“Y Dios dijo: ama a tu enemigo. Y yo le obedecí y me amé a mí mismo.” (Khalil Gibran)
“Ama al hombre incluso en su pecado, pues ese amor es ya una semejanza del amor divino y es la cima del amor en la tierra.” (Fiódor Dostoievski)
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| Esta es la imagen que me dio la mujer de la historia que cuento a continuación |
Varios científicos de la NASA llevan años investigando fenómenos astronómicos ocurridos desde hace miles de años. Gracias a estos estudios, hoy podemos reconstruir con bastante precisión, ciertos eventos descritos en los textos bíblicos. Y es precisamente al unir estos datos científicos con los relatos del Evangelio, cuando se ha descubierto algo profundamente revelador: esta Semana Santa no ha sido una cualquiera.
En el capítulo 27 del Evangelio de Mateo se narra que, en el momento de la muerte de Jesús, “la tierra tembló” (versículo 51) y que “desde la hora sexta hasta la hora nona hubo tinieblas sobre toda la tierra” (versículo 45). A esto se suma el testimonio recogido en los Hechos de los Apóstoles, donde, a través de las palabras de Pedro, se menciona que no solo hubo oscuridad, sino que la luna se volvió roja.
Si conectamos estos relatos con los registros astronómicos, encontramos que, efectivamente, hubo un eclipse lunar visible en Jerusalén en esa época, ese mismo día y a esa misma hora, que pudo teñir la luna de un tono rojizo. Todo ello nos permite situar, con bastante precisión, la crucifixión en el día 3 de abril del año 33. La misma fecha que este año.
Esto significa que, este pasado Viernes Santo, 3 de abril, a las 15:00 horas (la hora nona) se cumplieron 1993 de la muerte de un Dios hecho hombre que entregó su vida por amor a la humanidad. Y, aunque algunos lo llamarían casualidad, yo prefiero llamarlo “diosidencia”.
Sin embargo, a pesar de la magnitud de este acontecimiento (y de ser, en realidad, la razón misma de la Semana Santa), a menudo lo olvidamos. Lo sustituimos por celebraciones superficiales, por tradiciones vacías de contenido, por días festivos desconectados de su origen. Nos quedamos con la forma y perdemos el fondo. Tal y como sucede también con la Navidad.
Por eso quiero compartir algo que viví hace poco. Porque hay momentos en los que lo invisible se vuelve tangible y algo, de alguna manera, parece recordarnos que Él sigue ahí.
El pasado San Valentín, mi pareja y yo viajamos a una ciudad a la que llevaba años queriendo regresar: Zamora. Había estado allí de niña, pero sentía el deseo de volver a recorrerla desde otra mirada, desde la conciencia de adulta.
Zamora es una ciudad pequeña, recogida, que se deja caminar en un día, pero que guarda una riqueza inmensa: es el lugar del mundo con mayor concentración de iglesias románicas. Muchas veces buscamos lo extraordinario lejos, en otros países, en lo exótico, olvidando la profundidad cultural que tenemos tan cerca. España es, sin duda, uno de los países más ricos del mundo en historia, arte, patrimonio… y también en vida.
No pensaba contar este viaje, porque hay experiencias que parecen pertenecer únicamente al ámbito íntimo. Pero lo que ocurrió allí cambió algo en mí y en mi pareja. Nos alojamos en un aparthotel en la Plaza Mayor. Justo debajo, en el mismo edificio, había un local del propio dueño donde nos sentamos a tomar algo. Ese fin de semana coincidía con los carnavales, y la plaza estaba llena de música, disfraces y gente celebrando.
Diez minutos antes, yo había estado hablándole a mi pareja sobre Jesús. Sin hacer proselitismo, simplemente le estaba compartiendo mi visión sobre su fuerza y sobre ese amor que trasciende cualquier mal. Sin ninguna intención de evangelizar ni nada por el estilo. Siempre me dice que le gusta escucharme, que le transmite paz verme hablar con tanta pasión y entusiasmo de lo que amo, y que aprende mucho de esas conversaciones, del mismo modo que yo aprendo cuando le escucho a él.
Salimos de aquel bar y estábamos simplemente observando la escena en la plaza cuando ocurrió algo inesperado. De repente, una mujer apareció. Era rubia, con el pelo largo, cubierta con una capucha. Yo no logré verle la cara. Me cuenta mi pareja que se dirigió muy decidida directamente hacia mí, sin mirar a nadie más, sin interactuar con ninguna otra persona. Se acercó, me entregó una pequeña estampita del Sagrado Corazón de Jesús que decía: “Jesús, en ti confío”. Y se fue. Pero no se fue por donde estaba toda la gente. No siguió el flujo natural de la plaza. Desapareció por un callejón lateral. Sin interactuar con nadie más, igual que como llegó.
En ese instante, algo dentro de mí se estremeció. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas y el corazón se me encogió. No podía apartar la mirada de aquella imagen. Me sentí plenamente agradecida por aquel gesto que me confirmaba, de algún modo, que aquello que había compartido apenas diez minutos antes, (con fe y amor) no había caído en el vacío. Para mí, no fue un gesto casual. Fue una especie de respuesta.
Mi pareja lo vivió con la misma intensidad. Me contó, aún sorprendido, que aquella mujer apareció de la nada, que se dirigió directamente a mí, mirándome desde la distancia, que aún a día de hoy no sabe de dónde apareció, porque pocos segundos antes, él había estado mirando en esa misma dirección y no estaba. Según él, apareció de la nada. Esta misteriosa mujer parece ser que no dudó ni un segundo en acercarse, pero solo a mí, vino directamente hacia mí, sin mirar a nadie más y se fue del mismo modo.
A día de hoy, cuando mi pareja lo recuerda, se emociona. Y teniendo en cuenta cómo es él, choca bastante. No es una persona que se impresione fácilmente por nada, ni muchísimo menos. No es tan siquiera espiritual, aunque ahora ya sí considera que cree en Dios, para sorpresa de todos. Lo que siempre dice es que lo que le pasa conmigo, no le pasa con nadie más y se emociona incluso al contarlo. Recuerdo en ese momento cómo él estaba mucho más sorprendido que yo. No daba crédito. Él explica, cuando cuenta este relato, que si alguien se lo hubiera contado, no lo habría creído. Pero lo vio. Lo vivió, estaba allí. Y hay experiencias que, cuando se viven, ya no necesitan explicación.
Desde entonces, esa estampita está en mi mesilla de noche, junto a otras pequeñas cosas que guardo con cariño. No como un objeto, sino como un recordatorio. Porque, a veces, necesitamos señales. No porque Él no esté, sino porque nosotros olvidamos.
Cuento esta historia precisamente por eso: para recordar que Jesús no es solo historia, ni símbolo, ni tradición. Es presencia. Y sigue encontrando formas de llegar a nosotros.
Si queréis acercaros a su figura desde otro lugar, os recomiendo la serie The Chosen. Es, sencillamente, preciosa. Y, por cierto, Mel Gibson ya está rodando la continuación de su película sobre Cristo, titulada “La resurrección de Cristo”, cuyo estreno está previsto para Semana Santa de 2027. Qué ganas…
Os dejo con un poema en honor al más grande.
Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.
*** Antes dejo por aquí el Padre Nuestro en arameo que era la lengua que usaba Jesús (Yeshua ben Yosef, Yeshua Messiah) yo me lo he aprendido de memoria y lo recito a diario. Es increíble la fuerza que transmite al pronunciarlo en las mismas palabras que usó Él:
“Abwun d'bwashmaya (Padre nuestro que estás en los cielos) Nethqadash shmokh (Santificado sea tu nombre) Tethe malkuthokh (Venga a nosotros tu reino) Nehwe tzevyanokh (Hágase tu voluntad) Aykan d'bashmaya af ba'ara (En la tierra como en el cielo) Hab lan lakhma d'sunkanan yaomana (Danos hoy nuestro pan de cada día) Washbwol lan khobayn (Perdona nuestras ofensas) Aykan d'af khnan shbaqan l'khayabayn (Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden) Wela takhlan l'nesyuna (No nos dejes caer en la tentación) Ela patzan min bisha (Y líbranos del mal) Metol d'dilokh hi malkutha (Porque tuyo es el reino) Wakhayla wateshbukhta (El poder y la gloria) L'alam almin. Amén. (Por los siglos de los siglos. Amén)”
¡Abrazo!
A la hora nona
En Él la Palabra se hizo carne,
habitó el verbo,
partió el tiempo en dos.
Amó
demostrando al ser humano cómo hacerlo.
Encarnó la misericordia.
Perdonó, consoló,
ensalzó a los marginados,
a los pobres, los enfermos.
Hizo viva la palabra amor.
Desde Él, contamos los años.
No quiero una Pascua de colores pastel,
risas huecas entre azúcares de torrijas,
niños buscando huevos de chocolate,
cuerpos al sol
que han olvidado por qué hay luz.
Quiero recordar el temblor de la tierra,
el cielo rasgado en sombra,
a la hora nona.
Cuando unos lloraban a sus pies,
desconsolados,
y otros se escondían,
algo invisible
se quebró dentro de todos
para siempre.
Quiero recordar su sangre como verdad,
no como espectáculo.
Honrar su cuerpo herido.
Fue golpeado
pero no devolvió odio.
Fue humillado
pero no levantó juicio.
Fue torturado
pero no gritó venganza.
Clamó por el perdón
de quienes le herían.
Nos recordó
el peligro de la ignorancia.
En medio del dolor,
uno que ningún hombre debería sostener,
brotó su misericordia.
No murió en abstracto:
murió en un cuerpo,
en una cruz,
entre dos ladrones.
Murió por tu nombre,
por tu historia,
por tu dolor,
por tus errores.
Por las noches que te perdiste
y no sabías volver.
Desde ese instante
fuiste visto,
fuiste reconocido,
fuiste amado.
Murió sabiendo quién eres
y, aún así,
te eligió.
Y en ese gesto no hay tragedia,
hay promesa.
Hay Victoria.
La vida
retiró la piedra sellada.
La muerte no fue el final,
sino la puerta.
El camino es Él.



