“La oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo.” (Santa Teresa de Lisieux)
“Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda.”
(Santa Teresa de Jesús)
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” (San Agustín)
La gente entrena dos, tres, cuatro o hasta siete días a la semana en el gimnasio. Se preocupa por mantener el cuerpo fuerte, flexible y sano. Yo también entreno algo los siete días de la semana: mi alma. Y el Rosario es una de las “máquinas” que utilizo para ello. Porque también existen los músculos del alma: la fe, la paciencia, la humildad, la compasión, el perdón, la esperanza, la capacidad de amar, de resistir, de levantarse, de confiar cuando no entendemos absolutamente nada de lo que está sucediendo. Y, como sucede con los músculos del cuerpo, creo que aquello que no ejercitamos termina debilitándose. La oración es uno de esos ejercicios. Rezar, para mí, es cuidar el estado del alma. Es detener durante un rato el ruido del mundo para mirar hacia dentro y, sobre todo, hacia arriba. Es recordar que no todo lo que existe puede verse, tocarse, comprarse, medirse o explicarse. Y que quizá dedicamos muchísimo tiempo a cuidar aquello que algún día desaparecerá y demasiado poco a aquello que verdaderamente somos.
Hoy es 7 de octubre, día de Nuestra Señora del Rosario, y quería hablar precisamente de esto. Sé que esta entrada no va a gustar a todo el mundo. Y está bien. Hace tiempo comprendí que no estoy aquí para agradar a todos ni para adaptar lo que pienso, creo o siento con el fin de resultar aceptable. Tampoco pretendo convencer a nadie. Quien no conecte con lo que comparto es completamente libre de dejar de leerme o de seguirme. Del mismo modo que yo soy libre de hablar de aquello que forma parte de mi vida y que considero importante.
Siempre he sido una buscadora. Nunca me ha bastado demasiado con aceptar las cosas porque sí. Necesito preguntar, investigar, leer, contrastar, experimentar, equivocarme y volver a preguntar. Durante gran parte de mi vida me acerqué a numerosas tradiciones espirituales, religiones y corrientes de pensamiento. Bebí de muchas fuentes y durante mucho tiempo sentí una afinidad especial por determinadas tradiciones y filosofías orientales. Me fascinaba su manera de entender la conciencia, el silencio, el sufrimiento, el desapego o la naturaleza humana. No reniego de ninguna de aquellas etapas. Cada una me enseñó algo, me obligó a hacerme nuevas preguntas y me ayudó también a comprenderme mejor. Pero hubo un momento en el que mi camino espiritual cambió profundamente.
Viví varias experiencias que yo percibí como auténticos ataques espirituales. No voy a entrar en ellas porque necesitaría otra entrada entera para explicarlas, pero fueron suficientemente intensas como para transformar mi manera de entender determinadas realidades. Hasta entonces me costaba creer verdaderamente en la existencia del mal. Podía comprender la maldad humana, evidentemente, pero me costaba concebir el mal desde una dimensión espiritual. Después de aquello, mi percepción cambió. Y sucedió algo que todavía me resulta paradójico: todo aquel recorrido terminó conduciéndome de nuevo a Yeshua. A Jesús.
Sé que a algunas personas ese nombre puede incomodarlas. A otras quizá les produzca rechazo debido a su propia historia, a determinadas experiencias con la religión, a prejuicios o incluso a comportamientos de personas que decían representar a Dios y quizá hicieron exactamente lo contrario de lo que predicaban. Lo respeto. Cada persona tiene su historia. Pero yo tampoco voy a esconder aquello en lo que creo para resultar más cómoda a los demás. Porque a mí me ha cambiado la vida.
Una de las cosas que más me sorprenden es que acercarme a Él me ha hecho mucho más consciente de mis propias faltas, de mis errores, de las veces que he herido, juzgado, actuado desde el ego o elegido mal. Me ha hecho experimentar algo que antes comprendía mucho más desde la cabeza que desde el corazón: el arrepentimiento. Me duelen muchísimo mis pecados y soy muchísimo más consciente de ellos.
Y puede parecer contradictorio, pero al mismo tiempo me siento mucho más alegre y feliz. Es difícil explicarlo. Existe una alegría que no tiene demasiado que ver con que todo salga bien. No depende necesariamente de nada material, de recibir buenas noticias, de conseguir aquello que deseas o de que la vida sea sencilla. Es otra cosa. Una especie de alegría interior que puede convivir incluso con el dolor, con las dificultades y con la incertidumbre. Y descubrirla me está pareciendo algo extraordinario.
Dentro de este camino, he descubierto además algo que se ha convertido en uno de los momentos más especiales de mis días: rezar el Rosario. Nunca imaginé hasta qué punto podría aportarme paz, recogimiento y una sensación tan profunda de conexión con Dios. Hay algo en la repetición de las oraciones, mientras se contemplan los diferentes misterios de la vida de Jesús y de María, que consigue llevarme poco a poco hacia el silencio. Al principio quizá está la cabeza pensando en veinte cosas: lo que tengo que hacer mañana, aquello que me preocupa, una conversación, un problema, una tontería cualquiera. Pero llega un momento en que el ruido empieza a bajar. Y entonces ocurre algo. Te recoges. Vuelves al centro.
La meditación también conseguía llevarme a ese estado de silencio, pero, después de varios meses rezando el Rosario a diario, he descubierto que la sensación que me deja es infinitamente distinta. Más profunda y completa. Yo diría, incluso, que mucho más poderosa. Por eso entiendo mejor que el padre Pío hablara del Rosario como un “arma” espiritual. No un arma contra otras personas, sino contra aquello que nos aparta del bien: el miedo, la desesperanza, la tentación, el resentimiento, el odio, la oscuridad que a veces también dejamos crecer dentro de nosotros. Para mí, rezarlo se ha convertido además en una forma de protección, pero también de disciplina espiritual. Porque la espiritualidad también necesita disciplina.
Hay días en los que sentimos muchísimo y otros en los que no sentimos absolutamente nada. Hay días de entusiasmo y días de sequedad. Y la fe comienza a hacerse más profunda precisamente cuando dejamos de necesitar una emoción extraordinaria para mantenerla. Por eso vuelvo a la imagen con la que comenzaba esta entrada. Entrenamos el cuerpo porque sabemos que necesita constancia. Nadie va al gimnasio una vez, levanta dos pesas y espera conservar durante veinte años los resultados. Sabemos que hay que volver. Repetir. Perseverar. Incluso cuando da pereza. ¿Por qué pensamos entonces que el alma no necesita entrenamiento? Yo creo que lo necesita todavía más. Necesita silencio en un mundo que no deja de gritar. Humildad en un mundo obsesionado con exhibirse. Discernimiento en un mundo saturado de información. Perdón cuando lo fácil sería acumular resentimiento. Esperanza cuando las circunstancias invitan a perderla. Amor cuando todo parece empujarnos a dividirnos en bandos y odiarnos unos a otros. Y necesita oración.
Hoy creo profundamente en la existencia del bien, pero también en la del mal. Y precisamente por eso considero todavía más importante elegir conscientemente dónde ponemos nuestra atención, qué dejamos entrar en nuestra mente y en nuestro corazón, qué alimentamos con nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos y, en definitiva, hacia dónde decidimos orientar nuestra vida. Porque aquello que alimentamos crece. Y creo profundamente en el poder de la palabra. No da igual lo que decimos, lo que repetimos ni aquello que pronunciamos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Por eso, para mí, la oración tiene también una fuerza especial: es pronunciar conscientemente palabras sagradas, palabras dirigidas a Dios, palabras que van educando también nuestra mente y nuestro corazón. Y, cuando esas palabras comienzan a transformar lo que llevamos dentro, inevitablemente cambia también nuestra manera de mirar y de relacionarnos con lo que sucede fuera.
Y yo quiero aprender a alimentar aquello que me acerque al amor, a la verdad, a la compasión, a la humildad y a Dios. Todavía me queda muchísimo por aprender. Muchísimo que corregir y que comprender. No escribo estas palabras desde ningún pedestal espiritual, sino todo lo contrario: cuanto más avanzo, más consciente soy de todo lo que me falta. Pero quizá eso también forme parte del entrenamiento.
¡Un abrazo bien fuerte!
Beatriz Casaus 2026 ©
P. D.: Siempre termino llorando con los Misterios Dolorosos. 😅🙏🏻 ¿A alguien más le sucede?






