domingo, 19 de julio de 2026

La puerta de oro que se abre

 "Y aquellos que fueron vistos bailando fueron considerados locos por quienes no podían escuchar la música." (Friedrich Nietzsche)

"Lo que la oruga llama el fin del mundo, el maestro lo llama mariposa." (Richard Bach)


"No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio." (Charles Darwin)



Gráfico de Barbault. Los puntos mínimos de las curvas coinciden con periodos de crisis y transformación colectiva, mientras que las puntos ascendentes se asocian con etapas de crecimiento y nuevos ciclos históricos a lo largo de los años.

Una alineación extraordinaria comienza a dibujarse desde hoy, 19 de julio, y durante estos días en el firmamento. Se trata de una configuración que muchos astrólogos (sobre todo Barbault, del que voy a hablar a continuación) consideran una de las más significativas de todo el siglo. Los tres planetas colectivos, también llamados transpersonales, (Urano, Neptuno y Plutón) se sitúan, en una coincidencia asombrosa, en el grado 4 de los signos en los que se encuentran: Aries, Géminis y Acuario. A los que también se unen Saturno y Júpiter. Este evento inusual y “causal”, inaugura un nuevo ciclo evolutivo para la humanidad. Los planetas transpersonales no hablan únicamente del individuo, sino del destino colectivo, de los grandes cambios históricos, de los giros de conciencia y de los nuevos paradigmas que transforman las civilizaciones. 

En hebreo, el número cuatro corresponde a la letra Dalet (ד), cuyo significado está íntimamente relacionado con la palabra Delet, "puerta". Una puerta representa un umbral. Un límite entre una realidad y la siguiente. Es el instante en el que una etapa termina y otra nueva comienza. Nada vuelve a ser igual después de cruzar un verdadero portal. Desde la visión cabalística, los planetas no son simples cuerpos celestes. Son mensajeros de Hashem (uno de los nombres de Dios), expresiones de su voluntad dentro del orden de la creación. Cada uno transporta una energía, una enseñanza y una misión específica para el ser humano. Que estos cuatro grandes mensajeros (Júpiter, Urano, Neptuno y Plutón) coincidan en el grado cuatro parece señalar precisamente eso. Una puerta colectiva comienza a abrirse. Existe además otra curiosidad numérica: si tomamos los cuatro grados de los cinco cuerpos protagonistas de esta configuración (Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón), obtenemos el número 20. En guematría, el valor numérico 20 corresponde a la letra Kaf, relacionada con la capacidad de contener y manifestar, pero además coincide con el valor de la palabra “oro”. Es como si el cielo estuviera simbolizando la apertura de una puerta dorada, un nuevo umbral hacia una etapa de mayor conciencia. El comienzo de una época dorada. 

El gran astrólogo francés André Barbault, considerado uno de los astrológos más importantes del siglo XX, fallecido en 2019, dedicó gran parte de su vida al estudio de los ciclos planetarios colectivos y es conocido por sus gráficos cíclicos. También, entre otras muchas cosas, por haber advertido años antes que 2020 estaría marcado por un gran acontecimiento relacionado con la salud a nivel mundial, debido a la concentración excepcional de planetas lentos, en conjunción. Observó que cuando varios planetas colectivos se reúnen en conjunción, las tensiones históricas aumentan. En sus gráficos, se puede observar que las curvas descienden cuando aparecen esas concentraciones de planetas, indicando épocas de crisis y desequilibrio. Y las curvas ascienden cuando se producen aspectos armónicos entre los planetas. Lo que es algo esperanzador. Tras toda gran contracción llega una expansión, tal y como es el propio ciclo de la vida o incluso los ciclos económicos estudiados en macroeconomía. Y precisamente, en 2026, ahora, sucede eso. Por ello, él lo denominó el año del despegue. Porque, por primera vez en muchos años, los grandes planetas cambian simultáneamente de escenario. Urano ha entrado definitivamente en Géminis, Neptuno inicia su recorrido por Aries y Plutón se establece en Acuario. Los tres planetas más lentos comienzan un nuevo ciclo histórico. Y Júpiter, el gran expansor, viene a potenciar esa nueva dirección.

Hoy, 19 de julio, y durante los días que rodean esta fecha, Júpiter alcanza exactamente el grado 4 de Leo. La Luna, transitando por Libra, actúa además como una auténtica activadora de esta alienación. Júpiter se encuentra en oposición exacta con Plutón en Acuario. Al mismo tiempo, mantiene un trígono con Neptuno y Saturno en Aries y un sextil con Urano en Géminis. Todos, como he recalcado, en el grado 4 de cada signo. ¿Casualidad? nada en el universo lo es. Y se forma la conocida "cesta" o "canasta de Barbault", de la que tanto se está hablando actualmente en numerosos círculos astrológicos y básicamente en todas partes.

Barbault utilizaba esta imagen para describir las ocasiones en las que Urano, Neptuno y Plutón formaban aspectos armónicos (trígonos y sextiles), creando una especie de estructura energética capaz de sostener grandes procesos evolutivos para la humanidad. Esta configuración llega, además, en un momento especialmente significativo. Nos encontramos ya dentro del corredor que conduce a la temporada de eclipses del 12 y 28 de agosto, abierta desde la pasada Luna Nueva en Cáncer. Y apenas una semana después, el 26 de julio, los Nodos Lunares cambiarán de eje, pasando a Leo y Acuario. Astrológicamente, cuesta no interpretar todo ello como un auténtico cambio de dirección colectiva. Personalmente, llevo tiempo hablando de este posible despertar de la humanidad. Mientras muchas predicciones económicas, políticas o sociales continúan siendo profundamente pesimistas, siempre me he sentido más cercana a una visión distinta. No niego las dificultades; simplemente creo que todo gran cambio suele venir acompañado de un período de aparente caos y quizá estemos viviendo exactamente eso. No un final, sino un nacimiento.

Como sucede siempre, este cambio no será uniforme. No toda la humanidad vibrará al mismo ritmo. Habrá personas que únicamente perciban el ruido exterior: las crisis, las guerras, la incertidumbre económica o la polarización social. Y habrá otras que comenzarán a experimentar algo completamente distinto. Sentirán que ya no pueden vivir como antes, que buscan más silencio que ruido, más verdad que apariencia y más profundidad que entretenimiento. Y no porque sean mejores. Simplemente porque su conciencia ha comenzado a expandirse. Por eso algunos hablan de la aparición de "dos humanidades". Quienes continúan completamente identificados con la rutina del mundo exterior y quienes empiezan a recorrer el camino hacia su mundo interior. No es una cuestión de superioridad espiritual, sino de distintos momentos evolutivos. Cada alma tiene su propio ritmo y cada proceso merece el mismo respeto.

Existe además otra coincidencia, esta vez, simbólica. En la Cábala existe un concepto muy parecido al de la canasta de Barbault, el de la vasija (Kli). Concepto que indica que nuestro verdadero trabajo consiste en ampliar esa vasija interior. Porque una vasija pequeña solo puede contener una pequeña cantidad de luz, pero una vasija amplia puede recibir mucho más conocimiento, más sabiduría, más conciencia y más energía para ponerla al servicio del mundo. No se trata de acumular información. Se trata de aumentar nuestra capacidad de contenerla, integrarla y manifestarla. De ahí que la Cábala insista tanto en el crecimiento interior. No busca la perfección, sino la excelencia. Es decir, nuestra mejor versión. Busca convertirnos, poco a poco, en recipientes cada vez más amplios para que la Luz pueda expresarse a través de nosotros. Quizá esa sea la verdadera enseñanza que esconden estos cielos. No basta con que exista una gran oportunidad cósmica. También necesitamos desarrollar la capacidad interior para recibirla.

Si esta lectura resulta acertada, podríamos estar asistiendo al inicio de un enorme renacimiento colectivo. Un tiempo marcado por avances extraordinarios en tecnología, medicina, inteligencia artificial, ciencia y comunicación. Nuevas formas de crear, de aprender, de colaborar y de organizar la sociedad. Pero nada de esto ocurrirá por arte de magia. Esta configuración planetaria no es una varita mágica. Es una ventana de oportunidad, como un viento favorable. Los planetas no sustituyen nuestro libre albedrío; simplemente ofrecen el escenario energético sobre el que cada uno elegirá construir su propia historia. Quizá haya llegado el momento de dejar de esperar que el mundo cambie por sí solo y comenzar a convertirnos nosotros mismos en ese cambio. Es tiempo del camino interior. Es tiempo de las almas que recuerdan quiénes son y se atreven a manifestarlo en el mundo físico. Porque, tal vez, la puerta ya se ha abierto. La  única pregunta es si nos atrevemos a cruzarla.

¡¡Un abrazo inmenso!!


Beatriz Casaus 2026 ©



jueves, 9 de julio de 2026

Excavar el silencio

“Escribes poemas porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es” (Alejandra Pizarnik)

“Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos. Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.” (Alejandra Pizarnik)





Siempre he sentido una profunda admiración por Alejandra Pizarnik. No solo por su poesía, sino por esa búsqueda incansable que atraviesa cada uno de sus versos: la necesidad de encontrar las palabras capaces de nombrar aquello que parece imposible decir. Como si escribir no fuera un ejercicio literario, sino una batalla íntima contra el silencio. Un intento desesperado y, al mismo tiempo, hermoso de acercarse a lo innombrable. Quizá por eso me siento tan cercana a ella.

Desde muy pequeña he sentido que existen experiencias, intuiciones, dolores y formas de amar que el lenguaje cotidiano no alcanza. Hay emociones que desbordan las palabras y, sin embargo, seguimos buscándolas. Escribimos porque intuimos que, aunque nunca lleguemos a decirlo del todo, cada intento nos acerca un poco más a la verdad. Creo que esa es la tarea del poeta: no inventar mundos, sino descender a ellos. Adentrarse en las galerías más profundas del alma para regresar con una pequeña chispa de luz entre las manos.

Las almas sensibles solemos vivir con esa sensación de extrañeza. Habitamos un mundo que, muchas veces, no parece diseñado para nuestra forma de sentir. Todo sucede demasiado deprisa, demasiado superficial, demasiado ruidoso. Y entonces buscamos refugio. Algunos lo encuentran en la música. Otros en la pintura. Otros en el silencio. Yo lo encuentro escribiendo. La escritura ha sido, desde siempre, mi manera de respirar cuando el mundo se vuelve demasiado estrecho. Mi forma de comprender aquello que todavía no sé explicar. Porque escribir no es tener respuestas. Es aprender a convivir con las preguntas. Y cuanto mejores sean las preguntas, más se aprende.

También me conmueve la relación que mantuvieron Alejandra Pizarnik y el también escritor, Julio Cortázar. Nunca sabremos con certeza si fue una amistad, una admiración mutua o un amor silencioso que eligió permanecer en el territorio de las palabras. Tal vez no importe. Hay vínculos que trascienden las etiquetas. Lo verdaderamente hermoso es imaginar esas conversaciones entre dos personas que entendían que el lenguaje no solo sirve para comunicarse, sino también para intentar rozar el misterio de la existencia.

Vivimos, sin embargo, en una época en la que el amor parece medirse por la espectacularidad de las ceremonias en las bodas, por la cantidad de invitados, por las fotografías perfectas o por la puesta en escena. Y no puedo evitar preguntarme si, en medio de tanto ruido, seguimos dejando espacio para lo verdaderamente importante: esa conversación profunda que sucede cuando dos almas se encuentran sin necesidad de demostrar nada a nadie. 

***Nota astrológica: Me refiero, por ejemplo, a la reciente boda de Taylor Swift (Sagitario) con el jugador Travis Kelce (Libra), quienes, eligieron celebrar su enlace en el multitudinario y poco romántico Madison Square Garden de Nueva York. Por supuesto, les deseo toda la felicidad del mundo, pero no puedo evitar mirar estas cosas también desde la perspectiva astrológica. Creo que, en este sentido, no han estado tan bien asesorados como Dua Lipa, que eligió casarse bajo la influencia de la reciente conjunción de Venus y Júpiter. Taylor y Travis, en cambio, han decidido darse el “sí, quiero” bajo una conjunción prácticamente exacta de Marte y Urano en Géminis, acompañada además por Mercurio retrógrado en Cáncer. Tratándose justamente de configuraciones mucho más imprevisibles y menos auspiciosas. Ojalá me equivoque (la astrología habla de tendencias, no de sentencias), pero, si tuviera que hacer una lectura de esa carta para el día de su boda, no sería de las que invitan precisamente a pronosticar un camino especialmente tranquilo para la pareja. Por otro lado, Pizarnik era Tauro y Cortázar, Virgo, de ahí la inmediata atracción mutua y su discreción para llevar su relación, fuera la que fuese. ***

Quizá por eso sigo creyendo que la poesía continúa siendo necesaria. Porque mientras el mundo corre hacia afuera, ella nos invita a descender hacia dentro. Nos recuerda que todavía existen lugares donde el alma puede respirar sin prisa, donde el silencio no incomoda y donde las palabras dejan de ser simples sonidos para convertirse en pequeñas lámparas encendidas en mitad de la oscuridad.

Hoy no quiero extenderme demasiado. Estamos en pleno mes de julio y es tiempo de descansar y de bajar el ritmo. Os dejo con mi último poema, profundamente inspirado por esa forma de habitar el lenguaje que tanto admiro en Alejandra Pizarnik. Espero que, al leerlo, encontréis alguna palabra que también os estaba esperando.

¡¡Un fuerte abrazo!!

Excavar el silencio


Cavo palabras 

con las manos desnudas.


Las arranco 

antes de que vuelvan

a no pertenecerle a nadie.


Permanecen suspendidas,

como vetas invisibles

en la roca del universo,

esperando

a quien acepte perderse

para encontrarlas.


Yo solo soy 

el accidente de su descenso.


Las bajo desde ese lugar

donde todavía no existen los nombres

y las golpeo, 

torpe, 

contra el yunque de mi lengua.


Qué desmesura 

creer que una palabra

puede soportar un alma. 


Las moldeo 

con esta precaria soberbia 

de quien juega a ser dios

sin haber aprendido aún

a crear una sola brizna de hierba.


Vivo en el mes del olvido.


Todavía soy guaje 

de este oficio antiguo. 


Cada poema,

me deja los dedos abiertos, 

como si la memoria 

fuera cuarzo 

y hubiese decidido resistirse.


Nadie preparó 

la entibación

de estos recuerdos.


Cada galería

amenaza derrumbe.


Nací 

para reconocer 

las corrientes profundas,

pero solo se me mostró 

a recorrer

los túneles superficiales

como si la luz 

fuera un accidente

y no el destino.


Salgo cada mañana

igual que un minero.

Beso a quienes amo 

con la discreta sospecha

de no regresar.


Nunca se sabe

qué veta esconderá grisú,

qué silencio

hará estallar el pecho.


Con pico y pala

desmenuzo la realidad. 

La separo como quien aparta

la mena del estéril.

Y, sin embargo,

cuanto más excavo,

menos comprendo. 


Nos educaron

para respirar 

bajo tierra.

No a volar. 


Para aceptar 

que el horizonte

es solo el techo

de otra galería.


Pero yo digo:

¡Abrid las ventanas!

Si vamos a amarnos, 

hagámoslo con la insolencia

de quienes conocen 

el oxígeno.


Porque ningún cielo 

se construye 

desde el fondo

de un socavón.


Y luego están 

los que no han descendido

hasta su propio infierno.

Los que no se conocen.

No existe criatura 

más peligrosa que esa.

Quien nunca ha escuchado

el eco

de sus propios derrumbes.


Excavo cavidades paralelas

para encontrarte

en estas profundidades.


Tal vez 

el amor 

no sea otra cosa 

que dos galerías

que avanzan a oscuras

esperando,

contra toda lógica,

abrirse la una en la otra.


Pero hay minerales

que jamás cristalizan juntos.

Y filones que exigen 

renunciar

a toda la montaña.

Y riquezas,

que ninguna escombrera

podrá ocultar.


Yo vivo 

en la sencilla 

profundidad de amar.


Lo extraordinario

es que muchos

la consideran

demasiada honda

para llamarla sencilla. 


Sigo descendiendo.

No busco oro.

Me vale el barro.


Busco

esa palabra

que aún respira

bajo toneladas

de escombro

y silencio.


Y cuando la encuentro,

comprendo

que la oscuridad

nunca fue mi cárcel.


Era la mina

donde aprendía 

a fabricar

mi propia luz.


Beatriz Casaus 2026 ©