, ser pareja, ser fuerte. 

Tres columnas sosteniendo una mesa 

que nunca descansa. 

Repetir “no pasa nada”, 

hasta que pasa. 


Pero la del cero… esa no. 

No me interesa.


El cero es la pausa 

cuando nadie aplaude. 

No produce, no cotiza, 

no tiene perfume 

ni un plan de pensiones. 

El cero no se cuenta 

con los dedos de las manos.


Conozco el número 𝜋 de tu cuerpo 

con una precisión obscena. 

Pero con los números en general,

no me llevo bien.

No me creen cuando les cuento 

las innumerables veces

que me he caído

o las infinitas veces 

que me he vuelto a enamorar de ti

en cada amanecer. 


 -Tienes que quererte más- 

me dice la gente que cree en los números 

más que en las palabras,

y lo dicen deprisa, 

como quien receta paracetamol

para seguir contando años.

No dan ni agua 

a una mujer incendiada. 


He aprendido cero veces 

a explicarme. 

Cero veces a justificar mi ausencia. 

Cero veces a recitar mi cansancio. 

Cero veces a sonreír por educación. 


Multiplicarte por nada 

no da ningún beneficio.


Prefiero dividir felicidad 

para compartirla contigo.

 

No sé ni cuántas veces te he visto 

crecer dentro de mí, 

tantas que pensé que tú eras yo 

y padecía cuando tú sufrías.


Y no sé cuántas veces 

no te he pensado ni un momento.

Cero veces, para ser exactos.



Beatriz Casaus 2026 ©