“La pluma es la lengua del alma.” (Miguel de Cervantes)
“Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.” (Shakespeare)
Hoy, 23 de abril, celebramos el Día del Libro. Una fecha que, envuelta casi en un halo poético, se asocia a la muerte de tres grandes figuras de la literatura universal: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Aunque la realidad histórica no fuera exactamente así, se ha decidido creer en esa coincidencia simbólica. Quizá eso también tenga algo de belleza.
En Cataluña, hoy además, se celebra Sant Jordi, donde se regala un libro y una rosa, como si la cultura y el amor se dieran la mano. Y no se me ocurre mejor forma que honrar este día que hablando de arte, y por ello me voy a detener en Shakespeare, aunque no desde sus páginas, sino desde una historia llevada al cine que recoge la esencia de su vida y su dolor.
El otro día pude ver la última película de la directora Chloé Zhao, “Hamnet”, basada en un episodio de la vida del famoso escritor y su familia. Me parece importante remarcarla por su belleza devastadora que encoge el corazón y lo devasta con las interpretaciones de sus dos protagonistas. Representa el arte como proceso catártico del duelo y cómo el dolor puede unirnos.
Y fue precisamente uno de ellos, Paul Mescal, quien influyó en el precioso, necesario y emotivo discurso que dio su directora al recibir el Golden Globe 2026 a mejor película de drama el pasado febrero. Al recibir el premio, mencionó las palabras que Paul Mescal le había expresado esa misma mañana: “Lo más importante de ser artista es aprender a ser lo suficientemente vulnerables para permitirnos ser vistos por quiénes somos, no por quien deberíamos ser.”
Destacó la vulnerabilidad como esencia del arte, promoviendo la empatía y la conexión humana. Enfatizó la importancia de mostrar las partes imperfectas o temerosas de uno mismo, para que el público pueda hacer lo mismo. El arte como necesidad de mantener los corazones abiertos, para dejarnos ser vistos, para provocar ese lazo que solo se consigue desde el desnudo de los sentimientos. Para poder vernos los unos a los otros.
Yo uso el arte, en mi caso escribir, también como proceso catártico. Y me inclino hacia la desnudez total de la vulnerabilidad no solo como forma de conexión sino por razones propias de existencia. Reivindico siempre la vulnerabilidad y la expresión de ella. Dejando a un lado las máscaras, los muros o los caparazones que nos queramos construir para intentar ocultar lo que sentimos en frente de los demás, cuando, en realidad, no existe nada más humano que compartir nuestras verdaderas emociones. No hay nada que cree un vínculo más sincero que compartirlo.
Además, soy fiel defensora de que las experiencias personales están para compartirse. No son solo para guardarlas para uno mismo, sino también para ponerlas al servicio de otros. Porque cuando las compartimos, pueden resonar en quienes se sienten identificados y, de alguna manera, todos aprendemos de todos. Por eso, últimamente las incluyo más en mi blog: siento que acercan y generan una conexión más real.
Siempre he sido muy abierta en ese sentido. No me importa mostrarme natural, transparente y sin máscaras. Valoro profundamente a las personas que también saben mostrarse con autenticidad. En cambio, quienes nunca cuentan nada, se muestran herméticos o se esconden constantemente, me generan cierta desconfianza. Prefiero la naturalidad de quien comparte, de quien se muestra y de quien no tiene miedo a ser visto. Así, siempre hay un aprendizaje mutuo.
Merece la pena recordar que el arte, en última instancia sana, tanto a quien lo hace, como a quien lo recibe.
Un abrazote.
Beatriz Casaus 2026 ©

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