domingo, 18 de enero de 2026

No me sé la tabla del cero, pero sí la del amor

 “In case you ever foolishly forget. I am never not thinking of you.” (Virginia Woolf)

“Sea cual sea la sustancia en la que están hechas nuestras almas, la suya y la mía son idénticas.” (Emily Brontë)




Hoy es el cumpleaños de la personita que tengo más cerca, no solo en mi vida sino en cada latido. Mi compañero de existencia en esta, y en todas las que vengan. Mi fiel pareja, mejor amigo, amante, refugio, apoyo constante, consejero, mi chef de confianza, el perfecto manitas, la persona más carismática que conozco, un profe increíble, el mejor instructor de buceo, armas... un gran líder y el que siempre ayuda a todos. Mi persona favorita de este y de cualquier universo, conocido o por descubrir.  Él, a quien amo de la forma más amplia que esa palabra puede abarcar. ¡¡Muchísimas felicidades y mucha felicidad hoy y siempre!! Te amodoro. 


Gracias por inundarme de este amor infinito y dejarme vivirlo contigo. Gracias por hacer de lo cotidiano algo extraordinario: incluso ir a comprar al súper es divertido. Gracias por nuestros bailes en cualquier parte (colas incluidas) y por  no soltarme de la mano ni con aguarrás. Gracias porque todos los sitios son testigos de nuestros abrazos, miradas, risas y besos, excepto cuando me salen calenturas :P Es gracioso cómo todo el mundo nos pregunta si nos acabamos de conocer…


Gracias por esta vida tan bonita que estamos construyendo, por enseñarme a que se puede vivir como dos agapornis siendo simples humanos. Gracias por una vida feliz compartida. Gracias por quererme aun sabiendo que soy probablemente la persona más despistada que conocerás jamás (y aún así sigues aquí, lo cual te convierte oficialmente en héroe). Y gracias, sobre todo, por regalarme sin pretenderlo un máster en paz, aprendizaje y armonía a tu lado.

Perdonad este arrebato de cursilería, pero el día lo pide y yo me dejo llevar. Y, cambiando de tercio y como antesala al poema que he escrito, he de confesar que nunca se me dieron bien las matemáticas. Con los números, en general, nunca tuve una relación fácil… siempre fui de letras. Creo que nuestra mala relación empezó pronto y, aunque siempre he admirado la belleza y la universalidad de las matemáticas, mi cabeza parecía hecha de otra materia.

Eso sí, tuve suerte. Solía caer bien a los profesores (sobre todo a mi profesora de matemáticas, que se reía mucho conmigo) y sospecho que, por cariño, hacía la vista gorda a mi poco uso del hemisferio izquierdo. Mientras sacaba sobresalientes en Lengua, Literatura o Historia, en Matemáticas apenas alcanzaba el cinco o el seis.

Por eso seguí mi inclinación natural y elegí el bachillerato de letras, con Latín y Griego, materias que me fascinaban. Fue entonces cuando nació mi amor por la mitología y por la cultura griega, que todavía hoy me acompaña. Recuerdo, además, que cuanto más estudiaba Física, Química o Matemáticas, más crecía mi fe: una vez, en el reverso de un examen de Física, le escribí a mi profesor que, gracias a todo lo que me había enseñado, creía más en Dios. Él era ateo, así que debió de quedarse perplejo. Ya entonces era bastante transparente y decía lo que sentía de verdad.

Este poema nace de ahí: de mi nula relación con los números… y de la preciosa relación que tengo con mi pareja. Para Él, este poema.

Que la vida te devuelva multiplicado todo lo que das.





No me sé la tabla del 0



Nunca se me dieron bien los números. 

Siempre he sido de letras, 

de las que se escriben en la piel. 

Y he tocado el infinito con la tuya. 


Dicen que lo pequeño es fácil, 

pero sin ti, 

que eres lo menos pequeño que conozco,

no me sé ni una mísera suma. 


No me salen los números con la vida 

si no puedo engendrar 

las palabras suficientes

para describir lo feliz que soy a tu lado.


Amar sin medir,

sin contabilidad emocional.

Medrar con hogueras de imaginación 

y llamarlo nuestro hogar. 

 

Se me fue el tiempo 

contando tus virtudes 

mientras olvidaba las mías.  

En cambio memoricé poemas  

para que no acabaran nunca,

como si la poesía pudiera salvar al mundo,

porque a mí desde luego sí.


No conozco la aritmética del desgaste.

Las matemáticas son

para quienes se atreven a restar,

para soltar años 

y comprar calendarios nuevos.


Siempre empecé por la del uno, 

me perdí ahí, conmigo misma. 

Llenando el vacío de fuera hacia dentro,

como la educación femenina. 


Me sé la del dos: 

pensar por dos -en eso soy buena-

doblar sábanas gastadas por amor, 

multiplicar mis sonrisas por las tuyas, 

y rezar por los dos.


También me sé bien la del tres: 

ser hija, ser pareja, ser fuerte. 

Tres columnas sosteniendo una mesa 

que nunca descansa. 

Repetir “no pasa nada”, 

hasta que pasa. 


Pero la del cero… esa no. 

No me interesa.


El cero es la pausa 

cuando nadie aplaude. 

No produce, no cotiza, 

no tiene perfume 

ni un plan de pensiones. 

El cero no se cuenta 

con los dedos de las manos.


Conozco el número 𝜋 de tu cuerpo 

con una precisión obscena. 

Pero con los números en general,

no me llevo bien.

No me creen cuando les cuento 

las innumerables veces

que me he caído

o las infinitas veces 

que me he vuelto a enamorar de ti

en cada amanecer. 


 -Tienes que quererte más- 

me dice la gente que cree en los números 

más que en las palabras,

y lo dicen deprisa, 

como quien receta paracetamol

para seguir contando años.

No dan ni agua 

a una mujer incendiada. 


He aprendido cero veces 

a explicarme. 

Cero veces a justificar mi ausencia. 

Cero veces a recitar mi cansancio. 

Cero veces a sonreír por educación. 


Multiplicarte por nada 

no da ningún beneficio.


Prefiero dividir felicidad 

para compartirla contigo.

 

No sé ni cuántas veces te he visto 

crecer dentro de mí, 

tantas que pensé que tú eras yo 

y padecía cuando tú sufrías.


Y no sé cuántas veces 

no te he pensado ni un momento.

Cero veces, para ser exactos.



Beatriz Casaus 2026 ©






viernes, 2 de enero de 2026

El coraje de ser: hacia el 2026 con autenticidad

“Si no hubiera creado mi propio mundo, sin duda habría muerto en el de los demás.” (Anaïs Nin)

“Ser uno mismo en un mundo que está constantemente tratando de hacerte alguien diferente es el mayor logro.” (Ralph Waldo Emerson)




2025 ha traído aprendizajes intensos y un crecimiento profundo para muchas personas. Ha sido un año en el que muchas cosas se han derrumbado y otras, como algunas creencias e ideas que erosionan nuestra alma, se han ido disolviendo. Por eso, ha sido también un tiempo de limpieza, de verdades incómodas a nivel social y personal y de máscaras que ya no podían sostenerse. 

Una de las ilusiones que merece la pena señalar, porque ha empezado a desmoronarse, es la del no merecimiento. Cada vez más personas hemos atravesado esa creencia y la hemos ido soltando. No creernos suficientes, de que nuestra existencia no es significativa o de que no aportamos nada al mundo. Y hemos empezado a recordar lo que siempre fue verdad, que somos suficientes y merecedores. 

Esos derrumbes, algunos los hemos aprovechado como impulso para ayudarnos a regresar a casa: a nosotros mismos. Ha sido una transición necesaria para atrevernos a acercarnos hacia nuestra verdadera identidad, aquella que no sostenemos para agradar a los demás, sino la que nos pertenece de forma auténtica, sin maquillaje. 


En la cultura japonesa existe un concepto llamado Ma. Se traduce como vacío o pausa. Pero no es un espacio desde la carencia sino una transición necesaria que propicia el estado intermedio entre las cosas. 2025 ha requerido ese Ma. Para que lo nuevo y diferente pueda brotar, lo antiguo debe desvanecerse, soltarse. Ese tránsito, da lugar a un silencio lleno de posibilidades; deseo que así sea nuestro 2026.


Tengo la sensación que este año nuevo nos va a pedir, entre otras cosas, a dejar de vivir desde el miedo para comenzar a vivir desde el amor. Aprender a consultar primero nuestro corazón antes que nuestras cuentas bancarias, por ejemplo, y  ponerlo como prioridad. Que nuestra mayor ambición sea vivir en coherencia con él. Hablar desde el corazón, decidir desde él y alinear nuestra existencia en base a él. Y seguir la intuición, porque es curioso que solo sobrepensamos y nos sentimos confundidos cuando nos alejamos de ella. La intuición no nace de la mente, sino del corazón, y por eso es tan certera.


Como recordaba Heráclito, lo único permanente es el cambio. Así que toca soltar lo seguro, para saltar al precipicio (en sentido figurado). Dar el paso. Lanzarse al vacío. Hacer las cosas con miedo, pero hacerlas. Perder el miedo al miedo, al fracaso, a la inseguridad. Nunca se está preparado para nada importante; y eso es precisamente lo que distingue a los valientes: quienes, aún temblando, avanzan. 


Tetis, la madre de Aquiles, una nereida inmortal, había sido advertida de la muerte temprana de su hijo. Sabía que, si Aquiles marchaba a la guerra de Troya, alcanzaría una gloria eterna, pero no regresaría con vida. Aterrada por esa profecía, intentó protegerlo sumergiéndolo en las aguas del río Estigia para hacerlo inmortal,  pero al sujetarlo por el talón, esa parte quedó sin proteger, convirtiéndolo así en su único punto débil.


Cuando por fin Aquiles conoció la verdad, Tetis le rogó que no fuera. Pero Aquiles comprendió que su destino no era sobrevivir, sino vivir con sentido. Y le respondió con la grandeza que define a los verdaderos héroes, que un héroe es quien, aún conociendo su destino, se enfrenta a él. 


He elegido este episodio de la mitología griega como inspiración y es la actitud con la que quiero enfrentarme al próximo año y a la vida. No huir de lo que me asusta, no esconderme de lo que me transforma, sino elegir conscientemente la verdad de mi corazón, aunque me haga temblar. Mi intención es vivir desde el corazón y no alejarme más de él. Escuchar lo que siento y construir mi vida a partir de su verdad. 


Si en 2025 ha sido tiempo de regresar a uno mismo y de dejar ir, incluso nuestra identidad, en 2026, no queda otra que reinventarse. Deseo que el 2026 nos encuentre más fieles a nosotros mismos, más valientes, más unidos, más humanos y siguiendo nuestro corazón, porque ese es el camino más directo hacia la autenticidad. 

¡¡Feliz autenticidad!!


Beatriz Casaus 2026 ©