martes, 17 de febrero de 2026

El espejo que no quiero habitar

“Algunas personas pasan por nuestra vida para enseñarnos a no ser como ellas.” (León Tolstói)


“Busca tres cosas en una persona: inteligencia, energía e integridad. Si no tiene la última, ni te molestes con las primeras dos.” (Warren Buffett)


“Son los débiles los que son crueles. La bondad solo puede venir de los fuertes.” (Leo Rosten)



La gente que más me motiva es, justamente, aquella a la que no me quiero parecer. Por contradictorio que parezca (y lo digo de verdad), me sucede constantemente. Son mi principal impulso porque me muestran con claridad aquello que no quiero ser ni en lo que deseo convertirme. A veces la mayor motivación no nace de la admiración, sino del contraste. Mi inspiración, en cambio, viene de las personas buenas, justas, íntegras e inteligentes; pero quienes realmente me empujan a querer ser mi mejor versión son, en realidad, aquellos a quienes menos quiero parecerme.

Y, en ese equilibrio, también están las personas que me elevan: aquellas que me suman con su sabiduría, conocimiento y entendimiento, que me descubren nuevas perspectivas y, sobre todo, que me acompañan a conocerme más a mí misma a través de lo que comparten. Son ellas quienes nutren esa búsqueda constante de mejora y refuerzan mi deseo de crecer.

La única forma de impresionarme es siendo buena persona de manera genuina, no ficticia. Porque se nota cuando alguien pretende parecerlo. Quien necesita demostrar su bondad suele hacer alarde de ella. Si alguien realiza un acto “bueno” pero necesita una cámara que lo registre, o estar rodeado de un público cuando lo hace, muchas veces responde más al postureo y a la necesidad de validar su imagen que a una intención auténtica. Puede que busque aplausos más que propósito. 

Por eso valoro tanto la coherencia entre lo que alguien muestra y lo que realmente es. Siento un profundo respeto, e incluso atracción, por las personas con corazones limpios y buenas intenciones reales. Conozco gente que se esfuerza en parecer buena, pero cuya conducta contradice esa imagen y que mantienen máscaras mientras tratan mal a sus allegados o a quienes consideran (según el pobre sistema de valores dominante) en una jerarquía inferior. Y son justamente esos contrastes los que me recuerdan con claridad el tipo de persona que elijo no ser.

Con el tiempo he entendido que las personas que me han hecho sentir mal en algún momento, rara vez representan el tipo de vida que yo deseo construir. A veces, lo que se muestra hacia fuera no siempre refleja lo que hay dentro, y ese contraste me sirve como recordatorio de mis propios valores. Más que juzgar, lo tomo como aprendizaje: me ayuda a clarificar qué quiero cultivar, y qué no, en mi vida. Y, desde ahí, encuentro una motivación tranquila para seguir creciendo en la dirección que elijo.

En el terreno del cuidado personal, también tengo una postura clara. Descuidar el cuerpo es, para mí, una señal de desconexión con el propio cuidado y la salud. El cuerpo refleja disciplina, amor propio y coherencia. No se trata de estética, sino de hábitos. Comer de manera consciente es también un acto de respeto hacia uno mismo. Yo elijo dedicar cada día al menos un espacio al esfuerzo físico, aunque suponga vencer la pereza. Cuidar lo que ingiero y mover mi cuerpo es parte de mi compromiso personal. No lo vivo como una imposición, sino como una elección consciente para sentirme fuerte y sana. Si no soy capaz de superarme y de salir de la comodidad, siento que ese día no he crecido.

Creo firmemente que existe una relación clara entre alimentación, actividad física y bienestar emocional. Controlar impulsos o cuestionar si comemos por hambre real o por ansiedad son ejercicios de autoconocimiento. Muchas veces comemos para tapar carencias emocionales. Cuidar lo que ingerimos es cuidar la mente: no en vano se dice que el intestino es nuestro segundo cerebro. Tampoco creo en la idea de que el deterioro físico sea inevitable con la edad, sino que creo en la responsabilidad personal. Ver, por lo tanto, hábitos que no deseo replicar, refuerza mi compromiso conmigo misma. Estos hábitos, justamente, me recuerdan el camino que no quiero tomar.

En las relaciones ocurre algo similar. La verdadera fortaleza no menosprecia al otro, sino que lo eleva. Quien es seguro no necesita humillar. Muchas veces el abuso de poder nace de inseguridades profundas que se disfrazan de autoridad. Hay entornos (especialmente laborales) donde la apariencia pesa más que la integridad, y donde la proyección externa se utiliza para compensar vacíos internos. En cambio, quienes son genuinamente seguros ayudan, apoyan y no se sienten amenazados por el brillo ajeno. Cada persona da lo que lleva dentro: quien se desprecia a sí mismo tenderá a competir desde el miedo.

La envidia es otro espejo revelador. Nunca he visto a alguien fuerte y seguro envidiar a otro. La envidia suele nacer de la inseguridad. Cuando alguien destaca, expone fragilidades ajenas. Paradójicamente, quienes más critican o envidian son a menudo quienes más observan, los conocidos como "haters”. La admiración no reconocida también es una forma de inspiración torcida. Incluso he llegado a ver personas a las que aparentemente no les agrado, copiando mi forma de vestir, mis gustos… lo que resulta, cuanto menos, curioso.

La crítica constante a los demás y el hablar a las espaldas también revelan mucho. Esa dinámica genera una energía pesada que intoxica los entornos. La palabra tiene peso. Elegir qué decir, y qué callar, es una forma de respeto. Cuando no hay nada constructivo que aportar, el silencio es una muestra de inteligencia emocional. Me atraen las personas conscientes del poder de sus palabras y de quienes saben guardar silencio.

Algo similar sucede con el papel de víctima. Todos cargamos con algún sufrimiento o con un pasado difícil, pero eso no tiene por qué convertirse en una excusa para quedarse anclado en él. A veces se asume erróneamente que, si no te presentas como víctima, es porque no has atravesado nada duro; cuando, en realidad, muchas de las personas más amables, alegres y fuertes que conozco han tenido historias profundamente difíciles. Siempre digo que las circunstancias no nos definen tanto como la actitud con la que decidimos afrontarlas. Hay elección, responsabilidad y perdón. Algunas personas, sin darse cuenta, se vuelven adictas a sus propias cadenas, aferrándose a la herida hasta convertirla en parte de su identidad. Yo elijo no vivir desde ahí, sino aprender, soltar y avanzar.

La queja constante también inmoviliza. No quiero parecerme a quienes viven quejándose. Prefiero la acción, la responsabilidad y la búsqueda de soluciones. Tampoco quiero parecerme a quienes viven dominados por su ego. El ego desmedido limita. Prefiero la conciencia, la humildad y la capacidad de mirarse con honestidad.

Al final, lo que realmente me atrae es la mentalidad de las personas y sus actos, porque son ellos los que revelan quién es cada uno. Y, muchas veces, son precisamente los ejemplos que no quiero seguir los que más me enseñan hacia dónde sí quiero dirigirme: hacia mi mejor versión en todas las áreas. Por eso también elijo tomar distancia de aquello que no resuena con mis valores, aprendiendo del contraste sin quedarme cerca de lo que no quiero cultivar en mi vida.

Un abrazote. 


Beatriz Casaus 2026 ©





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