viernes, 18 de abril de 2014

Dos poemas: Ventanas de mar y Belleza

"Todo aquel que no viva por encima de sus posibilidades sufre de falta de imaginación" (Óscar Wilde)

"Yo soy revolucionario. No hay verdadero poeta que no sea revolucionario. " (Federico García Lorca)




Ventanas de mar


Levanté mis dedos hacia el cielo

alcé la voz hasta devorármela,

grité:


¡¿Qué hay en mí que no puedo mirar?!


no hubo respuesta en ese tiempo.


Me desarmé de mis vestiduras,

sin mi nombre y creencias

enfrenté al mar.


Humedecí mis labios

sedientos de vida,

pero su agua salada en sudor de lágrimas

sólo me provocaba más sed .


Descubrí una nueva clase de néctar

para aquellos

que no tienen precipicios

desde donde saltar,

la comodidad.


Respiré de esa marisma,

como ella me respiró a mí,

intenté convertirme en aquel océano,

pero me ahogaba.

El olor a algas y a sal

impregnaron mis pesadillas.

Me agarré a las únicas palabras que conocía bien:


“Te quiero”

y llegué a la orilla.



Beatriz Casaus 2014 ©



Belleza


No es otra cosa lo que sucede,

es la belleza lo que no sucede.


Hay diques de contención

emanando silencio a borbotones

por un corazón huidizo,

plantillas decoradas

en la práctica del día a día,

la rutina que llega sin remedio.


Tiene color de ceniza,

color de bosque derrotado

de roble hecho añicos.

Es el mismo suelo que arrancado

de sus cimientos

echa a andar.


Es la espera sin sustancia,

su último refugio, lo que no llega,

lo que no avanza, lo que espera,

en esta ilusión gris fuera de Dios.


Consiste en abrir una rendija

a través de la cual se pueden observar

los asuntos que nos ocupan a todos.

Los mismos miedos, las mismas dudas,

los mismos sueños.

Los que van y los que vienen,

que son lo mismo desde diferentes entradas.

Una salida no es sino una entrada

hacia otro lado,

lo único que permanece,

es todo lo que no arrastra al abismo.


La belleza debería quitarse de en medio

una temporada,

tengo la profunda convicción

de que con ella no va la cosa.

De que es una ilusión, de que no hace medrar,

y de que nos mantiene distraídos.


¿Qué sabrán ellos de la belleza

si sólo la conciben con sus ojos?



Beatriz Casaus 2014 ©


 

sábado, 29 de marzo de 2014

Tres poemas: Libre, Una Pareja e Hiperbórea


"Quien no encaja en el mundo, está siempre cerca de encontrarse a sí mismo" (Herman Hesse)


Libre

Sólo cuando escribo,
y mis manos se hacen alas
y la poesía me hace libre.
Libre,
sólo cuando canto,
y mi voz se funde con el aire
y la música me hace libre.
Libre,
sólo cuando no pienso,
y mi corazón habla despacito
y la verdad me hace libre.
Libre,
sólo cuando bailo,
y mi cuerpo pierde su forma
y el movimiento me hace libre.
Tan libre,
como cuando tengo la oportunidad
de ser feliz
sin más razón que la de estar vivo.
Tan libre como eso.
 
Beatriz Casaus 2014 ©
 
Una pareja
Estábamos callados,
él miraba a la ventana
yo le miraba a él.
Tomé un respiro
e incliné la balanza
a favor de los dos.
“No veas en mí sólo lo malo”
le dije,
y tuvimos el valor de equivocarnos
una y otra vez.

 Beatriz Casaus 2014 ©

Hiperbórea
Se produjo un cambio en la ruta trazada,
un individuo se alejó del camino convencional
por otro más atrevido y poco transitado.

Se acercaba la treintena en el horizonte
y la losa del matrimonio y la familia le perseguían
mientras se sentía más lejos de ellos que nunca.

La gente rígida y apegada a las normas
le tildaban de inmaduro e inestable,
como si no cambiar de rumbo
fuera sinónimo de inteligencia.

Siguió sin baluartes impuestos ajenos a su ser
más que a los que nacían de su alma.

Su devenir era incierto visto desde fuera
pero gracias a ir a la deriva,
encontró milagrosamente el paraíso perdido
más allá de las tierras del Norte.

Fue inmortal.

 
Beatriz Casaus 2014 ©


sábado, 22 de marzo de 2014

A salvo


Cerró los ojos. Pocas cosas había hecho bien en la vida, y de esas pocas cosas, sólo se acordaba de unas cuantas y de otras muchas que le atormentaban.

Entró en un bosque frondoso donde las hojas estaban envueltas unas de otras, colmadas de un impetuoso oleaje de diversos colores. El viento las tambaleaba provocando una mayor sensación de mareo debido a unos escasos metros de aire confinados en una vasta bruma vegetal. Toda aquella hojarasca debajo de sus pies le parecía inútil y ruidosa. Anduvo un largo rato intentando ignorar los chasquidos de las hojas quebrándose a sus pies, pareciéndole un homónimo de su existencia en la que un día, como ellas, vivió en las copas de los árboles y en un abrir y cerrar de ojos cayó desde allí y sucumbió a la ignota aceptación de una vida tendida en el suelo, junto a otras hojas anónimas, rendidas a los pies de una sociedad incoherente.

Mientras miraba hacia abajo, descubrió unas piedrecitas colocadas unas tras otras de forma consecutiva que hacían de trincheras para proteger de las inclemencias climatológicas a los insectos que se escondían debajo de ellas. Las siguió como un sendero improvisado y pronto desembocó en uno más ancho y natural que aun desconocido, pensó que le llevaría sin duda a cualquier otro lugar mejor. Tomó el camino, decidido, con la impronta de dejar atrás aquel bosque recóndito sin un ápice de luz.

Entonces el cielo se presentó tímido encima de él, y un brochazo de rayos de sol pintó de colores cálidos el paisaje. Aquello le hizo sentir pequeño, tan pequeño como los insectos que se escondían bajo las piedrecitas y se dio cuenta de que quizás  todo fuera una cuestión de perspectiva, para los humanos, los insectos parecían diminutos y para el cielo, los humanos. Caminó sin rumbo, balbuceando en su cabeza, donde se sentía intruso de sus propias ideas,  y al cabo de un buen rato vislumbró una pequeña figura que agitaba las manos en el aire estrepitosamente.
Estaba cansado pero aquella figura que le saludaba para que se acercara era la primera persona que veía desde hacía mucho, lo que le colmó de ilusión, así que se apresuró a su encuentro sin dudarlo. Se trataba de un niño de corta edad, enjuto y descuidado que llevaba rotas sus vestiduras y andaba descalzo. Cuando apenas le quedaban escasos metros para encontrarse, el niño corrió a abrazarle cálidamente de forma tan familiar que pareciese que se conocieran de toda la vida. La primera pregunta que le hizo no fue ni cómo se llamaba, ni cómo había llegado hasta allí, sino cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se habían hablado. Él no entendió nada, pero pensó que sería mejor no desilusionar al pequeño confesándole que no le había visto en su vida y prefirió seguir su juego dejándose encandilar por su cercanía. Tenía una voz delicada, casi como la de una niña de su misma edad, sus manos eran suaves y su cabello era del mismo color que el de él. El niño no le apartaba la vista ni un momento, sus ojos estaban ávidos por mirarle, como si estuviera ansioso por estar a su lado y no quisiera perder ni un momento en gozar de su compañía. Le ofreció frutos sabrosos que le saciaron al instante de tomarlos, frutos que no habría visto de no haber sido por él y le guió con maestría por aquellas tierras que pareciesen no tuvieran fronteras. Caminaron de la mano hasta que llegaron a una pradera coloreada del color del ímpetu de la libertad de los campos salvajes, donde ningún humano había llegado antes, ni sus flores habían sido presenciadas por ningún ojo que las juzgara. Corrieron y jugaron hasta extenuarse. El tiempo ni siquiera pasó o al menos no tuvo conciencia de él  hasta que los músculos de sus mofletes y estómago delataban que se habían pasado el día entero riendo. Había vuelto a su más tierna niñez con aquel extraño adorable que hablaba poco y que mostraba una gran falta de afecto.

La felicidad era palpable como las hierbas y los árboles que abrazaban, cuando de pronto le invadió una sensación de despedida, como si no se sintiera merecedor de tal despliegue de chorros de dicha. Buen conocedor de que las cosas buenas suelen durar poco, se acercó a su nuevo amigo y agachándose le dió un beso en la frente. El niño no lograba concebir esa sensación, pero colmado de nostalgia, le miró articulando una  última pregunta: “¿Cuándo volverás?”
Abrió los ojos. Percibió el olor a café tanto como a sus mismos errores, de vuelta a su querencia por los tropiezos habituales y al ruido de la calle. Se tranquilizó pensando en el verde intenso de la pradera donde había jugado y donde se había sentido más auténtico que nunca. Tenía la sensación de querer a ese niño con frescura, sin sentimentalismos gratuitos, desde la certeza innata  de quien ha recibido un diagnóstico y se sentió confundido. Nunca había tenido hijos, ni siquiera no legítimos, por lo que aquel niño al que ansiaba volver a ver sólo podía ser una persona, su más cercano extraño,

él mismo.

 Beatriz Casaus 2014 ©

sábado, 8 de febrero de 2014

Sinónimo / Confieso que he pecado

Se le preguntó al Buda: "¿qué has ganado con la meditación?él respondió, nada. Sin embargo te digo que he perdido la ira, la ansiedad, la depresión, la inseguridad y el miedo a la muerte".


Sinónimo
Prefiero más al sinónimo que al antónimo,
sinónimo de amor, diligencia,
de humildad y templanza,
de acercarme, de querer parecerme
a la caridad y la  generosidad,
de  ser análogo a lo que aprecio
que representar su contrario.
Vicio, ira, soberbia, avaricia
o la tan practicada envidia,
también son sinónimos,
de rémoras hacia la dicha.
 
Prefiero amar el bien y no odiar el mal,
luchar contra algo lo hace más fuerte.
Como el médico
que lucha contra la enfermedad,
en vez de estudiar la salud.
Los antónimos,
son heridas que han sido sangradas
varias veces,
llevan al desconsuelo
sucedáneo de la tristeza
quien vecina de la dicha
se aproxima a convertirse
en consuelo de los masoquistas,
trayéndoles más razones para estar mal.
 
De tanto perdonar soy sinónimo de olvido
en alerta,
entre siendo y sintiendo
más allá del espacio que existe entre ambos.
Mi sinónimo es el espejo
que se convierte en la imagen
de la búsqueda
de una mujer sin mácula.
Y mientras tanto el gran oxímoron:
estar muerto vivo
o tener una vida
a falta de vivirla.

Beatriz Casaus 2014 ©

 Confieso que he pecado

Soy cómplice de mi amante,
él sólo quiere mi cuerpo
y yo,
yo disfruto con el placer que me da,
tan esclava del vicio como tú
porque,  
¿qué es más pecado,
practicarlo o desearlo?
Yo confieso que he pecado,
pues estoy tan lejos de la virtud
como tan cerca de la lujuria
y sin embargo,
¿no son las dos caras
de una misma moneda?
¿no es mi debilidad,
una parte también de lo que soy?
Mi sombra,
no puede existir sin la luz que la origina,
así como el pecado,
es la sombra de la virtud.
Tarea hercúlea es sacarlo a la luz,
yo confieso que he pecado,
y ese es el primer paso.

 Beatriz Casaus 2014 ©
 
 

domingo, 26 de enero de 2014

¿Aceptamos?


“Acepto” es un texto publicado en 2003 por “Amistad sobre la Tierra”, para conmemorar el triste aniversario de los acontecimientos del 11 de septiembre y que fue leído entre otros, en la radio francesa NSEO.com. Nos recuerda severamente el contrato social que aceptamos con prórroga. Un acuerdo tácito que firmamos cada mañana al despertar y simplemente nos CONDENA a no hacer nada. Es algo más que una crítica social, en este breve texto se destacan los hechos resultantes de nuestra innegable predilección por la comodidad, la indiferencia y la marginación. Sé que resulta incómodo de leer, sobre todo para aquellas personas que viven felices dando la espalda a lo que de verdad ocurre, pero creo que es necesario que se haga saber, que se publiquen textos como este y que sobre todo, tomemos conciencia, aunque sintamos que no es suficiente. Muchísimas gracias por leerlo.


¿ACEPTAMOS EL CONTRATO?

 Recalco que el siguiente texto no está escrito por mí, pero poco importa porque comparto absolutamente todo lo que en él se dice.
 
Son irrelevantes nuestras creencias o nuestras ideas políticas, el sistema instituido reposa en el acuerdo tácito de un tipo de contrato aprobado por cada uno de nosotros que a grandes rasgos expone:

Acepto la competitividad como base de nuestro sistema, aunque soy consciente de que este funcionamiento engendra frustración y cólera a la inmensa mayoría de los perdedores.

Acepto que me humillen y que me exploten a condición de que se me permita humillar o explotar a otro que ocupe un lugar inferior en la pirámide social.

Acepto la exclusión social de los marginados, de los inadaptados y los débiles porque considero que la carga que puede asumir la sociedad tiene sus límites.

Acepto remunerar a los bancos para que ellos inviertan mi sueldo a su conveniencia y que no me den ningún dividendo de sus gigantescas ganancias (que servirán para atracar a los países pobres, hecho que acepto implícitamente). Acepto también que me descuenten una fuerte comisión por prestarme dinero, dinero que proviene exclusivamente de los otros clientes.

Acepto que congelemos o tiremos toneladas de comida para que los cursos bursátiles no se derrumben, en vez de ofrecérsela a los necesitados y de permitir a algunos centeneras de miles de personas no morir de hambre cada año.

Acepto que sea ilegal poner fin a tu propia vida rápidamente, en cambio tolero que se haga lentamente inhalando o ingiriendo sustancias tóxicas autorizadas por los gobiernos.

Acepto que se haga la guerra para así hacer reinar la paz.

Acepto que en nombre de la paz el primer gesto de los Estados, sea la defensa. Entonces acepto que los conflictos sean creados artificialmente para deshacerse del stock de armas y así permitir a la economía mundial que siga avanzando.

Acepto la hegemonía del petróleo en nuestra economía, aunque es una energía muy costosa y contaminante y estoy de acuerdo en impedir todo intento de sustitución si se desvelara que hemos descubierto un medio gratuito e ilimitado para producir energía.

Acepto que se condene el asesinato de otro humano, salvo que los gobiernos decreten que es enemigo y le maten.

Acepto que se divida la opinión pública creando unos partidos de derecha e izquierda que tendrán como pasatiempo la pelea entre ellos haciéndome creer que el sistema es democrático y está avanzado.

Acepto toda clase de división posible con tal que esas divisiones me permitan focalizar mi cólera hacia los enemigos designados cuando se agiten sus retratos ante mis ojos.

Acepto que el poder de fabricar la opinión pública, antes ostentado por las religiones, esté hoy en manos de hombres de negocios no elegidos que son totalmente libres de controlar los Estados, porque estoy convencido del buen uso que harán con él.

Acepto la idea de que la felicidad se reduzca a la comodidad, al amor al sexo y la libertad de  satisfacción de todos los deseos, porque es lo que me repite la publicidad cada día. Cuanto más infeliz soy, más consumo.

Acepto que el valor de una persona sea proporcional a su cuenta bancaria, que se aprecie su utilidad en función de su productividad y no de sus cualidades, y que sea excluido del sistema si no produce lo suficiente.

Acepto
 que se recompense cómodamente a los jugadores de fútbol y a los actores y mucho menos a los profesores y los médicos encargados de la educación y de la salud de las futuras generaciones.

Acepto que se destierre de la sociedad a las personas mayores cuya experiencia podría sernos útil, pues, como somos la civilización más evolucionada del planeta (y sin duda del universo) sabemos que la experiencia ni se comparte ni se transmite.

Acepto que se me presenten noticias negativas y aterradoras del mundo todos los días, para que así pueda apreciar hasta qué punto nuestra situación es normal y cuánta suerte tengo de vivir en Occidente. Sé que mantener el miedo en nuestros espíritus sólo puede ser beneficioso para nosotros.

Acepto que los industriales, militares y jefes de Estado celebren reuniones regularmente para, sin consultarnos, tomar decisiones que comprometen el porvenir de la vida y del planeta.

 Acepto consumir carne bovina tratada con hormonas sin que explícitamente se me avise. Acepto que el cultivo de OGM (Organismos Genéticamente Modificados) se propague en el mundo entero, permitiendo así a las multinacionales agroalimentarias patentar seres vivos, almacenar ganancias considerables y tener bajo su yugo a la agricultura mundial.
Acepto que los bancos internacionales presten dinero a los países que quieren armarse y combatir, y que así elijan los que harán la guerra y los que no. Soy consciente de que es mejor financiar a los dos bandos para estar seguros de ganar dinero y prolongar los conflictos el mayor tiempo posible con el fin de poder totalmente arrebatar sus recursos si no pueden reembolsar sus préstamos.

Acepto que las multinacionales se abstengan de aplicar los progresos sociales de Occidente en los países desfavorecidos. Considerando que ya es una suerte para ellos que los hagan trabajar. Prefiero que se utilicen las leyes vigentes en estos países que permiten hacer trabajar a niños en condiciones inhumanas y precarias. En nombre de los derechos humanos y del ciudadano, no tenemos derecho ejercer injerencia.

Acepto que los laboratorios farmacéuticos y los industriales agroalimentarios vendan en los países desfavorecidos productos caducados o utilicen substancias cancerígenas prohibidas en Occidente.
Acepto que el resto del planeta, es decir cuatro mil millones de individuos, pueda pensar de otro modo a condición de que no venga a expresar sus creencias en nuestra casa, y todavía menos a intentar explicar nuestra Historia con sus nociones filosóficas primitivas.

Acepto la idea de que existen sólo dos posibilidades en la naturaleza, a saber: cazar o ser cazado, y si estamos dotados de una conciencia y de un lenguaje, ciertamente no es para escapar de esa dualidad, sino para justificar por qué actuamos de ese modo.
Acepto considerar nuestro pasado como una continuación ininterrumpida de conflictos, de conspiraciones políticas y de voluntades hegemónicas, pero sé que hoy todo esto ya no existe porque estamos en el súmmum de nuestra evolución, y porque las reglas que rigen nuestro mundo son la búsqueda de la felicidad y de la libertad para todos los pueblos, como lo oímos sin cesar en nuestros discursos políticos.

 Acepto sin discutir y considero como verdades todas las teorías propuestas para la explicación de los misterios de nuestros orígenes. Y acepto que la naturaleza haya podido dedicar millones de años para crear a un ser humano cuyo único pasatiempo es la destrucción de su propia especie en unos instantes.

Acepto la búsqueda del beneficio como fin supremo de la Humanidad y la acumulación de riqueza como realización de la vida humana.

Acepto la destrucción de los bosques, la casi desaparición de los peces en los ríos y en nuestros océanos. Acepto el aumento de la polución industrial y la dispersión de venenos químicos y de elementos radiactivos en la naturaleza.

 Acepto la utilización de toda clase de aditivos químicos en mi alimentación, porque estoy convencido de que si se añaden es porque son útiles e inocuos.

Acepto la guerra económica que actúa con rigor sobre el planeta, aunque siento que nos lleva hacia una catástrofe sin precedentes.
Acepto esta situación, y supongo que no puedo hacer nada para cambiarla o mejorarla.

 Acepto ser tratado como ganado porque definitivamente pienso que no valgo más.

Acepto no plantear ninguna cuestión, cerrar los ojos sobre todo esto y no formular ninguna oposición verdadera, porque estoy demasiado ocupado por mi vida y mis preocupaciones.

Incluso acepto defender a muerte este contrato si usted me lo pide.

 Acepto pues, en mi alma y conciencia y definitivamente esta matrix triste que usted coloca delante de mis ojos para abstenerme de ver la realidad de las cosas.
 
(Publicado por Amistad sobre la Tierra en 2003)

sábado, 11 de enero de 2014

Peón

El otro día, una persona fantástica me dijo el piropo más bonito que recuerdo haber escuchado hacia mí, decía así: "Tienes una mirada limpia, una sonrisa auténtica y un corazón puro". Me siento muy agradecida a aquella persona por haberlo percibido de ese modo y desde aquí se lo agradezco enormemente. Quería compartirlo con vosotros no porque me lo hubieran hecho, se lo podrían haber dicho a cualquier otra persona y lo hubiera compartido también y ser igual de hermoso, sino para demostrar que lo que más valoramos es al fin y al cabo, lo que los demás ven de nosotros o al menos eso es lo que me gusta creer. Si eso es lo que desprendo (no todo el mundo lo capta en los demás) me anima muchísimo a seguir sonriendo desde el corazón, porque en realidad es lo único que de verdad me importa. A continuación os dejo con un cuento tradicional hindú y con un breve poema mío, no soy muy dada a hacer poemas que rimen, pero este me ha salido así y su razón tendrá, jeje :) Un abrazo gordote.

Rabiya (cuento tradicional hindú)

"Una tarde la gente vio a Rabiya buscando algo en la calle frente a su choza. Todos se acercaron a la pobre anciana.

-          ¿Qué pasa? – preguntaron  - ¿Qué estás buscando?

-           Perdí mi aguja - dijo ella.
Y todos la ayudaron a buscarla. Pero alguien le dijo:

-          Rabiya, la calle es larga, pronto no habrá más luz. Una aguja es algo muy pequeño, ¿por qué no nos dices exactamente dónde se te cayó?

-          Dentro de mi casa - respondió ella.

-          ¿Te has vuelto loca?- gritó la gente- si la aguja se te cayó dentro de tu casa, ¿por qué la buscas aquí fuera?

-          Porque aquí hay luz y dentro de la casa no la hay.

-          Pero aun habiendo luz, ¿cómo podemos encontrar la aguja si no es aquí donde la has perdido? Lo correcto sería llevar la lámpara a la casa y buscarla allí.
Rabiya se rió.

-          Sois tan inteligentes para las cosas pequeñas, y ¿cuándo vais a utilizar esa misma inteligencia para vuestra propia vida? en el tiempo que os conozco os he visto siempre infelices intentando cubrir vuestra infelicidad con cosas exteriores, buscándola afuera de vosotros mismos, ¿por qué buscáis la felicidad en el mundo exterior? ¿acaso la habéis perdido allí?"

Peón

Entre que me encuentro y me siento
han pasado  muchos mundos,
perdido la memoria de quién soy
y olvidado las reglas del juego.
Busco  la pesquisa en la dualidad
en dirección a la unidad que anhelo.
Reconozco,
que lo que más aleja,
no es un mar que recorren barcos,
sino la infinita distancia
con la que separa el miedo.
Soy un peón en un juego de ajedrez,
concentrado en avanzar escaques,
atado,
sin darme cuenta de que estoy compitiendo,
contra las demás piezas.
Mi única intención es aplacar al rey
con un jaque mate.
Desde esta humilde visión
todo parece cruel, personal y pequeño,
por ello me entrego a ti y te pido,
que se haga tu voluntad
y no la mía,
pues sólo tú  ves el tablero.

 Beatriz Casaus 2014 ©

 
 
 
 

miércoles, 1 de enero de 2014

Los ojos de la princesa del mar de hielo


El Sol se encontraba a la mayor distancia angular negativa del ecuador celeste, era el día del solsticio de invierno y el joven muchacho había llegado por fin a su destino después de una larga y tediosa travesía por las tierras del Norte. Ahí estaba ella, impávida como un gélido trozo de iceberg, anclada en la superficie de un mar helado. Sus ojos, a pesar de la frialdad que albergaban, le parecían grandes, femeninos y prometedores pero emanaban un deje de tristeza y soledad que confundían. Le habían avisado del peligro de mirarla a los ojos directamente, se quedaría helado al instante al mirarlos, convirtiéndose en piedra. En aquel lugar, pareciera que no existía otra estación del año excepto el invierno. Aquella bella princesa que antaño era conocida como gentil y adorable, se había convertido en la princesa pálida de hielo y con ello, toda la tierra hasta los confines del horizonte se había vuelto estéril.

Tenía su rostro helado como si algo terrible hubiera pasado en algún momento, y como si su corazón se hubiera convertido en cristal congelado y frágil.  Pero el muchacho no sabía de límites y obstáculos, su misión era besar sus entumecidos labios con el fin de volver a traer la esperanza a aquel suelo sin frutos y nada ni nadie se lo impedirían. Se acercó a ella con sigilo y con empeño en conseguir su objetivo, pero de pronto, experimentó una verdad humillante para él. El miedo le paralizó y sintió la posibilidad del sufrimiento del desamor y la pérdida de la inocencia. Aquello le hizo detenerse asustado a sólo unos pocos metros de ella. La princesa congelada, lo rodeó con su poderosa serenidad observándole con mirada fija. Aunque apartó la mirada de sus ojos, sintió todo lo que había en el interior de aquella dama aterida, incluso oyó sus pensamientos. Sintió cómo la capacidad de amar con confianza de la princesa se había congelado y escuchó un pensamiento que decía: “No es buen momento para el amor ni para dar frutos”. Pero el muchacho no se aminoró, era valiente y se adentró en la parte de su psique, la que se escondía bajo las gruesas capas de hielo para no sentir dolor, que estaba anestesiada por el frío. En ese momento se armó de valor y decidió mirarla con firmeza, sin temblar y directamente a los ojos, convencido de su propósito y con fe en sanar la parte de ella que tenía miedo a amar.

Al querer compartir con ella su dolor y sentir sus sentimientos enterrados, la energía volvió a fluir sorpresivamente y el corazón de la princesa empezó a palpitar de nuevo. El hielo comenzó a derretirse de su rostro, sus ojos se llenaron con chispas de luz y sus labios, rojos como fresas, se entreabrieron a la espera de un beso.  El muchacho había escarbado los momentos que la congelaron y al encararlos, la curó. Al besarse, el mar helado se empezó a convertir en agua de vida y comenzó a proporcionar alimento a los árboles, arbustos y prados. El grano y las semillas volvieron a surgir de la tierras y el verdor se extendió uniforme sobre todo el terreno. 

Sobre ellos empezó a  lucir la luz del sol radiante, y el amor volvió a emerger nuevo, como una primera experiencia o como cada vez que vuelve a ser primavera, cuando parece ser la primera vez que sentimos sus regalos.

Beatriz Casaus 2014 ©