martes, 28 de abril de 2026

Dejar de perseguir: lo que eres, atrae lo que buscas

 “Dios es número” (Pitágoras) 

"No atraigas lo que quieres, conviértete en lo que quieres atraer" (Wayne Dyer)

(Las letras hebreas del nombre De Dios: Yod Hei Vav Hei)


Nos han enseñado que en la vida hay que ir detrás de todo, del amor, del éxito, de las oportunidades, de una vida mejor. Que hay que esforzarse más que nadie, luchar, insistir, no rendirse, perseguir sin descanso aquello que deseamos. Y, sin embargo, he llegado a una conclusión que puede parecer incómoda, pero liberadora: que gran parte de esa idea es una mentira. No porque no haya esfuerzo en la vida, sino porque el enfoque está equivocado. No se trata de perseguir, sino de convertirse. Pero antes de explicar por qué creo esto con tanta claridad, quiero compartir algo que me fascinó cuando comencé a estudiar cábala, porque fue uno de esos descubrimientos que te expanden la mente y obligan a mirar la realidad desde otro lugar.

Los números no son simples cifras, sino que son un lenguaje. En la antigüedad se conocía que los números son el idioma de Dios, y que a través de ellos, se codifica la información del universo. El alfabeto hebreo no es solo fonético, sino también numérico, y cada palabra contiene una vibración y un significado más profundo cuando se traduce a su valor numérico. Nuestros nombres y apellidos (que además arrastran el linaje tanto paterno como materno) pueden descomponerse en números que revelan información sobre quiénes somos. Y aunque esto pueda parecer algo abstracto, lo verdaderamente importante es que apunta a que hay un orden y una inteligencia mayor detrás que pasamos por alto por el propio desconocimiento.

En hebreo, el nombre de Dios compuesto por las cuatro letras Yod, Hei, Vav, Hei, tiene un valor numérico de 26. La guematria, que es el sistema mediante el cual cada letra hebrea posee un valor numérico, nos permite descubrir significados ocultos en las palabras cuando se suman sus letras. Es revelador que si acudimos al Génesis, en el capítulo 1, versículo 26 (precisamente el número asociado al nombre de Dios) se diga explícitamente que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Esta correspondencia no parece casual, sino una declaración de algo mucho más profundo. Si Dios es creador, nosotros también lo somos en esencia. Somos, por decirlo de alguna manera, una gota de agua que contiene la misma naturaleza que el océano del que proviene. No estamos separados de esa capacidad creadora, sino que participamos de ella.

Pero lo que más me impactó fue comprender que, el Creador dejó su firma en la creación, es decir, en nosotros. Y cuando digo firma, no hablo de algo metafórico, sino de algo real y medible. Si el nombre de Dios suma 26 y en Génesis 1:26 se establece la creación del ser humano a su imagen y semejanza, la idea que subyace es que esa “firma” divina está inscrita en nosotros mismos, en lo más profundo y sagrado de nuestro ser. 

Desde esta perspectiva, el patrón numérico del nombre divino (10-5-6-5, que son los valores numéricos de sus cuatro letras que suman 26) están implícitas en el código del ADN humano ya que este se activa, precisamente, con cuatro aminoácidos que se componen del patrón 10, 5, 6, 5. Es decir, Dios firma su obra. Dios nos crea a su imagen y semejanza y nos lo deja muy claro a través de su nombre firmado en nuestro ADN,  a través de la activación de nuestras hebras de ADN. Esto es fascinante y por estas cosas vivo apasionada con la cábala. 

Lo poderoso de esta idea es la comprensión de que no somos seres pasivos en la existencia, sino participantes activos en la creación de nuestra realidad. Y esta idea no es nueva. Ya Platón, hablaba del mundo de las ideas como la verdadera realidad, de la cual el mundo material no es más que un reflejo. En su famoso mito de la caverna, explicaba que lo que percibimos con los sentidos es solo una sombra de algo más profundo. Hoy, desde la física cuántica, encontramos conceptos que apuntan en una dirección similar, que la realidad no es sólida, sino energética, compuesta por posibilidades. Y es la observación (la conciencia) la que colapsa esas posibilidades en una forma concreta. Es decir, aquello en lo que sostenemos nuestra atención, aquello que observamos de forma reiterada, tiende a materializarse.

Por eso, en muchos relatos bíblicos, como cuando Dios le muestra al patriarca Abraham las tierras que heredarán sus descendientes, aun cuando él ni siquiera tenía hijos, le insistió en una idea clave, que siguiera observando, que mantuviera la visión de que las tierras de Canaán serían suyas y de sus descendientes. No necesitamos saber el cómo, pues la realidad se irá desplegando por sí sola. Y esto, llevado a nuestra vida cotidiana, tiene una implicación directa y poderosa. No se trata de perseguir las cosas, sino de sostener una visión interna coherente hasta que esa realidad se alinee con nosotros.

Se nos ha enseñado, desde muy pequeños, que la vida es complicada. Que todo cuesta, que todo requiere sacrificio extremo, que hay que luchar constantemente para conseguir cualquier cosa que merezca la pena. Se nos ha repetido tanto, que lo hemos asumido como una verdad incuestionable. Sin embargo, uno de los mayores descubrimientos que he hecho en mi vida adulta como he apuntado antes, es que esa idea, en gran medida, es una mentira. O, al menos, una verdad incompleta.

La vida no es fácil, pero tampoco es ese campo de batalla perpetuo que nos han vendido. La vida se vuelve difícil cuando vamos en contra de nosotros mismos, cuando nos alejamos de lo que somos, cuando intentamos encajar en moldes que no nos pertenecen o cuando perseguimos metas que, en el fondo, no están alineadas con nuestra esencia. Ahí es cuando todo cuesta, cuando todo parece lejano. Pero cuando uno empieza a caminar en coherencia con lo que es, algo cambia. No desaparecen los retos, pero dejan de sentirse como una lucha constante y empieza a haber fluidez.

Se nos ha hecho creer que nuestros sueños no se pueden cumplir, que son ingenuos y poco realistas. Se nos ha entrenado para intercambiar nuestra autenticidad por seguridad, nuestros sueños por una nómina. Que hay que seguir un tipo de vida establecido. Pero basta con mirar alrededor para ver que muchas de las personas que han seguido ese guión no son felices. Yo lo veo constantemente a mi alrededor, por ejemplo, en la cantidad de parejas casadas y con hijos que lo hicieron por cumplir la norma y que ni siquiera están enamorados el uno del otro. Veo su amargura y frustración continuamente. Y esto no es juicio sino observación, porque ahí comienza el despertar, al darte cuenta de que cumplir lo que se espera de ti no garantiza la plenitud. 

En mi propia experiencia, y como a mí me gusta poner ejemplos reales para que se entienda bien, incluso en el ámbito de las relaciones he podido comprobar esa dinámica de no perseguir. Por ejemplo, al inicio de la relación con mi pareja nunca hubo persecución por mi parte. Nunca fui a su despacho, ni me hice la encontradiza en los espacios comunes. Nunca forcé situaciones, nunca le perseguí ni nada por el estilo. Simplemente fui yo. Y, precisamente por eso, fue él quien se acercó y quien generó el vínculo. Era él quien me buscaba a mí. Porque cuando no necesitas, la energía cambia. Y esto aplica a todo. No se trata de perseguir lo que quieres, sino de convertirte en la persona que ya lo tiene. Nos han enseñado a ir detrás de las cosas, pero lo que persigues, se escapa y lo que eres, lo atrae. No se trata de desear desde la carencia, sino de encarnar desde la coherencia.

El desaparecido científico mexicano Jacobo Grinberg apuntaba exactamente a esto. Voy a dejar el texto entero de lo que dijo porque no le puedo quitar ni una coma: “lo que buscamos no está fuera de nosotros: ni el amor, la abundancia, la paz… todo eso ya existe dentro de nosotros, en nuestro campo cuántico. El problema es que muchas veces no estamos conectados con esa parte de nosotros. Estamos demasiado centrados en lo que no tenemos, en lo que nos falta, y eso genera una distorsión en nuestra frecuencia. Cuando dejas de enfocarte en lo que te falta, y empiezas a conectarte con lo que ya eres, el campo cuántico responde.  Es entonces cuando la manifestación se vuelve natural porque ya no estás luchando contra la corriente. Estás alineado con ella. Este es el punto más crucial de todo el proceso. La manifestación  no es algo que haces, es algo que eres. Es cuando dejas de buscar algo fuera de ti, y comienzas a sintonizarte con lo que ya está dentro. Cuando entendemos esto, el proceso de manifestación deja de ser un esfuerzo y se convierte en una expresión de quién eres realmente, y esa es la coherencia de la que hablo, esa es la clave que desbloquea todo. El campo cuántico responde a la coherencia de tu ser, no a tus deseos verbales, si tus pensamientos dicen quiero esto, pero tu emoción, tu cuerpo, tu energía dice algo diferente, el campo solo responde a lo que eres en el momento presente, a lo que estás emanando en tu totalidad”.

Si queremos algo hay que preguntarse ¿cómo es la persona que ya vive eso? ¿Cómo piensa, cómo actúa, cómo se mueve? Y empezar a serlo ahora. No mañana. No cuando se consiga. Ahora. Porque quizá la mayor mentira que nos han contado no es que hay que ir fuera a buscar lo que, en realidad, solo puede nacer dentro. Y cuando eso se comprende de verdad, todo deja de ser una persecución para convertirse en una alineación. Y entonces, casi sin darnos cuenta, aquello que tanto buscamos empieza a encontrarnos.

Un fuerte abrazo.


Beatriz Casaus 2026 ©





 

jueves, 23 de abril de 2026

La belleza de la vulnerabilidad

“La pluma es la lengua del alma.” (Miguel de Cervantes)

“Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.” (William Shakespeare)



Hoy, 23 de abril, celebramos el Día del Libro. Una fecha envuelta casi en un halo poético, porque se asocia a la muerte de tres grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Aunque la realidad histórica no fuera exactamente así, se ha decidido creer en esa coincidencia. Quizá eso también tenga algo de belleza... 

En Cataluña, hoy además, se celebra Sant Jordi, donde se regala un libro y una rosa, haciendo que la cultura y el amor se den la mano. Y no se me ocurre mejor forma que honrar este día que hablando de Shakespeare, aunque no de sus páginas precisamente, sino de una historia de su vida llevada al cine que recoge su dolor. 

El otro día pude ver la última película de la directora Chloé Zhao, “Hamnet”, basada en un episodio de la vida del famoso escritor y su familia. Es una cinta de una belleza devastadora que encoge el corazón y lo estruja con las interpretaciones de sus dos protagonistas. Es una representación del propio arte como proceso catártico del duelo y de cómo el dolor puede unirnos.

 Y fue precisamente uno de los protagonistas de la película, el actor Paul Mescal, quien influyó en el precioso y emotivo discurso que dio su directora al recibir el Golden Globe 2026 a mejor película de drama el pasado febrero. Al recibir el premio, Chloé Zhao mencionó las palabras que Paul Mescal le había expresado esa misma mañana: “Lo más importante de ser artista es aprender a ser lo suficientemente vulnerables para permitirnos ser vistos por quiénes somos, no por quien deberíamos ser.” 

En su discurso destacó la vulnerabilidad como esencia del arte, promoviendo la empatía y la conexión humana. Enfatizó la importancia de mostrar las partes imperfectas o temerosas de uno mismo, para que el público pueda hacer lo mismo.  Convertir así el arte como la necesidad de mantener los corazones abiertos, para dejarnos ser vistos, para provocar ese lazo que solo se consigue desde el desnudo de los sentimientos. Para poder vernos los unos a los otros. 

Yo uso el arte, particularmente la escritura, también como proceso catártico. Y me inclino hacia la desnudez total de la vulnerabilidad no solo como forma de conexión sino por razones propias de existencia. Reivindico siempre la vulnerabilidad y su expresión. Dejando a un lado las máscaras, los muros o los caparazones que nos queramos construir para intentar ocultar lo que sentimos en frente de los demás, cuando, en realidad, no existe nada más humano que compartir nuestras verdaderas emociones. No hay nada que cree un vínculo más sincero que compartirlo. 

Además, soy fiel defensora de que las experiencias personales están para compartirse. No son solo para guardarlas para uno mismo, sino también para ponerlas al servicio de otros. Porque cuando las compartimos, pueden resonar en quienes se sienten identificados y, de alguna manera, todos aprendemos de todos. Por eso, últimamente las incluyo más aquí, en mi blog, porque siento que acercan y generan una conexión más real.

Siempre he sido muy abierta en ese sentido. No me importa mostrarme natural, transparente y sin máscaras, y por eso mismo valoro profundamente a las personas que también saben mostrarse con autenticidad. En cambio, quienes nunca cuentan nada, se muestran herméticos o se esconden constantemente, me generan cierta desconfianza. Prefiero la naturalidad de quien comparte, de quien se muestra y de quien no tiene miedo a ser visto. Así, siempre hay un aprendizaje mutuo. Un compartir que aporta valor.

Merece la pena recordar que el arte, en última instancia  sana, tanto a quien lo hace, como a quien lo recibe. 

Os dejo con un poema mío a continuación.


Un abrazote. 


Beatriz Casaus 2026 ©



Un sueño que parece muy real 


He soñado 

que soy un ser humano 

con un nombre prestado,

anclado a un linaje 

de cuerdas invisibles,

retorcidas 

alrededor de una etiqueta 

que no elegí.


Para aprender 

a decir “yo” 

entre tantos 

otros muros

que ya hablaban 

por mí.


Antes de saber 

quién pronunciaba 

las palabras,

ya brotaban,

salvajes, 

sin pedir permiso,

sin necesidad 

de ser comprendidas.


Antes de saber 

quién miraba 

desde dentro.


Soy un alma 

cosida a un cuerpo,

en una forma transitoria

que no se puede nombrar 

pues pertenece 

a la esencia.


Algo me habita 

desde antes 

de yo saberlo,

como un ungüento

 antiguo

con una memoria 

que no aprendí

y sin embargo,

recuerdo.


He sido capaz

de reconocerlo ahora

pero es más antiguo 

y lúcido 

que la mente. 

Sabe incluso 

las decisiones

que ya tomé,

antes de atreverme

a vivirlas.


Y estoy aquí,

quizá solo, 

para saber

por qué las elegí.


He soñado 

que habito el mundo

en un cuerpo,

pero no soy 

el cuerpo. 


Camino 

como quien busca una casa 

que siempre ha sido suya,

mientras pensaba

que era el inquilino.


Es un viaje largo 

recorrerse,

deshacerse,

perderse

en los propios senderos 

que llaman destino.


Cuanto más alcanzas,

menos sabes, 

cuanto más ves,

menos te sostienes.

Y mis pies, 

torpes, 

aprenden a caer

como una única

forma de avanzar.


Tengo una verdad 

dentro 

ardiendo:


No soy de este mundo.

 

Y, oh, 

spoiler: 


tú tampoco. 


Beatriz Casaus 2026 ©






domingo, 5 de abril de 2026

A la hora nona

 “Y Dios dijo: ama a tu enemigo. Y yo le obedecí y me amé a mí mismo.” (Khalil Gibran)

“Ama al hombre incluso en su pecado, pues ese amor es ya una semejanza del amor divino y es la cima del amor en la tierra.” (Fiódor Dostoievski)





Esta es la imagen que me dio la mujer de la historia que cuento a continuación



Varios científicos de la NASA llevan años investigando fenómenos astronómicos ocurridos desde hace miles de años. Gracias a estos estudios, hoy podemos reconstruir con bastante precisión, ciertos eventos descritos en los textos bíblicos. Y es precisamente al unir estos datos científicos con los relatos del Evangelio, cuando se ha descubierto algo profundamente revelador: esta Semana Santa no ha sido una cualquiera. 

En el capítulo 27 del Evangelio de Mateo se narra que, en el momento de la muerte de Jesús, “la tierra tembló” (versículo 51) y que “desde la hora sexta hasta la hora nona hubo tinieblas sobre toda la tierra” (versículo 45). A esto se suma el testimonio recogido en los Hechos de los Apóstoles, donde, a través de las palabras de Pedro, se menciona que no solo hubo oscuridad, sino que la luna se volvió roja.

Si conectamos estos relatos con los registros astronómicos, encontramos que, efectivamente, hubo un eclipse lunar visible en Jerusalén en esa época, ese mismo día y a esa misma hora, que pudo teñir la luna de un tono rojizo. Todo ello nos permite situar, con bastante precisión, la crucifixión en el día 3 de abril del año 33. La misma fecha que este año.

Esto significa que, este pasado Viernes Santo, 3 de abril, a las 15:00 horas (la hora nona) se cumplieron 1993 de la muerte de un Dios hecho hombre que entregó su vida por amor a la humanidad. Y, aunque algunos lo llamarían casualidad, yo prefiero llamarlo “diosidencia”.

Sin embargo, a pesar de la magnitud de este acontecimiento (y de ser, en realidad, la razón misma de la Semana Santa), a menudo lo olvidamos. Lo sustituimos por celebraciones superficiales, por tradiciones vacías de contenido, por días festivos desconectados de su origen. Nos quedamos con la forma y perdemos el fondo. Tal y como sucede también con la Navidad.

Por eso quiero compartir algo que viví hace poco. Porque hay momentos en los que lo invisible se vuelve tangible y algo, de alguna manera, parece recordarnos que Él sigue ahí. 

El pasado San Valentín, mi pareja y yo viajamos a una ciudad a la que llevaba años queriendo regresar: Zamora. Había estado allí de niña, pero sentía el deseo de volver a recorrerla desde otra mirada, desde la conciencia de adulta.

Zamora es una ciudad pequeña, recogida, que se deja caminar en un día, pero que guarda una riqueza inmensa: es el lugar del mundo con mayor concentración de iglesias románicas. Muchas veces buscamos lo extraordinario lejos, en otros países, en lo exótico, olvidando la profundidad cultural que tenemos tan cerca. España es, sin duda, uno de los países más ricos del mundo en historia, arte, patrimonio… y también en vida.

No pensaba contar este viaje, porque hay experiencias que parecen pertenecer únicamente al ámbito íntimo. Pero lo que ocurrió allí cambió algo en mí y en mi pareja. Nos alojamos en un aparthotel en la Plaza Mayor. Justo debajo, en el mismo edificio, había un local del propio dueño donde nos sentamos a tomar algo. Ese fin de semana coincidía con los carnavales, y la plaza estaba llena de música, disfraces y gente celebrando.

Diez minutos antes, yo había estado hablándole a mi pareja sobre Jesús. Sin hacer proselitismo, simplemente le estaba compartiendo mi visión sobre su fuerza y sobre ese amor que trasciende cualquier mal. Sin ninguna intención de evangelizar ni nada por el estilo. Siempre me dice que le gusta escucharme, que le transmite paz verme hablar con tanta pasión y entusiasmo de lo que amo, y que aprende mucho de esas conversaciones, del mismo modo que yo aprendo cuando le escucho a él.

Salimos de aquel bar y estábamos simplemente observando la escena en la plaza cuando ocurrió algo inesperado. De repente, una mujer apareció. Era rubia, con el pelo largo, cubierta con una capucha. Yo no logré verle la cara. Me cuenta mi pareja que se dirigió muy decidida directamente hacia mí, sin mirar a nadie más, sin interactuar con ninguna otra persona. Se acercó, me entregó una pequeña estampita del Sagrado Corazón de Jesús que decía: “Jesús, en ti confío”. Y se fue. Pero no se fue por donde estaba toda la gente. No siguió el flujo natural de la plaza. Desapareció por un callejón lateral. Sin interactuar con nadie más, igual que como llegó. 

En ese instante, algo dentro de mí se estremeció. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas y el corazón se me encogió. No podía apartar la mirada de aquella imagen. Me sentí plenamente agradecida por aquel gesto que me confirmaba, de algún modo, que aquello que había compartido apenas diez minutos antes, (con fe y amor) no había caído en el vacío. Para mí, no fue un gesto casual. Fue una especie de respuesta.

Mi pareja lo vivió con la misma intensidad. Me contó, aún sorprendido, que aquella mujer apareció de la nada, que se dirigió directamente a mí, mirándome desde la distancia, que aún a día de hoy no sabe de dónde apareció, porque pocos segundos antes, él había estado mirando en esa misma dirección y no estaba. Según él, apareció de la nada. Esta misteriosa mujer parece ser que no dudó ni un segundo en acercarse, pero solo a mí, vino directamente hacia mí, sin mirar a nadie más y se fue del mismo modo. 

A día de hoy, cuando mi pareja lo recuerda, se emociona. Y teniendo en cuenta cómo es él, choca bastante. No es una persona que se impresione fácilmente por nada, ni muchísimo menos. No es tan siquiera espiritual, aunque ahora ya sí considera que cree en Dios, para sorpresa de todos. Lo que siempre dice es que lo que le pasa conmigo, no le pasa con nadie más y se emociona incluso al contarlo. Recuerdo en ese momento cómo él estaba mucho más sorprendido que yo. No daba crédito. Él explica, cuando cuenta este relato, que si alguien se lo hubiera contado, no lo habría creído. Pero lo vio. Lo vivió, estaba allí. Y hay experiencias que, cuando se viven, ya no necesitan explicación.

Desde entonces, esa estampita está en mi mesilla de noche, junto a otras pequeñas cosas que guardo con cariño. No como un objeto, sino como un recordatorio. Porque, a veces, necesitamos señales. No porque Él no esté, sino porque nosotros olvidamos.

Cuento esta historia precisamente por eso: para recordar que Jesús no es solo historia, ni símbolo, ni tradición. Es presencia. Y sigue encontrando formas de llegar a nosotros.

Si queréis acercaros a su figura desde otro lugar, os recomiendo la serie The Chosen. Es, sencillamente, preciosa. Y, por cierto, Mel Gibson ya está rodando la continuación de su película sobre Cristo, titulada “La resurrección de Cristo”, cuyo estreno está previsto para Semana Santa de 2027. Qué ganas…

Os dejo con un poema en honor al más grande.

Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.


*** Antes dejo por aquí el Padre Nuestro en arameo que era la lengua que usaba Jesús (Yeshua ben Yosef, Yeshua Messiah) yo me lo he aprendido de memoria y lo recito a diario. Es increíble la fuerza que transmite al pronunciarlo en las mismas palabras que usó Él:



“Abwun d'bwashmaya (Padre nuestro que estás en los cielos) Nethqadash shmokh (Santificado sea tu nombre) Tethe malkuthokh (Venga a nosotros tu reino) Nehwe tzevyanokh (Hágase tu voluntad) Aykan d'bashmaya af ba'ara (En la tierra como en el cielo) Hab lan lakhma d'sunkanan yaomana (Danos hoy nuestro pan de cada día) Washbwol lan khobayn (Perdona nuestras ofensas) Aykan d'af khnan shbaqan l'khayabayn (Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden) Wela takhlan l'nesyuna (No nos dejes caer en la tentación) Ela patzan min bisha (Y líbranos del mal) Metol d'dilokh hi malkutha (Porque tuyo es el reino) Wakhayla wateshbukhta (El poder y la gloria) L'alam almin. Amén. (Por los siglos de los siglos. Amén)”


¡Abrazo!


A la hora nona


En Él la Palabra se hizo carne,

habitó el verbo,

partió el tiempo en dos. 


Amó 

demostrando al ser humano cómo hacerlo. 


Encarnó la misericordia. 

Perdonó, consoló,

ensalzó a los marginados, 

a los pobres, los enfermos. 


Hizo viva la palabra amor. 


Desde Él, contamos los años.


No quiero una Pascua de colores pastel,

risas huecas entre azúcares de torrijas,

niños buscando huevos de chocolate,

cuerpos al sol 

que han olvidado por qué hay luz.


Quiero recordar el temblor de la tierra,

el cielo rasgado en sombra,

a la hora nona.


Cuando unos lloraban a sus pies,

desconsolados,

y otros se escondían,

algo invisible 

se quebró dentro de todos

para siempre.


Quiero recordar su sangre como verdad,

no como espectáculo.


Honrar su cuerpo herido.


Fue golpeado 

pero no devolvió odio.

Fue humillado 

pero no levantó juicio.

Fue torturado 

pero no gritó venganza.


Clamó por el perdón 

de quienes le herían.

Nos recordó 

el peligro de la ignorancia. 


En medio del dolor, 

uno que ningún hombre debería sostener,

brotó su misericordia.


No murió en abstracto: 

murió en un cuerpo, 

en una cruz, 

entre dos ladrones.


Murió por tu nombre, 

por tu historia, 

por tu dolor, 

por tus errores.


Por las noches que te perdiste 

y no sabías volver.


Desde ese instante 

fuiste visto,

fuiste reconocido,

fuiste amado.


Murió sabiendo quién eres 

y, aún así, 

te eligió. 


Y en ese gesto no hay tragedia, 

hay promesa.

Hay Victoria.


La vida 

retiró la piedra sellada.


La muerte no fue el final, 

sino la puerta.


El camino es Él.



Beatriz Casaus 2026 ©