lunes, 7 de septiembre de 2026

Si fuera perfecta

 “Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida”. (Federico García Lorca)

“Vivo en otra dimensión y no tengo tiempo para cosas que no tienen alma.” (Charles Bukowski)


                                    


Hoy no me voy a explayar demasiado. Simplemente me paso por aquí para dejar el último poema que he escrito. Se titula: Si fuera perfecta y nació de una idea aparentemente sencilla, pensar en todas esas cosas que no formarían parte de nosotros si hubiéramos atravesado la vida sin equivocarnos, sin rompernos, sin amar de la manera incorrecta alguna vez, sin tomar decisiones que después hubiéramos querido cambiar.

Supongo que durante mucho tiempo nos enseñan a relacionar la perfección con no fallar. Con acertar a la primera. Con no desviarnos demasiado del camino previsto y poder mirar hacia atrás sin encontrar demasiadas cicatrices. Pero creo que una vida así tendría muy poco que contar. Hay aprendizajes que llegan precisamente porque nos equivocamos. O puertas que solo descubrimos después de haber abierto otras que quizá nunca debimos cruzar. Hay partes de nosotros que aparecen cuando algo se rompe y hay heridas que terminan convirtiéndose también en lugares desde los que mirar de otra manera.

No sé si hacerse mayor consiste, entre otras cosas, en reconciliarse con todo eso. En dejar de observar nuestra historia como una sucesión de aciertos y errores y empezar a contemplarla como el extraño recorrido que nos ha traído hasta quienes somos hoy. Seguramente yo tampoco sería la misma sin aquello que salió mal. Sin todas las versiones de mí que fui dejando atrás por el camino. Por eso cada vez me interesa menos ser perfecta. Me interesa mucho más ser verdadera. Y desde ese lugar nació este poema.

Un abrazo.




Si fuera perfecta



Es una prueba.


Prende un impulso de fuego

y déjalo arder

hasta que nieve.


Acaba pronto.

Empieza tarde. 

Enciende dentro. 

Revélate fuera.


No te dejes callar 

por quienes han perdido 

su voz.


Todo lo escondido

termina pidiendo un cuerpo.


Un secreto no tiene otra razón

que el instante

en que deja de serlo. 


La ropa envejece.


Tu cuerpo, en cambio,

 es lo único que sé amar

mientras desaparece. 


Entre las cuerdas

me escondo

para rozar los acordes que tocas.

Como si la música supiera

más que nosotros. 


No existen laureles

capaces de alcanzar tu éxito.


Mi principal logro 

es llegar a ser quien soy.


Parece sencillo 

y cuesta vidas aprenderlo.


Mantente quebrado.

Hay voces 

que solo atraviesan grietas.


Dan ganas de salir corriendo

de todo aquello 

que no tiene corazón.


Pero a veces, 

también se huye

permaneciendo.


Hace un viento horrible 

en mi cabeza.

Me lleva hasta espejos

que no recuerdo haber colgado

frente a mi ventana.


En ninguno 

consigo 

reconocerme del todo.


No hay sombra que huya de mí 

tan deprisa

como mis pensamientos de mis actos.


Veo umbrales 

donde otros ven finales.


No espero misericordia 

de quien

no ha vivido. 


¿Para qué serviría la vida

si no dejara,

al menos, 

una herida por donde mirar?


Si fuera perfecta 

no gastaría esta carne.


No tendría cicatrices.

No conocería el hambre.

No habría amado mal.

No habría abierto puertas

que no supe cerrar.

No me hubiera equivocado tanto.


Si fuera perfecta

sería intacta. 


Y las cosas intactas

no saben nada 

de estar vivas.


He conseguido callarme

fuera.


Desde dentro 

se vive mejor.



Beatriz Casaus 2026 ©






jueves, 20 de agosto de 2026

El triunfo del corazón

 “El talento incomoda como nunca. Los mediocres, los acomplejados, los bobos, necesitan que la vida descienda hasta su nivel para sentirse cómodos, y es destruyendo la inteligencia y ensalzando la mediocridad como están a gusto.” (Arturo Pérez-Reverte)

“A mí ya no me podéis cambiar. Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo. Dejadme las alas en su sitio, que yo os respondo que volaré bien.” (Federico García Lorca)




Iris nació un día capicúa, el mismo día en que su abuela se fue. Su madre siempre creyó que el testigo había pasado de una a otra: hasta el lunar de la palma de la mano derecha era idéntico en las dos. Todo en Iris parecía llevar una marca de sentido, un halo que unos entendían como luz y otros, sin saber nombrarlo, percibían de manera muy distinta. Desde niña provocó esa doble reacción: quienes se acercaban a calentarse en ella y quienes se apartaban ofendidos, como si su sola presencia les recordara algo que preferían no mirar. Por eso, a lo largo de su vida, más de una vez se encontró con personas que incapaces de gestionar aquello que les despertaba, intentaron hacerla más pequeña. Y como nunca logró comprender del todo ese comportamiento (porque ella no funcionaba así), estudió Psicología, y convirtió esa pregunta sin resolver en vocación.

Durante años creyó que la maldad no existía sin más: que todo el que hacía daño arrastraba una herida sin curar, y que bastaba con conocer su historia para perdonarla de antemano. Le costó tiempo, estudio y algún golpe aceptar lo contrario. Aprendió que hay quien convierte el resentimiento en forma de vida, y que la psicología tiene incluso un nombre para esa clase de oscuridad: la tríada oscura; narcisismo, que no tolera el brillo ajeno, psicopatía, asociada a una baja empatía y ausencia de remordimiento, maquiavelismo, que usa a los demás como herramientas para sus fines. No era una teoría abstracta. Era, a veces, gente muy concreta. 

Tenía, además, una imaginación desbordante. Escribía en cualquier superficie que tuviera a mano. Una vez, sin querer, entregó a un desconocido un tique de la compra con un poema detrás, y durante días imaginó su cara de desconcierto. Con el tiempo fue derribando la costumbre de guardarse las cosas y empezó a compartir lo que escribía en redes y a publicar libros. No buscaba nada a cambio. Las palabras le salían solas, y pensó que quizá a alguien más le sirvieran. No esperaba que aquello despertara rencor. Pero lo hizo. Una noche, revisando los comentarios de su última entrada, se detuvo en uno: alguien había escrito, con la ortografía cuidada de quien se ha tomado su tiempo, que sus textos eran “pretenciosos” y que “ojalá dejara de escribir de una vez”. No era la primera vez. Desde que había comenzado a exponerse públicamente, había descubierto que algunas personas podían seguir con extraordinaria atención precisamente a aquellos a quienes parecían no soportar. Se quedó mirando la pantalla más rato del que le hubiera gustado admitir. Por un instante, muy breve, se preguntó si tendría razón. Si debería escribir menos, ocupar menos espacio, ser menos ella. 

Cerró el portátil y, en lugar de la duda, encontró algo parecido a la compasión hacia ellos. Nadie seguía su trabajo con tanta atención como quien decía despreciarlo. Nadie invertía tanto tiempo en ella. Comprendió, no como una idea sino como algo que sintió en el cuerpo, que el odio también puede ser una forma torcida de admiración: quien de verdad quiere borrar a alguien no necesita mirarlo tanto. Aquella noche, en vez de escribir menos, escribió más.

Desde entonces sintió una honda admiración por cualquiera que se atreviera a exponerse: a publicar un libro, a subir una canción, a defender una idea en público. Exponerse es aceptar ser blanco. Siempre habrá alguien juzgando desde la grada a quien tuvo el valor de bajar al campo. Con el tiempo llegó a pensar que quien odia obsesivamente rara vez odia la obra, o el rostro, o las palabras. Muchas veces lo que odia es aquello que esas cosas le recuerdan de su propia infelicidad.

Para Iris el tiempo era el único bien que no vuelve. El dinero se recupera; las cosas se reemplazan, pero un minuto gastado no regresa nunca. Le costaba imaginar cuánto vacío debía de habitar en alguien para dedicar ese tesoro a vigilar la vida ajena. Terminó por aceptar que ese comportamiento hablaba mucho más de quien atacaba que de quien era atacado: quien construye algo que ama rara vez tiene tiempo para demoler lo de los demás. Entendió también algo incómodo: estar dispuesto a caer mal es, a veces, el precio de llegar lejos. Gustar a todos exige bajar la voz, no destacar, no soñar en voz alta. Y quien pasa la vida intentando encajar en todos los moldes deja de tallar el suyo propio. Quien avanza de verdad no suele ser el más querido por todos, sino quien un día dejó de pedir permiso. 

Escribía la verdad de su corazón, y también la que veía manifestarse en el mundo a través de los problemas que observaba, y por eso el rechazo crecía en lugar de menguar. Pensó entonces en el mito de la caverna de Platón: los que viven encadenados mirando sombras rara vez agradecen a quien vuelve para contarles que fuera hay sol. La luz, casi siempre, incomoda antes de liberar. Aquellos días de ruido la llevaron a la oración. Abrió la Biblia por el Salmo 34, uno de sus favoritos, y se detuvo en un verso: “Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores”. Siguió leyendo: “Cercano está el Señor para salvar a los que tienen roto el corazón y el espíritu. El justo pasa por muchas aflicciones, pero el Señor lo libra de todas ellas. (...) Al malvado lo destruye su propia maldad y los que odian al justo recibirán condenación. El Señor rescata el alma de sus siervos; no serán condenados los que en él confían”. Sintió que esas palabras llegaban exactamente donde debían. No estaba llamada a convencer a quien había decidido odiarla. Estaba llamada, solamente, a seguir siendo ella.

Empezó entonces a notar algo curioso: cada intento de apagarla producía el efecto contrario. Mientras otros gastaban su energía en frenarla, ella seguía escribiendo. Por una reseña mala, le llegaban cientos de buenas. Aprendió a utilizar aquella energía como en el aikido se usa la fuerza del contrario (sin enfrentarla de frente, dejándola pasar y redirigiéndola), igual que un árbol convierte lo que sobra en el aire en algo que da vida. No devolvía en la misma frecuencia lo que recibía. Lo transformaba en más estímulo. Una página más, un proyecto más, una vida un poco más suya. Para Iris, las personas conscientes poseían precisamente ese poder de transmutación. Tomar la energía que otros proyectaban sobre ella, que era energía al fin y al cabo que le era enviada, para transformarla en algo que jugara a su favor. Así que, en realidad, le daban poder.

Un día, cuando la vida por fin empezó a devolverle parte de lo sembrado, se sentó en silencio y buscó dentro de sí algún resto de incomodidad hacia quienes la habían atacado. No encontró nada. Solo una paz que la sorprendió a ella misma. Comprendió que la victoria no era el siguiente libro, ni una crítica mejor: era que nadie, en todo ese tiempo, había logrado tocarle el corazón. Pensó en aquellas personas sin necesidad ya de entenderlas del todo, y una frase apareció sola: "Los perdono y los bendigo". Y sonrió por dentro. Porque entendió que hay quien dedica la vida a vigilar la luz ajena y se olvida de encender la suya. Y que ella, sin buscarlo, se había llevado el premio mayor: descubrir que su paz era tan honda que no necesitaba desearle mal a nadie. Nunca lo había necesitado. Había ganado en el único sitio donde de verdad se gana: en el corazón. Y quizá, solo por eso, también ganó en la vida.


Beatriz Casaus 2026 ©



martes, 11 de agosto de 2026

Don't look up

 «Entramos en la oscuridad por la luz, en el silencio por las palabras y en el miedo por la bendición.” (Ursula K. Le Guin, Voices)



Este 12 de agosto de 2026 tenemos un eclipse solar total. El cielo se apagará durante una hora convirtiendo el día literalmente en noche. En la tradición astrológica se sabe que en aquellos lugares situados dentro de la franja de totalidad, tendrá más impacto. En este caso, cruzará de lleno todo el territorio nacional, así que me pregunto qué será lo siguiente que suceda en nuestro país. Desde ya, dejo a la libre interpretación de cada cual a cómo podrá afectar el simbolismo de la energía de Leo opacada en relación a posibles acontecimientos que puedan ocurrir en España. Voy a diseminar este fenómeno como lo hago siempre, desde la mirada astrológica y simbólica, teniendo en cuenta las proyecciones que han tenido diferentes civilizaciones sobre los eclipses durante miles de años. Durante un eclipse solar, el Sol desaparece representando que lo que habitualmente está iluminado deja momentáneamente de estarlo y, precisamente por ello, podemos observar aquello que normalmente queda oculto detrás de esa luz. ¿Qué es lo que hay detrás de la luz en España?

El eclipse solar se produce alrededor del grado 20 de Leo. ¿Y por qué importan el signo y el grado? Porque, dentro de la astrología, un eclipse solar no se interpreta simplemente como una Luna nueva cualquiera. Astronómicamente, los eclipses se producen cuando el Sol, la Luna y la Tierra alcanzan una alineación determinada cerca de los nodos lunares. Astrológicamente, esa proximidad a los nodos es la que tradicionalmente ha otorgado a los eclipses un significado especial. Los nodos lunares son puntos matemáticos: los lugares donde la órbita de la Luna cruza la eclíptica, es decir, el recorrido del Sol visto desde la Tierra. Sin embargo, para la astrología tradicional, evolutiva y kármica, esos puntos poseen además una enorme carga simbólica y karmática y se relacionan con procesos de dirección vital, aprendizaje, pasado, evolución y destino. Por eso, desde esa perspectiva, un eclipse puede entenderse como una Luna nueva amplificada y potenciada, una especie de punto de inflexión dentro de un proceso mucho más largo.

Por ello los eclipses no se interpretan como acontecimientos aislados que comienzan y terminan el mismo día. La tradición astrológica considera que abren procesos y que sus temas pueden empezar a percibirse semanas antes del acontecimiento, incluso aproximadamente un mes antes, y continuar desarrollándose durante los meses posteriores. Algunos astrólogos sitúan su periodo de mayor intensidad entre los tres y seis meses siguientes, aunque pueden prolongarse durante prácticamente un año. Es decir, mañana 12 de agosto no es solo un día, sino la apertura de una puerta que permanece abierta durante un tiempo. Y hay algo todavía más interesante: solo dieciséis días después, el 28 de agosto, tendremos otro eclipse, esta vez lunar y casi total, en Piscis. Los eclipses aparecen en temporadas y pueden interpretarse como partes de un mismo proceso. Uno abre y otro culmina, uno muestra y otro ayuda a desprenderse, uno expone aquello que necesita ser visto y el otro invita a disolver aquello que ya ha cumplido su función. Por eso, más que dos acontecimientos separados, podemos entender agosto como un único proceso en dos movimientos.

Imaginemos lo que debía significar contemplar un eclipse en la antigüedad. El Sol aparecía cada mañana y constituía la referencia absoluta del tiempo, de las estaciones, de las cosechas y, en muchas culturas, de la propia divinidad. Y, de repente, desaparecía en pleno día sin que la mayoría de los seres humanos pudieran comprender qué estaba ocurriendo. Por ello, prácticamente todas las grandes civilizaciones atribuían a los eclipses un significado extraordinario. Los babilonios dejaron registros de eclipses hace más de 2.500 años y desarrollaron métodos muy sofisticados para estudiarlos. En su cosmovisión, algunos eclipses podían relacionarse con presagios que afectaban especialmente al rey y al destino político del territorio. En el antiguo Egipto encontramos el enfrentamiento entre Ra y Apofis, la gran serpiente asociada al caos que amenaza el viaje de la divinidad solar. En la tradición védica de la India aparecen Rahu y Ketu, estrechamente vinculados simbólicamente a los eclipses y que continúan ocupando un lugar dentro de la astrología védica actual. Todos ellos comparten una idea parecida: cuando la luz desaparece, el orden habitual queda suspendido y aquello que permanecía oculto puede hacerse visible. Esa coincidencia simbólica entre culturas separadas por enormes distancias geográficas y temporales es lo que me fascina.

Vayamos ahora al corazón simbólico de este eclipse: Leo. Leo suele reducirse de una manera excesivamente simple al ego, pero representa muchísimo más que eso. Leo es identidad, creatividad, voluntad, corazón y expresión. Es la chispa de vida individual que se atreve a decir: "Yo existo, esta es mi voz y tengo algo único que ofrecer". Representa la necesidad profundamente humana de encontrar nuestra propia luz y atrevernos a ocupar nuestro lugar en el mundo. Pero frente a Leo, en el extremo opuesto del zodiaco, encontramos a Acuario, su signo opuesto y complementario, relacionado con la comunidad, lo colectivo y la humanidad entendida como una gran red. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de este eclipse, porque si Leo pregunta "¿quién soy yo?", Acuario pregunta "¿qué hago con eso que soy para contribuir al conjunto?". Leo habla del individuo, la creación personal, necesita encontrar su propia luz y Acuario, sin embargo, de la comunidad, de las redes humanas y necesita comprender cómo esa luz puede integrarse dentro de algo mayor.

Por eso este eje nos plantea una pregunta poderosa: ¿qué parte de nuestra identidad estamos dispuestos a mostrar al mundo y poner al servicio de algo que trascienda nuestro propio ego? Y no es una pregunta cómoda, porque quizá algunas personas tengan que aprender a dejar de esconderse, otras tengan que dejar de pedir permiso para existir y otras deban abandonar el miedo a ser visibles o a brillar demasiado. Pero habrá también personas que necesiten realizar el movimiento contrario y preguntarse cuánto de aquello que muestran nace verdaderamente del corazón y cuánto procede exclusivamente de la necesidad de reconocimiento, admiración o aprobación. Ese es precisamente el equilibrio Leo-Acuario. No se trata de apagar nuestra luz ni de renunciar a nuestra individualidad, sino de comprender para qué queremos encenderla. O soltamos el miedo a brillar o soltamos el ego que únicamente quiere brillar para sí mismo. De una manera u otra, Leo nos obliga a mirar nuestra relación con la identidad, la visibilidad y el reconocimiento.

Hay además otro elemento a destacar: el grado en el que se produce el eclipse, alrededor del grado 20 de Leo. Los grados zodiacales son imágenes arquetípicas y en torno a esta zona de Leo encontramos imágenes relacionadas con la comunidad, la expresión solar y la participación colectiva. Resulta paradójico relacionarlo con lo que literalmente sucederá mañana: millones de seres humanos mirando hacia el mismo punto del cielo, personas que probablemente jamás se conocerán compartiendo durante unos minutos exactamente el mismo acontecimiento. El individuo, Leo, dentro de una experiencia colectiva, Acuario. Como si el propio simbolismo nos recordara que este eclipse no tiene únicamente una dimensión individual, sino también colectiva. Y quizá por eso se nos insta a mirarlo en colectivo. ¿Puede haber un interés detrás de que todos pongamos nuestra atención en un mismo lugar? ¿A quién le interesa recoger toda esa energía?

Y esto nos lleva directamente a la astrología mundial, la rama que estudia simbólicamente la relación entre determinados ciclos planetarios y los grandes procesos políticos, sociales, culturales y económicos. Desde esa perspectiva, uno de los primeros asuntos relacionados con Leo es el liderazgo y el poder visible. Leo está tradicionalmente vinculado con aquello que ocupa el centro del escenario: reyes, nobleza, gobernantes, líderes, artistas, celebridades, figuras de autoridad y personas con una enorme exposición pública. Por eso, históricamente, los eclipses en este signo se han asociado con periodos capaces de señalar cambios, crisis, ascensos, revelaciones o caídas alrededor de figuras muy visibles. No hablo de una persona determinada ni afirmo que vaya a suceder un acontecimiento concreto, sino de un patrón arquetípico que la astrología mundial lleva mucho tiempo observando. La astrología seria puede hablar de ciclos, tendencias, símbolos y posibilidades, pero no debería presentarlos como certezas absolutas.

En el extremo opuesto encontramos nuevamente a Acuario, relacionado con la innovación, la tecnología, las redes, las comunicaciones, los movimientos sociales y aquellas estructuras capaces de conectar a enormes grupos humanos. También con Internet, las grandes plataformas digitales, los sistemas de comunicación global y la inteligencia artificial. Por eso no me resultaría extraño que durante las semanas o meses relacionados con esta temporada de eclipses aparezcan noticias relevantes en estos ámbitos: decisiones tecnológicas que afecten a comunidades enteras, cambios importantes en sistemas de comunicación, nuevas regulaciones, avances significativos, conflictos relacionados con las redes o transformaciones en nuestra manera de conectarnos. De nuevo, no es una predicción literal, sino una lectura simbólica del clima astrológico.

Pero hay una interpretación todavía más profunda. El Sol simboliza la conciencia, aquello que vemos, aquello que creemos conocer y aquello que permanece permanentemente iluminado. Durante un eclipse solar esa luz desaparece durante unos instantes y, por eso, la tradición esotérica lo ha interpretado como una especie de apagón simbólico de la verdad cotidiana. Cuando desaparece aquello que normalmente nos permite ver, podemos descubrir que existían cosas que la luz cotidiana no nos permitía observar: verdades incómodas, información escondida, motivaciones desconocidas, sombras personales y también colectivas. Esto no significa necesariamente que vaya a revelarse un enorme secreto mundial, sino que el arquetipo del eclipse habla de la interrupción de la normalidad para permitirnos mirar aquello que normalmente ignoramos.

Existe además una idea que aparece constantemente dentro de diferentes corrientes y es el eclipse entendido como portal. Un portal es un umbral, un momento situado entre dos estados. Durante unos minutos no estamos completamente en el día ni completamente en la noche, sino en medio. Muchas tradiciones han hablado de momentos en los que el "velo" entre lo visible y lo invisible se hace más fino. En la tradición celta se conoce el adelgazamiento del velo para explicar ciertos momentos del calendario, entre ellos la tradición que posteriormente llegaría hasta nosotros como Halloween. En diferentes prácticas chamánicas encontramos también la idea de momentos excepcionales en los que el orden cotidiano se interrumpe y aquello que normalmente permanece escondido se vuelve más accesible. Los eclipses son como grietas temporales dentro de la normalidad, ventanas breves en las que lo cotidiano queda suspendido.

Durante gran parte de la historia, el conocimiento astrológico no estuvo en manos de toda la población, sino concentrado en grupos muy concretos: sacerdotes, astrólogos, consejeros y personas cercanas al poder. Los sacerdotes babilónicos observaban sistemáticamente el cielo y utilizaban sus conocimientos para asesorar a quienes gobernaban. Ese saber servía para organizar calendarios, agricultura, rituales y también decisiones políticas. El conocimiento era poder y quien sabía interpretar los ciclos poseía una ventaja frente a quien ni siquiera sabía que esos ciclos existían. Este patrón histórico ha provocado que existan corrientes de pensamiento alternativo que sostienen que determinadas élites políticas, económicas o financieras continúan prestando atención a fechas y configuraciones astrológicas para escoger el momento de determinadas decisiones. Tampoco podemos olvidar que existen casos históricos documentados de personas situadas en las más altas esferas políticas que consultaron astrólogos. Uno de los ejemplos más conocidos fue por ejemplo Ronald Reagan durante su etapa en la Casa Blanca, quien tenía asesoramiento astrológico y que llegó a influir en determinados aspectos de la agenda presidencial. Por tanto, la relación entre astrología y poder no pertenece solo a la antigüedad.

Y ahora vamos a lo que probablemente más interesa a cada persona que esté leyendo esto: ¿cómo puede afectarme a mí? Si tienes el Sol, la Luna, el Ascendente o algún planeta personal aproximadamente entre los grados 15 y 20 de los signos fijos (Leo, Acuario, Tauro o Escorpio) esta temporada puede resultar significativa. Dependiendo del planeta, la casa y los aspectos implicados, podrían aparecer cuestiones relacionadas con crisis o redefiniciones de identidad, cambios importantes de rumbo, relaciones que necesitan transformarse, rupturas necesarias, finales, decisiones que llevaban tiempo gestándose o consolidaciones importantes. Pero incluso aunque no tengas ningún planeta personal en esos grados, el eclipse sigue cayendo en algún lugar de tu carta natal. Todos tenemos el grado 20 de Leo en alguna casa, y esa casa nos indica el escenario de nuestra vida en el que simbólicamente se está produciendo el eclipse. Puede ser el trabajo, la pareja, la familia, la vocación, la creatividad, el dinero, la espiritualidad, la identidad, las amistades o nuestra manera de mostrarnos al mundo. Por eso dos personas pueden vivir exactamente el mismo eclipse de formas completamente diferentes.

Muchas tradiciones espirituales recomiendan prudencia alrededor de los eclipses y, personalmente, tampoco considero que sean los mejores días para iniciar algo crucial si tenemos posibilidad de escoger otra fecha. Especialmente durante los tres o cuatro días anteriores y posteriores a cada eclipse, prefiero aplicar una idea muy sencilla: observar antes que actuar porque estaremos atravesando un momento de reajuste. En determinadas tradiciones se dice que aquello que se siembra bajo la sombra de un eclipse puede nacer incompleto o sujeto a revisiones posteriores, cambios de dirección o circunstancias que todavía no somos capaces de ver. Por eso yo evitaría, siempre que sea posible, grandes celebraciones, decisiones precipitadas o comienzos trascendentales durante los días más cercanos a ambos eclipses. Considero que será un momento para observar, descansar, escuchar, rezar para quien rece, meditar para quien medite y permanecer tranquilos junto a nuestros seres queridos. Personalmente, tampoco creo que sea propicio socializar esos días; es tiempo para estar tranquilos en casa o con las personas que queremos, prestando atención a lo que sentimos.

Existe además una lectura que relaciona la astrología occidental con conceptos procedentes de sistemas orientales del cuerpo energético. Desde ahí, Leo puede asociarse con el plexo solar, entendido como la sede de la voluntad, la identidad, la autoestima, la fuerza personal y la capacidad de ocupar nuestro propio espacio. Por ello algunas personas sienten un cansancio inusual, alteraciones del sueño, insomnio o una mayor sensibilidad emocional alrededor de los eclipses como parte de un proceso de reajuste energético. No existe evidencia científica de que un eclipse provoque por sí mismo estos síntomas, por lo que conviene diferenciar una interpretación espiritual de una explicación médica, pero, desde la experiencia subjetiva de muchas personas, los días del eclipse se viven como momentos especialmente intensos, y creo que ambas miradas pueden distinguirse sin necesidad de invalidar la experiencia personal de nadie.

El 28 de agosto llegará la segunda parte de este proceso, con un eclipse lunar casi total en Piscis, y aquí está para mí una de las claves de todo el mes: Leo expone y Piscis disuelve. Podemos imaginar toda esta temporada como un movimiento en dos tiempos. El 12 de agosto algo se muestra: una verdad, una identidad, una necesidad, una parte de nosotros que llevaba demasiado tiempo escondida o algo que necesita ser reconocido. Y después, el 28 de agosto, aparece una segunda pregunta: ahora que lo has visto, ¿qué estás dispuesto a dejar atrás? Piscis habla simbólicamente de disolución, entrega, sensibilidad, espiritualidad, finalización y trascendencia, por eso puede ayudarnos a observar todo aquello que mantenemos únicamente por costumbre, miedo o apariencia. Primero vemos y después soltamos. Por ello el mes de agosto adquiere un sentido diferente, pues no serían dos acontecimientos separados, sino un único proceso desarrollado en dos movimientos.

Hay una pregunta que este eclipse me inspira especialmente: ¿qué parte de mí llevo escondiendo por miedo a brillar demasiado? Y esto me acuerda al personaje del León en el cuento El Mago de Oz. El León está convencido de que no es valiente. Busca desesperadamente algo que cree que le falta y quiere conseguir valor, pero existe una paradoja preciosa en la historia: durante todo el camino actúa con valentía. Protege, se enfrenta al miedo, continúa caminando aunque tenga miedo y hace exactamente aquello que haría alguien valiente. Lo único que le falta es darse cuenta. Y quizá esta es una de las enseñanzas aquí. A veces no necesitamos convertirnos en alguien diferente, sino reconocer aquello que ya éramos y que todavía no nos habíamos permitido ver. Quizá llevemos años esperando que alguien nos entregue una autorización para creer en nosotros mismos, cuando en realidad nadie tiene que hacerlo.

Siempre me gusta comparar los eclipses con una actualización del software del ordenador. Cuando nuestro ordenador instala una actualización no empezamos a abrir veinte programas al mismo tiempo ni le exigimos funcionar igual mientras está modificando partes internas del sistema. Esperamos, dejamos que trabaje y a veces incluso nos vamos a dormir mientras se actualiza. Cuando regresamos, aparentemente sigue siendo el mismo ordenador, pero algo dentro ha cambiado. Con los eclipses funciona de forma parecida. No se requiere acción sino silencio. Por eso, alrededor de estos días, mi recomendación personal sería reducir el ruido, no tomar decisiones importantes de manera impulsiva, no llenar nuestra agenda, descansar todo lo posible, dormir, estar tranquilos con nuestros seres queridos, rezar, escuchar y observar. Observar nuestros sueños, las emociones que aparecen y también qué personas, recuerdos o situaciones regresan inesperadamente, porque quizá la información más importante de estos días no venga de fuera, sino de dentro.

Y hay otra cosa que quiero decir porque forma parte de mi manera de vivir este eclipse. Cuando desde instituciones, medios y organismos públicos se anima de manera muy insistente a contemplar un acontecimiento, mi tendencia natural es cuestionarlo y decidir por mí misma qué quiero hacer. Después de determinadas experiencias colectivas de los últimos años, incluido todo lo vivido alrededor de la pandemia y de las campañas de "kakunación", he desarrollado una desconfianza mucho mayor hacia los mensajes institucionales y hacia cualquier recomendación presentada socialmente como incuestionable. Eso no significa que mi percepción tenga que convertirse automáticamente en una verdad universal, sino que yo prefiero cuestionar y tomar mis propias decisiones. En este caso concreto, mi decisión personal es no contemplar directamente el eclipse. Desde determinadas interpretaciones espirituales existe además la creencia de que observar un eclipse no es energéticamente recomendable y que durante esos momentos conviene recogerse, proteger la energía y evitar exponerse conscientemente al fenómeno. Es una creencia que yo personalmente respeto y con la que en este momento me siento identificada, por eso también he aconsejado a mis seres queridos que no lo miren. Cada persona, naturalmente, deberá informarse y decidir por sí misma. Y si alguien decide contemplarlo, hay una cuestión que sí pertenece al terreno científico y no al espiritual: un eclipse solar nunca debe observarse directamente sin la protección ocular adecuada.

Un eclipse no decide nuestro destino. Desde mi manera de entender la astrología, muestra dónde está la puerta, pero atravesarla o no siempre depende de nosotros. El cielo puede señalar un momento, mostrarnos un símbolo, activar una parte de nuestra carta o coincidir con procesos importantes, pero nuestra conciencia y nuestras decisiones siguen siendo nuestras. Durante unos instantes desaparece aquello que normalmente ilumina todo y precisamente entonces aparece la sombra, tanto la colectiva como la individual. Por eso durante esos días algunas personas pueden estar más irritables, coléricas, removidas emocionalmente o enfrentadas a aspectos de sí mismas que habitualmente prefieren no mirar. Pero la sombra no tiene por qué aparecer para destruirnos, puede aparecer simplemente para ser reconocida. Aquello que permanece inconsciente puede gobernarnos sin que lo sepamos, mientras que aquello que somos capaces de mirar puede empezar a transformarse.

Puede que esa sea la verdadera invitación de este eclipse: no tener miedo cuando la luz desaparezca durante unos minutos, no correr inmediatamente a llenarlo todo de ruido y no necesitar comprenderlo todo en ese mismo instante. Observar qué está terminando, qué está intentando nacer, qué parte de nosotros necesita dejar de esconderse y qué parte de nuestro ego necesita dejar de ocupar todo el escenario. Porque quizá el cielo no se oscurezca simbólicamente para quitarnos la luz, sino para obligarnos durante unos instantes a recordar dónde estaba nuestra propia luz antes de volver a buscarla fuera. Así que estos días, calma, descanso, introspección, oración para quien la sienta y mucha observación. Como cuando dejamos nuestro ordenador trabajando durante la noche mientras instala una nueva versión de sí mismo: no hace falta interferir, solo dejar que termine el proceso y después observar qué ha cambiado.

¡Un fuerte abrazo y feliz actualización!

Beatriz Casaus 2026 ©



lunes, 3 de agosto de 2026

Una manera de existir

"Escribo para descubrir lo que pienso." (Joan Didion)

"No hay mayor agonía que llevar una historia no contada dentro de ti." (Maya Angelou)

"Toda literatura es autobiográfica; al final, un escritor solo escribe un libro. Ese libro es él mismo."(Thomas Wolfe)

                               
                                          

A veces me preguntan por qué escribo sobre lo que vivo o sobre mi propia vida. Como si la escritura tuviera que nacer únicamente de la imaginación, (que también la uso y mucho) y no de la propia experiencia… o como si convertir la vida en palabras fuera algo extraño. Sin embargo, la historia de la literatura está llena de autores que han hecho exactamente eso. Karl Ove Knausgård escribió sobre su familia, sus amigos, sus relaciones y su intimidad hasta el punto de generar un debate sobre los límites entre la literatura y la vida privada. Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura, convirtió su propia existencia en una obra literaria donde habla de sus padres, del amor y de sus heridas. Rachel Cusk escribió sobre su matrimonio y su divorcio. Mi admirado Marcel Proust construyó personajes inspirados en personas reales o mi querida Sylvia Plath, por ejemplo, transformó su sufrimiento en poesía.

 Y no fueron los únicos, desde hace muchos siglos, innumerables escritores han hecho exactamente lo mismo, porque escribir sobre la vida no es una excepción. Es una de las tradiciones más antiguas de la literatura. La diferencia no está en partir de personas reales sino en qué hacer con aquello que se ha vivido. Hay quien convierte una experiencia en una lista de reproches y hay quien intenta comprender por qué esa experiencia sucedió, qué despertó dentro de uno y qué puede revelar sobre la naturaleza humana. Yo pertenezco a este segundo grupo. Escribo porque necesito entender al otro y a mí. También hay experiencias dolorosas que a veces son sanadas en procesos catárticos, y la escritura es uno de ellos. 

Igual que utilizo la astrología, la numerología o cualquier otra herramienta simbólica para intentar comprender a las personas y sus comportamientos, tal y como hacía Carl Jung, o la espiritualidad para tratar de entender la realidad que nos rodea, también uso la escritura con el mismo propósito. En realidad, todas forman parte de una misma búsqueda. Siempre he sentido una necesidad casi irrefrenable de comprenderlo todo. Comprender por qué una persona actúa de determinada manera, por qué dos vidas se cruzan en un momento concreto, por qué algunas experiencias nos transforman, por qué existe el sufrimiento, el amor, la pérdida, la envidia, la compasión o la belleza. No me conformo con la explicación superficial de las cosas. Necesito ir un poco más abajo, seguir excavando hasta encontrar aquello que permanece oculto bajo la primera capa.

Soy plenamente consciente de que mi mente humana jamás podrá abarcar la totalidad de la realidad. Hay preguntas que, probablemente, nunca tendrán respuesta mientras vivamos en este plano. Estoy convencida de que solo cuando dejemos este cuerpo físico comprenderemos el sentido completo de nuestra existencia y veremos con claridad aquello que ahora solo intuimos. Y, aun sabiéndolo, sigo buscando. Porque precisamente el hecho de saber que nunca alcanzaré una comprensión absoluta no me hace renunciar a esa búsqueda. Al contrario. Esa limitación no me desanima sino que me impulsa. La búsqueda, para mí, tiene tanto valor como la respuesta.

Cada persona que aparece en mi vida, cada herida, cada alegría y cada experiencia son pequeñas piezas de un puzzle inmenso que intento reconstruir sabiendo que probablemente nunca llegaré a verlo terminado. Quizá esa sea la verdadera razón por la que escribo. No escribo porque crea que tengo todas las respuestas. Escribo, precisamente, porque necesito formular más preguntas. Porque cada texto es un intento de acercarme un poco más a la verdad, aunque nunca llegue a alcanzarla del todo. Es mi manera de dialogar con la vida, de ordenar el caos y de recorrer conscientemente ese camino de búsqueda que, sospecho, terminará el día en que ya no necesite palabras para comprender. No escribo para convencer a nadie. Escribo para ser fiel a la verdad que soy capaz de ver en cada momento de mi vida. Mañana quizá comprenda algo distinto, porque sigo aprendiendo. Pero dejar de escribir sería dejar de buscar.

Es mi manera de dialogar conmigo misma. La forma que tengo de transformar una herida en aprendizaje y un recuerdo en algo que quizá también pueda servir a otra persona. Cuando escribo sobre una boda, no estoy hablando únicamente de una boda. Estoy reflexionando sobre la necesidad de aprobación, sobre el espectáculo en el que a veces convertimos nuestra vida y sobre lo que entendemos por amor. Cuando escribo sobre un incendio, no hablo solo del fuego. Hablo de una sociedad que, en ocasiones, se moviliza más para celebrar que para proteger aquello que dice amar. Cuando escribo sobre personas que han pasado por mi vida, en realidad estoy escribiendo sobre el amor, el ego, el poder, la cercanía, la manipulación, la coherencia, la envidia, el perdón o sobre las heridas que todos, en mayor o menor medida, terminamos dejando en los demás. Las personas son el punto de partida, pero nunca el destino. Porque si algo he aprendido es que toda experiencia humana contiene una enseñanza mucho más grande que la propia persona que la protagonizó. Por eso escribo para comprender. Y, tal vez, para que alguien que nunca me ha conocido pueda leer un texto y pensar: "Esto también me pasa a mí." La escritura también busca esa universalidad, esa identificación.

La palabra "catarsis" procede del griego y significa purificación. Quizá esa sea la definición más sencilla de lo que representa la escritura para mí. Escribo para limpiar el alma. Para convertir el dolor en belleza. Para que aquello que un día me hizo daño no tenga la última palabra. Escribo sobre lo que amo y si amo, pues el amor me escribe a mí. No puedo frenarlo. No elijo escribir. Necesito escribir. Es tan natural para mí como respirar. Algunas personas corren, otras pintan, otras componen música. Yo escribo. Es mi forma de entender el mundo y de encontrar un sentido a lo que, de otro modo, serían solo fragmentos dispersos de una vida. No soy la primera en convertir la vida en literatura y, desde luego, tampoco seré la última. Porque mientras exista el ser humano, existirán historias que necesitan ser contadas.

¡Fuerte abrazo!


Beatriz Casaus 2026 ©