jueves, 21 de mayo de 2026

La abundancia empieza en la mente

 “La abundancia no es algo que adquirimos. Es algo con lo que conectamos.” (Wayne Dyer)

“La riqueza es la capacidad de experimentar plenamente la vida.” (Henry David Thoreau)

“La mente es todo; en lo que piensas, te conviertes.” (Buda)        

                                       

Foto del paseo del otro día
                                  

Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo y considerado uno de los inversores más prestigiosos de la historia, dijo una vez algo con lo que siempre he estado de acuerdo: “Piensa en tus años escolares. ¿Para qué te entrenaron realmente? Te entrenaron para permanecer sentado durante ocho horas, memorizar instrucciones, levantar la mano para pedir permiso para hablar o incluso para ir al baño, temer al fracaso y, sobre todo, completar las tareas asignadas por una autoridad superior. Esas no son las habilidades de un dueño, sino las de un trabajador obediente. El sistema escolar fue diseñado en la época prusiana para producir soldados y obreros. Nunca fue creado para formar capitalistas.” A esta idea no se le puede añadir mucho más, ya lo dice todo. 

El sistema en el que crecimos no fue diseñado para enseñarnos a ser libres, sino para enseñarnos a ser obedientes y útiles. Desde pequeños nos preparan para encajar en estructuras ya creadas por y para otros. Nos enseñan a obedecer horarios, a memorizar información que muchas veces olvidamos, a competir por una nota y, sobre todo, a convertirnos en piezas eficientes dentro de una maquinaria mucho más grande. Nos preparan para buscar trabajo, no para crear riqueza. Para sobrevivir, no para construir. Para obedecer, no para liderar. Y quizá por eso tanta gente vive atrapada en una vida que no desea realmente, esperando un viernes que les devuelva unas pocas horas de libertad antes de volver a empezar el lunes.

Basta con observar el mundo para comprender que muchas de las personas que revolucionaron la historia no siguieron el camino tradicional que nos vendieron como único. La mayoría de los grandes creadores de imperios empresariales construyeron su éxito fuera de las estructuras convencionales. Warren Buffett, Steve Jobs, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Robert Kiyosaki, Bill Gates, Richard Branson, Amancio Ortega, entre otros… no estudiaron carreras universitarias o las dejaron sin acabar. Entendieron que la educación tradicional y la inteligencia financiera no siempre caminan de la mano. Y eso no significa despreciar el conocimiento, ni mucho menos, sino comprender que existen muchas formas de inteligencia que jamás se evalúan en una escuela o universidad. Y más, teniendo en cuenta estos tiempos donde el propio Elon Musk ya ha advertido que de aquí a 6 años, la mayoría de los empleos que hoy conocemos van a desaparecer. 

Vivimos además en una cultura donde, de forma casi inconsciente, se nos enseña a mirar el dinero con culpa. A veces parece incluso más aceptable vivir frustrado que prosperar. Se romantiza el sacrificio, la escasez y el agotamiento, mientras se mira con sospecha a quien desea abundancia o a quien ya la tiene. Como si querer una vida próspera fuese automáticamente algo superficial o egoísta. Pero quizá el problema no sea el dinero, sino la relación emocional y espiritual que tenemos con él.

Siempre he sido una persona esplendorosa cuando ha llegado el momento de pagar o de invitar. Mis amigas siempre se "enfadan" conmigo porque saben que cuando digo que voy al baño, en realidad he ido de forma sigilosa a pagar la cuenta. Luego recibo sus bizum, aunque muchas veces suelo hacer “contra bizum”. Suelo invitar siempre tanto a amigas, familiares como a todo el mundo. Mi pareja siempre me dice que soy demasiado generosa y que nunca ha conocido a una mujer que siempre invite o que siempre quiera pagar. Incluso las personas que nos ven discutir amistosamente por la cuenta terminan riéndose de la escena. Con el tiempo he entendido que esa forma mía de ser también me llevó a rodearme, a veces, de personas que quisieron aprovecharse de ello. Y por eso aprendí algo igual de importante que dar: poner límites. Uno puede dar desde el amor sin dejar de respetarse a sí mismo. Quizá precisamente por eso, desde muy pequeña tuve clarísimo que quería ser libre financieramente y no depender jamás de ningún hombre, ni de nadie. La independencia para mí, nunca ha sido solo un asunto económico, sino también una forma de dignidad y de libertad.

La abundancia, además, no es solamente un asunto económico, yo la concibo en todo y en todas partes. Está en el amor sincero, en las amistades reales, en las conversaciones profundas, en una sobremesa larga, en una mirada limpia, en el silencio de la naturaleza, en un abrazo que llega justo cuando más lo necesitas. Cada vez que salgo a pasear me doy cuenta de que el universo entero es abundancia. Hay millones de árboles, de flores, de insectos, de hojas, de nubes, de piedras, de estrellas. Siempre me quedo embelesada mirando las flores que inundan los campos en primavera, como la foto que he adjuntado al texto y que es una muestra de toda la abundancia que la naturaleza nos da y nos regala. La existencia no piensa en pequeño. La naturaleza nunca funciona desde la escasez. Todo florece, todo se multiplica y se expande constantemente.

Gracias a la cábala comprendí algo que transformó profundamente mi forma de entender el dinero, que ser próspero no es algo malo. De hecho, muchas creencias occidentales han asociado históricamente la espiritualidad con la carencia, como si sufrir fuese una especie de virtud moral. Lo que se aleja de la espiritualidad no es el dinero, sino el apego a él, pero el dinero, en sí, es una energía espiritual mediante la cual se intercambian cosas en este mundo. Sin embargo, resulta curioso que mientras se predica cierta culpa hacia el dinero, instituciones como el Vaticano acumulen una inmensa riqueza. Lo peligroso no es el dinero, sino lo que las personas hacen con él, los sentimientos poco beneficiosos que se pueden desarrollar si no se tiene una conciencia sobre él, como la codicia o la ambición desmesurada o el ansia de poder. Y no, la codicia no está bien. La ambición desmedida tampoco. Nada llevado al extremo suele estarlo. Por eso siempre intento buscar el equilibrio, porque todo desequilibrio termina rompiendo algo dentro de nosotros. Pero una cosa es la codicia y otra muy distinta es la abundancia consciente.

Los judíos, aun estudiando la misma Biblia que los cristianos, desarrollaron históricamente una relación completamente distinta con la prosperidad. Para muchos cabalistas, la abundancia está ligada al concepto de Shefa, que significa flujo. Y esa idea me parece profundamente hermosa. Porque la vida es precisamente eso, un flujo constante. Dar y recibir, expandirse, compartir, permitir que la energía circule. En Oriente Medio, donde el agua ha sido siempre un bien preciado debido a las sequías, comprendieron desde hace siglos la importancia de entender los ciclos de abundancia y escasez. Quizá por eso desarrollaron una mentalidad más previsora y consciente respecto a los recursos. Para ellos, Dios es abundancia infinita, y el ser humano, como creación divina, también debe manifestar esa abundancia en su vida.

Todos los grandes patriarcas bíblicos eran hombres ricos: Abraham, Isaac, Jacob, el rey David o el rey Salomón. Y no es casualidad que una comunidad que representa apenas un pequeño porcentaje de la población mundial haya desarrollado históricamente una enorme capacidad para generar riqueza. Tal vez no se trate solo de dinero, sino de mentalidad. Porque la pobreza muchas veces no empieza en el bolsillo, sino en la mente. En la culpa. En el miedo. En las creencias heredadas. En esa idea repetida durante generaciones de que quien tiene dinero necesariamente es malo, egoísta o materialista.

Los cabalistas dicen algo que me hizo pensar mucho la primera vez que lo escuché: quien pide poco, en realidad, está pensando solo en sí mismo. Porque quien desea únicamente lo justo para sobrevivir apenas puede sostenerse a sí mismo. Pero quien aspira a más puede ayudar a otros, crear proyectos, dar trabajo, sostener causas, construir belleza, compartir. La abundancia también es capacidad de servicio. Solo quien tiene puede dar. Y esto ocurre igualmente en el amor. Solo quien se ama de verdad puede amar sanamente a los demás. Solo se puede entregar aquello que habita dentro de uno mismo.

Por eso creo que la abundancia es, sobre todo, un estado de consciencia. Para vivir en abundancia primero hay que romper todos los condicionamientos aprendidos sobre el dinero. Hay que dejar de asociar prosperidad con maldad. El dinero, por sí mismo, no es bueno ni malo. Es energía. Y como toda energía, depende de la intención de quien la utiliza. Puede destruir o puede ayudar. Puede alimentar el ego o puede convertirse en una herramienta para crear cosas hermosas y ayudar a otros.

Muchas veces me doy cuenta de que la mentalidad de escasez no está tanto en la realidad objetiva como en la forma en la que las personas hablan constantemente de ella. Y esto lo encuentro especialmente en muchas mujeres. Escucho continuamente frases como “es muy caro”, “no puedo permitírmelo”, “las cosas están fatal”, “el dinero se va”, “todo es imposible”, “ojalá tuviera…”, “yo nunca podré”. Y aunque puedan parecer simples comentarios cotidianos, para mí tienen muchísimo poder. Porque las palabras no son inocentes, las palabras crean realidad. Son una especie de hechizos lanzados al aire constantemente y yo me niego a recibirlos. Son decretos que repiten tanto que terminan convirtiéndose en su verdad. Y cada vez soy más consciente de que no quiero envolverme en esa energía ni participar de ella. 

Hay personas que viven desde una narrativa permanente de carencia, incluso aunque objetivamente no estén mal. Porque la escasez primero se instala en la mente y después se materializa fuera. Ya lo dice una de las siete leyes universales del Kybalion: “El universo es mente”. Todo lo que pensamos, sostenemos emocionalmente y repetimos una y otra vez acaba tomando forma de algún modo en nuestra vida. Por eso intento observar muchísimo cómo hablo del dinero, de la prosperidad y de la vida en general. No porque crea en una especie de positivismo ingenuo donde todo se resuelve mágicamente, sino porque sé que aquello que alimentamos mentalmente termina creciendo. Y si uno vive constantemente afirmando que no puede, que no llega, que todo está mal o que nunca tendrá suficiente, acaba construyendo una prisión alrededor de sí mismo con esa realidad que en realidad no quiere. La abundancia también empieza en el lenguaje. En la manera en la que pensamos. En lo que decretamos cada día sin darnos cuenta. Porque muchas personas no solo viven rodeadas de escasez, sino que además la invocan continuamente con sus palabras.

Una de las enseñanzas más importantes que aprendí durante estos años leyendo decenas de libros sobre prosperidad y mentalidad financiera fue el poder del agradecimiento. Y me sorprendió descubrirlo porque, en realidad, era algo que llevaba haciendo toda mi vida de forma intuitiva. Dar gracias cambia completamente la frecuencia desde la que vivimos. Sentirse verdaderamente bendecido por lo cotidiano transforma la manera en la que uno mira el mundo. Agradecer el techo, la comida, las personas que amamos, la salud, una conversación, una canción, una tarde tranquila, incluso las lecciones difíciles. Porque el agradecimiento abre puertas invisibles. Nos conecta con una sensación profunda de plenitud que no depende únicamente de lo material.

Para mí el secreto de la abundancia está en comprender que la vida no responde solo a lo que pedimos, sino también a la energía desde la que vivimos. Sentirse bendecido cada día por lo que ya se tiene y dar gracias por ello es vivir en abundancia. No nace únicamente del esfuerzo, sino también de la capacidad de creer que merecemos recibir. Dejar de vivir desde el miedo constante a perder. De vivir con confianza. En San Mateo, 6, versículos del 26 al 33 Jesús dice: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? (...) Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan, ni hilan, pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas, pero vuestro Padre Celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo se dará por añadidura.” Yo prefiero confiar en Dios y comprender que el universo no es escasez, sino expansión. Las personas verdaderamente abundantes no son necesariamente las que más tienen, sino las que viven con el corazón abierto, sin miedo, confiando en que la vida siempre encuentra formas de multiplicarse. Al final, la verdadera riqueza no consiste solo en acumular dinero, sino en vivir con el alma llena y confiando.


Un fuerte abrazo.


Beatriz Casaus 2026 ©

                       



lunes, 11 de mayo de 2026

La apariencia como lenguaje del alma

“Lo que eres habla tan fuerte que no puedo oír lo que dices” (Ralph Waldo Emerson)

“La elegancia es cuando el interior es tan hermoso como el exterior” (Coco Chanel)

“Tu vida exterior es un reflejo de tu mundo interior” (Bob Proctor)

                                            

Cuidar la apariencia me parece de suma importancia y no me refiero a un tema de vanidad, sino porque es una especie de declaración. La apariencia sí importa, pero no por razones meramente superficiales. No me refiero ni mucho menos a obsesionarse con la perfección, ni de vivir pendiente de la aprobación ajena, ni de intentar encajar en estándares imposibles. La verdadera importancia de la apariencia tiene que ver con algo mucho más profundo: se trata de la relación que una persona mantiene consigo misma. La forma en que alguien se cuida, se viste o se presenta al mundo suele ser también un reflejo silencioso de cómo se siente por dentro y del valor que cree tener.

Se ha extendido la idea de que preocuparse por la apariencia es sinónimo de superficialidad, mientras que descuidarse parece asociarse a la profundidad intelectual o espiritual. Pero esa oposición para mí es falsa. El interior y el exterior no son enemigos; son dos partes de nuestra misma realidad. Cuidarte físicamente no te hace menos profundo, igual que tener un mundo interior rico no debería implicar abandonarte a ti mismo. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: cuando una persona empieza a sanar por dentro, eso termina reflejándose también en su energía, en su mirada y en la forma en que habita su cuerpo.

La apariencia habla por sí sola. Antes de que una persona diga una sola palabra, ya transmite algo con su presencia. No solo a los demás, sino también a sí misma. Cada pequeño gesto cotidiano contiene un mensaje implícito de cómo nos hablamos, cómo nos tratamos, cómo elegimos presentarnos incluso cuando nadie nos va a ver. Porque el amor propio no es solo una idea bonita o una frase motivacional; el amor propio es un comportamiento sostenido hacia nosotros mismos. Es la acción continua que decidimos tomar en cada momento hacia nosotros. 

Cuando hablo de apariencia no me refiero a encajar en un estándar de belleza impuesto desde afuera. No hablo de conseguir una imagen de revista ni de convertirnos en alguien que no somos. Tampoco hablo de convertirnos  en discípulos de Anna Wintour, o de seguir ninguna moda. Hablo de algo más profundo y francamente más difícil: la relación entre cómo nos sentimos por dentro y cómo nos presentamos al mundo. Es la primera conversación que tenemos con los demás y más importante aún, es la conversación continua que mantenemos con nosotros mismos cada vez que nos miramos al espejo. No es solo la ropa o el peinado, sino la energía de alguien que toma decisiones deliberadas sobre sí mismo y sobre su vida. Y lo contrario también es cierto: cuando alguien se descuida sistemáticamente, es una forma de renuncia silenciosa.

Todo esto también tiene que ver con lo que ponemos en el cuerpo. La nutrición no es un tema estético, aunque tenga consecuencias visibles. Es un tema de respeto fundamental. Cada vez que comemos estamos eligiendo sobre qué tipo de combustible merece nuestro organismo, y eso va a repercutir en la piel, en la energía, en la claridad mental. La comida es información bioquímica. Cuando comemos comida basura de forma reiterada no solo comprometemos nuestra salud futura, sino nuestra capacidad de estar plenamente presente hoy.

Luego está el movimiento. Hemos convertido el ejercicio en algo opcional, un hobby para vanidosos u obsesivos, pero el cuerpo fue diseñado para moverse. Llevamos millones de años caminando, corriendo, trepando, y sin embargo, en los últimos años decidimos que podríamos pasar ocho, diez o doce horas sentados sin consecuencias y el resultado está por todas partes. Cuando nos ejercitamos no solo transformamos el cuerpo, sino que liberamos las tensiones que el cuerpo almacena, generamos la neuroquímica que el cerebro necesita para sentir esperanza, motivación y claridad.

Además, la apariencia afecta cómo pensamos. Los psicólogos lo llaman “cognición incorporada”. Nuestros estados físicos influyen directamente en nuestros estados mentales”. Cuando nos  arreglamos, el cerebro lo registra y nuestros estándares suben. Nos convertimos en el tipo de persona que merece la presentación que hemos elegido. Por ello, el exterior mejora el interior, o en el caso contrario, el descuido exterior refuerza la negatividad interior. Yo utilizo la “cromaterapia” (así lo llamo) para levantar mi ánimo, por ejemplo. Elijo colores según el día y lo que quiera desarrollar ese día, los colores alegres y vitales siempre levantan el ánimo. 

También hay que hablar de la edad, porque existe una narrativa tóxica que dice que preocuparse por cómo te ves es cosa de jóvenes, y que llega un punto en que se debe superar. Es una completa tontería. Cuidar la apariencia no tiene fecha de vencimiento porque no se trata de competir en un mercado de belleza: se trata de mantener la dignidad, la vitalidad, el sentido de seguir siendo un participante activo en la vida. He visto personas de setenta años que irradian más presencia y energía vital que personas de veinticinco. La diferencia no está en sus arrugas o en el color de su cabello, sino en la relación que tienen consigo mismas. Las personas que envejecen bien son las que nunca dejan de invertir en sí mismas, las que nunca aceptan que su relevancia es cosa del pasado.

Y sí, el carácter importa absolutamente, en ningún momento digo lo contrario, sino que me refiero a la complementariedad de ambos. De nada sirve ir bien vestido si se es una persona que no cultiva buenos valores. Porque desde luego que la bondad, la inteligencia y la sabiduría importan. Nadie dice lo contrario. Lo que digo es que esas cualidades no eximen de la responsabilidad de cuidar nuestro recipiente físico. Si realmente valoramos lo que llevamos dentro, deberíamos valorar el vehículo que lo porta. El cuerpo es el medio a través del cual expresamos quiénes somos. Ese medio merece nuestra atención y gratitud en forma de cuidado. Cuando se descuida la apariencia mientras se enorgullece de la profundidad interior, se crea una disonancia. 

Vivimos en una sociedad donde la apariencia tiene consecuencias reales. Es injusto, pero es la realidad. Las personas que se presentan bien son tratadas mejor, son tomadas más en serio, se les abren más puertas. Múltiples estudios en psicología social confirman que existe un sesgo hacia la apariencia y podemos enfadarnos por ello y negarnos a participar, o podemos reconocer que este es el juego que estamos jugando y decidir jugarlo con conciencia. No estoy diciendo que esté bien. Estoy diciendo que es real, y que ponernos en desventaja sin razón no es una declaración moral, simplemente hace las cosas más difíciles de lo que pueden ser.

Pero más allá de cómo trata el mundo, está cómo nos tratamos a nosotros mismos. No me canso de repetirlo. Cada día mantenemos una conversación con nosotros mismos y con el tiempo, se convierte en nuestra identidad. Y la vida sigue a la identidad. Tal y como decía el autor Brian Tracy, “la apariencia es nuestra biografía visible”. Es la historia que contamos sobre quiénes somos y qué valoramos. Podemos contar una historia de resignación o podemos contar una de autodeterminación.

Y aquí viene algo que he llegado a tener muy claro: con el tiempo, cada persona muestra lo que lleva dentro. Por eso a veces vemos personas de la misma edad que aparentan edades muy distintas. Lo que se cultiva en el interior, el exterior lo va revelando con los años. La ira acumulada, la envidia, los pensamientos que dañan a otros, todo eso deja huella. No solo energética o espiritualmente, sino físicamente: se apaga la mirada, se pierde el brillo, el rostro se va consumiendo. Y al contrario, quien cuida lo que piensa, lo que siente y lo que da, quien vive desde la coherencia y la limpieza interior, suele irradiar una vitalidad que no tiene que ver con la edad cronológica. El cuerpo no miente. Es el espejo más honesto que tenemos. Y lo que refleja, al final, es exactamente lo que hemos elegido cultivar. 

Un ejemplo de ello lo tenemos en el actual presidente español a quien tanta animadversión ganada a pulso tengo. El otro día vi una fotografía de él totalmente demacrado, casi cadavérico, sin luz en su mirada, como ausente, incluso parecía un ser sin alma, nada que ver con las apariciones del principio de su mandato no electo. Tengo la teoría además, de que si no se cultiva el interior y se da cabida a pensamientos negativos hacia otras personas, se puede ser parasitado por seres que se alimentan de esa energía, y esto no solo lo digo yo, hay varias culturas que lo creen también. Y al revés sucede lo contrario, por eso las personas que brillan de verdad, que parecen que derrochan luz es porque muy probablemente, están influenciadas por altas entidades espirituales a su alrededor. Cuidar lo que somos por dentro, refleja una vibración al fin y al cabo, y por eso atrae unas energías u otras en propia consonancia energética. Al final, el físico siempre muestra y atrae lo que llevamos dentro. 

También está el caso de personas que tienen muy buena apariencia física pero en las que hay algo que chirría cuando se las observa, en lo que irradian. Y eso puede indicar que han descuidado su interior y que no lo cultivan del mismo modo en el que invierten tiempo en su exterior. Ese tipo de personas cuyos únicos valores quizá sean físicos o materialistas, también terminan revelándolo, porque no desprenden una energía armoniosa ni esa luz de la que hablo, aunque por fuera se esfuercen en demostrar lo contrario. Para quienes somos especialmente perceptivos o tenemos una sensibilidad más alta, como es mi caso, esas cosas no pasan desapercibidas.

Las personas que se cuidan consistentemente, que invierten en su apariencia de forma sostenida, no son más superficiales. A menudo son más profundas, porque han aprendido que la disciplina en un área de la vida se manifiesta en todas las demás. Son elecciones existenciales sobre poder personal y sobre la capacidad de moldear la realidad a través de esas elecciones. Hay personas que irradian algo imposible de fingir y no es perfección física, sino presencia, es luz. Es coherencia entre lo que sienten, lo que piensan y lo que proyectan. Y eso termina reflejándose en el rostro, en la mirada, en la forma de caminar, las posturas y de existir.  En cualquier caso, la apariencia es una parte más de nosotros mismos, igual de importante que nuestra inteligencia o nuestros valores personales. No le demos un valor meramente superficial, no como modo de clasificar a nadie, sino como un ejercicio de autocuidado y de respeto personal. 

En el fondo, de eso se trata todo esto de lo que he hablado. De comprender que cuidarnos no es un acto superficial, ni de mera apariencia, sino una forma silenciosa de amor propio. Una manera de decirnos, incluso en los días difíciles, que somos merecedores. Porque la apariencia no habla solo de cómo queremos que nos vea el mundo, sino también de cómo decidimos habitarnos a nosotros mismos. Del cuidado de nuestra mente, cuerpo, energía y forma de estar en el mundo. El verdadero atractivo nunca es la perfección, sino algo tan sutil como la armonía interior y exterior y la coherencia entre ambas. Cuando nos tratamos con amor, dignidad y consciencia, tarde o temprano todo empieza a florecer. 


Un abracito. 



Beatriz Casaus 2026 ©