miércoles, 7 de octubre de 2026

El arma del alma

 “La oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo.” (Santa Teresa de Lisieux)

“Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda.”
(Santa Teresa de Jesús)

“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” (San Agustín)





La gente entrena dos, tres, cuatro o hasta siete días a la semana en el gimnasio. Se preocupa por mantener el cuerpo fuerte, flexible y sano. Yo también entreno algo los siete días de la semana: mi alma. Y el Rosario es una de las “máquinas” que utilizo para ello. Porque también existen los músculos del alma: la fe, la paciencia, la humildad, la compasión, el perdón, la esperanza, la capacidad de amar, de resistir, de levantarse, de confiar cuando no entendemos absolutamente nada de lo que está sucediendo. Y, como sucede con los músculos del cuerpo, creo que aquello que no ejercitamos termina debilitándose. La oración es uno de esos ejercicios. Rezar, para mí, es cuidar el estado del alma. Es detener durante un rato el ruido del mundo para mirar hacia dentro y, sobre todo, hacia arriba. Es recordar que no todo lo que existe puede verse, tocarse, comprarse, medirse o explicarse. Y que quizá dedicamos muchísimo tiempo a cuidar aquello que algún día desaparecerá y demasiado poco a aquello que verdaderamente somos.

Hoy es 7 de octubre, día de Nuestra Señora del Rosario, y quería hablar precisamente de esto. Sé que esta entrada no va a gustar a todo el mundo. Y está bien. Hace tiempo comprendí que no estoy aquí para agradar a todos ni para adaptar lo que pienso, creo o siento con el fin de resultar aceptable. Tampoco pretendo convencer a nadie. Quien no conecte con lo que comparto es completamente libre de dejar de leerme o de seguirme. Del mismo modo que yo soy libre de hablar de aquello que forma parte de mi vida y que considero importante.

Siempre he sido una buscadora. Nunca me ha bastado demasiado con aceptar las cosas porque sí. Necesito preguntar, investigar, leer, contrastar, experimentar, equivocarme y volver a preguntar. Durante gran parte de mi vida me acerqué a numerosas tradiciones espirituales, religiones y corrientes de pensamiento. Bebí de muchas fuentes y durante mucho tiempo sentí una afinidad especial por determinadas tradiciones y filosofías orientales. Me fascinaba su manera de entender la conciencia, el silencio, el sufrimiento, el desapego o la naturaleza humana. No reniego de ninguna de aquellas etapas. Cada una me enseñó algo, me obligó a hacerme nuevas preguntas y me ayudó también a comprenderme mejor. Pero hubo un momento en el que mi camino espiritual cambió profundamente.

Viví varias experiencias que yo percibí como auténticos ataques espirituales. No voy a entrar en ellas porque necesitaría otra entrada entera para explicarlas, pero fueron suficientemente intensas como para transformar mi manera de entender determinadas realidades. Hasta entonces me costaba creer verdaderamente en la existencia del mal. Podía comprender la maldad humana, evidentemente, pero me costaba concebir el mal desde una dimensión espiritual. Después de aquello, mi percepción cambió. Y sucedió algo que todavía me resulta paradójico: todo aquel recorrido terminó conduciéndome de nuevo a Yeshua. A Jesús.

Sé que a algunas personas ese nombre puede incomodarlas. A otras quizá les produzca rechazo debido a su propia historia, a determinadas experiencias con la religión, a prejuicios o incluso a comportamientos de personas que decían representar a Dios y quizá hicieron exactamente lo contrario de lo que predicaban. Lo respeto. Cada persona tiene su historia. Pero yo tampoco voy a esconder aquello en lo que creo para resultar más cómoda a los demás. Porque a mí me ha cambiado la vida.

Una de las cosas que más me sorprenden es que acercarme a Él me ha hecho mucho más consciente de mis propias faltas, de mis errores, de las veces que he herido, juzgado, actuado desde el ego o elegido mal. Me ha hecho experimentar algo que antes comprendía mucho más desde la cabeza que desde el corazón: el arrepentimiento. Me duelen muchísimo mis pecados y soy muchísimo más consciente de ellos.

Y puede parecer contradictorio, pero al mismo tiempo me siento mucho más alegre y feliz. Es difícil explicarlo. Existe una alegría que no tiene demasiado que ver con que todo salga bien. No depende necesariamente de nada material, de recibir buenas noticias, de conseguir aquello que deseas o de que la vida sea sencilla. Es otra cosa. Una especie de alegría interior que puede convivir incluso con el dolor, con las dificultades y con la incertidumbre. Y descubrirla me está pareciendo algo extraordinario.

Dentro de este camino, he descubierto además algo que se ha convertido en uno de los momentos más especiales de mis días: rezar el Rosario. Nunca imaginé hasta qué punto podría aportarme paz, recogimiento y una sensación tan profunda de conexión con Dios. Hay algo en la repetición de las oraciones, mientras se contemplan los diferentes misterios de la vida de Jesús y de María, que consigue llevarme poco a poco hacia el silencio. Al principio quizá está la cabeza pensando en veinte cosas: lo que tengo que hacer mañana, aquello que me preocupa, una conversación, un problema, una tontería cualquiera. Pero llega un momento en que el ruido empieza a bajar. Y entonces ocurre algo. Te recoges. Vuelves al centro.

La meditación también conseguía llevarme a ese estado de silencio, pero, después de varios meses rezando el Rosario a diario, he descubierto que la sensación que me deja es infinitamente distinta. Más profunda y completa. Yo diría, incluso, que mucho más poderosa. Por eso entiendo mejor que el padre Pío hablara del Rosario como un “arma” espiritual. No un arma contra otras personas, sino contra aquello que nos aparta del bien: el miedo, la desesperanza, la tentación, el resentimiento, el odio, la oscuridad que a veces también dejamos crecer dentro de nosotros. Para mí, rezarlo se ha convertido además en una forma de protección, pero también de disciplina espiritual. Porque la espiritualidad también necesita disciplina.

Hay días en los que sentimos muchísimo y otros en los que no sentimos absolutamente nada. Hay días de entusiasmo y días de sequedad. Y la fe comienza a hacerse más profunda precisamente cuando dejamos de necesitar una emoción extraordinaria para mantenerla. Por eso vuelvo a la imagen con la que comenzaba esta entrada. Entrenamos el cuerpo porque sabemos que necesita constancia. Nadie va al gimnasio una vez, levanta dos pesas y espera conservar durante veinte años los resultados. Sabemos que hay que volver. Repetir. Perseverar. Incluso cuando da pereza. ¿Por qué pensamos entonces que el alma no necesita entrenamiento? Yo creo que lo necesita todavía más. Necesita silencio en un mundo que no deja de gritar. Humildad en un mundo obsesionado con exhibirse. Discernimiento en un mundo saturado de información. Perdón cuando lo fácil sería acumular resentimiento. Esperanza cuando las circunstancias invitan a perderla. Amor cuando todo parece empujarnos a dividirnos en bandos y odiarnos unos a otros. Y necesita oración.

Hoy creo profundamente en la existencia del bien, pero también en la del mal. Y precisamente por eso considero todavía más importante elegir conscientemente dónde ponemos nuestra atención, qué dejamos entrar en nuestra mente y en nuestro corazón, qué alimentamos con nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos y, en definitiva, hacia dónde decidimos orientar nuestra vida. Porque aquello que alimentamos crece. Y creo profundamente en el poder de la palabra. No da igual lo que decimos, lo que repetimos ni aquello que pronunciamos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Por eso, para mí, la oración tiene también una fuerza especial: es pronunciar conscientemente palabras sagradas, palabras dirigidas a Dios, palabras que van educando también nuestra mente y nuestro corazón. Y, cuando esas palabras comienzan a transformar lo que llevamos dentro, inevitablemente cambia también nuestra manera de mirar y de relacionarnos con lo que sucede fuera.

Y yo quiero aprender a alimentar aquello que me acerque al amor, a la verdad, a la compasión, a la humildad y a Dios. Todavía me queda muchísimo por aprender. Muchísimo que corregir y que comprender. No escribo estas palabras desde ningún pedestal espiritual, sino todo lo contrario: cuanto más avanzo, más consciente soy de todo lo que me falta. Pero quizá eso también forme parte del entrenamiento.

¡Un abrazo bien fuerte!


Beatriz Casaus 2026 ©


P. D.: Siempre termino llorando con los Misterios Dolorosos. 😅🙏🏻 ¿A alguien más le sucede?




lunes, 28 de septiembre de 2026

La elegancia no se compra

 “La simplicidad es la clave de la verdadera elegancia.” (Coco Chanel) 

“La moda pasa, el estilo permanece.” (Yves Saint Laurent) 

“La elegancia no consiste en destacar, sino en ser recordado.” (Giorgio Armani)




Hoy voy a salirme un poco de la línea habitual del blog para adentrarme en un terreno diferente: el de la moda, los estilismos y la elegancia. Y qué mejor momento para hacerlo que en plena temporada de Libra, un signo tradicionalmente asociado con la belleza, la estética, la armonía y el buen gusto. Así que, aprovechando esta particular inspiración libriana, hoy me atrevo a hablar de estilo, de aquello que considero elegante (y de lo que no) y, sobre todo, de una idea que siempre me ha parecido relevante: que llevar ropa cara no significa necesariamente saber vestir.

La elegancia se define como la cualidad de mostrar distinción, gracia, sencillez y buen gusto en la manera de ser, de actuar y de vestir. Partiendo de esta definición, siempre me ha parecido una cualidad digna de cultivar y uno de esos valores que, personalmente, aprecio muchísimo. De hecho, ya escribí sobre la elegancia en una entrada de este mismo blog allá por 2013.

Aunque el buen gusto tiene un componente subjetivo, considero que la elegancia también se educa y se desarrolla. Aprender a elegir las prendas adecuadas, conocer qué favorece a cada persona, comprender la importancia de las proporciones y saber adaptar la vestimenta a cada ocasión son habilidades que pueden perfeccionarse con el tiempo. De hecho, basta con observar la evolución estilística de algunas celebridades para comprobar cómo su imagen se ha ido refinando con los años.

Ahora bien, tener dinero o contar con un estilista no convierte automáticamente a nadie en una persona elegante. Disponer de recursos económicos puede facilitar el acceso a determinadas prendas, a buenos profesionales y a un asesoramiento personalizado, pero la elegancia va mucho más allá de lucir ropa de lujo. Una firma prestigiosa no garantiza un resultado acertado, del mismo modo que una prenda asequible puede dar lugar a un conjunto extraordinariamente sofisticado.

Y aquí es donde quiero detenerme en dos actrices cuyas recientes elecciones estilísticas me han llamado especialmente la atención: Zendaya y Penélope Cruz. He elegido esta fotografía de Zendaya porque, a mi parecer, representa a la perfección lo que significa acertar con un estilismo en una alfombra roja. Con este vestido de ensueño, parece una auténtica diosa del Olimpo. La elección del diseño, la silueta, el peinado y la manera de lucirlo componen una imagen armoniosa, espectacular y perfectamente adaptada a la ocasión. Es un ejemplo de cómo aprovechar un evento de repercusión mundial para deslumbrar sin perder la elegancia. Un conjunto magnífico, de esos que consiguen que la moda se convierta en arte. Le pongo un 10.

En el otro extremo de mis preferencias estilísticas se encuentra Penélope Cruz, cuyas últimas apariciones públicas han suscitado comentarios y opiniones muy diversas. Personalmente, reconozco que algunas de sus elecciones de vestuario no terminan de convencerme. Y no es una cuestión de la calidad de las prendas ni de las firmas que las confeccionan, sino de cómo se combinan, de si favorecen a quien las lleva y de si resultan adecuadas para el evento al que se asiste.

En su caso, creo que determinados estilismos no consiguen realzar toda su belleza natural. Por ejemplo, tampoco soy especialmente partidaria de los estampados, y el vestido que aparece en esta fotografía representa bastante bien el motivo. Personalmente, suelo encontrar mucho más elegantes los colores lisos, porque permiten que destaquen la silueta, el corte de la prenda y, sobre todo, la persona que la lleva. Los estampados, especialmente cuando son muy llamativos o recargados, pueden terminar acaparando toda la atención y haciendo que veamos antes el vestido que a la mujer. Evidentemente, existen estampados preciosos pero, si hablamos de elegancia, mi preferencia casi siempre se inclina hacia la sencillez de un buen diseño en un color liso. En este caso concreto, creo que el estampado del vestido de Penélope no le favorece y no consigue potenciar su belleza como podría hacerlo un diseño más limpio y depurado.

Y esto me lleva a otro aspecto de su imagen que también me gustaría comentar: el color de su cabello. Siempre he considerado que Penélope Cruz está especialmente favorecida con su característico castaño oscuro. Es un tono que, desde mi punto de vista, armoniza maravillosamente con sus rasgos, su mirada y su tono de piel. Por eso, me sorprende esa tendencia a aclararle cada vez más el cabello, especialmente con algunas mechas rubias que, personalmente, no encuentro tan favorecedoras como su color natural.

Y aquí surge una reflexión que va mucho más allá de Penélope Cruz. Durante años se ha transmitido a las mujeres la idea de que, a medida que cumplimos años, debemos aclararnos el cabello para suavizar las facciones, aportar luminosidad al rostro o disimular los signos del envejecimiento. Sin embargo, no existe ninguna razón por la que una mujer deba renunciar a su color natural al alcanzar una determinada edad.

El color que más favorece a una persona depende de numerosos factores: su tono de piel, sus rasgos, el contraste natural de su rostro y, por supuesto, sus preferencias personales. No hay una regla universal que establezca que el cabello claro rejuvenece y el oscuro envejece. De hecho, un tono oscuro bien elegido puede aportar una sofisticación y una fuerza extraordinarias a cualquier edad. Ahí tenemos a mujeres como Monica Bellucci, Sophia Loren o Demi Moore, por citar algunas, que han demostrado que la belleza no tienen fecha de caducidad y que no es necesario renunciar a una melena oscura para seguir luciendo una imagen deslumbrante con el paso de los años.

Porque cumplir años no debería significar tener que cambiar nuestra esencia para adaptarnos a una idea preconcebida de cómo debe lucir una mujer madura. Por supuesto, cada mujer es libre de experimentar con su imagen, teñirse, hacerse mechas o cambiar de estilo tantas veces como desee. Lo que cuestiono es esa creencia tan extendida de que aclararse el cabello constituye una especie de obligación estética a partir de cierta edad. No todas las mujeres necesitan el mismo color, ni todas las tendencias favorecen por igual. Personalmente, no soy partidaria de las mechas, especialmente cuando el contraste con el tono base del cabello es muy marcado. Me resulta más elegante los aclarados sutiles e integrados, que aportan luminosidad.

Volviendo a Penélope Cruz, considero que su belleza natural podría potenciarse muchísimo más con un cabello de tonalidad oscura y con elecciones de vestuario que resaltasen sus proporciones y su personalidad. En ocasiones, tengo la impresión de que determinadas prendas, por muy exclusivas que sean, terminan adquiriendo más protagonismo que la propia actriz, cuando, a mi juicio, debería suceder justamente lo contrario.

Y es que vestir bien no consiste únicamente en llevar lo último de las grandes firmas. También implica conocer el propio cuerpo, entender qué cortes y siluetas favorecen, saber combinar colores y texturas y, especialmente, tener en cuenta el contexto. No requiere el mismo estilismo un evento de mañana que una gala nocturna, ni todas las ocasiones exigen el mismo grado de formalidad.

Por eso, me resulta curioso que una actriz de la trayectoria y proyección internacional de Penélope Cruz, con acceso a algunas de las firmas y profesionales más reconocidos del mundo de la moda, luzca en ocasiones conjuntos que, desde mi punto de vista, podrían estar mucho mejor resueltos. Y lo digo desde una perspectiva puramente estética, porque reconocer la belleza de una mujer no significa que tengan que gustarnos todas sus elecciones de vestuario. Penélope Cruz es una mujer bellísima, pero eso no implica que cualquier diseño que lleve resulte necesariamente favorecedor, por muy Chanel que sea.

La elegancia no depende del precio de una prenda, de la exclusividad de una firma ni de la cantidad de dinero que podamos invertir en nuestra imagen. Depende, en buena medida, de la armonía, del criterio, de la naturalidad y de la capacidad de elegir aquello que realmente nos favorece. Ahí reside una de las grandes diferencias entre vestir con ropa de lujo y vestir con elegancia: el lujo puede comprarse, pero el buen gusto también requiere sensibilidad, conocimiento y criterio propio. No se trata de llevar el vestido más caro, sino de saber elegir el vestido adecuado para cada una. Y, para eso, conocerse a una misma también es importante.


Beatriz Casaus 2026 ©



martes, 22 de septiembre de 2026

Almas gemelas: el amor que hace crecer

 “Sean de lo que sean nuestras almas, la suya y la mía son iguales.” (Cumbres Borrascosas, Emily Brontë)

“Que el amor lo es todo es todo lo que sabemos del amor.” (Emily Dickinson)




Tal y como avisé la última vez, he vuelto con el amor multiplicado. Han sido unos días preciosos, llenos de celebraciones y cariño, y por eso me apetecía mucho escribir sobre el amor. En concreto, sobre el amor de pareja, porque estos días también he celebrado el aniversario de 15 años con la mía. Y qué mejor forma de celebrarlo que escribir sobre las almas gemelas, un tema que me pidieron hace poco y para el que siento que por fin ha llegado el momento.

Me atrevo a hablar de las almas gemelas desde mi propia verdad y experiencia, que no tiene por qué ser la verdad absoluta. Durante años he leído e investigado sobre este tema (uno de los libros que recomiendo es "Lazos de amor" de Brian Weiss) y estas son las conclusiones a las que he llegado. Cuando nos preguntamos qué une a dos personas de una manera tan profunda y duradera, y si ese vínculo va más allá de esta realidad, creo que la respuesta está, sobre todo, en cómo nos sentimos con esa persona y en cómo se siente ella con nosotros. Si estar a su lado es como estar en casa, probablemente se trata de una relación que no nace solo de este plano físico. Quiero aclarar que no solo existen las almas gemelas, también están las almas afines, karmáticas, llamas gemelas... pero en esta ocasión, solo me voy a centrar en las gemelas.

Para mí, el alma gemela no es alguien que reúna todas las cualidades que consideramos ideales, sino esa persona junto a la que podemos mostrarnos tal y como somos, con todas nuestras imperfecciones. Y ahí reside la verdadera diferencia. Porque la perfección es un ideal inalcanzable y, cuando creemos haberla encontrado, aparece el temor a perderla. Sin embargo, cuando encontramos a alguien con quien podemos ser auténticos, sin necesidad de ocultar nuestros miedos, nuestras contradicciones ni nuestras luces y sombras, sentimos una certeza difícil de explicar. Algo en nuestro interior nos dice que hemos encontrado nuestro lugar. Que es ahí donde queremos estar. Que es con esa persona.

Hay señales que muchas personas experimentan, pero que no siempre saben reconocer porque quizá nunca se han detenido a reflexionar sobre su verdadero significado. Os comparto las que, para mí, son las más reveladoras para saber si estás con el alma gemela. La primera de ellas es el silencio. Con tu alma gemela, el silencio no incomoda. No existe la necesidad de llenarlo con palabras ni de buscar constantemente algo que decir. El silencio se convierte en otra forma de estar juntos, en un espacio de calma y complicidad donde la presencia del otro es suficiente. Puede parecer algo muy sencillo, pero esa capacidad de compartir el silencio con absoluta naturalidad dice muchísimo de la confianza y la profundidad de una relación.

El silencio incómodo, ese que te hace buscar desesperadamente un tema de conversación, puede indicar que todavía no hay la confianza suficiente para mostrarse tal y como uno es. Es como si, de alguna manera, aún se estuviera actuando, mostrando una versión de uno mismo que exige un mantenimiento constante. El silencio cómodo, en cambio, nos enseña algo muy distinto: que no tenemos que demostrar nada. Tú sabes lo que vales para el otro, el otro sabe lo que vale para ti, y se descansa en esa certeza. Por eso, cuando estás con esa persona, no te vacías al compartir tiempo con ella, sino que te llenas. Eso no significa que todo sea perfecto ni que no haya momentos difíciles. Significa que su presencia nutre en lugar de agotar.

La segunda señal, y una de las que considero más reveladoras, es la manera en la que una pareja afronta sus discusiones. Existe la creencia de que, cuando dos personas están hechas la una para la otra, nunca discuten. Como si el amor verdadero tuviera que estar libre de cualquier desacuerdo. Pero dos personas pueden amarse profundamente y tener opiniones, necesidades o maneras de entender la vida completamente diferentes. Como seres humanos, es natural que en algún momento choquemos o no pensemos igual. Y eso no tiene por qué ser malo. Significa que estamos en una relación real, formada por dos personas con personalidad y criterio propios. Eso sí, siempre desde el respeto y sin utilizar el conflicto como excusa para hacerse daño.

La ausencia de discusiones no siempre es sinónimo de amor profundo. A veces significa que alguien está callando, guardándose cosas, cediendo constantemente o evitando enfrentarse a ciertas situaciones. Por eso creo que lo verdaderamente importante no es cuánto discute una pareja, sino lo que ocurre después de cada desacuerdo. Si se quedan atrapados en el orgullo y el rencor o si son capaces de volver a encontrarse. Para mí, ahí está la diferencia.

Una discusión puede convertirse en una oportunidad para comprenderse mejor. Porque existe algo fundamental que puede pasar desapercibido y eso es, según mi punto de vista, la capacidad de reparación. Cuando los ánimos se calman, las defensas bajan y el enfado se disuelve, nadie se queda anclado en el resentimiento. Al contrario, se busca un abrazo, un acercamiento, una manera de volver el uno al otro. Y en ese regreso puede surgir una cercanía incluso mayor que la que había antes de la discusión. Porque ambos han atravesado una dificultad sin dejar de elegirse y, por el camino, han aprendido algo más el uno del otro. Esa capacidad de reparación es uno de los indicadores más claros de una relación sana y profunda.

La tercera señal es, para mí, la intimidad física. Pero entendida como una extensión de la intimidad emocional. No son dos cosas separadas, sino dos formas de expresar una misma conexión. Con el alma gemela, el cuerpo y el corazón hablan el mismo idioma. La intimidad, el deseo genuino y el placer compartido necesitan algo que muchas personas subestiman: la seguridad. Saber que el otro te va a recibir exactamente como eres, con tus miedos, tus inseguridades e historia personal. Y esa convicción nace en las conversaciones, en las miradas y en la confianza que se construye día a día.

Cuando dos personas han creado un espacio en el que pueden expresar lo que sienten sin miedo a ser juzgadas, y en el que encuentran comprensión y apoyo, esa seguridad también se traslada a lo físico. El cuerpo se relaja cuando el corazón se siente a salvo. Yo me siento la mujer más deseada del mundo por mi pareja. Sentirse completamente aceptada y amada y hacer sentir eso, es un regalo precioso. Gracias a él hace muchísimos años que dejé atrás cualquier inseguridad. Me hace sentir elegida, de verdad, en todos los sentidos. Y creo que esa es una de las sensaciones más bonitas que se pueden vivir en una relación. 

Pero el alma gemela no es solo ese gran amor romántico que imaginamos. A veces aparece no de la manera que esperábamos. A veces llega más tarde de lo que nos hubiera gustado. Y otras, cuando ya habíamos dejado de buscar. Y cuando llega, no siempre viene a cambiarnos la vida de golpe. Su presencia nos transforma poco a poco, casi sin darnos cuenta, a lo largo de los años compartidos. Por eso, la cuarta señal que considero fundamental es el crecimiento mutuo: crecer gracias a la presencia del otro en tu vida. Una relación puede convertirse en un espacio en el que cada uno se desarrolla como individuo y encuentra el impulso necesario para prosperar en todos los ámbitos. Es una especie de palanca, un punto de apoyo desde el que impulsarse. Gracias a la seguridad que da ese vínculo, se puede crecer sin perder la autonomía y, al mismo tiempo, formar un tándem perfecto. Porque compartir la vida con alguien no debería significar renunciar a la propia, sino construir algo juntos sin dejar de ser quien se es.

Convivir con alguien nos expande, porque esa persona se convierte, en cierto modo, en un reflejo de cómo somos y de cómo nos relacionamos con los demás. Nos ayuda a descubrir facetas de nosotros mismos que quizá nunca habríamos conocido de otra forma. Es construirnos dentro de un espacio de amor que nos permite mirarnos desde otra perspectiva. Si miras hacia atrás, te darás cuenta de que la persona que eres hoy tiene mucho que ver con todos esos años compartidos con tu pareja. Si hoy eres más tú, te sientes más seguro y confías más en ti, quizá sea porque tienes a tu lado a alguien que te suma. Alguien que no necesita que renuncies a tu esencia para poder amarte. En cambio, si estás en una relación en la que cada vez te haces más pequeño, en la que sientes que tienes que apagar partes de ti para poder seguir al lado de esa persona, quizá sea una señal de que algo no está funcionando como debería. El amor no debería empequeñecer, sino permitir crecer.

Y dentro de ese crecimiento compartido aparece la quinta señal, algo muy especial: un lenguaje propio, que el resto del mundo no sabe leer. Una comunicación que va más allá de las palabras. Ese lenguaje se construye a base de conversaciones sinceras, incluso de las que resultan difíciles. De momentos de vulnerabilidad en los que te has mostrado tal y como eres y el otro, lejos de juzgarte, te ha ofrecido todo su apoyo. Te hace sentir a salvo. Incluso te protege. Son conversaciones que solo has tenido con esa persona, y que esa persona solo ha tenido contigo. Confidencias, pensamientos y emociones que habéis depositado el uno en el otro y que forman parte de una intimidad que solo os pertenece a vosotros. Muchas veces, ni siquiera hace falta hablar para saber exactamente qué le pasa al otro o qué está pensando. Es ese lenguaje no verbal que se va tejiendo con el tiempo, a través de los gestos de cariño, de las experiencias compartidas y de todas esas pequeñas cosas que, para cualquier otra persona, pasarían desapercibidas. Un idioma privado que solo se habla entre dos. Y ese idioma se construye con presencia: estando de verdad presentes cuando se está juntos.

El alma gemela no ama tu versión perfecta, sino tu versión real. Es más, no la cambiaría por ninguna otra. Pero ojo, no hablo de dependencia emocional. En una relación sana, las dos personas podrían vivir la una sin la otra, pero prefieren no hacerlo porque les encanta estar juntas. Porque se eligen. Y esa elección es, precisamente, lo que hace que el vínculo sea tan especial. Por ello, la última señal que quiero destacar es la honestidad. Para mí, es una de las más importantes. El alma gemela te dice verdades sobre ti que, a veces, ni tú mismo quieres escuchar. Y tú haces lo mismo con ella. Porque en una relación verdadera no se trata solo de oír lo que uno quiere ni de recibir palabras bonitas. Se trata de tener al lado a alguien que te conoce de verdad y que, precisamente porque te ama, es capaz de mostrarte lo que quizá tú no quieres ver. Es como un espejo en el que a veces preferimos no mirarnos, porque nos enseña lo que nos gustaría ignorar. Pero lo hace desde la ternura. No para hacernos sentir inferiores ni para imponernos una forma de ser, sino para ayudarnos a reconocer aspectos de nosotros mismos que nos cuesta aceptar.

Por eso siempre digo que las relaciones son transformadoras: porque nos ponen de frente con nuestra propia realidad y nos ofrecen la oportunidad de convertirnos en una versión más consciente de nosotros mismos. Nos permiten reconocer nuestras luces, pero también nuestras sombras. Nuestras virtudes y nuestros defectos. Y nosotros hacemos lo mismo por la persona que tenemos al lado. Es amar desde la abundancia y no desde la escasez. Desde la libertad de elegir al otro, y no desde el miedo a perderlo. Para mí, encontrar a tu alma gemela es sentir que hay alguien en el mundo que te conoce de verdad. Alguien que ha visto todo de ti y que, aun así, sigue eligiéndote. Alguien a quien tú también conoces en todas sus facetas y que, a pesar de sus defectos, sigue siendo tu persona favorita. Y viceversa.

Hay una pregunta que me parece especialmente reveladora y que puede ayudarnos a reflexionar sobre los verdaderos motivos por los que seguimos en una relación: si de la noche a la mañana tuvieras millones de euros, ¿seguirías con tu pareja? Por triste que parezca, creo que muchas personas responderían que no. Hay quien permanece en una relación para mantener su nivel de vida, por la casa que comparten, por los hijos o por todas esas circunstancias que hacen que separarse resulte complicado.

Pero ¿qué pasaría si, de repente, desaparecieran todas esas limitaciones? ¿Seguirías eligiendo a la persona que tienes a tu lado? Si has respondido que sí sin pensarlo, quizá sea porque lo que te une a ella va mucho más allá de las circunstancias que compartís. Porque cuando amas de verdad, no estás con alguien por lo que necesitas de esa persona, sino porque deseas compartir tu vida con ella. Porque, aunque pudieras tenerlo todo, seguirías queriéndola a tu lado. Y para mí esa es una de las expresiones más bonitas del amor: poder elegir cualquier vida y seguir eligiendo la que compartes con esa persona.

Después de 15 años aprendiendo a amar, sigo creyendo que las almas gemelas no son necesariamente dos personas iguales, ni dos seres perfectos que nunca se equivocan. Son dos personas que se conocen de verdad, que han sabido convivir con sus luces y sus sombras, que crecen juntas y que siguen encontrando en el otro su lugar favorito en el mundo. Que están practicando el amor día a día, permitiéndose compartir esa experiencia tan enriquecedora que solo las relaciones de pareja aportan a nuestra evolución. 

El verdadero privilegio de encontrar al alma gemela no es sentir que no se puede vivir sin esa persona, sino descubrir que, pudiendo vivir de mil maneras distintas, se sigue queriendo compartir la vida con ella. Y seguir eligiéndose, cada día. Como me gusta decir, cada día empieza de cero y, por eso, cada día hay que cuidar la relación. 

Un fortísimo abrazo a todos y uno especialmente largo para ti, Alber. ¡Feliz aniversario por aquí también!



Beatriz Casaus 2026 ©




jueves, 10 de septiembre de 2026

El número 13 y la efeméride de mi cumpleaños

 “Para amarte como debería, debo primero adorar a Dios como Creador. Cuando haya aprendido a amar a Dios más que a ti, te amaré mejor que ahora.” (C. S. Lewis)


Hemos entrado, desde el pasado 23 de agosto, en el signo de Virgo. El año pasado ya hablé largo y tendido sobre este arquetipo, entre otras cosas para echarle un capote a uno de los signos del zodiaco con mayor fama de perfeccionista, crítico y obsesionado con poner orden. Así que este año no voy a volver sobre lo mismo. Esta vez quiero detenerme en algo mucho más concreto: la fecha exacta de mi nacimiento y, especialmente, en un número que durante siglos ha cargado con una injusta mala fama: el 13.

Creo que los cumpleaños merecen celebrarse y este año he decidido regalarme también este pequeño homenaje. Lo he escrito con antelación para celebrarlo como es debido y me olvide un poco del ordenador. El mío suele ser un cumpleaños gitano y pienso disfrutar cada celebración como si fuera la única.

Así que hoy quiero empezar precisamente por ahí: Nací un día 13. Resulta curioso que un número al que durante siglos se le ha atribuido una connotación negativa, asociado en nuestra cultura a la mala suerte o los malos augurios, tenga lecturas completamente diferentes cuando nos acercamos a otras tradiciones espirituales. Incluso dentro del cristianismo encontramos un simbolismo interesante alrededor del 13. Jesús estaba acompañado por doce apóstoles y él, era el decimotercero. Me resulta curioso que un número que nuestra cultura ha aprendido a mirar con tanto recelo pueda aparecer también asociado a una figura que representa el amor, la entrega y la salvación. Como siempre suelo hacer, lanzo preguntas al aire: ¿Pudiera ser que no convenga saber el verdadero poder que tiene este número?

Hay otra coincidencia dentro del cristianismo relacionada no solo con el número 13, sino con mi fecha exacta de nacimiento. El 13 de septiembre de 1935, santa Faustina Kowalska escribió en su diario que recibió una revelación en la que se le enseñó la oración que daría origen a la Coronilla de la Divina Misericordia. Según su relato, aquella noche vio a un ángel dispuesto a ejecutar la justicia divina y, mientras contemplaba aquella escena, recibió interiormente las palabras con las que debía implorar misericordia para el mundo: “Padre Eterno, yo te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo…”. Al día siguiente, según relata, Jesús le indicó que rezara aquella oración y posteriormente le pidió que la difundiera. Así que el 13 aquí, no está asociado a la desgracia o a la fatalidad, sino a todo lo contrario: a una oración destinada a pedir misericordia para la humanidad. 

Y si dentro del cristianismo encontramos estas curiosas correspondencias, al acercarme a la Cábala el significado de ese dígito da un giro todavía más sorprendente: porque, en hebreo, el amor tiene un número. Y ese número es precisamente el 13. Para entenderlo hay que fijarse primero en una de las particularidades de la lengua hebrea: que las letras poseen también valores numéricos y, por tanto, las palabras pueden expresarse mediante la suma del valor de las letras que las componen. A este sistema se lo conoce como guematría y ha sido utilizado durante siglos como una herramienta de interpretación de los textos sagrados. Por eso los cabalistas son conocidos por aprender y desentrañar lo que esconden esos textos, sus secretos, más allá de la lectura literal de los mismos.

La palabra hebrea para amor es Ahavá. La suma del valor numérico de sus letras es 13. Así que el número que tantas veces nos han presentado como de "la mala suerte" adquiere en hebreo una dimensión completamente distinta. Desde esta perspectiva, habla de amor, de luz, de transformación, de crecimiento y de la posibilidad de trascender una existencia puramente individual para llegar a una dimensión más espiritual. Y aquí comienza una de esas coincidencias numéricas dentro del pensamiento cabalístico. Existe otra palabra hebrea cuyo valor numérico también es 13: Ejad, que significa Uno o Unidad. Amor y Unidad. Ahavá = 13, Ejad = 13. En cábala, que dos conceptos compartan un mismo valor numérico permite establecer entre ellos una relación. Y la que aparece aquí es que el amor conduce a la unidad.

No se trata de entender esa unidad como la desaparición de uno mismo dentro del otro, como esa idea romántica de que dos personas tienen que convertirse en una sola perdiendo su individualidad. Más bien habla de una conexión capaz de trascender la separación. Cuando amamos de verdad, seguimos siendo nosotros y el otro continúa siendo el otro, pero aparece entre ambos algo que permite atravesar esa frontera invisible que normalmente nos separa. Por eso, desde esta mirada, el amor no sería únicamente un sentimiento. Sería también una fuerza de unión. Una forma de acercarnos a la experiencia del Uno sin dejar de existir como individuos.

En la tradición cabalística nada se contempla como una simple casualidad. El hebreo posee un carácter sagrado que contiene códigos y relaciones profundas entre letras, palabras, números y significados. Por lo que cuando dos palabras comparten un mismo valor numérico, existe entre ellas una equivalencia. También tiene valor numérico 13 la palabra Vohu, asociada al vacío y que aparece en la expresión bíblica Tohu va-Vohu, vinculada al estado primordial anterior al orden de la creación. Y así se queda una asociación todavía más profunda con el número 13: Amor, Unidad y Vacío. 

El vacío puede entenderse no únicamente como ausencia, sino como un espacio de posibilidad. Para que algo nuevo pueda existir tiene que haber un lugar donde pueda aparecer. Hay que vaciar para recibir. Dejar espacio para que algo diferente nazca. Por eso, cuando una empieza a observar todas estas correspondencias, el significado del 13 se vuelve mucho más complejo que la simple etiqueta cultural de “mala suerte” que han colocado sobre él.  Pero la secuencia continúa... Si Ahavá, amor, vale 13, cuando una persona ama a otra podríamos representarlo simbólicamente como 13 + 13 = 26. Y 26 es el valor numérico del Tetragrámaton, YHWH, el nombre de Dios. De modo que dos veces el amor nos conduce, numéricamente, al nombre divino, a Dios. Es una de esas relaciones simbólicas que explican por qué los números tienen tanta importancia dentro de la Cábala. Todo parece formar parte de un código sagrado. Es mágico. ¿Comenzamos a entender por qué no conviene que se sepa esto?

Pero cuando quise mirar mi fecha de nacimiento desde la perspectiva cabalística descubrí que había otra capa más, porque la Cábala no sigue sólo la fecha del calendario gregoriano en la que nacemos. Hay que buscar también qué día era en el calendario hebreo en el momento exacto de nuestro nacimiento. El 13 de septiembre de 1984 correspondía al 18 de Elul de 5744. Elul es uno de los meses más profundos del calendario hebreo. Es el último mes antes de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y constituye un periodo especialmente dedicado a la introspección, a la revisión de la propia vida y a la teshuvá. Aunque teshuvá suele traducirse como “arrepentimiento”, su significado literal está mucho más cerca de la idea de regreso. Regresar al camino, a la esencia, a aquello que somos cuando apartamos las capas que hemos ido acumulando. Por eso me gusta pensar en Elul como el mes del regreso al alma. También se le conoce como el mes de la purificación. (*Escribí dos post sobre teshuvá en este blog el año pasado).

Existe además una metáfora utilizada por los maestros judíos para explicar la energía espiritual de este periodo: “El Rey está en el campo”. Describe a un rey que normalmente permanece en su palacio, rodeado de protocolos y al que resulta difícil acceder, pero que durante un determinado periodo abandona el palacio y sale al campo para encontrarse directamente con su pueblo. Espiritualmente, significa que durante Elul la presencia divina se considera más cercana y accesible. No hace falta “subir al palacio” para encontrar a Dios; simbólicamente, es Dios quien sale al encuentro del ser humano. Por eso es un mes dedicado a revisar la vida, perdonar, cerrar ciclos, sanar aspectos del ego y preparar un nuevo nacimiento espiritual antes de comenzar el nuevo año con Rosh Hashaná. Elul se asocia también a una fuerte llamada hacia el crecimiento interior y la búsqueda espiritual.

Cada mes del calendario hebreo se relaciona tradicionalmente con una de las doce tribus de Israel. A Elul le corresponde la Tribu de Gad. Y Gad significa literalmente “buena fortuna”. Pero, no se trata de la suerte entendida como esperar pasivamente a que la vida nos entregue acontecimientos favorables. Habla de la capacidad de transformar incluso las dificultades en bendiciones, de extraer algo valioso de aquello que inicialmente parecía adverso. La energía de Gad está relacionada con la resiliencia, la capacidad de levantarse después de las caídas y la posibilidad de convertir las experiencias difíciles en crecimiento.

Elul corresponde además al signo de Virgo, Betulá. Existe otra diferencia interesante entre la interpretación que solemos hacer de un signo zodiacal y la que se hace en Cábala, Virgo no representa simplemente el perfeccionismo. Su verdadero símbolo es la purificación. El trabajo espiritual de esta energía consiste en transformar su sombra (la crítica, el exceso de control, la autoexigencia, el puntillismo) en cualidades superiores (servicio, humildad y compasión) Es decir, utilizar la capacidad de observar lo que puede mejorarse no para juzgar continuamente el mundo, a los demás o a uno mismo, sino para contribuir a transformarlo.

La letra hebrea asociada al mes de Elul es Yod. Es la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Y, sin embargo, simbólicamente contiene un enorme potencial. De ella nacen gráficamente las demás letras y representa la semilla, el potencial infinito y el punto primordial desde el cual comienza la creación. Lo inmenso contenido dentro de lo diminuto. La posibilidad de que algo aparentemente insignificante contenga en su interior todo aquello que todavía puede llegar a manifestarse. Por eso, también puede hablar de personas que sienten que llevan muchísimo dentro aunque externamente puedan parecer discretas.

El sentido espiritual tradicionalmente asociado a Elul es además la acción (maasé). Y esto introduce otro elemento importante: no basta con comprender. No basta con estudiar, analizar, leer, descubrir significados o acumular conocimiento espiritual. Todo aquello que comprendemos tiene que encontrar alguna manera de encarnarse en la realidad. La luz, tiene que terminar llegando a algún sitio. Por eso esta simbología puede relacionarse con la necesidad de ayudar, enseñar, escribir, acompañar o poner lo aprendido al servicio de otros. No quedarse solo en la experiencia interior, sino convertirla en algo concreto y práctico.

El 18 de Elul tiene una particularidad muy conocida dentro del judaísmo jasídico. Este día recibe el nombre de Jai Elul. Y Jai significa vida. La fecha posee una importancia histórica especial porque el 18 de Elul nacieron dos figuras fundamentales del jasidismo: Israel ben Eliezer, conocido como el Baal Shem Tov, fundador del movimiento jasídico, y Shneur Zalman de Liadí, fundador de la corriente Jabad.

Los cabalistas dicen que este día trae al mundo una energía destinada a despertar el corazón de las personas y acercarlas a Dios desde el amor más que desde el miedo. Por esta razón, el 18 de Elul ha llegado a ser conocido como una fecha especialmente vinculada a la vitalidad espiritual del jasidismo, una corriente que puso un enorme énfasis en acercar la experiencia de Dios a la vida cotidiana y en servirle no desde el temor o la obligación, sino también desde la alegría y el amor. Los maestros jasídicos han interpretado esta fecha como una inyección de “vida” dentro del mes de Elul. Una energía destinada a despertar el corazón y preparar interiormente al ser humano para el nuevo ciclo que comienza con Rosh Hashaná. Volviendo otra vez a los números, la palabra Jai, “vida”, está formada por dos letras: 8 y 10 y la suma es 18 = Jai = Vida. El 18 es probablemente uno de los números más queridos y reconocibles dentro de la tradición judía. Por eso, es frecuente realizar donaciones en múltiplos de 18. El número simboliza vida, bendición, continuidad y la manifestación de la energía vital.

De modo que, mirando la simbología cabalística del día 13 de septiembre de 1984 (sin pretender que una fecha determina obligatoriamente la personalidad o el destino de quien nace en ella), aparece esta combinación: El 13, número que a través de Ahavá habla del amor y a través de Ejad de la unidad. El 18 de Elul, donde el 18 significa vida. Elul, el mes de la introspección, la teshuvá, el regreso a la esencia y la preparación para un nuevo nacimiento espiritual. Un mes asociado a Gad, la capacidad de transformar las dificultades en bendiciones; Virgo, entendido como un proceso de purificación que lleva de la crítica y la autoexigencia al servicio, la humildad y la compasión; Yod, la diminuta semilla que contiene un potencial inmenso; y a la acción, recordándonos que aquello que comprendemos interiormente tiene que terminar manifestándose en el mundo. Y, además, nací precisamente en Jai Elul, una fecha vinculada dentro del jasidismo a dos maestros que contribuyeron a acercar la espiritualidad a la vida cotidiana y a despertar el vínculo con Dios desde una dimensión profundamente vital. Por todo ello, el 18 de Elul puede leerse como una invitación a buscar un profundo crecimiento interior, transformar el dolor en sabiduría y expresar esa transformación mediante la palabra, la enseñanza, el servicio o el acompañamiento a otros; compartir desde la experiencia vivida y no únicamente desde la teoría.

Me resulta inevitable que, al conocer todo esto, encuentre resonancias con mi propio camino. Mi interés por el servicio, la ayuda, el acompañamiento en todos los niveles, la escritura, la poesía, mi necesidad casi permanente de comprender lo que vivo, mi fascinación por el conocimiento espiritual, la Cábala y mi tendencia a transformar experiencias personales en palabras adquieren, una curiosa coherencia con la fecha en la que nací. No porque crea que un número pueda encerrarnos dentro de una definición ni porque nuestra fecha de nacimiento determine quiénes estamos obligados a ser, pero sí creo en la tendencia que esconde su influjo. Aún así me interesa contemplarlo como un lenguaje simbólico. Una de tantas formas que el ser humano ha utilizado durante siglos para intentar comprender el misterio de su propia existencia. Por eso estudio las fechas, porque conocerlas, transmiten mensajes. El 13, al que nuestra cultura decidió temer, en hebreo nos conduce al amor y a la unidad, al vacío, vida, transformación, regreso y acción.

Los números y la simbología nos ayudan a descifrar quiénes somos. Y también, nos ayudan a formularnos preguntas. Y si tuviera que resumir toda la simbología de mi fecha de nacimiento en una sola idea, probablemente elegiría esta: regresar una y otra vez a lo esencial, lo espiritual. Transformar lo vivido en conciencia y procurar que aquello que uno aprende en el camino pueda convertirse, de alguna manera, en luz para los demás.

P.D.: Como dato curioso, en la película Matrix (que la suelo nombrar bastante) decir que el protagonista, Neo, en la película nace también un 13 de septiembre. Si tenemos en cuenta que la película la escribieron y dirigieron los hermanos Wachowski, que estudiaron cábala en el Kabbalah Center de Los Ángeles, estoy segura que esa elección no fue casual.


Un fuerte abrazo. Yo voy a dejarme abrazar y mimar estos días para volver con amor multiplicado. 


Beatriz Casaus 2026 ©