"Escribo para descubrir lo que pienso." (Joan Didion)
"No hay mayor agonía que llevar una historia no contada dentro de ti." (Maya Angelou)
"Toda literatura es autobiográfica; al final, un escritor solo escribe un libro. Ese libro es él mismo."(Thomas Wolfe)


A veces me preguntan por qué escribo sobre lo que vivo o sobre mi propia vida. Como si la escritura tuviera que nacer únicamente de la imaginación, (que también la uso y mucho) y no de la propia experiencia… o como si convertir la vida en palabras fuera algo extraño. Sin embargo, la historia de la literatura está llena de autores que han hecho exactamente eso. Karl Ove Knausgård escribió sobre su familia, sus amigos, sus relaciones y su intimidad hasta el punto de generar un debate sobre los límites entre la literatura y la vida privada. Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura, convirtió su propia existencia en una obra literaria donde habla de sus padres, del amor y de sus heridas. Rachel Cusk escribió sobre su matrimonio y su divorcio. Mi admirado Marcel Proust construyó personajes inspirados en personas reales o mi querida Sylvia Plath, por ejemplo, transformó su sufrimiento en poesía.
Y no fueron los únicos, desde hace muchos siglos, innumerables escritores han hecho exactamente lo mismo, porque escribir sobre la vida no es una excepción. Es una de las tradiciones más antiguas de la literatura. La diferencia no está en partir de personas reales sino en qué hacer con aquello que se ha vivido. Hay quien convierte una experiencia en una lista de reproches y hay quien intenta comprender por qué esa experiencia sucedió, qué despertó dentro de uno y qué puede revelar sobre la naturaleza humana. Yo pertenezco a este segundo grupo. Escribo porque necesito entender al otro y a mí. También hay experiencias dolorosas que a veces son sanadas en procesos catárticos, y la escritura es uno de ellos.
Igual que utilizo la astrología, la numerología o cualquier otra herramienta simbólica para intentar comprender a las personas y sus comportamientos, tal y como hacía Carl Jung, o la espiritualidad para tratar de entender la realidad que nos rodea, también uso la escritura con el mismo propósito. En realidad, todas forman parte de una misma búsqueda. Siempre he sentido una necesidad casi irrefrenable de comprenderlo todo. Comprender por qué una persona actúa de determinada manera, por qué dos vidas se cruzan en un momento concreto, por qué algunas experiencias nos transforman, por qué existe el sufrimiento, el amor, la pérdida, la envidia, la compasión o la belleza. No me conformo con la explicación superficial de las cosas. Necesito ir un poco más abajo, seguir excavando hasta encontrar aquello que permanece oculto bajo la primera capa.
Soy plenamente consciente de que mi mente humana jamás podrá abarcar la totalidad de la realidad. Hay preguntas que, probablemente, nunca tendrán respuesta mientras vivamos en este plano. Estoy convencida de que solo cuando dejemos este cuerpo físico comprenderemos el sentido completo de nuestra existencia y veremos con claridad aquello que ahora solo intuimos. Y, aun sabiéndolo, sigo buscando. Porque precisamente el hecho de saber que nunca alcanzaré una comprensión absoluta no me hace renunciar a esa búsqueda. Al contrario. Esa limitación no me desanima sino que me impulsa. La búsqueda, para mí, tiene tanto valor como la respuesta.
Cada persona que aparece en mi vida, cada herida, cada alegría y cada experiencia son pequeñas piezas de un puzzle inmenso que intento reconstruir sabiendo que probablemente nunca llegaré a verlo terminado. Quizá esa sea la verdadera razón por la que escribo. No escribo porque crea que tengo todas las respuestas. Escribo, precisamente, porque necesito formular más preguntas. Porque cada texto es un intento de acercarme un poco más a la verdad, aunque nunca llegue a alcanzarla del todo. Es mi manera de dialogar con la vida, de ordenar el caos y de recorrer conscientemente ese camino de búsqueda que, sospecho, terminará el día en que ya no necesite palabras para comprender. No escribo para convencer a nadie. Escribo para ser fiel a la verdad que soy capaz de ver en cada momento de mi vida. Mañana quizá comprenda algo distinto, porque sigo aprendiendo. Pero dejar de escribir sería dejar de buscar.
Es mi manera de dialogar conmigo misma. La forma que tengo de transformar una herida en aprendizaje y un recuerdo en algo que quizá también pueda servir a otra persona. Cuando escribo sobre una boda, no estoy hablando únicamente de una boda. Estoy reflexionando sobre la necesidad de aprobación, sobre el espectáculo en el que a veces convertimos nuestra vida y sobre lo que entendemos por amor. Cuando escribo sobre un incendio, no hablo solo del fuego. Hablo de una sociedad que, en ocasiones, se moviliza más para celebrar que para proteger aquello que dice amar. Cuando escribo sobre personas que han pasado por mi vida, en realidad estoy escribiendo sobre el amor, el ego, el poder, la cercanía, la manipulación, la coherencia, la envidia, el perdón o sobre las heridas que todos, en mayor o menor medida, terminamos dejando en los demás. Las personas son el punto de partida, pero nunca el destino. Porque si algo he aprendido es que toda experiencia humana contiene una enseñanza mucho más grande que la propia persona que la protagonizó. Por eso escribo para comprender. Y, tal vez, para que alguien que nunca me ha conocido pueda leer un texto y pensar: "Esto también me pasa a mí." La escritura también busca esa universalidad, esa identificación.
La palabra "catarsis" procede del griego y significa purificación. Quizá esa sea la definición más sencilla de lo que representa la escritura para mí. Escribo para limpiar el alma. Para convertir el dolor en belleza. Para que aquello que un día me hizo daño no tenga la última palabra. Escribo sobre lo que amo y si amo, pues el amor me escribe a mí. No puedo frenarlo. No elijo escribir. Necesito escribir. Es tan natural para mí como respirar. Algunas personas corren, otras pintan, otras componen música. Yo escribo. Es mi forma de entender el mundo y de encontrar un sentido a lo que, de otro modo, serían solo fragmentos dispersos de una vida. No soy la primera en convertir la vida en literatura y, desde luego, tampoco seré la última. Porque mientras exista el ser humano, existirán historias que necesitan ser contadas.
¡Fuerte abrazo!
Beatriz Casaus 2026 ©




