martes, 22 de septiembre de 2026

Almas gemelas: el amor que hace crecer

 “Sean de lo que sean nuestras almas, la suya y la mía son iguales.” (Cumbres Borrascosas, Emily Brontë)

“Que el amor lo es todo es todo lo que sabemos del amor.” (Emily Dickinson)




Tal y como avisé la última vez, he vuelto con el amor multiplicado. Han sido unos días preciosos, llenos de celebraciones y cariño, y por eso me apetecía mucho escribir sobre el amor. En concreto, sobre el amor de pareja, porque estos días también he celebrado el aniversario de 15 años con la mía. Y qué mejor forma de celebrarlo que escribir sobre las almas gemelas, un tema que me pidieron hace poco y para el que siento que por fin ha llegado el momento.

Me atrevo a hablar de las almas gemelas desde mi propia verdad y experiencia, que no tiene por qué ser la verdad absoluta. Durante años he leído e investigado sobre este tema (uno de los libros que recomiendo es "Lazos de amor" de Brian Weiss) y estas son las conclusiones a las que he llegado. Cuando nos preguntamos qué une a dos personas de una manera tan profunda y duradera, y si ese vínculo va más allá de esta realidad, creo que la respuesta está, sobre todo, en cómo nos sentimos con esa persona y en cómo se siente ella con nosotros. Si estar a su lado es como estar en casa, probablemente se trata de una relación que no nace solo de este plano físico. Quiero aclarar que no solo existen las almas gemelas, también están las almas afines, karmáticas, llamas gemelas... pero en esta ocasión, solo me voy a centrar en las gemelas.

Para mí, el alma gemela no es alguien que reúna todas las cualidades que consideramos ideales, sino esa persona junto a la que podemos mostrarnos tal y como somos, con todas nuestras imperfecciones. Y ahí reside la verdadera diferencia. Porque la perfección es un ideal inalcanzable y, cuando creemos haberla encontrado, aparece el temor a perderla. Sin embargo, cuando encontramos a alguien con quien podemos ser auténticos, sin necesidad de ocultar nuestros miedos, nuestras contradicciones ni nuestras luces y sombras, sentimos una certeza difícil de explicar. Algo en nuestro interior nos dice que hemos encontrado nuestro lugar. Que es ahí donde queremos estar. Que es con esa persona.

Hay señales que muchas personas experimentan, pero que no siempre saben reconocer porque quizá nunca se han detenido a reflexionar sobre su verdadero significado. Os comparto las que, para mí, son las más reveladoras para saber si estás con el alma gemela. La primera de ellas es el silencio. Con tu alma gemela, el silencio no incomoda. No existe la necesidad de llenarlo con palabras ni de buscar constantemente algo que decir. El silencio se convierte en otra forma de estar juntos, en un espacio de calma y complicidad donde la presencia del otro es suficiente. Puede parecer algo muy sencillo, pero esa capacidad de compartir el silencio con absoluta naturalidad dice muchísimo de la confianza y la profundidad de una relación.

El silencio incómodo, ese que te hace buscar desesperadamente un tema de conversación, puede indicar que todavía no hay la confianza suficiente para mostrarse tal y como uno es. Es como si, de alguna manera, aún se estuviera actuando, mostrando una versión de uno mismo que exige un mantenimiento constante. El silencio cómodo, en cambio, nos enseña algo muy distinto: que no tenemos que demostrar nada. Tú sabes lo que vales para el otro, el otro sabe lo que vale para ti, y se descansa en esa certeza. Por eso, cuando estás con esa persona, no te vacías al compartir tiempo con ella, sino que te llenas. Eso no significa que todo sea perfecto ni que no haya momentos difíciles. Significa que su presencia nutre en lugar de agotar.

La segunda señal, y una de las que considero más reveladoras, es la manera en la que una pareja afronta sus discusiones. Existe la creencia de que, cuando dos personas están hechas la una para la otra, nunca discuten. Como si el amor verdadero tuviera que estar libre de cualquier desacuerdo. Pero dos personas pueden amarse profundamente y tener opiniones, necesidades o maneras de entender la vida completamente diferentes. Como seres humanos, es natural que en algún momento choquemos o no pensemos igual. Y eso no tiene por qué ser malo. Significa que estamos en una relación real, formada por dos personas con personalidad y criterio propios. Eso sí, siempre desde el respeto y sin utilizar el conflicto como excusa para hacerse daño.

La ausencia de discusiones no siempre es sinónimo de amor profundo. A veces significa que alguien está callando, guardándose cosas, cediendo constantemente o evitando enfrentarse a ciertas situaciones. Por eso creo que lo verdaderamente importante no es cuánto discute una pareja, sino lo que ocurre después de cada desacuerdo. Si se quedan atrapados en el orgullo y el rencor o si son capaces de volver a encontrarse. Para mí, ahí está la diferencia.

Una discusión puede convertirse en una oportunidad para comprenderse mejor. Porque existe algo fundamental que puede pasar desapercibido y eso es, según mi punto de vista, la capacidad de reparación. Cuando los ánimos se calman, las defensas bajan y el enfado se disuelve, nadie se queda anclado en el resentimiento. Al contrario, se busca un abrazo, un acercamiento, una manera de volver el uno al otro. Y en ese regreso puede surgir una cercanía incluso mayor que la que había antes de la discusión. Porque ambos han atravesado una dificultad sin dejar de elegirse y, por el camino, han aprendido algo más el uno del otro. Esa capacidad de reparación es uno de los indicadores más claros de una relación sana y profunda.

La tercera señal es, para mí, la intimidad física. Pero entendida como una extensión de la intimidad emocional. No son dos cosas separadas, sino dos formas de expresar una misma conexión. Con el alma gemela, el cuerpo y el corazón hablan el mismo idioma. La intimidad, el deseo genuino y el placer compartido necesitan algo que muchas personas subestiman: la seguridad. Saber que el otro te va a recibir exactamente como eres, con tus miedos, tus inseguridades e historia personal. Y esa convicción nace en las conversaciones, en las miradas y en la confianza que se construye día a día.

Cuando dos personas han creado un espacio en el que pueden expresar lo que sienten sin miedo a ser juzgadas, y en el que encuentran comprensión y apoyo, esa seguridad también se traslada a lo físico. El cuerpo se relaja cuando el corazón se siente a salvo. Yo me siento la mujer más deseada del mundo por mi pareja. Sentirse completamente aceptada y amada y hacer sentir eso, es un regalo precioso. Gracias a él hace muchísimos años que dejé atrás cualquier inseguridad. Me hace sentir elegida, de verdad, en todos los sentidos. Y creo que esa es una de las sensaciones más bonitas que se pueden vivir en una relación. 

Pero el alma gemela no es solo ese gran amor romántico que imaginamos. A veces aparece no de la manera que esperábamos. A veces llega más tarde de lo que nos hubiera gustado. Y otras, cuando ya habíamos dejado de buscar. Y cuando llega, no siempre viene a cambiarnos la vida de golpe. Su presencia nos transforma poco a poco, casi sin darnos cuenta, a lo largo de los años compartidos. Por eso, la cuarta señal que considero fundamental es el crecimiento mutuo: crecer gracias a la presencia del otro en tu vida. Una relación puede convertirse en un espacio en el que cada uno se desarrolla como individuo y encuentra el impulso necesario para prosperar en todos los ámbitos. Es una especie de palanca, un punto de apoyo desde el que impulsarse. Gracias a la seguridad que da ese vínculo, se puede crecer sin perder la autonomía y, al mismo tiempo, formar un tándem perfecto. Porque compartir la vida con alguien no debería significar renunciar a la propia, sino construir algo juntos sin dejar de ser quien se es.

Convivir con alguien nos expande, porque esa persona se convierte, en cierto modo, en un reflejo de cómo somos y de cómo nos relacionamos con los demás. Nos ayuda a descubrir facetas de nosotros mismos que quizá nunca habríamos conocido de otra forma. Es construirnos dentro de un espacio de amor que nos permite mirarnos desde otra perspectiva. Si miras hacia atrás, te darás cuenta de que la persona que eres hoy tiene mucho que ver con todos esos años compartidos con tu pareja. Si hoy eres más tú, te sientes más seguro y confías más en ti, quizá sea porque tienes a tu lado a alguien que te suma. Alguien que no necesita que renuncies a tu esencia para poder amarte. En cambio, si estás en una relación en la que cada vez te haces más pequeño, en la que sientes que tienes que apagar partes de ti para poder seguir al lado de esa persona, quizá sea una señal de que algo no está funcionando como debería. El amor no debería empequeñecer, sino permitir crecer.

Y dentro de ese crecimiento compartido aparece la quinta señal, algo muy especial: un lenguaje propio, que el resto del mundo no sabe leer. Una comunicación que va más allá de las palabras. Ese lenguaje se construye a base de conversaciones sinceras, incluso de las que resultan difíciles. De momentos de vulnerabilidad en los que te has mostrado tal y como eres y el otro, lejos de juzgarte, te ha ofrecido todo su apoyo. Te hace sentir a salvo. Incluso te protege. Son conversaciones que solo has tenido con esa persona, y que esa persona solo ha tenido contigo. Confidencias, pensamientos y emociones que habéis depositado el uno en el otro y que forman parte de una intimidad que solo os pertenece a vosotros. Muchas veces, ni siquiera hace falta hablar para saber exactamente qué le pasa al otro o qué está pensando. Es ese lenguaje no verbal que se va tejiendo con el tiempo, a través de los gestos de cariño, de las experiencias compartidas y de todas esas pequeñas cosas que, para cualquier otra persona, pasarían desapercibidas. Un idioma privado que solo se habla entre dos. Y ese idioma se construye con presencia: estando de verdad presentes cuando se está juntos.

El alma gemela no ama tu versión perfecta, sino tu versión real. Es más, no la cambiaría por ninguna otra. Pero ojo, no hablo de dependencia emocional. En una relación sana, las dos personas podrían vivir la una sin la otra, pero prefieren no hacerlo porque les encanta estar juntas. Porque se eligen. Y esa elección es, precisamente, lo que hace que el vínculo sea tan especial. Por ello, la última señal que quiero destacar es la honestidad. Para mí, es una de las más importantes. El alma gemela te dice verdades sobre ti que, a veces, ni tú mismo quieres escuchar. Y tú haces lo mismo con ella. Porque en una relación verdadera no se trata solo de oír lo que uno quiere ni de recibir palabras bonitas. Se trata de tener al lado a alguien que te conoce de verdad y que, precisamente porque te ama, es capaz de mostrarte lo que quizá tú no quieres ver. Es como un espejo en el que a veces preferimos no mirarnos, porque nos enseña lo que nos gustaría ignorar. Pero lo hace desde la ternura. No para hacernos sentir inferiores ni para imponernos una forma de ser, sino para ayudarnos a reconocer aspectos de nosotros mismos que nos cuesta aceptar.

Por eso siempre digo que las relaciones son transformadoras: porque nos ponen de frente con nuestra propia realidad y nos ofrecen la oportunidad de convertirnos en una versión más consciente de nosotros mismos. Nos permiten reconocer nuestras luces, pero también nuestras sombras. Nuestras virtudes y nuestros defectos. Y nosotros hacemos lo mismo por la persona que tenemos al lado. Es amar desde la abundancia y no desde la escasez. Desde la libertad de elegir al otro, y no desde el miedo a perderlo. Para mí, encontrar a tu alma gemela es sentir que hay alguien en el mundo que te conoce de verdad. Alguien que ha visto todo de ti y que, aun así, sigue eligiéndote. Alguien a quien tú también conoces en todas sus facetas y que, a pesar de sus defectos, sigue siendo tu persona favorita. Y viceversa.

Hay una pregunta que me parece especialmente reveladora y que puede ayudarnos a reflexionar sobre los verdaderos motivos por los que seguimos en una relación: si de la noche a la mañana tuvieras millones de euros, ¿seguirías con tu pareja? Por triste que parezca, creo que muchas personas responderían que no. Hay quien permanece en una relación para mantener su nivel de vida, por la casa que comparten, por los hijos o por todas esas circunstancias que hacen que separarse resulte complicado.

Pero ¿qué pasaría si, de repente, desaparecieran todas esas limitaciones? ¿Seguirías eligiendo a la persona que tienes a tu lado? Si has respondido que sí sin pensarlo, quizá sea porque lo que te une a ella va mucho más allá de las circunstancias que compartís. Porque cuando amas de verdad, no estás con alguien por lo que necesitas de esa persona, sino porque deseas compartir tu vida con ella. Porque, aunque pudieras tenerlo todo, seguirías queriéndola a tu lado. Y para mí esa es una de las expresiones más bonitas del amor: poder elegir cualquier vida y seguir eligiendo la que compartes con esa persona.

Después de 15 años aprendiendo a amar, sigo creyendo que las almas gemelas no son necesariamente dos personas iguales, ni dos seres perfectos que nunca se equivocan. Son dos personas que se conocen de verdad, que han sabido convivir con sus luces y sus sombras, que crecen juntas y que siguen encontrando en el otro su lugar favorito en el mundo. Que están practicando el amor día a día, permitiéndose compartir esa experiencia tan enriquecedora que solo las relaciones de pareja aportan a nuestra evolución. 

El verdadero privilegio de encontrar al alma gemela no es sentir que no se puede vivir sin esa persona, sino descubrir que, pudiendo vivir de mil maneras distintas, se sigue queriendo compartir la vida con ella. Y seguir eligiéndose, cada día. Como me gusta decir, cada día empieza de cero y, por eso, cada día hay que cuidar la relación. 

Un fortísimo abrazo a todos y uno especialmente largo para ti, Alber. ¡Feliz aniversario por aquí también!



Beatriz Casaus 2026 ©




jueves, 10 de septiembre de 2026

El número 13 y la efeméride de mi cumpleaños

 “Para amarte como debería, debo primero adorar a Dios como Creador. Cuando haya aprendido a amar a Dios más que a ti, te amaré mejor que ahora.” (C. S. Lewis)


Hemos entrado, desde el pasado 23 de agosto, en el signo de Virgo. El año pasado ya hablé largo y tendido sobre este arquetipo, entre otras cosas para echarle un capote a uno de los signos del zodiaco con mayor fama de perfeccionista, crítico y obsesionado con poner orden. Así que este año no voy a volver sobre lo mismo. Esta vez quiero detenerme en algo mucho más concreto: la fecha exacta de mi nacimiento y, especialmente, en un número que durante siglos ha cargado con una injusta mala fama: el 13.

Creo que los cumpleaños merecen celebrarse y este año he decidido regalarme también este pequeño homenaje. Lo he escrito con antelación para celebrarlo como es debido y me olvide un poco del ordenador. El mío suele ser un cumpleaños gitano y pienso disfrutar cada celebración como si fuera la única.

Así que hoy quiero empezar precisamente por ahí: Nací un día 13. Resulta curioso que un número al que durante siglos se le ha atribuido una connotación negativa, asociado en nuestra cultura a la mala suerte o los malos augurios, tenga lecturas completamente diferentes cuando nos acercamos a otras tradiciones espirituales. Incluso dentro del cristianismo encontramos un simbolismo interesante alrededor del 13. Jesús estaba acompañado por doce apóstoles y él, era el decimotercero. Me resulta curioso que un número que nuestra cultura ha aprendido a mirar con tanto recelo pueda aparecer también asociado a una figura que representa el amor, la entrega y la salvación. Como siempre suelo hacer, lanzo preguntas al aire: ¿Pudiera ser que no convenga saber el verdadero poder que tiene este número?

Hay otra coincidencia dentro del cristianismo relacionada no solo con el número 13, sino con mi fecha exacta de nacimiento. El 13 de septiembre de 1935, santa Faustina Kowalska escribió en su diario que recibió una revelación en la que se le enseñó la oración que daría origen a la Coronilla de la Divina Misericordia. Según su relato, aquella noche vio a un ángel dispuesto a ejecutar la justicia divina y, mientras contemplaba aquella escena, recibió interiormente las palabras con las que debía implorar misericordia para el mundo: “Padre Eterno, yo te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo…”. Al día siguiente, según relata, Jesús le indicó que rezara aquella oración y posteriormente le pidió que la difundiera. Así que el 13 aquí, no está asociado a la desgracia o a la fatalidad, sino a todo lo contrario: a una oración destinada a pedir misericordia para la humanidad. 

Y si dentro del cristianismo encontramos estas curiosas correspondencias, al acercarme a la Cábala el significado de ese dígito da un giro todavía más sorprendente: porque, en hebreo, el amor tiene un número. Y ese número es precisamente el 13. Para entenderlo hay que fijarse primero en una de las particularidades de la lengua hebrea: que las letras poseen también valores numéricos y, por tanto, las palabras pueden expresarse mediante la suma del valor de las letras que las componen. A este sistema se lo conoce como guematría y ha sido utilizado durante siglos como una herramienta de interpretación de los textos sagrados. Por eso los cabalistas son conocidos por aprender y desentrañar lo que esconden esos textos, sus secretos, más allá de la lectura literal de los mismos.

La palabra hebrea para amor es Ahavá. La suma del valor numérico de sus letras es 13. Así que el número que tantas veces nos han presentado como de "la mala suerte" adquiere en hebreo una dimensión completamente distinta. Desde esta perspectiva, habla de amor, de luz, de transformación, de crecimiento y de la posibilidad de trascender una existencia puramente individual para llegar a una dimensión más espiritual. Y aquí comienza una de esas coincidencias numéricas dentro del pensamiento cabalístico. Existe otra palabra hebrea cuyo valor numérico también es 13: Ejad, que significa Uno o Unidad. Amor y Unidad. Ahavá = 13, Ejad = 13. En cábala, que dos conceptos compartan un mismo valor numérico permite establecer entre ellos una relación. Y la que aparece aquí es que el amor conduce a la unidad.

No se trata de entender esa unidad como la desaparición de uno mismo dentro del otro, como esa idea romántica de que dos personas tienen que convertirse en una sola perdiendo su individualidad. Más bien habla de una conexión capaz de trascender la separación. Cuando amamos de verdad, seguimos siendo nosotros y el otro continúa siendo el otro, pero aparece entre ambos algo que permite atravesar esa frontera invisible que normalmente nos separa. Por eso, desde esta mirada, el amor no sería únicamente un sentimiento. Sería también una fuerza de unión. Una forma de acercarnos a la experiencia del Uno sin dejar de existir como individuos.

En la tradición cabalística nada se contempla como una simple casualidad. El hebreo posee un carácter sagrado que contiene códigos y relaciones profundas entre letras, palabras, números y significados. Por lo que cuando dos palabras comparten un mismo valor numérico, existe entre ellas una equivalencia. También tiene valor numérico 13 la palabra Vohu, asociada al vacío y que aparece en la expresión bíblica Tohu va-Vohu, vinculada al estado primordial anterior al orden de la creación. Y así se queda una asociación todavía más profunda con el número 13: Amor, Unidad y Vacío. 

El vacío puede entenderse no únicamente como ausencia, sino como un espacio de posibilidad. Para que algo nuevo pueda existir tiene que haber un lugar donde pueda aparecer. Hay que vaciar para recibir. Dejar espacio para que algo diferente nazca. Por eso, cuando una empieza a observar todas estas correspondencias, el significado del 13 se vuelve mucho más complejo que la simple etiqueta cultural de “mala suerte” que han colocado sobre él.  Pero la secuencia continúa... Si Ahavá, amor, vale 13, cuando una persona ama a otra podríamos representarlo simbólicamente como 13 + 13 = 26. Y 26 es el valor numérico del Tetragrámaton, YHWH, el nombre de Dios. De modo que dos veces el amor nos conduce, numéricamente, al nombre divino, a Dios. Es una de esas relaciones simbólicas que explican por qué los números tienen tanta importancia dentro de la Cábala. Todo parece formar parte de un código sagrado. Es mágico. ¿Comenzamos a entender por qué no conviene que se sepa esto?

Pero cuando quise mirar mi fecha de nacimiento desde la perspectiva cabalística descubrí que había otra capa más, porque la Cábala no sigue sólo la fecha del calendario gregoriano en la que nacemos. Hay que buscar también qué día era en el calendario hebreo en el momento exacto de nuestro nacimiento. El 13 de septiembre de 1984 correspondía al 18 de Elul de 5744. Elul es uno de los meses más profundos del calendario hebreo. Es el último mes antes de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y constituye un periodo especialmente dedicado a la introspección, a la revisión de la propia vida y a la teshuvá. Aunque teshuvá suele traducirse como “arrepentimiento”, su significado literal está mucho más cerca de la idea de regreso. Regresar al camino, a la esencia, a aquello que somos cuando apartamos las capas que hemos ido acumulando. Por eso me gusta pensar en Elul como el mes del regreso al alma. También se le conoce como el mes de la purificación. (*Escribí dos post sobre teshuvá en este blog el año pasado).

Existe además una metáfora utilizada por los maestros judíos para explicar la energía espiritual de este periodo: “El Rey está en el campo”. Describe a un rey que normalmente permanece en su palacio, rodeado de protocolos y al que resulta difícil acceder, pero que durante un determinado periodo abandona el palacio y sale al campo para encontrarse directamente con su pueblo. Espiritualmente, significa que durante Elul la presencia divina se considera más cercana y accesible. No hace falta “subir al palacio” para encontrar a Dios; simbólicamente, es Dios quien sale al encuentro del ser humano. Por eso es un mes dedicado a revisar la vida, perdonar, cerrar ciclos, sanar aspectos del ego y preparar un nuevo nacimiento espiritual antes de comenzar el nuevo año con Rosh Hashaná. Elul se asocia también a una fuerte llamada hacia el crecimiento interior y la búsqueda espiritual.

Cada mes del calendario hebreo se relaciona tradicionalmente con una de las doce tribus de Israel. A Elul le corresponde la Tribu de Gad. Y Gad significa literalmente “buena fortuna”. Pero, no se trata de la suerte entendida como esperar pasivamente a que la vida nos entregue acontecimientos favorables. Habla de la capacidad de transformar incluso las dificultades en bendiciones, de extraer algo valioso de aquello que inicialmente parecía adverso. La energía de Gad está relacionada con la resiliencia, la capacidad de levantarse después de las caídas y la posibilidad de convertir las experiencias difíciles en crecimiento.

Elul corresponde además al signo de Virgo, Betulá. Existe otra diferencia interesante entre la interpretación que solemos hacer de un signo zodiacal y la que se hace en Cábala, Virgo no representa simplemente el perfeccionismo. Su verdadero símbolo es la purificación. El trabajo espiritual de esta energía consiste en transformar su sombra (la crítica, el exceso de control, la autoexigencia, el puntillismo) en cualidades superiores (servicio, humildad y compasión) Es decir, utilizar la capacidad de observar lo que puede mejorarse no para juzgar continuamente el mundo, a los demás o a uno mismo, sino para contribuir a transformarlo.

La letra hebrea asociada al mes de Elul es Yod. Es la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Y, sin embargo, simbólicamente contiene un enorme potencial. De ella nacen gráficamente las demás letras y representa la semilla, el potencial infinito y el punto primordial desde el cual comienza la creación. Lo inmenso contenido dentro de lo diminuto. La posibilidad de que algo aparentemente insignificante contenga en su interior todo aquello que todavía puede llegar a manifestarse. Por eso, también puede hablar de personas que sienten que llevan muchísimo dentro aunque externamente puedan parecer discretas.

El sentido espiritual tradicionalmente asociado a Elul es además la acción (maasé). Y esto introduce otro elemento importante: no basta con comprender. No basta con estudiar, analizar, leer, descubrir significados o acumular conocimiento espiritual. Todo aquello que comprendemos tiene que encontrar alguna manera de encarnarse en la realidad. La luz, tiene que terminar llegando a algún sitio. Por eso esta simbología puede relacionarse con la necesidad de ayudar, enseñar, escribir, acompañar o poner lo aprendido al servicio de otros. No quedarse solo en la experiencia interior, sino convertirla en algo concreto y práctico.

El 18 de Elul tiene una particularidad muy conocida dentro del judaísmo jasídico. Este día recibe el nombre de Jai Elul. Y Jai significa vida. La fecha posee una importancia histórica especial porque el 18 de Elul nacieron dos figuras fundamentales del jasidismo: Israel ben Eliezer, conocido como el Baal Shem Tov, fundador del movimiento jasídico, y Shneur Zalman de Liadí, fundador de la corriente Jabad.

Los cabalistas dicen que este día trae al mundo una energía destinada a despertar el corazón de las personas y acercarlas a Dios desde el amor más que desde el miedo. Por esta razón, el 18 de Elul ha llegado a ser conocido como una fecha especialmente vinculada a la vitalidad espiritual del jasidismo, una corriente que puso un enorme énfasis en acercar la experiencia de Dios a la vida cotidiana y en servirle no desde el temor o la obligación, sino también desde la alegría y el amor. Los maestros jasídicos han interpretado esta fecha como una inyección de “vida” dentro del mes de Elul. Una energía destinada a despertar el corazón y preparar interiormente al ser humano para el nuevo ciclo que comienza con Rosh Hashaná. Volviendo otra vez a los números, la palabra Jai, “vida”, está formada por dos letras: 8 y 10 y la suma es 18 = Jai = Vida. El 18 es probablemente uno de los números más queridos y reconocibles dentro de la tradición judía. Por eso, es frecuente realizar donaciones en múltiplos de 18. El número simboliza vida, bendición, continuidad y la manifestación de la energía vital.

De modo que, mirando la simbología cabalística del día 13 de septiembre de 1984 (sin pretender que una fecha determina obligatoriamente la personalidad o el destino de quien nace en ella), aparece esta combinación: El 13, número que a través de Ahavá habla del amor y a través de Ejad de la unidad. El 18 de Elul, donde el 18 significa vida. Elul, el mes de la introspección, la teshuvá, el regreso a la esencia y la preparación para un nuevo nacimiento espiritual. Un mes asociado a Gad, la capacidad de transformar las dificultades en bendiciones; Virgo, entendido como un proceso de purificación que lleva de la crítica y la autoexigencia al servicio, la humildad y la compasión; Yod, la diminuta semilla que contiene un potencial inmenso; y a la acción, recordándonos que aquello que comprendemos interiormente tiene que terminar manifestándose en el mundo. Y, además, nací precisamente en Jai Elul, una fecha vinculada dentro del jasidismo a dos maestros que contribuyeron a acercar la espiritualidad a la vida cotidiana y a despertar el vínculo con Dios desde una dimensión profundamente vital. Por todo ello, el 18 de Elul puede leerse como una invitación a buscar un profundo crecimiento interior, transformar el dolor en sabiduría y expresar esa transformación mediante la palabra, la enseñanza, el servicio o el acompañamiento a otros; compartir desde la experiencia vivida y no únicamente desde la teoría.

Me resulta inevitable que, al conocer todo esto, encuentre resonancias con mi propio camino. Mi interés por el servicio, la ayuda, el acompañamiento en todos los niveles, la escritura, la poesía, mi necesidad casi permanente de comprender lo que vivo, mi fascinación por el conocimiento espiritual, la Cábala y mi tendencia a transformar experiencias personales en palabras adquieren, una curiosa coherencia con la fecha en la que nací. No porque crea que un número pueda encerrarnos dentro de una definición ni porque nuestra fecha de nacimiento determine quiénes estamos obligados a ser, pero sí creo en la tendencia que esconde su influjo. Aún así me interesa contemplarlo como un lenguaje simbólico. Una de tantas formas que el ser humano ha utilizado durante siglos para intentar comprender el misterio de su propia existencia. Por eso estudio las fechas, porque conocerlas, transmiten mensajes. El 13, al que nuestra cultura decidió temer, en hebreo nos conduce al amor y a la unidad, al vacío, vida, transformación, regreso y acción.

Los números y la simbología nos ayudan a descifrar quiénes somos. Y también, nos ayudan a formularnos preguntas. Y si tuviera que resumir toda la simbología de mi fecha de nacimiento en una sola idea, probablemente elegiría esta: regresar una y otra vez a lo esencial, lo espiritual. Transformar lo vivido en conciencia y procurar que aquello que uno aprende en el camino pueda convertirse, de alguna manera, en luz para los demás.

P.D.: Como dato curioso, en la película Matrix (que la suelo nombrar bastante) decir que el protagonista, Neo, en la película nace también un 13 de septiembre. Si tenemos en cuenta que la película la escribieron y dirigieron los hermanos Wachowski, que estudiaron cábala en el Kabbalah Center de Los Ángeles, estoy segura que esa elección no fue casual.


Un fuerte abrazo. Yo voy a dejarme abrazar y mimar estos días para volver con amor multiplicado. 


Beatriz Casaus 2026 ©



lunes, 7 de septiembre de 2026

Si fuera perfecta

 "Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida." (Federico García Lorca)

"Vivo en otra dimensión y no tengo tiempo para cosas que no tienen alma." (Charles Bukowski) 


"Cómo voy a culpar al viento del desorden que hizo, si fui yo quien abrió la ventana." (Mario Benedetti)

                                    


Hoy no me voy a explayar demasiado. Simplemente me paso por aquí para dejar el último poema que he escrito. Se titula: Si fuera perfecta y nació de una idea aparentemente sencilla, pensar en todas esas cosas que no formarían parte de nosotros si hubiéramos atravesado la vida sin equivocarnos, sin rompernos, sin amar de la manera incorrecta alguna vez, sin tomar decisiones que después hubiéramos querido cambiar.

Supongo que durante mucho tiempo nos enseñan a relacionar la perfección con no fallar. Con acertar a la primera. Con no desviarnos demasiado del camino previsto y poder mirar hacia atrás sin encontrar demasiadas cicatrices. Pero creo que una vida así tendría muy poco que contar. Hay aprendizajes que llegan precisamente porque nos equivocamos. O puertas que solo descubrimos después de haber abierto otras que quizá nunca debimos cruzar. Hay partes de nosotros que aparecen cuando algo se rompe y hay heridas que terminan convirtiéndose también en lugares desde los que mirar de otra manera.

No sé si hacerse mayor consiste, entre otras cosas, en reconciliarse con todo eso. En dejar de observar nuestra historia como una sucesión de aciertos y errores y empezar a contemplarla como el extraño recorrido que nos ha traído hasta quienes somos hoy. Seguramente yo tampoco sería la misma sin aquello que salió mal. Sin todas las versiones de mí que fui dejando atrás por el camino. Por eso cada vez me interesa menos ser perfecta. Me interesa mucho más ser verdadera.

Un abrazo.




Si fuera perfecta




Pero entonces...

¿qué sabría de estar viva?


Es una prueba.


Prende un impulso de fuego

y déjalo arder

hasta que nieve.


Acaba pronto.

Empieza tarde. 

Enciende dentro. 

Revélate fuera.


No te dejes callar 

por quienes han perdido 

su voz.


Todo lo escondido

termina pidiendo un cuerpo.


Un secreto no tiene otra razón

que el instante

en que deja de serlo. 


La ropa envejece.


Tu cuerpo, en cambio,

 es lo único que sé amar

mientras desaparece. 


Entre las cuerdas

me escondo

para rozar los acordes que tocas.

Como si la música supiera

más que nosotros. 


No existen laureles

capaces de alcanzar tu éxito.


Mi principal logro 

es llegar a ser quien soy.


Parece sencillo 

y cuesta vidas aprenderlo.


Mantente quebrado.

Hay voces 

que solo atraviesan grietas.


Dan ganas de salir corriendo

de todo aquello 

que no tiene corazón.


Pero a veces, 

también se huye

permaneciendo.


Hace un viento horrible 

en mi cabeza.

Me lleva hasta espejos

que no recuerdo haber colgado

frente a mi ventana.


En ninguno 

consigo 

reconocerme del todo.


No hay sombra que huya de mí 

tan deprisa

como mis pensamientos de mis actos.


Veo umbrales 

donde otros ven finales.


No espero misericordia 

de quien

no ha vivido. 


¿Para qué serviría la vida

si no dejara,

al menos, 

una herida por donde mirar?


Si fuera perfecta 

no gastaría esta carne.


No tendría cicatrices.

No conocería el hambre.

No habría amado mal.

No habría abierto puertas

que no supe cerrar.

No me hubiera equivocado tanto.


Si fuera perfecta

sería intacta. 


Y las cosas intactas

no saben nada 

de estar vivas.


He conseguido callarme

fuera.


Desde dentro 

se vive mejor.



Beatriz Casaus 2026 ©