martes, 28 de abril de 2026

Dejar de perseguir: lo que eres, atrae lo que buscas

 “Dios es número” (Pitágoras) 

"No atraigas lo que quieres, conviértete en lo que quieres atraer" (Wayne Dyer)

(Las letras hebreas del nombre De Dios: Yod Hei Vav Hei)


Nos han enseñado que en la vida hay que ir detrás de todo, del amor, del éxito, de las oportunidades, de una vida mejor. Que hay que esforzarse más que nadie, luchar, insistir, no rendirse, perseguir sin descanso aquello que deseamos. Y, sin embargo, he llegado a una conclusión que puede parecer incómoda, pero liberadora: que gran parte de esa idea es una mentira. No porque no haya esfuerzo en la vida, sino porque el enfoque está equivocado. No se trata de perseguir, sino de convertirse. Pero antes de explicar por qué creo esto con tanta claridad, quiero compartir algo que me fascinó cuando comencé a estudiar cábala, porque fue uno de esos descubrimientos que te expanden la mente y obligan a mirar la realidad desde otro lugar.

Los números no son simples cifras, sino que son un lenguaje. En la antigüedad se conocía que los números son el idioma de Dios, y que a través de ellos, se codifica la información del universo. El alfabeto hebreo no es solo fonético, sino también numérico, y cada palabra contiene una vibración y un significado más profundo cuando se traduce a su valor numérico. Nuestros nombres y apellidos (que además arrastran el linaje tanto paterno como materno) pueden descomponerse en números que revelan información sobre quiénes somos. Y aunque esto pueda parecer algo abstracto, lo verdaderamente importante es que apunta a que hay un orden y una inteligencia mayor detrás que pasamos por alto por el propio desconocimiento.

En hebreo, el nombre de Dios compuesto por las cuatro letras Yod, Hei, Vav, Hei, tiene un valor numérico de 26. La guematria, que es el sistema mediante el cual cada letra hebrea posee un valor numérico, nos permite descubrir significados ocultos en las palabras cuando se suman sus letras. Es revelador que si acudimos al Génesis, en el capítulo 1, versículo 26 (precisamente el número asociado al nombre de Dios) se diga explícitamente que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Esta correspondencia no parece casual, sino una declaración de algo mucho más profundo. Si Dios es creador, nosotros también lo somos en esencia. Somos, por decirlo de alguna manera, una gota de agua que contiene la misma naturaleza que el océano del que proviene. No estamos separados de esa capacidad creadora, sino que participamos de ella.

Pero lo que más me impactó fue comprender que, el Creador dejó su firma en la creación, es decir, en nosotros. Y cuando digo firma, no hablo de algo metafórico, sino de algo real y medible. Si el nombre de Dios suma 26 y en Génesis 1:26 se establece la creación del ser humano a su imagen y semejanza, la idea que subyace es que esa “firma” divina está inscrita en nosotros mismos, en lo más profundo y sagrado de nuestro ser. 

Desde esta perspectiva, el patrón numérico del nombre divino (10-5-6-5, que son los valores numéricos de sus cuatro letras que suman 26) están implícitas en el código del ADN humano ya que este se activa, precisamente, con cuatro aminoácidos que se componen del patrón 10, 5, 6, 5. Es decir, Dios firma su obra. Dios nos crea a su imagen y semejanza y nos lo deja muy claro a través de su nombre firmado en nuestro ADN,  a través de la activación de nuestras hebras de ADN. Esto es fascinante y por estas cosas vivo apasionada con la cábala. 

Lo poderoso de esta idea es la comprensión de que no somos seres pasivos en la existencia, sino participantes activos en la creación de nuestra realidad. Y esta idea no es nueva. Ya Platón, hablaba del mundo de las ideas como la verdadera realidad, de la cual el mundo material no es más que un reflejo. En su famoso mito de la caverna, explicaba que lo que percibimos con los sentidos es solo una sombra de algo más profundo. Hoy, desde la física cuántica, encontramos conceptos que apuntan en una dirección similar, que la realidad no es sólida, sino energética, compuesta por posibilidades. Y es la observación (la conciencia) la que colapsa esas posibilidades en una forma concreta. Es decir, aquello en lo que sostenemos nuestra atención, aquello que observamos de forma reiterada, tiende a materializarse.

Por eso, en muchos relatos bíblicos, como cuando Dios le muestra al patriarca Abraham las tierras que heredarán sus descendientes, aun cuando él ni siquiera tenía hijos, le insistió en una idea clave, que siguiera observando, que mantuviera la visión de que las tierras de Canaán serían suyas y de sus descendientes. No necesitamos saber el cómo, pues la realidad se irá desplegando por sí sola. Y esto, llevado a nuestra vida cotidiana, tiene una implicación directa y poderosa. No se trata de perseguir las cosas, sino de sostener una visión interna coherente hasta que esa realidad se alinee con nosotros.

Se nos ha enseñado, desde muy pequeños, que la vida es complicada. Que todo cuesta, que todo requiere sacrificio extremo, que hay que luchar constantemente para conseguir cualquier cosa que merezca la pena. Se nos ha repetido tanto, que lo hemos asumido como una verdad incuestionable. Sin embargo, uno de los mayores descubrimientos que he hecho en mi vida adulta como he apuntado antes, es que esa idea, en gran medida, es una mentira. O, al menos, una verdad incompleta.

La vida no es fácil, pero tampoco es ese campo de batalla perpetuo que nos han vendido. La vida se vuelve difícil cuando vamos en contra de nosotros mismos, cuando nos alejamos de lo que somos, cuando intentamos encajar en moldes que no nos pertenecen o cuando perseguimos metas que, en el fondo, no están alineadas con nuestra esencia. Ahí es cuando todo cuesta, cuando todo parece lejano. Pero cuando uno empieza a caminar en coherencia con lo que es, algo cambia. No desaparecen los retos, pero dejan de sentirse como una lucha constante y empieza a haber fluidez.

Se nos ha hecho creer que nuestros sueños no se pueden cumplir, que son ingenuos y poco realistas. Se nos ha entrenado para intercambiar nuestra autenticidad por seguridad, nuestros sueños por una nómina. Que hay que seguir un tipo de vida establecido. Pero basta con mirar alrededor para ver que muchas de las personas que han seguido ese guión no son felices. Yo lo veo constantemente a mi alrededor, por ejemplo, en la cantidad de parejas casadas y con hijos que lo hicieron por cumplir la norma y que ni siquiera están enamorados el uno del otro. Veo su amargura y frustración continuamente. Y esto no es juicio sino observación, porque ahí comienza el despertar, al darte cuenta de que cumplir lo que se espera de ti no garantiza la plenitud. 

En mi propia experiencia, y como a mí me gusta poner ejemplos reales para que se entienda bien, incluso en el ámbito de las relaciones he podido comprobar esa dinámica de no perseguir. Por ejemplo, al inicio de la relación con mi pareja nunca hubo persecución por mi parte. Nunca fui a su despacho, ni me hice la encontradiza en los espacios comunes. Nunca forcé situaciones, nunca le perseguí ni nada por el estilo. Simplemente fui yo. Y, precisamente por eso, fue él quien se acercó y quien generó el vínculo. Era él quien me buscaba a mí. Porque cuando no necesitas, la energía cambia. Y esto aplica a todo. No se trata de perseguir lo que quieres, sino de convertirte en la persona que ya lo tiene. Nos han enseñado a ir detrás de las cosas, pero lo que persigues, se escapa y lo que eres, lo atrae. No se trata de desear desde la carencia, sino de encarnar desde la coherencia.

Si queremos algo hay que preguntarse ¿cómo es la persona que ya vive eso? ¿Cómo piensa, cómo actúa, cómo se mueve? Y empezar a serlo ahora. No mañana. No cuando se consiga. Ahora. Porque quizá la mayor mentira que nos han contado no es que hay que ir fuera a buscar lo que, en realidad, solo puede nacer dentro. Y cuando eso se comprende de verdad, todo deja de ser una persecución para convertirse en una alineación. Y entonces, casi sin darnos cuenta, aquello que tanto buscamos empieza a encontrarnos.

Un fuerte abrazo.


Beatriz Casaus 2026 ©





 

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