“In case you ever foolishly forget. I am never not thinking of you.” (Virginia Woolf)
“Sea cual sea la sustancia en la que están hechas nuestras almas, la suya y la mía son idénticas.” (Emily Brontë)
Hoy es el cumpleaños de la personita que tengo más cerca, no solo en mi vida sino en cada latido. Mi compañero de existencia en esta, y en todas las que vengan. Mi fiel pareja, mejor amigo, amante, refugio, apoyo constante, consejero, mi chef de confianza, el perfecto manitas, la persona más carismática que conozco, un profe increíble, un gran líder y el que siempre ayuda a todos. Mi persona favorita de este y de cualquier universo, conocido o por descubrir. Él, a quien amo de la forma más amplia que esa palabra puede abarcar. ¡¡Muchísimas felicidades y mucha felicidad hoy y siempre!! Te amodoro.
Gracias por inundarme de este amor infinito y dejarme vivirlo contigo. Gracias por hacer de lo cotidiano algo extraordinario: incluso ir a comprar al súper es divertido. Gracias por nuestros bailes en cualquier parte (colas incluidas) y por no soltarme de la mano ni con aguarrás. Gracias porque todos los sitios son testigos de nuestros abrazos, miradas, risas y besos, excepto cuando me salen calenturas :P Es gracioso cómo todo el mundo nos pregunta si nos acabamos de conocer…
Gracias por esta vida tan bonita que estamos construyendo, por enseñarme a que se puede vivir como dos agapornis siendo simples humanos. Gracias por una vida feliz compartida. Gracias por quererme aun sabiendo que soy probablemente la persona más despistada que conocerás jamás (y aún así sigues aquí, lo cual te convierte oficialmente en héroe). Y gracias, sobre todo, por regalarme sin pretenderlo un máster en paz, aprendizaje y armonía a tu lado.
Perdonad este pequeño exceso de cursilería, pero el día lo pide y yo me dejo llevar. Y, cambiando de tercio y como antesala al poema que he escrito, he de confesar que nunca se me dieron bien las matemáticas. Con los números, en general, nunca tuve una relación fácil… siempre fui de letras. Creo que nuestra mala relación empezó pronto y, aunque siempre he admirado la belleza y la universalidad de las matemáticas, mi cabeza parecía hecha de otra materia.
Eso sí, tuve suerte. Solía caer bien a los profesores (sobre todo a mi profesora de matemáticas, que se reía mucho conmigo) y sospecho que, por cariño, hacía la vista gorda a mi poco uso del hemisferio izquierdo. Mientras sacaba sobresalientes en Lengua, Literatura o Historia, en Matemáticas apenas alcanzaba el cinco o el seis.
Por eso seguí mi inclinación natural y elegí el bachillerato de letras, con Latín y Griego, materias que me fascinaban. Fue entonces cuando nació mi amor por la mitología y por la cultura griega, que todavía hoy me acompaña. Recuerdo, además, que cuanto más estudiaba Física, Química o Matemáticas, más crecía mi fe: una vez, en el reverso de un examen de Física, le escribí a mi profesor que, gracias a todo lo que me había enseñado, creía más en Dios. Él era ateo, así que debió de quedarse perplejo. Ya entonces era bastante transparente y decía lo que sentía de verdad.
Este poema nace de ahí: de mi nula relación con los números… y de la preciosa relación que tengo con mi pareja. Para Él, o para ti… Alber, este poema.
Que la vida te devuelva multiplicado todo lo que das.
No me sé la tabla del 0
Nunca se me dieron bien los números.
Siempre he sido de letras,
de las que se escriben en la piel.
Y he tocado el infinito con la tuya.
Dicen que lo pequeño es fácil,
pero sin ti,
que eres lo menos pequeño que conozco,
no me sé ni una mísera suma.
No me salen los números con la vida
si no puedo engendrar
las palabras suficientes
para describir lo feliz que soy a tu lado.
Amar sin medir,
sin contabilidad emocional.
Medrar con hogueras de imaginación
y llamarlo nuestro hogar.
Se me fue el tiempo
contando tus virtudes
mientras olvidaba las mías.
En cambio memoricé poemas
para que no acabaran nunca,
como si la poesía pudiera salvar al mundo,
porque a mí desde luego sí.
No conozco la aritmética del desgaste.
Las matemáticas son
para quienes se atreven a restar,
para soltar años
y comprar calendarios nuevos.
Siempre empecé por la del uno,
me perdí ahí, conmigo misma.
Llenando el vacío de fuera hacia dentro,
como la educación femenina.
Me sé la del dos:
pensar por dos -en eso soy buena-
doblar sábanas gastadas por amor,
multiplicar mis sonrisas por las tuyas,
y rezar por los dos.
También me sé bien la del tres:
ser hija, ser pareja, ser fuerte.
Tres columnas sosteniendo una mesa
que nunca descansa.
Repetir “no pasa nada”,
hasta que pasa.
Pero la del cero… esa no.
No me interesa.
El cero es la pausa
cuando nadie aplaude.
No produce, no cotiza,
no tiene perfume
ni un plan de pensiones.
El cero no se cuenta
con los dedos de las manos.
Conozco el número 𝜋 de tu cuerpo
con una precisión obscena.
Pero con los números en general,
no me llevo bien.
No me creen cuando les cuento
las innumerables veces
que me he caído
o las infinitas veces
que me he vuelto a enamorar de ti
en cada amanecer.
-Tienes que quererte más-
me dice la gente que cree en los números
más que en las palabras,
y lo dicen deprisa,
como quien receta paracetamol
para seguir contando años.
No dan ni agua
a una mujer incendiada.
He aprendido cero veces
a explicarme.
Cero veces a justificar mi ausencia.
Cero veces a recitar mi cansancio.
Cero veces a sonreír por educación.
Multiplicarte por nada
no da ningún beneficio.
Prefiero dividir felicidad
para compartirla contigo.
No sé ni cuántas veces te he visto
crecer dentro de mí,
tantas que pensé que tú eras yo
y padecía cuando tú sufrías.
Y no sé cuántas veces
no te he pensado ni un momento.
Cero veces, para ser exactos.
Beatriz Casaus 2026 ©


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