martes, 3 de noviembre de 2026

La factura de la irresponsabilidad

 “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir ser un imbécil.” (Ortega y Gasset)

“Las ideologías son una forma de organizar emocionalmente la ignorancia colectiva.” (Jesús G. Maestro)

“Luchamos contra tres gigantes, mi querido Sancho: la injusticia, el miedo y la ignorancia”. (El Quijote, Miguel de Cervantes)



Estoy profundamente apenada por el terrible accidente ferroviario ocurrido la semana pasada en Urda, Toledo, cerca de donde vivo, en el que han perdido la vida al menos 70 personas. Curiosamente, la noche anterior al accidente me desperté a las 2 de la madrugada y fui incapaz de volver a conciliar el sueño. Me encontraba especialmente inquieta, con una sensación extraña que no sabría explicar. Recuerdo que lo mismo me sucedió la noche anterior al 11 M y al accidente de Spanair en 2008. Cuando me desperté y conocí la noticia de lo sucedido, me quedé completamente sobrecogida.

Quiero aprovechar estas líneas para expresar mi agradecimiento más sincero a los vecinos de Urda y Los Yébenes que acudieron a ayudar en medio de aquella tragedia, así como a todos los profesionales que participaron en las labores de rescate. En situaciones así es cuando aflora lo mejor del ser humano. Como siempre digo: «Solo el pueblo salva al pueblo». Soy madrileña, pero vivir en Toledo ha sido un auténtico regalo. Aquí he descubierto una calidad humana que me conmueve. Por mi experiencia, encuentro a las personas más cercanas, llanas y humildes, y esta tragedia me ha recordado una vez más por qué me siento tan agradecida de vivir en esta tierra. 

Pero junto a la tristeza también siento una profunda indignación. No puedo evitar preguntarme cómo es posible que una tragedia de semejante magnitud haya ocurrido otra vez (la última vez fue hace 9 meses) en una red ferroviaria que debería contar con todas las garantías de seguridad. Mi opinión sobre la gestión del Ministerio de Transportes, tanto durante la etapa de José Luis Ábalos como durante la de Óscar Puente, es profundamente crítica. La comparecencia de prensa de Óscar Puente me enfadó incluso más. Hubo momentos de su intervención que, personalmente, interpreté como una actitud defensiva y victimista que me recordó a otras comparecencias de Pedro Sánchez. Utilizó lo que se conoce en psicología como “victimización estratégica”. Desviando la atención de las víctimas “al calvario que va a tener que aguantar”. Hablamos de vidas humanas truncadas en un accidente horrible. Familias destrozadas. Personas que salieron de sus casas pensando que regresarían y que nunca volvieron, heridos traumatizados así como personas que han perdido miembros de sus cuerpos. 

Espero que la investigación judicial y técnica lleguen hasta el final, sin interferencias y sin excepciones. Y si se demuestra que hubo negligencias o responsabilidades que pudieron contribuir a esta tragedia, como ya indican ex miembros de ADIF, que quienes correspondan respondan por ellas. Las víctimas y sus familias merecen justicia y respeto. Como ciudadanos, merecemos saber qué ocurrió y qué se va a hacer para impedir que vuelva a suceder. Ya está bien.

Jamás habría imaginado que llegaría un momento en mi vida en el que mi ideología de izquierdas se tambalearía hasta el punto de llevarme a cuestionar buena parte de las convicciones políticas que había defendido durante años. Sin embargo, con el paso del tiempo, mi manera de entender la política ha ido cambiando. Mi desencanto comenzó en 2020, con una gestión de la pandemia que considero profundamente desacertada y que supuso un antes y un después en mi percepción del Gobierno. Desde entonces, los acontecimientos se han sucedido y, con ellos, también mis reflexiones, mis dudas y mi creciente distanciamiento de unas ideas con las que antes me identificaba plenamente. Hoy tengo una visión mucho más crítica de la política y de quienes nos gobiernan. Y, después de todo lo vivido y observado durante estos años, considero a Pedro Sánchez el peor presidente del Gobierno de nuestra democracia.

Y no lo digo desde una identificación automática con la derecha, lo digo desde la decepción de quien ha visto cómo determinados principios que siempre asocié con la izquierda (la justicia social, la igualdad, la defensa de las libertades, el estado del bienestar, la honestidad institucional y la protección de los más vulnerables) parecían quedar relegados, a un segundo plano frente a la conservación del poder. Una cosa es tener una ideología y otra muy distinta convertirla en una religión cuyos representantes deban ser defendidos incondicionalmente, hagan lo que hagan, como es lo que veo en quienes le defienden. Las convicciones políticas deberían servirnos para examinar críticamente a quienes gobiernan, no para justificar sus contradicciones. No me vale la archiconocida frase que espetan quienes le siguen defendiendo: “Es que la alternativa es peor”. Aquello me recuerda mucho a las excusas de algunas mujeres víctimas de maltrato que alegan que no dejan a sus parejas, “porque lo que hay fuera, es peor”.

Gracias a las asignaturas de derecho que tuve que estudiar, soy conocedora de la Constitución Española, que por cierto, conviene recordar: El artículo 1.1 establece que “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Por su parte, el artículo 9.2 “encomienda a los poderes públicos promover las condiciones necesarias para que la libertad y la igualdad de los individuos y de los grupos en los que se integran sean reales y efectivas, así como remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud”. Son principios fundamentales sobre los que debería sustentarse nuestra convivencia democrática, independientemente del color político de quien ocupe la Moncloa. Pero es el propio gobierno el que ha creado un odio que ha sido clave de su consigna y propaganda política, no respetar a las personas que no piensen como ellos, que no comulgan con sus fechorías y trayendo el término “facha” de nuevo a escena para desprestigiar a quien no piense como ellos. Todo su mandato ha sido un alegato a no respetar la diversidad política tal y como la Constitución sí refleja. 

Me preocupa sobremanera el clima de enfrentamiento político que se ha instalado en España con ese discurso mantenido del gobierno. Tengo la sensación de que hemos retrocedido décadas en nuestra manera de relacionarnos con quienes piensan diferente. La crispación ha convertido conversaciones en auténticas batallas ideológicas. Las etiquetas sustituyen a los argumentos, las descalificaciones reemplazan al debate y cualquier discrepancia se interpreta como una declaración de enemistad. Considero que Pedro Sánchez ha contribuido a alimentar esa dinámica mediante una estrategia discursiva que, a mi entender, presenta la política como una confrontación entre bloques moralmente incompatibles. No es el único responsable. Determinados medios de comunicación y las redes sociales también participan de esa espiral. 

Me preocupa la facilidad con la que términos como “facha”, “comunista”, “rojo” o “fascista” se utilizan para desacreditar a personas que simplemente expresan opiniones distintas. No todo aquel que cuestiona las políticas migratorias es xenófobo. Ni todo aquel que critica una ley es enemigo de los derechos sociales. O aquel que rechaza una decisión del Gobierno pertenece a la extrema derecha. Del mismo modo, tampoco toda persona de izquierdas es radical ni todo votante conservador carece de sensibilidad social. Una sociedad verdaderamente plural debería ser capaz de comprender estas diferencias. Y precisamente porque sigo valorando la libertad, la igualdad y la justicia, me niego a aceptar que esos principios sean patrimonio exclusivo de ningún partido.

Es imprescindible recordar en estos momentos al filósofo francés Montesquieu. Si levantara la cabeza probablemente tendría mucho que decir sobre el funcionamiento de nuestras instituciones. En su libro, “El espíritu de las leyes”, desarrolló el principio de separación de poderes, el poder legislativo, del ejecutivo y el judicial. Concebido precisamente para evitar la concentración de la autoridad y proteger la libertad frente a los abusos. 

La democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta en una urna cada cuatro años como nos han hecho creer, sino que nos permite exigir instituciones independientes, mecanismos de control, transparencia y rendición de cuentas. Aunque nuestra constitución articula la distribución y el control del poder entre distintas instituciones, el sistema español presenta deficiencias importantes en este aspecto, por la influencia en determinados nombramientos institucionales. Y durante estos ocho años de gobierno, mi preocupación por esta cuestión no ha hecho más que aumentar. Hasta qué punto hemos normalizado prácticas que debilitan la confianza ciudadana en las instituciones. 

Uno de los aspectos que más ha deteriorado mi confianza en Pedro Sánchez ha sido su relación con las promesas electorales y los compromisos públicos. En política es inevitable negociar y adaptarse a circunstancias cambiantes, pero existe una diferencia monumental entre modificar una posición y defender con absoluta contundencia una cosa para, posteriormente, hacer exactamente la contraria sin ofrecer explicaciones que resulten convincentes. Los acuerdos parlamentarios con EH Bildu, los cambios de posición respecto a los independentistas catalanes y, especialmente, la aprobación de la ley de amnistía representan para mí algunos de los ejemplos más significativos.

La amnistía puede defenderse desde argumentos jurídicos y políticos, y también puede rechazarse legítimamente. Mi discrepancia se encuentra tanto en su contenido como en las circunstancias de su aprobación, después de que el propio Sánchez hubiera manifestado anteriormente su oposición a esa medida. Cuando una decisión de semejante trascendencia coincide con la necesidad de conseguir apoyos para una investidura, considero inevitable preguntarse si responde a una estrategia de supervivencia. Y esa pregunta, en democracia, debería poder formularse sin que quien la plantee sea automáticamente descalificado. 

Existe, además, una realidad que nos afecta directamente a millones de españoles: el encarecimiento de la vida. La alimentación, la vivienda, los suministros y numerosos servicios esenciales se han convertido en una preocupación constante para muchas familias. Aunque la inflación responde a múltiples factores, algunos internacionales, considero que un Gobierno debe ser evaluado también por su capacidad para aliviar sus consecuencias. El problema es cuánto poder adquisitivo han perdido los hogares y qué posibilidades reales tienen de construir un proyecto de vida estable. La vivienda es, a mi juicio, uno de los mayores fracasos colectivos de nuestro país. Resulta desolador que tantos jóvenes, incluso teniendo empleo, no puedan emanciparse, ahorrar o acceder a una vivienda digna. Y tampoco podemos olvidarnos de quienes, sin ser ya tan jóvenes, siguen destinando una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler. 

A esta fotografía del país, se le añade el endeudamiento público, las interminables listas de espera sanitarias, la precariedad de determinados sectores laborales y las dificultades estructurales en España. No atribuyo todos estos problemas exclusivamente a Sánchez, porque sería deshonesto ignorar su origen anterior o los factores externos que los agravan, pero tampoco considero razonable eximir de responsabilidad a quien lleva tantos años gobernando. El tiempo en el poder debería servir para resolver problemas, no para convertirlos indefinidamente en argumentos contra gobiernos anteriores.

Otro de los asuntos que más rechazo me producen es la sucesión de investigaciones judiciales y escándalos relacionados con personas del entorno político y personal del presidente. La corrupción no pertenece exclusivamente a ningún partido. La historia democrática española ofrece ejemplos suficientes para saber que ningún espacio ideológico está inmunizado contra ella. Precisamente por eso me resulta decepcionante que quienes llegaron al poder presentándose como una alternativa regeneradora terminen enfrentándose a cuestionamientos tan graves sobre la integridad de personas de su entorno. Un gobernante también debe responder por las personas que elige y por la manera en que reacciona cuando aparecen indicios de irregularidades. La ejemplaridad no debería ser un recurso retórico reservado a los discursos de investidura. 

Lo mismo pienso de las controversias relacionadas con la Fiscalía y el Poder Judicial. Es la primera vez en la historia de nuestra democracia que los jueces se han puesto en huelga. Y, por si todo lo anterior fuera poco, esta legislatura nos ha regalado uno de los mayores plot twists de la historia política española. Un giro de guión tan surrealista que parece digno meritorio de aparecer en una película de Berlanga. Según las informaciones publicadas, personas presuntamente vinculadas a una trama relacionada con antiguos miembros del PSOE habrían contactado con un clan de narcotraficantes de Badajoz para “eliminar” a la jueza Beatriz Biedma, encargada de investigar a David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno. Lo verdaderamente esperpéntico, que estoy segura que ni el propio Valle Inclán hubiera imaginado, es que según las denuncias conocidas, el clan habría rechazado la propuesta por desconfianza hacia quienes se la planteaban.  Es decir, que el encargo habría resultado demasiado poco fiable incluso para los propios narcotraficantes. Si este suceso llega a acreditarse judicialmente, estaremos ante uno de los episodios más grotescos de nuestra historia política reciente. Es insuperable desde el punto de vista de la ironía.

Tampoco puedo dejar en el olvido ni mucho menos la gestión de distintas crisis nacionales: no solo la citada pandemia, sino la gestión de la erupción volcánica de La Palma, las tensiones migratorias en Ceuta, la pésima gestión de la DANA en Valencia, los graves problemas relacionados con las infraestructuras (el estado de las vías ferroviarias y carreteras) los servicios públicos (con sus correspondientes huelgas de médicos y profesores). Un presidente no puede evitar una catástrofe natural, pero sí tiene la obligación de impulsar una respuesta eficaz, coordinar los recursos disponibles y explicar con transparencia las decisiones adoptadas. Cuando se producen tragedias, lo último que espero de los responsables políticos es propaganda o enfrentamientos destinados a desplazar las culpas. Espero humanidad, responsabilidad y soluciones. No necesito que un presidente o ministro me convenza constantemente de que todo funciona extraordinariamente bien. Necesito que reconozca los problemas y no que diga: “si necesitan ayuda, que la pidan”, porque es insultante.

No voy a terminar esta reflexión defendiendo ni mucho menos al principal partido de la oposición. Alberto Núñez Feijóo no es precisamente santo de mi devoción. Durante la pandemia discrepé profundamente de determinadas medidas sanitarias que llevó a cabo en Galicia. La defensa de la libertad individual y el debate sobre esas medidas siguen siendo cuestiones importantes para mí. Y es que mi desencanto con Sánchez no implica una conversión automática al Partido Popular. Quizá una de las mayores dificultades de nuestro sistema político sea que muchas personas votan no porque crean en un proyecto, sino porque desean impedir que gobierne otro. Por ello apelo al voto alternativo hacia otros partidos que se han originado y a los que deberíamos dar una oportunidad.

Siempre me ha interesado la psicología y la manera en que determinadas personalidades llegan a ocupar posiciones de influencia. Existen investigaciones sobre la presencia de la psicopatía en política y entornos corporativos. En el caso de Pedro Sánchez, su estilo político me transmite exactamente eso. Observo en muchas de sus decisiones una tendencia a anteponer la supervivencia política a la coherencia. Y llegados a este punto, quiero introducir la astrología en este contexto. No como un método científico capaz de predecir resultados electorales, sino como una lectura simbólica que me gusta explorar. Pedro Sánchez nació bajo el signo de Piscis, un signo de agua asociado con la intuición, la adaptabilidad, la sensibilidad y la capacidad de desenvolverse en escenarios cambiantes. En su expresión menos equilibrada, su sombra, se le atribuye a Piscis tendencias como la evasión, la toxicidad, la ambigüedad, la idealización y la dificultad para establecer límites claros. Desde mi interpretación personal, algunas de estas características encuentran un curioso paralelismo con la trayectoria política de Sánchez. Por otro lado, Alberto Núñez Feijóo es Virgo, un signo de tierra asociado con el análisis, la organización, el pragmatismo y la necesidad de orden. La oposición simbólica entre Virgo y Piscis resulta súper interesante aquí. Es increíble que justo los dos oponentes políticos principales sean opuestos en sus soles, pero lo es más, si miramos sus lunas. Sánchez la tiene en Virgo y Feijóo en Piscis. ¡También lo son en sus lunas! En cuanto a los otros representantes de partidos políticos, tenemos a Santiago Abascal, Aries de pura cepa con un stellium en Cáncer, (de ahí su interés en respetar los valores tradicionales, la familia y la defensa del país), Roberto Moreno, Géminis, Irene Montero quien comparte signo con Gabriel Rufián, Acuario; el líder de SALF, Alvise Pérez y Luis María Pardo, quienes también comparten sol, esta vez en Piscis. 

Feijoó tiene a su Venus en Leo y un posible ascendente en ese signo. Leo, se le asocia con la visibilidad, el liderazgo, el reconocimiento público y la necesidad de destacar. Si tenemos en cuenta los tránsitos planetarios, activarán favorablemente esos mismos puntos en su carta natal. Se podría relacionar con una etapa de mayor protagonismo teniendo en cuenta que Júpiter está en Leo y le activa su Venus y ascendente, y esto sería una marcador de su posible éxito. Además, el próximo año Júpiter pasará a Virgo, su sol. El 29-N habrá luna en Leo, lo que activará su ascendente y su Venus. En base a esta lectura, creo que es quien mejor resultado obtendrá ese día, pero no gobernaría en mayoría, se cree que pactaría con Vox, representado por un Aries que ahora tiene a Saturno y Neptuno en su signo, y tanto el Sol en Sagitario como Júpiter y la Luna en Leo de ese día, le harían un trígono a su Sol y sextil a su Luna en Libra. Eso sería un buen augurio también para ese partido. 

Mi intuición política es que Pedro Sánchez podría enfrentarse a un resultado electoral desfavorable y que el Partido Popular podría beneficiarse del desgaste del Gobierno, aunque eso no garantiza que Feijóo consiga formar una mayoría suficiente para gobernar, como he comentado. No obstante, esto ha sido una pincelada astrológica, ya que una predicción rigurosa requiere levantar la carta correspondiente a la fecha electoral, estudiar los tránsitos exactos y contrastarlo con sus datos natales. Y, por supuesto, los resultados los decidirán los ciudadanos en las urnas, no los planetas.

Para finalizar, comentar que hace años llegué a un punto en el que trascendí la polaridad izquierda/derecha. No me considero ya de ninguna ideología porque he aprendido que nos limitan y separan. Son una forma de pensamiento que se nos ha inculcado para tener a la población distraída y enfrentada. Un resultado de ingeniería social, como tantas otras cosas. No me gusta entrar en un molde, ni me gustan los límites, ni que me digan lo que tengo que hacer o pensar. Me interesa la honestidad, la coherencia, la libertad, la justicia social, la igualdad y el respeto a las instituciones democráticas. Y si un dirigente traiciona, a mi juicio, esos principios, no voy a justificarlo simplemente porque pertenezca al espacio político con el que alguna vez me identifiqué. La lealtad a unas ideas no debería confundirse con la obediencia a quienes dicen representarlas. Superemos eso y pensemos por nosotros mismos. 

Mi mayor decepción ha sido comprobar hasta qué punto la política puede convertir principios en simples herramientas de confrontación partidista. Por encima de cualquier líder, partido o ideología, debería estar siempre el respeto a los ciudadanos y a las instituciones que hacen posible nuestra convivencia. No he dejado de creer en la libertad, la igualdad o la justicia. Por eso, no votaré por el bipartidismo imperante. No sé qué más hace falta para que la gente deje de apoyar a las ideologías. Sean sus consignas de un color o de otro. Hay que empezar a abrirse a nuevas posibilidades de pensamiento, cambiar y aspirar a tener líderes honestos. Parece una utopía, pero es necesario creer que podemos cambiar la sociedad. Sí se puede y se comienza votando.


Un abrazo y mucha fuerza.


Beatriz Casaus 2026 ©




lunes, 26 de octubre de 2026

Cuando la oscuridad se disfraza de diversión

 “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Jesús de Nazaret. Juan 8,12)

“La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”. (Jesús de Nazaret. Juan 3,19)


Se acerca Halloween y este año me he propuesto compartir mi visión sobre esta celebración, con la esperanza de que, al menos, alguien se detenga a reflexionar y se plantee si realmente quiere celebrarla o simplemente lo hace por costumbre, sin cuestionarse nada más. Si consigo despertar esa reflexión, aunque sea en una sola persona, para mí ya habrá merecido la pena escribir esto. Será todo un triunfo y me daré por satisfecha.

Me pregunto si somos realmente conscientes de lo que celebramos o simplemente participamos en aquello que la sociedad y la industria del entretenimiento nos ponen delante sin cuestionarnos absolutamente nada. Una cosa es divertirse, disfrazarse y disfrutar de una fiesta, y otra muy distinta es conocer el trasfondo espiritual de aquello en lo que estamos participando, porque cuando es así, quizá ya no lo volveríamos a hacer. Parece que basta con ponerle la etiqueta de “diversión” a cualquier cosa para que automáticamente quede exenta de reflexión o responsabilidad. Considero que hay determinadas celebraciones cuyo trasfondo merece ser examinado antes de sumarnos a ellas alegremente.

Halloween es una celebración de antiguas tradiciones paganas. Etimológicamente, su nombre procede del inglés All Hallows' Eve, que significa literalmente “víspera de Todos los Santos”. La palabra hallow está relacionada con lo santo o sagrado, mientras que eve significa víspera. Una celebración cuyo nombre hace referencia a la santidad pero que, sin embargo, en su versión contemporánea se ha convertido en una exaltación estética de la muerte, los demonios, las brujas, los espíritus malignos, los cadáveres y todo aquello que tradicionalmente se ha asociado con las tinieblas. 

Mucho antes de que Halloween se convirtiera en una fiesta comercial, los antiguos pueblos celtas de Irlanda y otras regiones celebraban el Samhain, una festividad que marcaba el final de la temporada de cosechas y el comienzo de la mitad oscura del año. La palabra Samhain proviene del irlandés antiguo y significa “final del verano”. Para aquellos pueblos, los cambios estacionales no eran simples acontecimientos meteorológicos, sino que tenían un significado simbólico y religioso. Según las tradiciones irlandesas transmitidas posteriormente, Samhain era también un momento en el que la frontera entre el mundo de los vivos y el “otro mundo” se volvía especialmente permeable, de manera que los seres sobrenaturales podían aproximarse al mundo humano. 

La gente se disfraza de demonios, representan escenas de muerte, decoran sus casas con cadáveres y esqueletos y reproducen imágenes de terror sin detenerse a pensar en lo que simbolizan. Todo ello bajo una justificación de que es inocente, porque es “solo una fiesta”. A mí, personalmente, me parece que hemos perdido buena parte de nuestra capacidad de discernimiento, porque una cosa es conocer y respetar las tradiciones de otras culturas y otra muy distinta es participar en ellas sin comprender su significado.

Los símbolos transmiten ideas, incluso cuando hemos olvidado su significado original. Una cruz no es simplemente dos líneas que se cruzan, así como una bandera no es únicamente un trozo de tela. Tienen un significado por aquello que representan. ¿Por qué, entonces, cuando hablamos de Halloween debemos fingir que sus símbolos no significan absolutamente nada? La iconografía de esta celebración gira alrededor del miedo, la muerte, los monstruos, la brujería, los demonios y el terror. Por supuesto, una persona puede utilizar esos elementos sin creer en nada sobrenatural, pero eso no elimina su significado, ni su alcance.

En el pasado sí lo celebré y me disfracé, pero hace años que soy consciente de lo que implica. Ya no encuentro ninguna necesidad de celebrar la oscuridad, aunque sea desde la parodia. Si todo el mundo pudiera ver y sentir las energías como algunas personas lo hacen o percibimos, quizá se replantearían esta celebración. Tal vez ni siquiera  participarían en ello, porque no todo aquello que parece un juego carece de consecuencias en el plano energético. Hay quienes sostienen, entre los que me incluyo, que determinadas prácticas, rituales e invocaciones pueden favorecer el contacto con lo se que denominan energías densas, entidades del bajo astral o influencias espirituales negativas. Participar deliberadamente en estas prácticas equivale a abrir una puerta a ello. Y aunque es importante distinguir entre disfrazarse y realizar un ritual de invocación, porque evidentemente no son lo mismo, desde mi sensibilidad espiritual prefiero no trivializar ninguna práctica relacionada con aquello que considero oscuro. Porque que no lo veas no significa que no exista. Yo no pretendo demostrar científicamente que existen portales sobrenaturales que se abren automáticamente cada 31 de octubre, pero sí que sé que se producen y que ese día el velo entre los dos mundos es mucho más fino. 

Por eso, las corrientes ocultistas y satanistas que son buenas conocedoras de este conocimiento, aprovechan ese día en concreto para realizar los peores rituales. Es su día de celebración por antonomasia. Anton Lavey, el máximo satanista contemporáneo, dijo que es un culto al diablo. Hay un testimonio del ex-líder de la iglesia satanista South African Satanic Church en Sudáfrica, Riaan Swiegelaar, que advierte sobre la importancia de no festejar ni participar en Halloween. Anunció públicamente su abandono de esa organización en 2022 debido a una experiencia que interpretó como un encuentro con el amor de Cristo, y por la que se ha unido al Cristianismo desde entonces. En uno de esos testimonios, que conviene escuchar, dice textualmente que “se alegraban mucho que, una vez al año, los niños celebraran el mal.” También advierte que el simple hecho de que alguien se disfrace o festeje ese día, es una invitación para esas entidades en la vida de las personas que lo hacen. Me hace gracia que cuando hablo de esto con la gente me digan: “Ay, no hables eso, que me da miedo”. Pero luego no les da miedo todo lo que se ve durante ese día. Si de verdad fueran conscientes de lo que acarrea, sí que les daría auténtico pavor. 

Me parece especialmente preocupante la facilidad con la que hemos normalizado que los niños se disfracen de demonios, cadáveres ensangrentados o figuras relacionadas con el mal. ¿Realmente necesitamos familiarizar a los más pequeños con toda esa estética para que se diviertan? También según Riaan Swiegelaar, si dejamos que los niños participen en ello, porque es lo que todo el mundo hace ese día, estamos permitiendo que esas entidades se cuelen en sus vidas. Así de importante es esto. Podemos hacer como que no ocurre y seguir celebrándolo, o podemos hacer algo con lo que sabemos. 

Por su parte, la Iglesia católica celebra el 1 de noviembre la solemnidad de Todos los Santos y el 2 de noviembre la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Son fechas dedicadas a la esperanza en la vida eterna y la memoria de quienes han fallecido. Es un marcado contraste con una celebración comercial qu convierte la muerte en espectáculo y el miedo en entretenimiento. Mientras una tradición invita a recordar a los muertos desde la oración, la esperanza y el recogimiento, la otra apuesta por una estética macabra que, personalmente, no encuentro edificante. No deja de resultar paradójico que una fecha cuyo nombre significa “víspera de Todos los Santos” haya terminado identificándose principalmente con demonios, monstruos y películas de terror. No estoy diciendo que todas las personas que celebran Halloween estén rechazando conscientemente los valores cristianos, porque sería absurdo atribuir semejante intención a millones de personas que simplemente quieren divertirse, pero sí que desconocen el significado que ello implica. 

Halloween también es un negocio. Mueve una enorme industria de disfraces, decoraciones, películas, espectáculos, fiestas y productos comerciales. Cada año se multiplican las campañas publicitarias, los escaparates se llenan de esqueletos y las redes sociales se inundan de imágenes macabras. Todo perfectamente empaquetado, comercializado y presentado como diversión. Y, por supuesto, quien cuestiona algo de esto corre el riesgo de ser considerado exagerado, anticuado o demasiado espiritual. Pero a mí nunca me ha preocupado especialmente ir a contracorriente. Lo que me llama la atención es nuestra facilidad para aceptar determinadas costumbres sin preguntarnos de dónde vienen, qué representan o por qué sentimos la necesidad de participar en ellas. 

Llevo muchos años sin celebrarlo y no, no es porque no me guste divertirme ni disfrazarme. Todo lo contrario. Me encanta. Precisamente hago fiestas de disfraces en otros momentos del año. Pero creo que podemos divertirnos sin necesidad de recurrir a representaciones del mal. También creo que vivimos en una sociedad que ha confundido la libertad con la ausencia absoluta de discernimiento. Que una costumbre sea multitudinaria y se presente como inocente no la convierte automáticamente en inocua. No pretendo imponer mis creencias a nadie. Cada persona es libre de celebrar aquello que considere oportuno, pero en mi caso, el 31 de octubre es una noche en la que percibo mucha densidad ambiental que no me resulta agradable. Sé que se trata de una experiencia personal y no de una realidad demostrable para los demás, pero he aprendido a respetar mis propias percepciones. 

Prefiero dedicar esos días a recordar a quienes ya no están y honrar su memoria. Prefiero la luz al miedo, la belleza a lo macabro, la conciencia a la costumbre y el discernimiento a la imitación colectiva. Cuando alguien me diga que Halloween es simplemente una fiesta inocente, espero que en algún momento descubra lo que esconde en verdad. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Yo, desde luego, lo tengo claro. Este 31 de octubre, no cuenten conmigo.


Beatriz Casaus 2026 ©




miércoles, 14 de octubre de 2026

Iza tu vela

 “Hasta que hagas consciente lo inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino.” (Carl Gustav Jung)

“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.”(George Santayana) 

"Those who cannot change their minds cannot change anything."(George Bernard Shaw)

Hace unos días leí una entrevista a la fantástica actriz Lola Dueñas en la que decía: "El dolor se hereda. No he tenido hijos y así el dolor termina en mí". Aquellas palabras me hicieron reflexionar y fueron precisamente las que inspiraron este relato. 

Podemos heredar mucho más que rasgos físicos o bienes materiales. También recibimos heridas emocionales, miedos, creencias, prejuicios y formas de relacionarnos que, muchas veces sin ser conscientes de ello, repetimos generación tras generación. Y esto no sucede únicamente en el ámbito familiar, sino también en el colectivo, donde seguimos arrastrando enfrentamientos ideológicos, resentimientos y heridas históricas que contribuyen a la polarización que vivimos actualmente.

Creo que una de nuestras mayores responsabilidades es aprender a cuestionar aquello que hemos heredado, desarrollar un pensamiento propio y tomar conciencia de los patrones que repetimos para decidir cuáles queremos conservar y cuáles transformar. Comprender de dónde venimos no significa estar condenados a repetirlo. Tampoco podemos cambiar el pasado de quienes nos precedieron, pero sí podemos evitar que determine nuestro futuro.

Ahora sí, os dejo con el relato.



Iza tu vela

Beth había llegado allí sin saber muy bien qué esperaba encontrar. Quizá una respuesta o una explicación que pusiera algo de orden en aquella sucesión de relaciones que parecían comenzar siempre de manera diferente y terminar exactamente en el mismo lugar. Durante años había pensado que simplemente había tenido mala suerte en el amor, que se había cruzado con los hombres equivocados o que pertenecía a esa clase de personas a las que les costaba encontrar a alguien con quien construir una relación sencilla y duradera. Sin embargo, últimamente había empezado a sospechar que detrás de tantas historias diferentes se escondía siempre la misma historia. Cambiaban los nombres, los rostros, las circunstancias y las excusas, pero permanecía una sensación que conocía demasiado bien: la de estar esperando a que alguien terminara de elegirla. Por eso aquella tarde, sentada en una sala junto a un grupo de desconocidos, sintió por primera vez que quizá no había ido allí para comprender a los hombres que habían pasado por su vida, sino para comprender por qué ella los había elegido.

Aquel día tenía la cabeza embotada y le costaba procesar lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Cuando llegó su turno, se puso delante de todos y comenzó a hacer lo que le estaban pidiendo. Había acudido a aquella sesión de constelaciones familiares movida más por la curiosidad que por la convicción. Una amiga le había hablado de aquello durante meses y ella, después de varias relaciones sentimentales fallidas, había terminado aceptando. Cuando le preguntaron qué quería trabajar, tardó unos segundos en responder y finalmente dijo que sus relaciones. La respuesta parecía demasiado sencilla para todo lo que escondía. Podría haber dicho que quería saber por qué siempre terminaba enamorándose de hombres que no podían amarla como necesitaba, por qué cuando alguien se acercaba demasiado se asustaba y cuando se alejaba sentía que se moría o por qué llevaba prácticamente toda su vida intentando conseguir que alguien la eligiera. Pero se limitó a decir que quería trabajar sus relaciones y aquello bastó.

Cuando cerró los ojos le llegó una imagen nítida a la mente. Vio a su madre mucho más joven, casi de su misma edad, con el pelo recogido y una expresión que reconoció inmediatamente porque la había visto muchas veces durante su infancia. Pero su madre no estaba mirando a su padre. Miraba a otro hombre. Beth sintió una presión en el pecho. No sabía exactamente de dónde procedía aquella imagen ni qué parte pertenecía a la intuición, a la imaginación o a recuerdos familiares escuchados muchos años atrás, pero algo dentro de ella se estremeció. Su madre había estado profundamente enamorada de otro hombre antes de casarse con su padre y aquella posibilidad cayó sobre ella como una piedra. Recordó entonces una conversación lejana, una frase pronunciada por una tía durante una comida familiar cuando Beth apenas tenía diecisiete años. Su madre había tenido un novio al que había querido muchísimo antes de conocer a su padre. Nadie había dado demasiada importancia a aquellas palabras y ella tampoco. Hasta ahora.

De repente comenzaron a aparecer recuerdos aparentemente inconexos: los silencios de su madre, aquella tristeza que algunas tardes se instalaba en su rostro sin motivo aparente, su irritabilidad, las discusiones absurdas con su padre, las ocasiones en las que decía que una mujer tenía que sentar la cabeza y dejarse de romanticismos. Beth abrió los ojos y dijo en voz alta que su madre no estaba enamorada de su padre cuando se casó con él. Nadie respondió, y precisamente aquel silencio hizo que continuara hablando. Su padre era bueno, responsable, la quería y le ofrecía una vida tranquila. Su madre quería casarse, tener hijos, formar una familia y hacer lo que se suponía que tenía que hacer. Pero querer construir una familia con alguien no significaba necesariamente estar enamorada de él, y Beth empezó a preguntarse si su madre no habría confundido durante años la seguridad con el amor.

Pronunciar aquellas palabras le produjo un dolor inesperado porque inmediatamente pensó en su padre, en aquel hombre bueno que había dedicado media vida a una mujer cuyo corazón, al menos durante algún tiempo, había pertenecido a otro. Después pensó en ella misma y en los hombres que habían ido apareciendo a lo largo de su vida. Uno estaba casado, otro acababa de salir de una relación y repetía constantemente que no estaba preparado para enamorarse, otro decía quererla pero desaparecía durante días, otro le prometía un futuro que nunca llegaba y el último había sido quizá el más doloroso de todos porque con él no existía ningún impedimento real. No había esposa, ni distancia, ni una relación anterior demasiado reciente. Simplemente no quería comprometerse con ella. Beth se quedó inmóvil al reconocer una especie de hilo invisible que parecía atravesar todas aquellas historias: el amor imposible, el amor dividido, el amor que espera, el amor que no termina de ser elegido. Aquello era lo que conocía.

Durante años había pensado que tenía mala suerte en el amor, pero ahora comenzaba a preguntarse si, además del azar, de las elecciones equivocadas y de las circunstancias particulares de cada relación, existía dentro de ella una familiaridad con determinada manera de amar. Quizá no porque estuviera escrito mágicamente en ninguna parte, sino porque las personas aprendemos mucho antes de comprender que estamos aprendiendo. Aprendemos observando cómo se quieren nuestros padres, qué toleran, qué callan, qué sacrifican y qué esperan del otro. Aprendemos qué significa ser mujer observando a nuestras madres y qué significa ser hombre mirando a nuestros padres. Aprendemos qué debemos esperar del amor y, sobre todo, qué debemos soportar para conservarlo. Y también aprendemos de sus silencios, quizá más que de sus palabras, porque aquello que una familia no explica no desaparece necesariamente; muchas veces permanece escondido, esperando otra forma de manifestarse.

Cuando salió de aquella reunión de constelaciones familiares se marchó cabizbaja y sin hablar con nadie. Todos los que habían participado en su sesión fueron especialmente amables con ella y una mujer incluso se acercó para abrazarla, pero Beth agradeció el gesto y se apartó enseguida. No quería socializar con nadie. Su dolor no se lo permitía. Caminó durante casi una hora sin rumbo mientras intentaba imaginar cómo habría sido la vida de su madre. “No puedo imaginarme casándome y teniendo hijos con alguien a quien no amo”, pensó. Y entonces apareció la ira, una ira infantil, irracional e inmensa. ¿Por qué lo hiciste, mamá? ¿Por qué te casaste con papá si querías a otro? ¿Por qué trajiste hijos al mundo dentro de una historia que había comenzado con una renuncia? ¿Por qué nunca me lo contaste? Durante unos minutos culpó a su madre de casi todos sus fracasos sentimentales porque era mucho más sencillo pensar aquello que aceptar la complejidad de las decisiones humanas.

Sin embargo, mientras caminaba, comenzó a recordar quién había sido realmente su madre: una mujer nacida en otro tiempo, educada para pensar que existía una edad para casarse, otra para tener hijos y una forma correcta de construir una vida. Quizá nadie le había preguntado qué quería. Quizá ni siquiera ella misma se lo había preguntado. Eso era precisamente lo terrible. ¿Cuántas personas toman las decisiones más importantes de su existencia creyendo que están eligiendo cuando en realidad están obedeciendo? Obedeciendo a sus padres, a su época, al miedo, a las expectativas, a aquello que “hay que hacer”. Su madre había crecido escuchando que un buen hombre era suficiente, que la pasión terminaba desapareciendo, que lo importante era formar una familia y que había oportunidades que una mujer no debía dejar escapar. Quizá se casó pensando que el amor llegaría después o que aquella tranquilidad que sentía al lado de su futuro marido era una forma menos apasionada, pero más sensata, de amar.

Beth sintió entonces que la ira empezaba lentamente a transformarse en otra cosa. Todavía no era compasión, pero se parecía. Comprender el origen de una decisión no significaba justificarla, pero sí permitía contemplarla desde un lugar diferente. De pronto su madre dejó de ser solamente la responsable de una historia que ahora Beth sentía que había heredado y volvió a convertirse en una mujer. Una mujer con miedo, deseos, contradicciones y limitaciones. Una mujer que también había recibido una herencia de otras mujeres anteriores a ella y que probablemente había hecho muchas cosas convencida de que no tenía otra opción.

Nada más llegar a casa, Beth cogió el teléfono y marcó el número de su padre. Hablaron primero de cosas sin importancia: del tiempo, de una avería en la calefacción, de una vecina que había vuelto a aparcar ocupando dos plazas. Beth respondía distraída porque no sabía cómo llegar hasta donde realmente quería llegar. Finalmente respiró hondo y le preguntó si su madre había estado enamorada de alguien antes que de él. Al otro lado de la línea se produjo un silencio demasiado largo. Su padre preguntó a qué venía aquello y Beth supo inmediatamente que había tocado una herida. Desde que su mujer había muerto se había vuelto mucho más hermético, como si hubiese cerrado una habitación dentro de sí mismo y hubiera tirado la llave. Beth le explicó que se había acordado de algo que había dicho una vez su tía, pero su padre se limitó a responder que su madre había tenido su vida antes de conocerle, como todo el mundo.

—No te he preguntado eso —dijo Beth—. Te estoy preguntando si tú sabías que seguía enamorada de él cuando os casasteis.

Su padre volvió a guardar silencio y después pronunció una frase que la hirió más de lo que esperaba: “Hay cosas que después de tantos años no tiene sentido remover”. Beth llevaba toda la tarde pensando precisamente lo contrario. Las cosas que no se remueven no siempre desaparecen. A veces se enquistan, cambian de forma, se convierten en comportamientos, silencios, miedos o decisiones y terminan encontrando otras voces a través de las cuales expresarse. Quizá para su padre no tuviera sentido hablar de aquello tantos años después, pero para ella sí. Necesitaba comprender de dónde venía, aunque empezaba a sospechar que comprender de dónde venimos no significa necesariamente encontrar una explicación perfecta para todo lo que nos sucede.

Su padre terminó admitiendo que su madre había querido mucho a aquel hombre y que aquella relación no había podido ser. Después apareció él. Le recordó que la vida no era una película y que las relaciones humanas eran mucho más complejas que dividirlas entre amor verdadero y amor falso. Habían compartido cuarenta años, habían tenido hijos, construido una casa, atravesado enfermedades, entierros, problemas económicos, vacaciones, discusiones, reconciliaciones y cientos de domingos corrientes. Le preguntó si de verdad pretendía reducir cuarenta años de vida a quién había querido su madre cuando tenía veintitantos años. Beth se quedó en silencio porque aquella pregunta desarmaba parte del relato que acababa de construir en su cabeza. Su padre había sido feliz con ella. Quizá su madre también había terminado queriéndole profundamente. Quizá un amor no borraba necesariamente al anterior. Quizá las historias humanas eran mucho menos ordenadas de lo que a nosotros nos gustaría.

Aquella noche Beth apenas durmió. Comprendió que descubrir el pasado no significaba obtener una explicación perfecta y que las familias no eran ecuaciones en las que bastaba localizar un acontecimiento para trazar una línea recta hasta el presente. Había matices, contradicciones y personas que habían hecho lo que pudieron con las herramientas emocionales que tenían en aquel momento. Pero también comprendió algo fundamental: entender a sus padres no significaba tener que repetirlos. Podía honrar la historia de su madre sin convertirla en su destino. Comprender su miedo sin hacerlo suyo y aceptar que aquella había sido su manera de construir una vida sin tener que elegir la misma forma de amar.

Durante los días siguientes comenzó a escribir. Siempre escribía cuando necesitaba ordenar el mundo. Abrió un cuaderno nuevo y escribió una pregunta: “¿Qué cosas creo porque realmente las he pensado y cuáles creo porque me las enseñaron?”. Debajo escribió otras: “¿Qué entiendo yo por amor? ¿Qué cosas he aceptado por miedo a quedarme sola? ¿Por qué me atraen tanto las personas que no pueden darme aquello que necesito? ¿A quién estoy siendo leal cuando elijo a alguien que no puede elegirme?”. Se quedó mirando aquella última pregunta durante varios minutos y entonces lloró. Pero no lloró como había llorado después de sus rupturas. Era un llanto diferente porque no estaba llorando por ningún hombre concreto, sino por todas las veces que se había abandonado a sí misma mientras esperaba desesperadamente que alguien no la abandonara.

Durante semanas empezó a observarse con una atención que nunca había tenido. Recordó que, curiosamente, los hombres emocionalmente disponibles nunca le habían provocado la misma intensidad. Le parecían previsibles, demasiado fáciles e incluso aburridos. En cambio, bastaba con que un hombre mostrara cierta distancia para que algo dentro de ella despertara. La incertidumbre se convertía en deseo, la ausencia en obsesión y la dificultad en profundidad. Había confundido muchas veces la angustia con el amor. Comprendió entonces que lo conocido puede parecernos seguro incluso cuando nos hace daño y que romper un patrón no consistía necesariamente en dejar de sentirlo de repente, sino en aprender a reconocerlo cuando aparecía y tener la valentía de elegir de manera diferente.

Meses después volvió a pensar en todo aquello durante una comida familiar. Su tío y su primo comenzaron a discutir de política. Al principio fue una conversación normal, pero poco a poco llegaron las voces más altas, las interrupciones, las acusaciones y los reproches. Beth dejó el tenedor sobre el plato y los observó. Durante unos minutos tuvo una sensación extraña porque había visto aquella escena muchas veces antes, aunque no exactamente aquella. Su tío repetía expresiones que ella recordaba haber oído a su abuelo y su primo contestaba con frases que había escuchado durante años en la otra rama de la familia. Entonces comprendió que quizá las sociedades no eran tan distintas de las familias. También transmitían relatos, heridas, silencios, miedos, resentimientos y versiones diferentes de una misma historia. Generaciones enteras podían crecer escuchando quiénes habían sido los buenos y quiénes los malos, a quién había que temer, a quién había que culpar y qué ideas demostraban que uno pertenecía a los suyos.

Beth pensó entonces que la libertad política no podía consistir únicamente en poder introducir una papeleta en una urna cada cierto tiempo. Había una libertad anterior y mucho más difícil de conquistar: la libertad de pensar. Pensar verdaderamente, sin repetir automáticamente aquello que hemos escuchado desde pequeños, sin considerar una traición familiar el hecho de cuestionar las ideas de nuestros padres o abuelos, sin necesitar convertir al que piensa diferente en un enemigo. Comprender a otra persona no significaba darle la razón, del mismo modo que cuestionar una idea heredada no significaba renunciar a nuestra familia. Pensar por uno mismo exigía escuchar, contrastar, leer, conocer distintas perspectivas y, llegado el caso, tener la humildad suficiente para cambiar de opinión.

Pensó en cuántas personas repetían opiniones políticas que jamás habían investigado porque llevaban escuchándolas desde niños y en cómo determinados acontecimientos históricos podían dejar heridas colectivas que continuaban expresándose muchas décadas después. Los hijos heredaban conversaciones, los nietos escuchaban relatos y las generaciones siguientes podían terminar sintiendo como propios agravios que nunca habían vivido directamente. Aquello no significaba olvidar la historia, porque conocerla era precisamente necesario para no repetirla, sino intentar mirarla con conciencia en lugar de utilizarla eternamente para alimentar nuevas hostilidades. Si una familia podía transmitir una herida, una sociedad también podía hacerlo, y quizá parte de la polarización que Beth observaba a su alrededor procedía precisamente de esa dificultad para separar la memoria del resentimiento y la identidad propia de la necesidad de tener siempre un enemigo enfrente.

—¿Y tú qué opinas? —le preguntó de pronto su primo.

Todos esperaron su respuesta. Beth sintió durante unos segundos esa antigua presión por posicionarse inmediatamente, por elegir uno de los dos lados y demostrar así a qué grupo pertenecía. Pero aquella vez no lo hizo.

—Todavía estoy pensándolo —respondió.

Su tío soltó una carcajada y dijo que siempre había que tener una opinión.

—No —contestó Beth—. Siempre hay que tener libertad para formarla.

La mesa quedó en silencio y ella volvió a coger el tenedor. Aquella frase se quedó flotando en su cabeza durante toda la tarde. Libertad para formarla. Quizá eso era exactamente lo que estaba intentando hacer con toda su vida. Formar sus propias ideas, sus propias relaciones, sus propias decisiones. Descubrir dónde terminaban las voces de los demás y dónde empezaba realmente la suya. Porque pensar por uno mismo podía exigir una valentía parecida a la necesaria para amar de una manera distinta a como habíamos aprendido. En ambos casos existía el riesgo de sentir durante algún tiempo que estábamos traicionando una pertenencia.

Unos meses después conoció a Daniel y Daniel no se parecía en nada a los hombres que habían ocupado hasta entonces su historia sentimental. Ese fue precisamente el problema. La llamaba cuando decía que iba a llamarla, contestaba los mensajes, no desaparecía durante días, no provocaba incertidumbre ni hablaba constantemente de heridas imposibles de superar. Cuando quería verla se lo decía y cuando no podía también. No había enigmas que resolver ni silencios que interpretar. La primera vez que le dijo con absoluta naturalidad que le gustaba y quería conocerla de verdad, Beth sintió miedo. No ilusión, sino miedo. Aquello la perturbó durante días. ¿Cómo podía darle miedo precisamente lo que llevaba años diciendo que deseaba?

Una noche, después de cenar juntos, Daniel la acompañó hasta el portal y le preguntó si le ocurría algo con él. Beth respondió que no y él le dijo entonces que quizá no le ocurría nada con él, sino consigo misma. La frase le molestó, probablemente porque había algo de verdad en ella. Subió a casa enfadada y estuvo a punto de enviarle un mensaje diciéndole que prefería dejar de verle. Incluso llegó a escribirlo: “Creo que ahora mismo no estoy preparada para una relación”. Se quedó mirando la pantalla. Era una frase impecable, madura, razonable y completamente falsa. Estaba preparada. Lo que no estaba era acostumbrada. Estaba acostumbrada a esperar mensajes, interpretar silencios, justificar ausencias, perseguir certezas y confundir el sufrimiento con intensidad emocional. La tranquilidad, en cambio, le parecía sospechosa porque nunca había aprendido a reconocerla como una forma posible del amor.

Borró el mensaje y se sentó en el sofá. Recordó a su madre y pensó en aquella mujer joven renunciando a un amor y entrando en otro tipo de vida. Pensó en su padre aceptando una historia que quizá nunca había sido perfecta. Pensó en ella misma persiguiendo durante años aquello que se alejaba y huyendo ahora precisamente de alguien que permanecía. Entonces comprendió que romper una repetición podía sentirse al principio como una traición. Si elegía diferente, ¿seguía perteneciendo a su familia? La respuesta apareció inmediatamente. Sí. Pertenecer no significaba repetir. Amar a nuestros padres no significaba vivir sus vidas. Comprenderlos no exigía imitar sus decisiones. Honrar a nuestros antepasados no podía consistir en cargar eternamente con sus renuncias.

La forma más hermosa de honrar a quienes vinieron antes quizá fuera llegar un poco más lejos que ellos, hacer con conciencia aquello que ellos hicieron desde el miedo, decir lo que ellos callaron, elegir donde ellos obedecieron, perdonar donde ellos no pudieron y dejar de entregar a la siguiente generación aquello que nosotros ya habíamos tenido la oportunidad de mirar. Beth volvió a coger el teléfono y escribió a Daniel: “Perdona. Estoy aprendiendo a no salir corriendo cuando algo me importa”. Daniel tardó unos minutos en responder: “Entonces no corras. Vamos despacio”. Beth sonrió. No sintió mariposas en el estómago ni aquella ansiedad que tantas veces había interpretado como una señal inequívoca de enamoramiento. Sintió paz. Y aquello, curiosamente, empezó a parecerle una señal mucho mejor.

Con el tiempo, Beth dejó de pensar en el transgeneracional como una especie de condena familiar de la que había que escapar. Empezó a entenderlo de otra manera. Las familias transmiten mucho más que apellidos, casas, fotografías, joyas u objetos. Transmiten formas de amar, formas de discutir, maneras de afrontar los problemas, silencios, miedos, ideas sobre el dinero, sobre el éxito, sobre los hombres y las mujeres, sobre aquello que uno merece y sobre aquello que debe soportar. Y las sociedades hacen algo parecido. También heredamos relatos colectivos, palabras cargadas de emociones que existían antes de nosotros, viejas divisiones, recuerdos que no vivimos personalmente pero que llegaron hasta nosotros a través de quienes sí los vivieron o de quienes los escucharon contar.

Por eso Beth terminó convencida de que una de las responsabilidades más importantes de cualquier ser humano era revisar su propia herencia. No para rechazarla, avergonzarse de ella o culpar a quienes vinieron antes, sino para decidir conscientemente qué merecía continuar y qué debía terminar en nosotros. Porque no todo lo heredado merece ser conservado. Hay herencias que se guardan y hay herencias que se transforman. Quizá crecer consistiera precisamente en eso: en mirar hacia atrás sin quedarse atrapado allí, en ser capaz de comprender de dónde venimos sin permitir que ese lugar determine inevitablemente hacia dónde vamos.

Beth nunca pudo saber con absoluta certeza cuánto había amado su madre a aquel hombre ni cuánto había amado después a su padre. Con los años dejó de necesitar saberlo. Comprendió que había preguntas cuya respuesta pertenecía a los muertos y otras cuya respuesta solo podía darla ella. ¿Qué clase de amor quería vivir? ¿Qué cosas estaba dispuesta a aceptar? ¿Qué ideas eran realmente suyas? ¿Qué dolores quería dejar de alimentar? ¿Qué historia quería entregar a quienes vinieran después? Eso sí podía decidirlo. Y quizá ahí empezaba la verdadera libertad: no en vivir sin pasado, porque eso es imposible, sino en conseguir que el pasado deje de elegir por nosotros.


Beatriz Casaus 2026 ©