jueves, 20 de agosto de 2026

El triunfo del corazón

 “El talento incomoda como nunca. Los mediocres, los acomplejados, los bobos, necesitan que la vida descienda hasta su nivel para sentirse cómodos, y es destruyendo la inteligencia y ensalzando la mediocridad como están a gusto.” (Arturo Pérez-Reverte)

“A mí ya no me podéis cambiar. Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo. Dejadme las alas en su sitio, que yo os respondo que volaré bien.” (Federico García Lorca)




Iris nació un día capicúa, el mismo día en que su abuela se fue. Su madre siempre creyó que el testigo había pasado de una a otra: hasta el lunar de la palma de la mano derecha era idéntico en las dos. Todo en Iris parecía llevar una marca de sentido, un halo que unos entendían como luz y otros, sin saber nombrarlo, percibían de manera muy distinta. Desde niña provocó esa doble reacción: quienes se acercaban a calentarse en ella y quienes se apartaban ofendidos, como si su sola presencia les recordara algo que preferían no mirar. Por eso, a lo largo de su vida, más de una vez se encontró con personas que incapaces de gestionar aquello que les despertaba, intentaron hacerla más pequeña. Y como nunca logró comprender del todo ese comportamiento (porque ella no funcionaba así), estudió Psicología, y convirtió esa pregunta sin resolver en vocación.

Durante años creyó que la maldad no existía sin más: que todo el que hacía daño arrastraba una herida sin curar, y que bastaba con conocer su historia para perdonarla de antemano. Le costó tiempo, estudio y algún golpe aceptar lo contrario. Aprendió que hay quien convierte el resentimiento en forma de vida, y que la psicología tiene incluso un nombre para esa clase de oscuridad: la tríada oscura; narcisismo, que no tolera el brillo ajeno, psicopatía, asociada a una baja empatía y ausencia de remordimiento, maquiavelismo, que usa a los demás como herramientas para sus fines. No era una teoría abstracta. Era, a veces, gente muy concreta. 

Tenía, además, una imaginación desbordante. Escribía en cualquier superficie que tuviera a mano. Una vez, sin querer, entregó a un desconocido un tique de la compra con un poema detrás, y durante días imaginó su cara de desconcierto. Con el tiempo fue derribando la costumbre de guardarse las cosas y empezó a compartir lo que escribía en redes y a publicar libros. No buscaba nada a cambio. Las palabras le salían solas, y pensó que quizá a alguien más le sirvieran. No esperaba que aquello despertara rencor. Pero lo hizo. Una noche, revisando los comentarios de su última entrada, se detuvo en uno: alguien había escrito, con la ortografía cuidada de quien se ha tomado su tiempo, que sus textos eran “pretenciosos” y que “ojalá dejara de escribir de una vez”. No era la primera vez. Desde que había comenzado a exponerse públicamente, había descubierto que algunas personas podían seguir con extraordinaria atención precisamente a aquellos a quienes parecían no soportar. Se quedó mirando la pantalla más rato del que le hubiera gustado admitir. Por un instante, muy breve, se preguntó si tendría razón. Si debería escribir menos, ocupar menos espacio, ser menos ella. 

Cerró el portátil y, en lugar de la duda, encontró algo parecido a la compasión hacia ellos. Nadie seguía su trabajo con tanta atención como quien decía despreciarlo. Nadie invertía tanto tiempo en ella. Comprendió, no como una idea sino como algo que sintió en el cuerpo, que el odio también puede ser una forma torcida de admiración: quien de verdad quiere borrar a alguien no necesita mirarlo tanto. Aquella noche, en vez de escribir menos, escribió más.

Desde entonces sintió una honda admiración por cualquiera que se atreviera a exponerse: a publicar un libro, a subir una canción, a defender una idea en público. Exponerse es aceptar ser blanco. Siempre habrá alguien juzgando desde la grada a quien tuvo el valor de bajar al campo. Con el tiempo llegó a pensar que quien odia obsesivamente rara vez odia la obra, o el rostro, o las palabras. Muchas veces lo que odia es aquello que esas cosas le recuerdan de su propia infelicidad.

Para Iris el tiempo era el único bien que no vuelve. El dinero se recupera; las cosas se reemplazan; un minuto gastado no regresa nunca. Le costaba imaginar cuánto vacío debía de habitar en alguien para dedicar ese tesoro a vigilar la vida ajena. Terminó por aceptar que ese comportamiento hablaba mucho más de quien atacaba que de quien era atacado: quien construye algo que ama rara vez tiene tiempo para demoler lo de los demás. Entendió también algo incómodo: estar dispuesto a caer mal es, a veces, el precio de llegar lejos. Gustar a todos exige bajar la voz, no destacar, no soñar en voz alta. Y quien pasa la vida intentando encajar en todos los moldes deja de tallar el suyo propio. Quien avanza de verdad no suele ser el más querido por todos, sino quien un día dejó de pedir permiso. 

Escribía la verdad de su corazón, y también la que veía manifestarse en el mundo a través de los problemas que observaba, y por eso el rechazo crecía en lugar de menguar. Pensó entonces en el mito de la caverna de Platón: los que viven encadenados mirando sombras rara vez agradecen a quien vuelve para contarles que fuera hay sol. La luz, casi siempre, incomoda antes de liberar.

Aquellos días de ruido la llevaron a la oración. Abrió la Biblia por el Salmo 34, uno de sus favoritos, y se detuvo en un verso: “Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores”. Siguió leyendo: “Cercano está el Señor para salvar a los que tienen roto el corazón y el espíritu (…) Al malvado lo destruye su propia maldad”. Sintió que esas palabras llegaban exactamente donde debían. No estaba llamada a convencer a quien había decidido odiarla. Estaba llamada, solamente, a seguir siendo ella.

Empezó entonces a notar algo curioso: cada intento de apagarla producía el efecto contrario. Mientras otros gastaban su energía en frenarla, ella seguía escribiendo. Por una reseña mala, le llegaban cientos de buenas. Aprendió a utilizar aquella energía como en el aikido se usa la fuerza del contrario (sin enfrentarla de frente, dejándola pasar y redirigiéndola), igual que un árbol convierte lo que sobra en el aire en algo que da vida. No devolvía en la misma frecuencia lo que recibía. Lo transformaba en más estímulo. Una página más, un proyecto más, una vida un poco más suya. Para Iris, las personas conscientes poseían precisamente ese poder de transmutación. Tomar la energía que otros proyectaban sobre ella, que era energía al fin y al cabo, para transformarla en algo que jugara a su favor. En realidad, le daban poder.

Un día, cuando la vida por fin empezó a devolverle parte de lo sembrado, se sentó en silencio y buscó dentro de sí algún resto de incomodidad hacia quienes la habían atacado. No encontró nada. Solo una paz que la sorprendió a ella misma. Comprendió que la victoria no era el siguiente libro, ni una crítica mejor: era que nadie, en todo ese tiempo, había logrado tocarle el corazón. Pensó en aquellas personas sin necesidad ya de entenderlas del todo, y una frase apareció sola: "Los perdono y los bendigo". Y sonrió por dentro. Porque entendió que hay quien dedica la vida a vigilar la luz ajena y se olvida de encender la suya. Y que ella, sin buscarlo, se había llevado el premio mayor: descubrir que su paz era tan honda que no necesitaba desearle mal a nadie. Nunca lo había necesitado. Había ganado en el único sitio donde de verdad se gana: en el corazón. Y quizá, solo por eso, también ganó en la vida.


Beatriz Casaus 2026 ©



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