“Cuanto más buena es el alma de un hombre, menos sospecha la maldad en otros.” (Séneca)
“I am so small. I am so insignificant but the force that flows through me is so powerful that I must go forward”. (Hilma af Klint)
Desde hace un tiempo estoy estudiando algo que siempre dije que estudiaría cuando cumpliera cuarenta años: la cábala. Llevo toda la vida hablando de ello y ahora puedo decir que existe un antes y un después para mí desde que comencé a estudiarla. Pero no porque haya cambiado el mundo, sino porque he cambiado yo.
Durante mucho tiempo sentí que simplemente estaba sobreviviendo, avanzando a trompicones y dando palos de ciego. A mis veinte años era una persona muy alegre, fiestera y despreocupada, pero también profundamente insegura, siempre buscando gustar. A mis treinta me convertí en una auténtica people pleaser, intentaba agradar y cumplir las expectativas de los demás, muchas veces dejándome a mí misma en segundo plano.
Y ha sido justo al entrar en la cuarta década cuando, sin duda, mejor me he sentido en todo mi recorrido, con una diferencia casi estratosférica. Es una etapa en la que lo único que realmente me importa es vivir sin traicionarme. De hecho, algo muy curioso ocurrió apenas dos días después de cumplir años: sentí una fuerza interior despertarse dentro de mí. Fue algo muy real, incluso físico. Lo sentí en el cuerpo, dentro del pecho, como si algo se hubiera activado. A veces siento que todo lo vivido antes de los cuarenta fue una especie de ensayo general, un largo aprendizaje que me ha preparado para la vida que comienza ahora.
La cábala podría definirse, de forma sencilla (si es que existe una forma simple de describir el infinito conocimiento que abarca), como la mística judía que busca descifrar la realidad a través de la Torá, es decir, los cinco primeros libros de la Biblia (el Pentateuco). En este camino también estoy aprendiendo hebreo, un poco de arameo, estudiando el conocimiento espiritual del Árbol de la Vida y adentrándome en los fascinantes números hebreos, que funcionan como una especie de códigos de programación de la realidad: una tecnología espiritual sagrada. Son como recipientes de inteligencia divina que contienen cualidades divinas. Así de profundo es el tema.
Menciono todo esto porque quiero explicar el título de este post: “Teshuvá”. En hebreo significa “toma de consciencia”, “retorno” o “volver al origen”. Y describe perfectamente el viaje interior que he ido realizando con los años, un camino que me ha conducido exactamente hasta el momento en el que estoy ahora: sintiéndome plena por estar, por fin, siguiendo mi propósito.
Pero esa toma de consciencia no solo ha transformado mi forma de entender la vida o la espiritualidad. También ha cambiado profundamente la manera en la que me relaciono con los demás. En ese proceso de comprenderme mejor a mí misma, una de las cosas más importantes que he aprendido ha sido entender que no todo el mundo siente, da o se implica de la misma manera. Durante mucho tiempo pensé que los demás eran como yo. Y fue precisamente esa idea la que, con el tiempo, comprendí que debía revisar.
Curiosamente, la fantástica actriz estadounidense Jodie Foster dijo en una ocasión algo con lo que me siento profundamente identificada: “Yo era el tipo de persona que habría cruzado el océano por alguien que ni siquiera hubiera cruzado la calle por mí. Tenía la creencia errónea de que todo el mundo tenía el mismo corazón que yo.”
Durante mucho tiempo pensé que la forma en la que yo siento, doy, cuido o me entrego a los demás era algo natural, casi universal. Creía, de manera ingenua, que si uno daba desde el corazón, los demás harían lo mismo. Pero con los años he comprendido algo importante: aquello que doy a los demás, mi forma de ser, de dar, de cuidar o de implicarme es, en realidad, una decisión mía, mi impronta, pero no necesariamente tiene que ser la misma para los demás. Cada persona actúa desde lo que es y desde lo que tiene dentro. Por eso no se puede esperar que los demás sean como uno ni que den de la misma manera en que nosotros damos. Eso solo nos pertenece a nosotros.
Esperar que los demás respondan como yo lo haría es, en realidad, una expectativa injusta. Tanto para ellos como para mí. El día que entendí esto, algo cambió dentro de mí. Dejé de esperar ciertas cosas de los demás y comencé a centrarme únicamente en aquello que sí depende de mí: mi forma de estar en el mundo. Comprendí que lo único que realmente puedo cuidar es lo que yo ofrezco, no lo que los otros deciden hacer o dar.
Y esto fue una revelación. A partir de ese momento dejé de idealizar y decepcionarme con tanta facilidad, porque dejé de exigir a los demás aquello que solo depende de mí. Porque al final, lo único que realmente podemos cuidar es lo que damos, no lo que recibimos. Y cuando uno deja de esperar, es más feliz.
Ese fue, probablemente, uno de mis mayores momentos de madurez en la vida. Cuando integré esta idea de verdad, me sentí libre. Entendí que mi única tarea es cuidar aquello que yo doy. Lo que cada persona entrega, más o menos, mejor o peor, pertenece a su propio camino, a su conciencia, a su karma o, simplemente, al momento vital en el que se encuentra.
Mi única tarea es cuidar lo que yo doy. Es lo único que depende de cada cual. Lo que cada persona entrega pertenece a su propio camino.
Os dejo con un poema mío sobre esto.
Un abracito.
Beatriz Casaus 2026 ©
Lo que me pertenece
Una incomodidad antigua,
guardada en silencio.
Me dejó un cardenal fragmentado
en distintas identidades
alienadas.
Caminaba con palabras
que siempre llegaban tarde.
Pero encajaban
con la precisión de una llave
que sabe exactamente
qué puerta abrir.
Creí que una palabra
no era extraña
si la pronunciaba cada día,
aunque no supiera aún
el significado.
Durante un tiempo
me resigné a lo conocido.
Luego, recordé quién era
y el alma
se volvió más tangible.
Avanzaba aturdida,
como quien se abre paso
en la niebla,
tropezando
con las mismas piedras,
creyendo que cruzar océanos
era amar.
Y que con amar
era suficiente.
Pero se ve que no.
Aunque a los románticos
nos cueste admitirlo,
a veces amar
no basta.
Mientras tanto,
otros ni siquiera
cruzaban la calle por los demás.
Pensé que todos guardaban
lo mismo que yo en el pecho.
Pero se ve
que tampoco.
Fuera de mí
el mundo no encajaba
en una misma lógica.
El tiempo me dio una bofetada
desnudándome de ingenuidades.
Aprendí
que cada uno entrega
no lo que tiene,
sino lo que es.
Que hay manos que ofrecen incluso
lo que no tienen,
y otras,
que mantienen sus puños cerrados
para los golpes.
Sin ruido
ni ceremonias rimbombantes
activé el código interno.
No fue un milagro.
Fue un regreso.
Una brújula olvidada
que marcaba, ahora sí,
el rumbo hacia el norte.
Comprendí
que mi única tarea
era cuidar lo que yo soy,
para dar mejor.
Eso es lo único que me pertenece
y a lo único
a lo que puedo rendir cuentas.
El camino de los otros
no es el mío.
Solo ellos
son dueños de sus pasos.
Cada uno atraviesa
su propia noche
y aprende a alumbrarse
con lo que tenga a mano.
Dejé de buscarme
en los demás
para llegar a mí.
El camino
siempre estuvo dentro.
Beatriz Casaus 2026 ©


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