“La simplicidad es la clave de la verdadera elegancia.” (Coco Chanel)
“La moda pasa, el estilo permanece.” (Yves Saint Laurent)
“La elegancia no consiste en destacar, sino en ser recordado.” (Giorgio Armani)
Hoy voy a salirme un poco de la línea habitual del blog para adentrarme en un terreno diferente: el de la moda, los estilismos y la elegancia. Y qué mejor momento para hacerlo que en plena temporada de Libra, un signo tradicionalmente asociado con la belleza, la estética, la armonía y el buen gusto. Así que, aprovechando esta particular inspiración libriana, hoy me atrevo a hablar de estilo, de aquello que considero elegante (y de lo que no) y, sobre todo, de una idea que siempre me ha parecido relevante: que llevar ropa cara no significa necesariamente saber vestir.
La elegancia se define como la cualidad de mostrar distinción, gracia, sencillez y buen gusto en la manera de ser, de actuar y de vestir. Partiendo de esta definición, siempre me ha parecido una cualidad digna de cultivar y uno de esos valores que, personalmente, aprecio muchísimo. De hecho, ya escribí sobre la elegancia en una entrada de este mismo blog allá por 2013.
Aunque el buen gusto tiene un componente subjetivo, considero que la elegancia también se educa y se desarrolla. Aprender a elegir las prendas adecuadas, conocer qué favorece a cada persona, comprender la importancia de las proporciones y saber adaptar la vestimenta a cada ocasión son habilidades que pueden perfeccionarse con el tiempo. De hecho, basta con observar la evolución estilística de algunas celebridades para comprobar cómo su imagen se ha ido refinando con los años.
Ahora bien, tener dinero o contar con un estilista no convierte automáticamente a nadie en una persona elegante. Disponer de recursos económicos puede facilitar el acceso a determinadas prendas, a buenos profesionales y a un asesoramiento personalizado, pero la elegancia va mucho más allá de lucir ropa de lujo. Una firma prestigiosa no garantiza un resultado acertado, del mismo modo que una prenda asequible puede dar lugar a un conjunto extraordinariamente sofisticado.
Y aquí es donde quiero detenerme en dos actrices cuyas recientes elecciones estilísticas me han llamado especialmente la atención: Zendaya y Penélope Cruz. He elegido esta fotografía de Zendaya porque, a mi parecer, representa a la perfección lo que significa acertar con un estilismo en una alfombra roja. Con este vestido de ensueño, parece una auténtica diosa del Olimpo. La elección del diseño, la silueta, el peinado y la manera de lucirlo componen una imagen armoniosa, espectacular y perfectamente adaptada a la ocasión. Es un ejemplo de cómo aprovechar un evento de repercusión mundial para deslumbrar sin perder la elegancia. Un conjunto magnífico, de esos que consiguen que la moda se convierta en arte. Le pongo un 10.
En el otro extremo de mis preferencias estilísticas se encuentra Penélope Cruz, cuyas últimas apariciones públicas han suscitado comentarios y opiniones muy diversas. Personalmente, reconozco que algunas de sus elecciones de vestuario no terminan de convencerme. Y no es una cuestión de la calidad de las prendas ni de las firmas que las confeccionan, sino de cómo se combinan, de si favorecen a quien las lleva y de si resultan adecuadas para el evento al que se asiste.
En su caso, creo que determinados estilismos no consiguen realzar toda su belleza natural. Por ejemplo, tampoco soy especialmente partidaria de los estampados, y el vestido que aparece en esta fotografía representa bastante bien el motivo. Personalmente, suelo encontrar mucho más elegantes los colores lisos, porque permiten que destaquen la silueta, el corte de la prenda y, sobre todo, la persona que la lleva. Los estampados, especialmente cuando son muy llamativos o recargados, pueden terminar acaparando toda la atención y haciendo que veamos antes el vestido que a la mujer. Evidentemente, existen estampados preciosos pero, si hablamos de elegancia, mi preferencia casi siempre se inclina hacia la sencillez de un buen diseño en un color liso. En este caso concreto, creo que el estampado del vestido de Penélope no le favorece y no consigue potenciar su belleza como podría hacerlo un diseño más limpio y depurado.
Y esto me lleva a otro aspecto de su imagen que también me gustaría comentar: el color de su cabello. Siempre he considerado que Penélope Cruz está especialmente favorecida con su característico castaño oscuro. Es un tono que, desde mi punto de vista, armoniza maravillosamente con sus rasgos, su mirada y su tono de piel. Por eso, me sorprende esa tendencia a aclararle cada vez más el cabello, especialmente con algunas mechas rubias que, personalmente, no encuentro tan favorecedoras como su color natural.
Y aquí surge una reflexión que va mucho más allá de Penélope Cruz. Durante años se ha transmitido a las mujeres la idea de que, a medida que cumplimos años, debemos aclararnos el cabello para suavizar las facciones, aportar luminosidad al rostro o disimular los signos del envejecimiento. Sin embargo, no existe ninguna razón por la que una mujer deba renunciar a su color natural al alcanzar una determinada edad.
El color que más favorece a una persona depende de numerosos factores: su tono de piel, sus rasgos, el contraste natural de su rostro y, por supuesto, sus preferencias personales. No hay una regla universal que establezca que el cabello claro rejuvenece y el oscuro envejece. De hecho, un tono oscuro bien elegido puede aportar una sofisticación y una fuerza extraordinarias a cualquier edad. Ahí tenemos a mujeres como Monica Bellucci, Sophia Loren o Demi Moore, por citar algunas, que han demostrado que la belleza no tienen fecha de caducidad y que no es necesario renunciar a una melena oscura para seguir luciendo una imagen deslumbrante con el paso de los años.
Porque cumplir años no debería significar tener que cambiar nuestra esencia para adaptarnos a una idea preconcebida de cómo debe lucir una mujer madura. Por supuesto, cada mujer es libre de experimentar con su imagen, teñirse, hacerse mechas o cambiar de estilo tantas veces como desee. Lo que cuestiono es esa creencia tan extendida de que aclararse el cabello constituye una especie de obligación estética a partir de cierta edad. No todas las mujeres necesitan el mismo color, ni todas las tendencias favorecen por igual. Personalmente, no soy partidaria de las mechas, especialmente cuando el contraste con el tono base del cabello es muy marcado. Me resulta más elegante los aclarados sutiles e integrados, que aportan luminosidad.
Volviendo a Penélope Cruz, considero que su belleza natural podría potenciarse muchísimo más con un cabello de tonalidad oscura y con elecciones de vestuario que resaltasen sus proporciones y su personalidad. En ocasiones, tengo la impresión de que determinadas prendas, por muy exclusivas que sean, terminan adquiriendo más protagonismo que la propia actriz, cuando, a mi juicio, debería suceder justamente lo contrario.
Y es que vestir bien no consiste únicamente en llevar lo último de las grandes firmas. También implica conocer el propio cuerpo, entender qué cortes y siluetas favorecen, saber combinar colores y texturas y, especialmente, tener en cuenta el contexto. No requiere el mismo estilismo un evento de mañana que una gala nocturna, ni todas las ocasiones exigen el mismo grado de formalidad.
Por eso, me resulta curioso que una actriz de la trayectoria y proyección internacional de Penélope Cruz, con acceso a algunas de las firmas y profesionales más reconocidos del mundo de la moda, luzca en ocasiones conjuntos que, desde mi punto de vista, podrían estar mucho mejor resueltos. Y lo digo desde una perspectiva puramente estética, porque reconocer la belleza de una mujer no significa que tengan que gustarnos todas sus elecciones de vestuario. Penélope Cruz es una mujer bellísima, pero eso no implica que cualquier diseño que lleve resulte necesariamente favorecedor, por muy Chanel que sea.
La elegancia no depende del precio de una prenda, de la exclusividad de una firma ni de la cantidad de dinero que podamos invertir en nuestra imagen. Depende, en buena medida, de la armonía, del criterio, de la naturalidad y de la capacidad de elegir aquello que realmente nos favorece. Ahí reside una de las grandes diferencias entre vestir con ropa de lujo y vestir con elegancia: el lujo puede comprarse, pero el buen gusto también requiere sensibilidad, conocimiento y criterio propio. No se trata de llevar el vestido más caro, sino de saber elegir el vestido adecuado para cada una. Y, para eso, conocerse a una misma también es importante.
Beatriz Casaus 2026 ©





