“Hasta que hagas consciente lo inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino.” (Carl Gustav Jung)
“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.”(George Santayana)
"Those who cannot change their minds cannot change anything."(George Bernard Shaw)
Hace unos días leí una entrevista a la fantástica actriz Lola Dueñas en la que decía: "El dolor se hereda. No he tenido hijos y así el dolor termina en mí". Aquellas palabras me hicieron reflexionar y fueron precisamente las que inspiraron este relato.
Podemos heredar mucho más que rasgos físicos o bienes materiales. También recibimos heridas emocionales, miedos, creencias, prejuicios y formas de relacionarnos que, muchas veces sin ser conscientes de ello, repetimos generación tras generación. Y esto no sucede únicamente en el ámbito familiar, sino también en el colectivo, donde seguimos arrastrando enfrentamientos ideológicos, resentimientos y heridas históricas que contribuyen a la polarización que vivimos actualmente.
Creo que una de nuestras mayores responsabilidades es aprender a cuestionar aquello que hemos heredado, desarrollar un pensamiento propio y tomar conciencia de los patrones que repetimos para decidir cuáles queremos conservar y cuáles transformar. Comprender de dónde venimos no significa estar condenados a repetirlo. Tampoco podemos cambiar el pasado de quienes nos precedieron, pero sí podemos evitar que determine nuestro futuro.
Ahora sí, os dejo con el relato.
Iza tu vela
Beth había llegado allí sin saber muy bien qué esperaba encontrar. Quizá una respuesta o una explicación que pusiera algo de orden en aquella sucesión de relaciones que parecían comenzar siempre de manera diferente y terminar exactamente en el mismo lugar. Durante años había pensado que simplemente había tenido mala suerte en el amor, que se había cruzado con los hombres equivocados o que pertenecía a esa clase de personas a las que les costaba encontrar a alguien con quien construir una relación sencilla y duradera. Sin embargo, últimamente había empezado a sospechar que detrás de tantas historias diferentes se escondía siempre la misma historia. Cambiaban los nombres, los rostros, las circunstancias y las excusas, pero permanecía una sensación que conocía demasiado bien: la de estar esperando a que alguien terminara de elegirla. Por eso aquella tarde, sentada en una sala junto a un grupo de desconocidos, sintió por primera vez que quizá no había ido allí para comprender a los hombres que habían pasado por su vida, sino para comprender por qué ella los había elegido.
Aquel día tenía la cabeza embotada y le costaba procesar lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Cuando llegó su turno, se puso delante de todos y comenzó a hacer lo que le estaban pidiendo. Había acudido a aquella sesión de constelaciones familiares movida más por la curiosidad que por la convicción. Una amiga le había hablado de aquello durante meses y ella, después de varias relaciones sentimentales fallidas, había terminado aceptando. Cuando le preguntaron qué quería trabajar, tardó unos segundos en responder y finalmente dijo que sus relaciones. La respuesta parecía demasiado sencilla para todo lo que escondía. Podría haber dicho que quería saber por qué siempre terminaba enamorándose de hombres que no podían amarla como necesitaba, por qué cuando alguien se acercaba demasiado se asustaba y cuando se alejaba sentía que se moría o por qué llevaba prácticamente toda su vida intentando conseguir que alguien la eligiera. Pero se limitó a decir que quería trabajar sus relaciones y aquello bastó.
Cuando cerró los ojos le llegó una imagen nítida a la mente. Vio a su madre mucho más joven, casi de su misma edad, con el pelo recogido y una expresión que reconoció inmediatamente porque la había visto muchas veces durante su infancia. Pero su madre no estaba mirando a su padre. Miraba a otro hombre. Beth sintió una presión en el pecho. No sabía exactamente de dónde procedía aquella imagen ni qué parte pertenecía a la intuición, a la imaginación o a recuerdos familiares escuchados muchos años atrás, pero algo dentro de ella se estremeció. Su madre había estado profundamente enamorada de otro hombre antes de casarse con su padre y aquella posibilidad cayó sobre ella como una piedra. Recordó entonces una conversación lejana, una frase pronunciada por una tía durante una comida familiar cuando Beth apenas tenía diecisiete años. Su madre había tenido un novio al que había querido muchísimo antes de conocer a su padre. Nadie había dado demasiada importancia a aquellas palabras y ella tampoco. Hasta ahora.
De repente comenzaron a aparecer recuerdos aparentemente inconexos: los silencios de su madre, aquella tristeza que algunas tardes se instalaba en su rostro sin motivo aparente, su irritabilidad, las discusiones absurdas con su padre, las ocasiones en las que decía que una mujer tenía que sentar la cabeza y dejarse de romanticismos. Beth abrió los ojos y dijo en voz alta que su madre no estaba enamorada de su padre cuando se casó con él. Nadie respondió, y precisamente aquel silencio hizo que continuara hablando. Su padre era bueno, responsable, la quería y le ofrecía una vida tranquila. Su madre quería casarse, tener hijos, formar una familia y hacer lo que se suponía que tenía que hacer. Pero querer construir una familia con alguien no significaba necesariamente estar enamorada de él, y Beth empezó a preguntarse si su madre no habría confundido durante años la seguridad con el amor.
Pronunciar aquellas palabras le produjo un dolor inesperado porque inmediatamente pensó en su padre, en aquel hombre bueno que había dedicado media vida a una mujer cuyo corazón, al menos durante algún tiempo, había pertenecido a otro. Después pensó en ella misma y en los hombres que habían ido apareciendo a lo largo de su vida. Uno estaba casado, otro acababa de salir de una relación y repetía constantemente que no estaba preparado para enamorarse, otro decía quererla pero desaparecía durante días, otro le prometía un futuro que nunca llegaba y el último había sido quizá el más doloroso de todos porque con él no existía ningún impedimento real. No había esposa, ni distancia, ni una relación anterior demasiado reciente. Simplemente no quería comprometerse con ella. Beth se quedó inmóvil al reconocer una especie de hilo invisible que parecía atravesar todas aquellas historias: el amor imposible, el amor dividido, el amor que espera, el amor que no termina de ser elegido. Aquello era lo que conocía.
Durante años había pensado que tenía mala suerte en el amor, pero ahora comenzaba a preguntarse si, además del azar, de las elecciones equivocadas y de las circunstancias particulares de cada relación, existía dentro de ella una familiaridad con determinada manera de amar. Quizá no porque estuviera escrito mágicamente en ninguna parte, sino porque las personas aprendemos mucho antes de comprender que estamos aprendiendo. Aprendemos observando cómo se quieren nuestros padres, qué toleran, qué callan, qué sacrifican y qué esperan del otro. Aprendemos qué significa ser mujer observando a nuestras madres y qué significa ser hombre mirando a nuestros padres. Aprendemos qué debemos esperar del amor y, sobre todo, qué debemos soportar para conservarlo. Y también aprendemos de sus silencios, quizá más que de sus palabras, porque aquello que una familia no explica no desaparece necesariamente; muchas veces permanece escondido, esperando otra forma de manifestarse.
Cuando salió de aquella reunión de constelaciones familiares se marchó cabizbaja y sin hablar con nadie. Todos los que habían participado en su sesión fueron especialmente amables con ella y una mujer incluso se acercó para abrazarla, pero Beth agradeció el gesto y se apartó enseguida. No quería socializar con nadie. Su dolor no se lo permitía. Caminó durante casi una hora sin rumbo mientras intentaba imaginar cómo habría sido la vida de su madre. “No puedo imaginarme casándome y teniendo hijos con alguien a quien no amo”, pensó. Y entonces apareció la ira, una ira infantil, irracional e inmensa. ¿Por qué lo hiciste, mamá? ¿Por qué te casaste con papá si querías a otro? ¿Por qué trajiste hijos al mundo dentro de una historia que había comenzado con una renuncia? ¿Por qué nunca me lo contaste? Durante unos minutos culpó a su madre de casi todos sus fracasos sentimentales porque era mucho más sencillo pensar aquello que aceptar la complejidad de las decisiones humanas.
Sin embargo, mientras caminaba, comenzó a recordar quién había sido realmente su madre: una mujer nacida en otro tiempo, educada para pensar que existía una edad para casarse, otra para tener hijos y una forma correcta de construir una vida. Quizá nadie le había preguntado qué quería. Quizá ni siquiera ella misma se lo había preguntado. Eso era precisamente lo terrible. ¿Cuántas personas toman las decisiones más importantes de su existencia creyendo que están eligiendo cuando en realidad están obedeciendo? Obedeciendo a sus padres, a su época, al miedo, a las expectativas, a aquello que “hay que hacer”. Su madre había crecido escuchando que un buen hombre era suficiente, que la pasión terminaba desapareciendo, que lo importante era formar una familia y que había oportunidades que una mujer no debía dejar escapar. Quizá se casó pensando que el amor llegaría después o que aquella tranquilidad que sentía al lado de su futuro marido era una forma menos apasionada, pero más sensata, de amar.
Beth sintió entonces que la ira empezaba lentamente a transformarse en otra cosa. Todavía no era compasión, pero se parecía. Comprender el origen de una decisión no significaba justificarla, pero sí permitía contemplarla desde un lugar diferente. De pronto su madre dejó de ser solamente la responsable de una historia que ahora Beth sentía que había heredado y volvió a convertirse en una mujer. Una mujer con miedo, deseos, contradicciones y limitaciones. Una mujer que también había recibido una herencia de otras mujeres anteriores a ella y que probablemente había hecho muchas cosas convencida de que no tenía otra opción.
Nada más llegar a casa, Beth cogió el teléfono y marcó el número de su padre. Hablaron primero de cosas sin importancia: del tiempo, de una avería en la calefacción, de una vecina que había vuelto a aparcar ocupando dos plazas. Beth respondía distraída porque no sabía cómo llegar hasta donde realmente quería llegar. Finalmente respiró hondo y le preguntó si su madre había estado enamorada de alguien antes que de él. Al otro lado de la línea se produjo un silencio demasiado largo. Su padre preguntó a qué venía aquello y Beth supo inmediatamente que había tocado una herida. Desde que su mujer había muerto se había vuelto mucho más hermético, como si hubiese cerrado una habitación dentro de sí mismo y hubiera tirado la llave. Beth le explicó que se había acordado de algo que había dicho una vez su tía, pero su padre se limitó a responder que su madre había tenido su vida antes de conocerle, como todo el mundo.
—No te he preguntado eso —dijo Beth—. Te estoy preguntando si tú sabías que seguía enamorada de él cuando os casasteis.
Su padre volvió a guardar silencio y después pronunció una frase que la hirió más de lo que esperaba: “Hay cosas que después de tantos años no tiene sentido remover”. Beth llevaba toda la tarde pensando precisamente lo contrario. Las cosas que no se remueven no siempre desaparecen. A veces se enquistan, cambian de forma, se convierten en comportamientos, silencios, miedos o decisiones y terminan encontrando otras voces a través de las cuales expresarse. Quizá para su padre no tuviera sentido hablar de aquello tantos años después, pero para ella sí. Necesitaba comprender de dónde venía, aunque empezaba a sospechar que comprender de dónde venimos no significa necesariamente encontrar una explicación perfecta para todo lo que nos sucede.
Su padre terminó admitiendo que su madre había querido mucho a aquel hombre y que aquella relación no había podido ser. Después apareció él. Le recordó que la vida no era una película y que las relaciones humanas eran mucho más complejas que dividirlas entre amor verdadero y amor falso. Habían compartido cuarenta años, habían tenido hijos, construido una casa, atravesado enfermedades, entierros, problemas económicos, vacaciones, discusiones, reconciliaciones y cientos de domingos corrientes. Le preguntó si de verdad pretendía reducir cuarenta años de vida a quién había querido su madre cuando tenía veintitantos años. Beth se quedó en silencio porque aquella pregunta desarmaba parte del relato que acababa de construir en su cabeza. Su padre había sido feliz con ella. Quizá su madre también había terminado queriéndole profundamente. Quizá un amor no borraba necesariamente al anterior. Quizá las historias humanas eran mucho menos ordenadas de lo que a nosotros nos gustaría.
Aquella noche Beth apenas durmió. Comprendió que descubrir el pasado no significaba obtener una explicación perfecta y que las familias no eran ecuaciones en las que bastaba localizar un acontecimiento para trazar una línea recta hasta el presente. Había matices, contradicciones y personas que habían hecho lo que pudieron con las herramientas emocionales que tenían en aquel momento. Pero también comprendió algo fundamental: entender a sus padres no significaba tener que repetirlos. Podía honrar la historia de su madre sin convertirla en su destino. Comprender su miedo sin hacerlo suyo y aceptar que aquella había sido su manera de construir una vida sin tener que elegir la misma forma de amar.
Durante los días siguientes comenzó a escribir. Siempre escribía cuando necesitaba ordenar el mundo. Abrió un cuaderno nuevo y escribió una pregunta: “¿Qué cosas creo porque realmente las he pensado y cuáles creo porque me las enseñaron?”. Debajo escribió otras: “¿Qué entiendo yo por amor? ¿Qué cosas he aceptado por miedo a quedarme sola? ¿Por qué me atraen tanto las personas que no pueden darme aquello que necesito? ¿A quién estoy siendo leal cuando elijo a alguien que no puede elegirme?”. Se quedó mirando aquella última pregunta durante varios minutos y entonces lloró. Pero no lloró como había llorado después de sus rupturas. Era un llanto diferente porque no estaba llorando por ningún hombre concreto, sino por todas las veces que se había abandonado a sí misma mientras esperaba desesperadamente que alguien no la abandonara.
Durante semanas empezó a observarse con una atención que nunca había tenido. Recordó que, curiosamente, los hombres emocionalmente disponibles nunca le habían provocado la misma intensidad. Le parecían previsibles, demasiado fáciles e incluso aburridos. En cambio, bastaba con que un hombre mostrara cierta distancia para que algo dentro de ella despertara. La incertidumbre se convertía en deseo, la ausencia en obsesión y la dificultad en profundidad. Había confundido muchas veces la angustia con el amor. Comprendió entonces que lo conocido puede parecernos seguro incluso cuando nos hace daño y que romper un patrón no consistía necesariamente en dejar de sentirlo de repente, sino en aprender a reconocerlo cuando aparecía y tener la valentía de elegir de manera diferente.
Meses después volvió a pensar en todo aquello durante una comida familiar. Su tío y su primo comenzaron a discutir de política. Al principio fue una conversación normal, pero poco a poco llegaron las voces más altas, las interrupciones, las acusaciones y los reproches. Beth dejó el tenedor sobre el plato y los observó. Durante unos minutos tuvo una sensación extraña porque había visto aquella escena muchas veces antes, aunque no exactamente aquella. Su tío repetía expresiones que ella recordaba haber oído a su abuelo y su primo contestaba con frases que había escuchado durante años en la otra rama de la familia. Entonces comprendió que quizá las sociedades no eran tan distintas de las familias. También transmitían relatos, heridas, silencios, miedos, resentimientos y versiones diferentes de una misma historia. Generaciones enteras podían crecer escuchando quiénes habían sido los buenos y quiénes los malos, a quién había que temer, a quién había que culpar y qué ideas demostraban que uno pertenecía a los suyos.
Beth pensó entonces que la libertad política no podía consistir únicamente en poder introducir una papeleta en una urna cada cierto tiempo. Había una libertad anterior y mucho más difícil de conquistar: la libertad de pensar. Pensar verdaderamente, sin repetir automáticamente aquello que hemos escuchado desde pequeños, sin considerar una traición familiar el hecho de cuestionar las ideas de nuestros padres o abuelos, sin necesitar convertir al que piensa diferente en un enemigo. Comprender a otra persona no significaba darle la razón, del mismo modo que cuestionar una idea heredada no significaba renunciar a nuestra familia. Pensar por uno mismo exigía escuchar, contrastar, leer, conocer distintas perspectivas y, llegado el caso, tener la humildad suficiente para cambiar de opinión.
Pensó en cuántas personas repetían opiniones políticas que jamás habían investigado porque llevaban escuchándolas desde niños y en cómo determinados acontecimientos históricos podían dejar heridas colectivas que continuaban expresándose muchas décadas después. Los hijos heredaban conversaciones, los nietos escuchaban relatos y las generaciones siguientes podían terminar sintiendo como propios agravios que nunca habían vivido directamente. Aquello no significaba olvidar la historia, porque conocerla era precisamente necesario para no repetirla, sino intentar mirarla con conciencia en lugar de utilizarla eternamente para alimentar nuevas hostilidades. Si una familia podía transmitir una herida, una sociedad también podía hacerlo, y quizá parte de la polarización que Beth observaba a su alrededor procedía precisamente de esa dificultad para separar la memoria del resentimiento y la identidad propia de la necesidad de tener siempre un enemigo enfrente.
—¿Y tú qué opinas? —le preguntó de pronto su primo.
Todos esperaron su respuesta. Beth sintió durante unos segundos esa antigua presión por posicionarse inmediatamente, por elegir uno de los dos lados y demostrar así a qué grupo pertenecía. Pero aquella vez no lo hizo.
—Todavía estoy pensándolo —respondió.
Su tío soltó una carcajada y dijo que siempre había que tener una opinión.
—No —contestó Beth—. Siempre hay que tener libertad para formarla.
La mesa quedó en silencio y ella volvió a coger el tenedor. Aquella frase se quedó flotando en su cabeza durante toda la tarde. Libertad para formarla. Quizá eso era exactamente lo que estaba intentando hacer con toda su vida. Formar sus propias ideas, sus propias relaciones, sus propias decisiones. Descubrir dónde terminaban las voces de los demás y dónde empezaba realmente la suya. Porque pensar por uno mismo podía exigir una valentía parecida a la necesaria para amar de una manera distinta a como habíamos aprendido. En ambos casos existía el riesgo de sentir durante algún tiempo que estábamos traicionando una pertenencia.
Unos meses después conoció a Daniel y Daniel no se parecía en nada a los hombres que habían ocupado hasta entonces su historia sentimental. Ese fue precisamente el problema. La llamaba cuando decía que iba a llamarla, contestaba los mensajes, no desaparecía durante días, no provocaba incertidumbre ni hablaba constantemente de heridas imposibles de superar. Cuando quería verla se lo decía y cuando no podía también. No había enigmas que resolver ni silencios que interpretar. La primera vez que le dijo con absoluta naturalidad que le gustaba y quería conocerla de verdad, Beth sintió miedo. No ilusión, sino miedo. Aquello la perturbó durante días. ¿Cómo podía darle miedo precisamente lo que llevaba años diciendo que deseaba?
Una noche, después de cenar juntos, Daniel la acompañó hasta el portal y le preguntó si le ocurría algo con él. Beth respondió que no y él le dijo entonces que quizá no le ocurría nada con él, sino consigo misma. La frase le molestó, probablemente porque había algo de verdad en ella. Subió a casa enfadada y estuvo a punto de enviarle un mensaje diciéndole que prefería dejar de verle. Incluso llegó a escribirlo: “Creo que ahora mismo no estoy preparada para una relación”. Se quedó mirando la pantalla. Era una frase impecable, madura, razonable y completamente falsa. Estaba preparada. Lo que no estaba era acostumbrada. Estaba acostumbrada a esperar mensajes, interpretar silencios, justificar ausencias, perseguir certezas y confundir el sufrimiento con intensidad emocional. La tranquilidad, en cambio, le parecía sospechosa porque nunca había aprendido a reconocerla como una forma posible del amor.
Borró el mensaje y se sentó en el sofá. Recordó a su madre y pensó en aquella mujer joven renunciando a un amor y entrando en otro tipo de vida. Pensó en su padre aceptando una historia que quizá nunca había sido perfecta. Pensó en ella misma persiguiendo durante años aquello que se alejaba y huyendo ahora precisamente de alguien que permanecía. Entonces comprendió que romper una repetición podía sentirse al principio como una traición. Si elegía diferente, ¿seguía perteneciendo a su familia? La respuesta apareció inmediatamente. Sí. Pertenecer no significaba repetir. Amar a nuestros padres no significaba vivir sus vidas. Comprenderlos no exigía imitar sus decisiones. Honrar a nuestros antepasados no podía consistir en cargar eternamente con sus renuncias.
La forma más hermosa de honrar a quienes vinieron antes quizá fuera llegar un poco más lejos que ellos, hacer con conciencia aquello que ellos hicieron desde el miedo, decir lo que ellos callaron, elegir donde ellos obedecieron, perdonar donde ellos no pudieron y dejar de entregar a la siguiente generación aquello que nosotros ya habíamos tenido la oportunidad de mirar. Beth volvió a coger el teléfono y escribió a Daniel: “Perdona. Estoy aprendiendo a no salir corriendo cuando algo me importa”. Daniel tardó unos minutos en responder: “Entonces no corras. Vamos despacio”. Beth sonrió. No sintió mariposas en el estómago ni aquella ansiedad que tantas veces había interpretado como una señal inequívoca de enamoramiento. Sintió paz. Y aquello, curiosamente, empezó a parecerle una señal mucho mejor.
Con el tiempo, Beth dejó de pensar en el transgeneracional como una especie de condena familiar de la que había que escapar. Empezó a entenderlo de otra manera. Las familias transmiten mucho más que apellidos, casas, fotografías, joyas u objetos. Transmiten formas de amar, formas de discutir, maneras de afrontar los problemas, silencios, miedos, ideas sobre el dinero, sobre el éxito, sobre los hombres y las mujeres, sobre aquello que uno merece y sobre aquello que debe soportar. Y las sociedades hacen algo parecido. También heredamos relatos colectivos, palabras cargadas de emociones que existían antes de nosotros, viejas divisiones, recuerdos que no vivimos personalmente pero que llegaron hasta nosotros a través de quienes sí los vivieron o de quienes los escucharon contar.
Por eso Beth terminó convencida de que una de las responsabilidades más importantes de cualquier ser humano era revisar su propia herencia. No para rechazarla, avergonzarse de ella o culpar a quienes vinieron antes, sino para decidir conscientemente qué merecía continuar y qué debía terminar en nosotros. Porque no todo lo heredado merece ser conservado. Hay herencias que se guardan y hay herencias que se transforman. Quizá crecer consistiera precisamente en eso: en mirar hacia atrás sin quedarse atrapado allí, en ser capaz de comprender de dónde venimos sin permitir que ese lugar determine inevitablemente hacia dónde vamos.
Beth nunca pudo saber con absoluta certeza cuánto había amado su madre a aquel hombre ni cuánto había amado después a su padre. Con los años dejó de necesitar saberlo. Comprendió que había preguntas cuya respuesta pertenecía a los muertos y otras cuya respuesta solo podía darla ella. ¿Qué clase de amor quería vivir? ¿Qué cosas estaba dispuesta a aceptar? ¿Qué ideas eran realmente suyas? ¿Qué dolores quería dejar de alimentar? ¿Qué historia quería entregar a quienes vinieran después? Eso sí podía decidirlo. Y quizá ahí empezaba la verdadera libertad: no en vivir sin pasado, porque eso es imposible, sino en conseguir que el pasado deje de elegir por nosotros.
Todos recibimos una historia antes de tener edad suficiente para escribir la nuestra. Nos entregan personajes, creencias, heridas, recuerdos, silencios, prejuicios, amores, miedos y páginas ya empezadas. Algunas contienen historias maravillosas que merece la pena conservar y otras llevan demasiado tiempo esperando que alguien tenga el valor de escribir un final diferente. Pero llega un momento de la vida en el que comprendemos que no podemos cambiar el lugar del que venimos, ni las decisiones de quienes estuvieron antes que nosotros, ni siquiera muchos de los vientos que terminarán golpeándonos. Lo que sí podemos decidir es qué hacemos con ellos. Podemos dejarnos arrastrar hacia los mismos lugares una y otra vez o aprender a reconocerlos, cambiar el rumbo y dirigirnos hacia otra parte. Puede que sanar una historia familiar no consista en borrar el pasado, sino en evitar que quienes vengan después tengan que vivirlo de nuevo. No siempre podemos elegir el viento, pero sí podemos aprender a orientar nuestra vela. Y cuando por fin comprendamos que nuestra vida nos pertenece, solo nos queda hacer una cosa: izar nuestra vela.
Beatriz Casaus 2026 ©





