jueves, 23 de abril de 2026

La belleza de la vulnerabilidad

“La pluma es la lengua del alma.” (Miguel de Cervantes)

“Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.” (Shakespeare)



Hoy, 23 de abril, celebramos el Día del Libro. Una fecha que, envuelta casi en un halo poético, se asocia a la muerte de tres grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Aunque la realidad histórica no fuera exactamente así, se ha decidido creer en esa coincidencia simbólica. Quizá eso también tenga algo de belleza. 

En Cataluña, hoy además, se celebra Sant Jordi, donde se regala un libro y una rosa, como si la cultura y el amor se dieran la mano. Y no se me ocurre mejor forma que honrar este día que hablando de arte, y por ello me voy a detener en Shakespeare, aunque no desde sus páginas, sino desde una historia llevada al cine que recoge la esencia de su vida y su dolor. 

El otro día pude ver la última película de la directora Chloé Zhao, “Hamnet”, basada en un episodio de la vida del famoso escritor y su familia. Me parece importante remarcarla por su belleza devastadora que encoge el corazón y lo devasta con las interpretaciones de sus dos protagonistas. Representa el arte como proceso catártico del duelo y cómo el dolor puede unirnos.

 Y fue precisamente uno de ellos, Paul Mescal, quien influyó en el precioso, necesario y emotivo discurso que dio su directora al recibir el Golden Globe 2026 a mejor película de drama el pasado febrero. Al recibir el premio, mencionó las palabras que Paul Mescal le había expresado esa misma mañana: “Lo más importante de ser artista es aprender a ser lo suficientemente vulnerables para permitirnos ser vistos por quiénes somos, no por quien deberíamos ser.” 

Destacó la vulnerabilidad como esencia del arte, promoviendo la empatía y la conexión humana. Enfatizó la importancia de mostrar las partes imperfectas o temerosas de uno mismo, para que el público pueda hacer lo mismo.  El arte como necesidad de mantener los corazones abiertos, para dejarnos ser vistos, para provocar ese lazo que solo se consigue desde el desnudo de los sentimientos. Para poder vernos los unos a los otros. 

Yo uso el arte, en mi caso escribir, también como proceso catártico. Y me inclino hacia la desnudez total de la vulnerabilidad no solo como forma de conexión sino por razones propias de existencia. Reivindico siempre la vulnerabilidad y la expresión de ella. Dejando a un lado las máscaras, los muros o los caparazones que nos queramos construir para intentar ocultar lo que sentimos en frente de los demás, cuando, en realidad, no existe nada más humano que compartir nuestras verdaderas emociones. No hay nada que cree un vínculo más sincero que compartirlo. 

Además, soy fiel defensora de que las experiencias personales están para compartirse. No son solo para guardarlas para uno mismo, sino también para ponerlas al servicio de otros. Porque cuando las compartimos, pueden resonar en quienes se sienten identificados y, de alguna manera, todos aprendemos de todos. Por eso, últimamente las incluyo más en mi blog: siento que acercan y generan una conexión más real.

Siempre he sido muy abierta en ese sentido. No me importa mostrarme natural, transparente y sin máscaras. Valoro profundamente a las personas que también saben mostrarse con autenticidad. En cambio, quienes nunca cuentan nada, se muestran herméticos o se esconden constantemente, me generan cierta desconfianza. Prefiero la naturalidad de quien comparte, de quien se muestra y de quien no tiene miedo a ser visto. Así, siempre hay un aprendizaje mutuo.

Merece la pena recordar que el arte, en última instancia  sana, tanto a quien lo hace, como a quien lo recibe. 


Un abrazote. 


Beatriz Casaus 2026 ©





domingo, 5 de abril de 2026

A la hora nona

 “Y Dios dijo: ama a tu enemigo. Y yo le obedecí y me amé a mí mismo.” (Khalil Gibran)

“Ama al hombre incluso en su pecado, pues ese amor es ya una semejanza del amor divino y es la cima del amor en la tierra.” (Fiódor Dostoievski)





Esta es la imagen que me dio la mujer de la historia que cuento a continuación



Varios científicos de la NASA llevan años investigando fenómenos astronómicos ocurridos desde hace miles de años. Gracias a estos estudios, hoy podemos reconstruir con bastante precisión, ciertos eventos descritos en los textos bíblicos. Y es precisamente al unir estos datos científicos con los relatos del Evangelio, cuando se ha descubierto algo profundamente revelador: esta Semana Santa no ha sido una cualquiera. 

En el capítulo 27 del Evangelio de Mateo se narra que, en el momento de la muerte de Jesús, “la tierra tembló” (versículo 51) y que “desde la hora sexta hasta la hora nona hubo tinieblas sobre toda la tierra” (versículo 45). A esto se suma el testimonio recogido en los Hechos de los Apóstoles, donde, a través de las palabras de Pedro, se menciona que no solo hubo oscuridad, sino que la luna se volvió roja.

Si conectamos estos relatos con los registros astronómicos, encontramos que, efectivamente, hubo un eclipse lunar visible en Jerusalén en esa época, ese mismo día y a esa misma hora, que pudo teñir la luna de un tono rojizo. Todo ello nos permite situar, con bastante precisión, la crucifixión en el día 3 de abril del año 33. La misma fecha que este año.

Esto significa que, este pasado Viernes Santo, 3 de abril, a las 15:00 horas (la hora nona) se cumplieron 1993 de la muerte de un Dios hecho hombre que entregó su vida por amor a la humanidad. Y, aunque algunos lo llamarían casualidad, yo prefiero llamarlo “diosidencia”.

Sin embargo, a pesar de la magnitud de este acontecimiento (y de ser, en realidad, la razón misma de la Semana Santa), a menudo lo olvidamos. Lo sustituimos por celebraciones superficiales, por tradiciones vacías de contenido, por días festivos desconectados de su origen. Nos quedamos con la forma y perdemos el fondo. Tal y como sucede también con la Navidad.

Por eso quiero compartir algo que viví hace poco. Porque hay momentos en los que lo invisible se vuelve tangible y algo, de alguna manera, parece recordarnos que Él sigue ahí. 

El pasado San Valentín, mi pareja y yo viajamos a una ciudad a la que llevaba años queriendo regresar: Zamora. Había estado allí de niña, pero sentía el deseo de volver a recorrerla desde otra mirada, desde la conciencia de adulta.

Zamora es una ciudad pequeña, recogida, que se deja caminar en un día, pero que guarda una riqueza inmensa: es el lugar del mundo con mayor concentración de iglesias románicas. Muchas veces buscamos lo extraordinario lejos, en otros países, en lo exótico, olvidando la profundidad cultural que tenemos tan cerca. España es, sin duda, uno de los países más ricos del mundo en historia, arte, patrimonio… y también en vida.

No pensaba contar este viaje, porque hay experiencias que parecen pertenecer únicamente al ámbito íntimo. Pero lo que ocurrió allí cambió algo en mí y en mi pareja. Nos alojamos en un aparthotel en la Plaza Mayor. Justo debajo, en el mismo edificio, había un local del propio dueño donde nos sentamos a tomar algo. Ese fin de semana coincidía con los carnavales, y la plaza estaba llena de música, disfraces y gente celebrando.

Diez minutos antes, yo había estado hablándole a mi pareja sobre Jesús. Sin hacer proselitismo, simplemente le estaba compartiendo mi visión sobre su fuerza y sobre ese amor que trasciende cualquier mal. Sin ninguna intención de evangelizar ni nada por el estilo. Siempre me dice que le gusta escucharme, que le transmite paz verme hablar con tanta pasión y entusiasmo de lo que amo, y que aprende mucho de esas conversaciones, del mismo modo que yo aprendo cuando le escucho a él.

Salimos de aquel bar y estábamos simplemente observando la escena en la plaza cuando ocurrió algo inesperado. De repente, una mujer apareció. Era rubia, con el pelo largo, cubierta con una capucha. Yo no logré verle la cara. Me cuenta mi pareja que se dirigió muy decidida directamente hacia mí, sin mirar a nadie más, sin interactuar con ninguna otra persona. Se acercó, me entregó una pequeña estampita del Sagrado Corazón de Jesús que decía: “Jesús, en ti confío”. Y se fue. Pero no se fue por donde estaba toda la gente. No siguió el flujo natural de la plaza. Desapareció por un callejón lateral. Sin interactuar con nadie más, igual que como llegó. 

En ese instante, algo dentro de mí se estremeció. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas y el corazón se me encogió. No podía apartar la mirada de aquella imagen. Me sentí plenamente agradecida por aquel gesto que me confirmaba, de algún modo, que aquello que había compartido apenas diez minutos antes, (con fe y amor) no había caído en el vacío. Para mí, no fue un gesto casual. Fue una especie de respuesta.

Mi pareja lo vivió con la misma intensidad. Me contó, aún sorprendido, que aquella mujer apareció de la nada, que se dirigió directamente a mí, mirándome desde la distancia, que aún a día de hoy no sabe de dónde apareció, porque pocos segundos antes, él había estado mirando en esa misma dirección y no estaba. Según él, apareció de la nada. Esta misteriosa mujer parece ser que no dudó ni un segundo en acercarse, pero solo a mí, vino directamente hacia mí, sin mirar a nadie más y se fue del mismo modo. 

A día de hoy, cuando mi pareja lo recuerda, se emociona. Y teniendo en cuenta cómo es él, choca bastante. No es una persona que se impresione fácilmente por nada, ni muchísimo menos. No es tan siquiera espiritual, aunque ahora ya sí considera que cree en Dios, para sorpresa de todos. Lo que siempre dice es que lo que le pasa conmigo, no le pasa con nadie más y se emociona incluso al contarlo. Recuerdo en ese momento cómo él estaba mucho más sorprendido que yo. No daba crédito. Él explica, cuando cuenta este relato, que si alguien se lo hubiera contado, no lo habría creído. Pero lo vio. Lo vivió, estaba allí. Y hay experiencias que, cuando se viven, ya no necesitan explicación.

Desde entonces, esa estampita está en mi mesilla de noche, junto a otras pequeñas cosas que guardo con cariño. No como un objeto, sino como un recordatorio. Porque, a veces, necesitamos señales. No porque Él no esté, sino porque nosotros olvidamos.

Cuento esta historia precisamente por eso: para recordar que Jesús no es solo historia, ni símbolo, ni tradición. Es presencia. Y sigue encontrando formas de llegar a nosotros.

Si queréis acercaros a su figura desde otro lugar, os recomiendo la serie The Chosen. Es, sencillamente, preciosa. Y, por cierto, Mel Gibson ya está rodando la continuación de su película sobre Cristo, titulada “La resurrección de Cristo”, cuyo estreno está previsto para Semana Santa de 2027. Qué ganas…

Os dejo con un poema en honor al más grande.

Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.


*** Antes dejo por aquí el Padre Nuestro en arameo que era la lengua que usaba Jesús (Yeshua ben Yosef, Yeshua Messiah) yo me lo he aprendido de memoria y lo recito a diario. Es increíble la fuerza que transmite al pronunciarlo en las mismas palabras que usó Él:



“Abwun d'bwashmaya (Padre nuestro que estás en los cielos) Nethqadash shmokh (Santificado sea tu nombre) Tethe malkuthokh (Venga a nosotros tu reino) Nehwe tzevyanokh (Hágase tu voluntad) Aykan d'bashmaya af ba'ara (En la tierra como en el cielo) Hab lan lakhma d'sunkanan yaomana (Danos hoy nuestro pan de cada día) Washbwol lan khobayn (Perdona nuestras ofensas) Aykan d'af khnan shbaqan l'khayabayn (Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden) Wela takhlan l'nesyuna (No nos dejes caer en la tentación) Ela patzan min bisha (Y líbranos del mal) Metol d'dilokh hi malkutha (Porque tuyo es el reino) Wakhayla wateshbukhta (El poder y la gloria) L'alam almin. Amén. (Por los siglos de los siglos. Amén)”


¡Abrazo!


A la hora nona


En Él la Palabra se hizo carne,

habitó el verbo,

partió el tiempo en dos. 


Amó 

demostrando al ser humano cómo hacerlo. 


Encarnó la misericordia. 

Perdonó, consoló,

ensalzó a los marginados, 

a los pobres, los enfermos. 


Hizo viva la palabra amor. 


Desde Él, contamos los años.


No quiero una Pascua de colores pastel,

risas huecas entre azúcares de torrijas,

niños buscando huevos de chocolate,

cuerpos al sol 

que han olvidado por qué hay luz.


Quiero recordar el temblor de la tierra,

el cielo rasgado en sombra,

a la hora nona.


Cuando unos lloraban a sus pies,

desconsolados,

y otros se escondían,

algo invisible 

se quebró dentro de todos

para siempre.


Quiero recordar su sangre como verdad,

no como espectáculo.


Honrar su cuerpo herido.


Fue golpeado 

pero no devolvió odio.

Fue humillado 

pero no levantó juicio.

Fue torturado 

pero no gritó venganza.


Clamó por el perdón 

de quienes le herían.

Nos recordó 

el peligro de la ignorancia. 


En medio del dolor, 

uno que ningún hombre debería sostener,

brotó su misericordia.


No murió en abstracto: 

murió en un cuerpo, 

en una cruz, 

entre dos ladrones.


Murió por tu nombre, 

por tu historia, 

por tu dolor, 

por tus errores.


Por las noches que te perdiste 

y no sabías volver.


Desde ese instante 

fuiste visto,

fuiste reconocido,

fuiste amado.


Murió sabiendo quién eres 

y, aún así, 

te eligió. 


Y en ese gesto no hay tragedia, 

hay promesa.

Hay Victoria.


La vida 

retiró la piedra sellada.


La muerte no fue el final, 

sino la puerta.


El camino es Él.



Beatriz Casaus 2026 ©





lunes, 23 de marzo de 2026

Teshuvá (continuación)

“Cualquier cosa que hagas a otra persona te lo haces a ti mismo.” (Napoleon Hill)

“Imagínate que abres tus ojos y sólo puedes ver lo bueno en cada persona, lo positivo en cada circunstancia y la oportunidad en cada reto.” (El Rebe Lubavitch)

“Cada acción que no resulte en amor por otros no está en la dirección correcta.” (Ram Haim Vita)


Siento que debía seguir escribiendo sobre esto. No podía quedarse ahí; es un asunto que da para mucho. Mientras pensaba en ello, me vino a la mente una historia muy conocida de la Biblia que ilustra perfectamente lo que comentaba y que cuento a continuación, por si alguien no la conoce o no la recuerda bien: la historia de José, hijo de Jacob. Conviene recordar que, en la tradición cabalística, la Torá se lee en distintos niveles de profundidad, conocidos como Pardes. Desde el sentido literal, Peshat; la interpretación simbólica que incluye guematría, Remez; el significado más profundo, Drash; y hasta el místico o secreto, Sod. Por lo que cada relato contiene varias capas de significado que invitan a una comprensión más profunda de la realidad.

 José era el hijo menor de Jacob, y su padre le tenía un cariño muy especial. Ese trato preferente despertó una profunda envidia entre sus hermanos. Un día, Jacob le regaló una túnica especial que no había dado a los demás. Aquello aumentó aún más el resentimiento que sentían hacia él. La inquina hacia José llegó a ser tan grande que, cuando un día sus hermanos estaban lejos de casa cuidando el ganado, conspiraron contra él. Primero pensaron en matarlo, pero finalmente decidieron arrojarlo a un pozo en medio del desierto. José no entendía por qué sus propios hermanos podían odiarle de aquella manera, pero en ese momento descubrió que no todos miran el mundo del mismo modo ni con el mismo corazón.

Poco después, unos mercaderes que pasaban por allí lo sacaron del pozo y lo vendieron como esclavo en Egipto. Allí comenzó una nueva etapa de su vida llena de dificultades. Aunque José era un hombre justo y sabio, tuvo que atravesar pruebas muy duras. También era muy guapo, e incluso, debido a su belleza, las mujeres se quedaban profundamente impresionadas al verlo. Eso mismo le sucedió a la esposa de su señor, quien se encaprichó de él y trató de seducirlo, pero José no accedió a sus insinuaciones, lo que despertó en ella una gran frustración y lo acusó falsamente, lo que hizo que acabara en prisión.

Sin embargo, José tenía un don especial: sabía interpretar sueños. En la cárcel interpretó los sueños de dos servidores del faraón, y más tarde fue llamado ante el propio faraón para interpretar unos sueños que nadie lograba descifrar. En ellos aparecían siete vacas gordas y siete vacas flacas. José explicó que esos sueños anunciaban siete años de abundancia seguidos de siete años de gran escasez. Por eso aconsejó al faraón que almacenara grano durante los años buenos para poder sobrevivir a los años de hambre. Gracias a esa previsión, Egipto pudo afrontar la gran hambruna que llegó después. Debido a esta hazaña, el faraón reconoció su sabiduría y lo nombró gobernador de Egipto. 

Lo más sorprendente de la historia ocurre entonces. Durante los años de escasez, los propios hermanos de José viajaron a Egipto para pedir ayuda y alimento, sin saber que el hombre poderoso al que acudían era el hermano al que habían traicionado y dado por muerto. José tenía en sus manos la posibilidad de vengarse. Podía haberlos tratado con la misma dureza con la que ellos le habían tratado a él. Pero no lo hizo. Actuó según su propio corazón, según lo que era él, y decidió ayudarlos.

Este relato ofrece múltiples enseñanzas pero una muy profunda que conecta con lo que escribía en el post anterior: cada persona da según lo que es. Los hermanos de José actuaron desde el resentimiento. José, en cambio, actuó desde su propia naturaleza. Suele ocurrir que las personas de buen corazón tienden a pensar que los demás sentirán, actuarán y pensarán como ellas. Les cuesta imaginar que alguien pueda moverse desde la envidia, la maldad o el deseo de hacer daño. Pero esa misma sensación también les sucede a quienes hacen daño, que piensan que los demás reaccionarán del mismo modo que ellos. De ahí el conocido dicho: “se cree el ladrón que todos son de su condición”. En realidad cada uno responde desde lo que lleva dentro. Y por eso cada uno es responsable de lo que da y es tan importante mejorarnos nosotros, para dar mejor.  Como dice la cábala, convertirnos en mejores vasijas

También permite una lectura interesante sobre lo que ocurrió con la esposa de su señor. Hay personas que, cuando arrastran heridas narcisistas, no toleran bien el rechazo. Les hiere profundamente el ego y, en lugar de aceptarlo, reaccionan intentando perjudicar a quien les ha rechazado. A veces esto se manifiesta en difamaciones o acusaciones falsas con la intención de hacer daño. Yo misma experimenté esto en una ocasión, cuando no correspondí a las insinuaciones de un hombre. Con el tiempo, cada uno termina mostrando quién es realmente. La verdad, antes o después, siempre sale a la luz. Por eso nunca me preocupé. El problema no era mío. Ya por aquel entonces pensaba (de forma natural) que cada uno se muestra  según lo que es. La cábala me confirmó, años después, que efectivamente así es. 

La cábala también enseña que la palabra debe utilizarse con responsabilidad. Se nos invita a hablar únicamente para bendecir: desear el bien a los demás, compartir conocimiento o aportar algo verdadero y útil. Nunca para difamar, criticar o hablar a espaldas de otros. Este tipo de comportamiento, según esta tradición, alimenta energías muy oscuras que alejan de la luz y de nuestra esencia. También insiste en la responsabilidad de no mentir, y menos aún de hacerlo con la intención de herir. Todos, en alguna ocasión, hemos sido conocedores de situaciones así que no dejan de sorprender: cómo puede alguien inventar un relato que no se corresponde con la realidad, construido con la intención de que termine llegando a una persona a la que se quiere herir. Son comportamientos que, observados con distancia, nos sirven como recordatorio para alejarnos de cualquier forma de actuar así.

Lo que me gustaría recordar es que por eso es tan importante vigilar nuestras emociones y señalar que sí, el interior sí se puede transformar con intención consciente. Todos podemos cambiar, mejorar y refinar nuestros comportamientos. En esencia, todos podemos albergar corazones buenos y limpios. Para ello hay que trabajarse cada día para que así sea. Y el trabajo puede consistir, entre otras cosas, en ser conscientes de nuestros pensamientos y forma de hablar, y si nos descubrimos juzgando, parar ese pensamiento y volver al origen. 

Lo único que hacemos cuando pensamos mal o hablamos mal es hacernos daño a nosotros mismos. Con ese acto, manchamos nuestra alma porque generamos un karma negativo, (en la cábala se dice tikún), y como se atrae lo igual, es decir, lo que está en la misma vibración, se atraería, de ese modo, energía negativa. Los pensamientos generan emociones, y estas afectan nuestro cuerpo físico, por lo que no solo hay que limpiar el cuerpo sino nuestra mente a diario. Tenemos una media de 300.000 pensamientos al día y la mayoría de las personas los usan para criticar, pensar mal, hablar mal de otros, quejarse… Por eso es tan importante el cuidado a conciencia de lo que pensamos y hablamos. Enfocar nuestra mente para ser felices, conseguir objetivos, cumplir sueños… 

No es casualidad que la historia gire precisamente alrededor de la envidia, porque una de las enseñanzas más claras de la cábala es que la envidia es uno de los errores más graves en los que puede caer el ser humano. De hecho, se la relaciona con las fuerzas más densas, por eso se insiste tanto en no albergar ese sentimiento y en no dejar que arraigue en el corazón. La envidia es profundamente destructiva para quien la siente. En mi caso, cuando veo el bien y lo bueno en los demás, me nace bendecirlo y alegrarme por ello. También entiendo que, en un plano más sutil de la realidad, no existe realmente la separación entre unos y otros. Si me alegro por lo que el otro tiene, de alguna manera también estoy alegrándome y bendiciendo mi propia vida.

Los hermanos de José no soportaban su carácter confiado, bueno, alegre y querido por su padre. A mí alguna vez me ha ocurrido algo parecido, no con mis hermanos. La mayoría de las veces he de decir que despierto simpatía y cariño, pero en alguna ocasión he sido blanco de esa energía mal usada. No afirmo esto alegremente, sé de lo que hablo. Recuerdo cómo una mujer dejó de hablarme el día que se dio cuenta que yo no tenía barriga. Me preguntó, completamente sorprendida: “¿¡No tienes michelines ni barriga?!" Y no me volvió a dirigir la palabra. Hoy lo recuerdo con humor; es tan surrealista que parece sacado de una comedia… Aunque he de decir que es gracias a estas cosas por lo que se puede desarrollar el desapego al juicio ajeno y a ejercitar el perdón.

Procuro no responder de la misma forma en la que me tratan. Suelo guardar silencio, alejarme e ignorar, pero no actuar con maldad, porque sé que en última instancia el mal acabaría volviéndose contra mí. Hace poco, en una conversación con un conocedor de la cábala, me dijo que yo tenía un alma y corazón puro. Me pareció un comentario bellísimo y generoso, así que se lo agradecí muchísimo pero recuerdo que le dije con todo el respeto y agradecimiento, si me lo permitía, que desde hace mucho no hago caso ni a los halagos ni a las críticas. Tal y como dice el genial cabalista Raúl Durán: “El elogio debilita y el insulto engrandece porque te hace cultivar la fuerza interior”. Le debió gustar esa respuesta porque me dijo que siguiera siendo así, que ese era el camino. Si preguntas a dos personas cuál es su opinión sobre una tercera, probablemente cada uno dará una opinión diferente e incluso opuesta acerca de esa misma tercera persona, entonces, ¿cuál es la verdad? Lo importante es lo que cada uno piensa sobre sí mismo. Los halagos o críticas son subjetivos.

Para regresar a la Teshuvá, a esa toma de consciencia o retorno interior, es necesario recordar dónde estamos. Según la cábala, vivimos en el fruto del Árbol de la Vida, en el plano de Maljut, el reino. Es el nivel más denso de la realidad: el mundo material en el que experimentamos la vida. Sin embargo, nuestra verdadera naturaleza no nace aquí. Ser conscientes de esta verdad nos da un gran alivio. Procede de una dimensión mucho más profunda y elevada: del Ein Sof, la fuente infinita de la que todo emana. Y lo mejor de todo es que tenemos acceso directo a ella. Nuestra alma existe a la vez en cuatro mundos espirituales o niveles de existencia o conciencia (Atziluth, Beri´ah, Yetzirah y Assiah), aunque aquí solo somos conscientes del material. 

Pero para ello tenemos que limpiar nuestras Klipot, que son las capas o defectos que ocultan nuestra esencia en nuestro propio Árbol de la Vida. Porque sí, cada ser humano tiene un mapa de su alma: su Árbol de la Vida personal, al que se puede acceder y conocer. Yo, por ejemplo, tenía un desbalance entre la sefirat Guevurá (rigidez, límites, orden) y Jesed (misericordia, bondad, dificultad para poner límites). Por eso durante mucho tiempo tendía a ser demasiado complaciente, sin marcar los límites necesarios. Cuando tomé consciencia de ese desbalance, mi vida empezó a mejorar. Si trabajamos en estos aspectos y los integramos, podemos acercarnos mucho más a ese acceso directo a la divinidad. Esa es la magia de comprender e integrar nuestro propio árbol de la vida. 

Existe una idea muy profunda que también conecta con todo lo anterior: que, en un nivel más sutil, todo está interconectado, debido al principio del entrelazamiento cuántico. Lo que ocurre en uno repercute, de alguna manera, en los demás. Por eso, cuando una persona se trabaja, evoluciona, mejora o eleva su conciencia, no sólo transforma su realidad, sino que también influye en la realidad que le rodea. A veces se dice que basta un solo individuo alineado para generar un cambio mucho mayor de lo que imaginamos. De ahí la importancia de mirarse hacia dentro: porque al transformarnos nosotros, no solo damos mejor, sino que también estamos transformando el mundo. 

Quizá una de las comprensiones más profundas que nacen de este camino es que la vida tiene mucho más que ver con dar que con recibir. Sino, pregúntate qué te hace más feliz, ¿que te regalen algo o hacer un regalo? La mayoría contestarán lo segundo. El hecho de dar engrandece y nos hace felices, pero no en un sentido ingenuo o sacrificado, sino desde la consciencia de quiénes somos realmente. Existen estudios en los que se observó que personas con depresión que se implicaban en ayudar a otros, (colaborando con ONGs), experimentaban una mejoría significativa, a diferencia de quienes no lo hacían. 

Dar y ayudar, en realidad, nos aporta un profundo bienestar interior. Porque cuando uno da desde su esencia, sin expectativa, sin cálculo y sin necesidad de retorno, se alinea con algo mucho más grande que uno mismo. Y ahí sucede algo casi invisible pero profundamente real: la recompensa externa siempre es menor que la felicidad interna que produce el acto de ofrecer. Esa paz, esa coherencia, esa sensación de estar en tu lugar… eso no depende de nadie más. Quizá eso también es Teshuvá: recordar que nuestra verdadera naturaleza no está en lo que recibimos, sino en lo que somos capaces de dar. 

Porque dar nos ensancha.


Un fuerte abrazo.


Beatriz Casaus 2026 ©