“Si nunca te vuelvo a ver siempre te llevaré conmigo;
adentro, afuera, en mis dedos, y en los bordes del cerebro y en centros de
centros de lo que soy y de lo que queda.” (Charles Bukowski)
Dos noches opacas
disfrutan de este momento.
Pero no es disfrutar,
es matar la costumbre de sufrir.
He caído y reído a partes iguales,
como dos mitades de un precipicio.
Ahora lo nuevo llega tarde.
Y yo me sigo alimentando de ilusiones.
Es querer comerte crudo,
sin parabenos ni venenos varios.
Las superficies nunca me parecieron tan atractivas
Siempre he sentido que no pertenezco a ningún sitio. De
pequeña, mientras miraba anonadada por las noches al firmamento despejado, me
sentía incluso más de allí que de aquí. Alguna vez me han dicho incluso, que “soy
demasiado sensible para este mundo”, pero no creo que sea solo mi sensibilidad la
que me hace sentir ajena a la abundancia de emociones frías y egoístas a mi alrededor, sino mis
valores y la forma en la que concibo la vida. No siento que pertenezca a un mundo tan
materialista cuyos intereses van encaminados a conseguir cada vez más o a tener mucho
dinero. Mis ambiciones son espirituales y mis inquietudes, creativas, artísticas
y humanistas. ¿Dónde tiene eso cabida en un mundo como éste?
Aún ahora, me puedo pasar horas mirando el cielo. E incluso,
una vez al año duermo a la intemperie bajo el manto estrellado en mi saco de
dormir en la montaña. Y si cuento esto, se me percibe cómo una romántica o una
soñadora que no tiene los pies en la tierra. En vez de hablar de facturas,
horarios extra escolares, hipotecas… me gusta perderme en conversaciones sobre
el espíritu, el propósito de vida, la ayuda a los demás, mis sueños, y es por
eso por lo que tantas veces tengo que callarme para poder adaptarme a las
conversaciones o para “encajar” en esta realidad. Creo que puedo decir que tengo
los pies muy bien asentados sobre la tierra. Soy perseverante, siempre cumplo
los horarios y soy muy responsable con mi trabajo o con las cosas mundanas. Más
allá incluso de aquellos que se proclaman realistas y que se escaquean cuando
aparece la más mínima oportunidad. Por lo que puedo afirmar que soy una
ciudadana cívica y muy respetuosa, ya que aun a mi pesar, vivo en este mundo limitado en el que cumplo sus normas.
A veces creo que Hermann Hesse y yo debíamos haber sido primos
hermanos. Fuera broma, digo esto porque tanto él, como yo nos rebelamos (él
muchos años antes que yo, lo que le otorga más mérito) ante la firme creencia
de que, para ser feliz en la vida, hay que sacarse una carrera, conseguir un
puesto estable en una empresa, casarse, comprar una casa y tener hijos. Me
cuesta entender cómo las personas, una vez han conseguido eso, no se preguntan si
eso es todo, o si solo de eso se trata la vida.
A mi parecer, recibimos
una educación que nos intoxica. La creencia que más daño hace, sobre todo en la
treintena es “cuando te cases y formes una familia serás feliz” por eso te encuentras personas desesperadas por cumplirla y a veces sin importar
mucho con quién se establecen esos compromisos, porque el caso, es cumplirlos.
Ese pensamiento nos hace vulnerables y necesitados del otro. En vez de transmitirnos
que cada uno debe ser feliz a su manera, que cada uno debe encontrar su camino
y su modelo de vida, aquel que encaje con sus propios valores y con su manera
de ver, sentir y pensar, en vez de ayudarnos a lograr esto, nos transmiten que para
sentirnos realizados y ser felices de verdad, tenemos que encontrar una pareja
ideal con quien podamos casarnos y tener hijos. Ahí acaba todo.
Si lo conseguimos, si vamos siguiendo los patrones preestablecidos,
podremos agarrarnos a una falsa seguridad, y digo falsa porque, en el fondo,
tampoco nos sentimos seguros así. Una vez lo hemos conseguido, una vez tenemos
esa pareja con quien hemos tenido hijos y formado una familia, ¿qué? toca
mantenerla, claro. ¿Pero eso es todo?
Si se es mujer, la creencia está aún más arraigada. Aún en
el S. XXI los prejuicios inundan las mentes de la mayoría de las personas que no entienden cómo
una mujer puede realizarse de otro modo. Es como si nuestro sistema reproductivo nos definiera. Porque seamos honestos, sobre nosotras cae el pesado peso de esa
losa que es la creencia de que la realización de una mujer va directamente de
la mano de tener hijos y casarse. ¿De verdad nuestra labor en este mundo es
solo esa?
Cuando tenía 20 años recuerdo que conocí a una mujer soltera,
en sus 50, que estaba completamente realizada y feliz, era muy alegre y siempre estaba contenta. Yo tenía una profunda admiración hacia ella, porque no entendía como podía estar tan feliz estando soltera, (queda
constancia de que por aquel entonces yo era una dependiente emocional de manual), y con
los años, gracias a mi propia experiencia personal, a tener un pensamiento crítico, una visión más allá de la establecida, y sobre todo a escucharme, descubrí su secreto. ¡Era fiel a sí misma!, había seguido su propio camino
de vida. Ahora entiendo esa misma satisfacción y comparto esa felicidad.
Para los que seáis así, ¡ánimo! somos pocos pero no estáis solos :)
“Se cuenta que, en una ocasión, un hombre se acercó a Buda y, sin decir
palabra, le escupió en la cara. Sus discípulos se enfurecieron. Ananda, el
discípulo más cercano, le pidió a Buda:
- ¡Dame permiso para darle su merecido a este hombre!
Buda se limpió la cara con serenidad y le respondió a Ananda:
- No. Yo hablaré con él.
Y uniendo las palmas de las
manos en señal de reverencia, le dijo al hombre:
- Gracias. Con tu gesto me has permitido comprobar que la ira me ha
abandonado. Te estoy tremendamente agradecido. Tu gesto también ha demostrado
que a Ananda y a los otros discípulos todavía pueden invadirle la ira. ¡¡Muchas
gracias!! ¡Te estamos muy agradecidos!!
Obviamente, el hombre no daba crédito a lo que escuchaba, se sintió
conmocionado y apenado. “
He querido dejar esta breve parábola aquí porque me parece
de gran valor su enseñanza y creo necesaria para los momentos que vivimos.
Ofrece varias lecturas, pero yo he sacado estas de las que hablo a continuación
y quiero compartir con vosotros por si le ayuda a alguien.
Lo fácil es recurrir a la ira o a la venganza. Si aprendemos
a controlar eso y a situarnos en nuestro centro, nos volvemos poderosos, porque
podemos controlar los propios impulsos naturales humanos y nos liberamos de
ellos. Para ello recurro a algunos trucos que a mí me funcionan: ayunar, ya que
controlas el deseo de comer y cuando lo superas, te empoderas. También la práctica
de la meditación, porque ayuda a centrarnos y a relajarnos, y, por último, practicar
la bondad, la compasión y el perdón, incluso con nuestros enemigos.
Cuando se aprende a controlar los bajos instintos, se evoluciona
como seres humanos y como espíritus, y esa es la verdadera razón de nuestra existencia,
pues somos seres espirituales viviendo una experiencia física.
Hay que cultivar el amor. Cuando desprendes amor y no
juzgas, te liberas. Llegar a ese punto es difícil pero no imposible. Sobre todo,
aporta algo que no aporta la ira y la rabia que es la paz.
Una vez me preguntaron si podría enumerar las buenas
personas y malas personas que me he encontrado en mi camino y lo tuve claro. Nunca
he encontrado ninguno de los dos. Pero buenas personas cometiendo errores que
las han hecho parecer malas personas, muchas, muchas veces.
Puedo hablar con conocimiento de causa porque yo también he sufrido
injusticias y lo he pasado mal. Aunque sufrí por un tiempo, luego me di cuenta de que los que me hacían daño eran yo,
ya que no hay separación y que podía entender incluso su dolor, aunque no su
comportamiento.En el momento en que
entendí su verdadera labor a un nivel profundo, la situación cesó.
Las personas que nos hacen daño son nuestros maestros porque
nos enseñan nuestras heridas para poder sanarlas.
Aunque sea una experiencia difícil, soportar a enemigos o
personas que nos hacen daño, en realidad es una experiencia rica en aprendizaje
y de limpieza. A no ser que nos apeguemos a la revancha y al juego de hacer
daño, porque en ese caso nos crearemos más sufrimiento.
Los enemigos presentan lo que no soportas de ti, porque lo
que vemos en los otros es un reflejo nuestro. Con eso me refiero a que son los
verdaderos maestros, porque nos enseñan qué tenemos que arreglar dentro de
nosotros, y cuando se hace, desaparecen las situaciones desagradables y
nuestras heridas, el hacernos consciente de ellas, se superan.
Esta parábola además enseña que no solamente se trata de
ignorar las actitudes negativas de los demás: a veces, también puede ser bueno
no tomar en serio cuando nos elogian o nos adulan. Mantenernos distantes de
esos elogios puede ser la mejor opción para controlar el ego.
“En las próximas generaciones habrá un método farmacológico que
logrará que las personas adoren su esclavitud y servidumbre. Permitirán una
dictadura sin lágrimas y estarán contentas porque no querrán rebelarse” (Un mundo feliz, Aldous Haxley)
“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi
vida tu derecho a expresarlo” (Voltaire)
“En una época de engaño universal, decir la verdad se
convierte en un acto revolucionario” (George Orwell, autor de 1984)
Revolución
Llueve en mí.
Hay una tempestad aquí dentro
sacudiendo los cimientos de la resignación.
Algunos creen que no tengo nada que decir.
Y yo creo que lo que no tengo es que callar más.
Si no tuviera nada que decir,
no todos tendríamos una boca para hablar.
Todo el mundo tiene una opinión
o debería tenerla.
Pero en estos tiempos escasean.
No existe un precio para las ideas,
pero sin embargo se pagan y muy caras.
El rebaño lo ignora y por eso es el rebaño.
No sé hacia donde me dirijo,
pero sí sé dónde no quiero estar.
No pertenezco a este sinsentido.
El corazón y la mente se excusan demasiado.
Existe una estrecha relación entre ambos,
en un fuerte impulso por no caerse juntos.
¿Se respira bien en ti?
A mí se me va el aire
cómo se van las esperanzas.
Solo me cabe esperar en el silencio impuesto.
Lo mismo que ayer.
Lo mismo que mañana.
Mientras el deseo de libertad ruge
desde lo más profundo de mí.
Que no os confundan, no somos insolidarios, ni egoístas,
queremos ser libres.
Aunque sea en este cachito de realidad que es la mía.
"Todos los poemas nacen del amor, incluso aquellos que transmiten el mal, tienen en el fondo una forma de amor hacia el mundo" (Wislowa Szymborska)
Este es mi chico haciéndome mi comida favorita el día de mi cumpleaños. Madruga mucho para que cuando me despierte esté recién
hecha. Y yo el día de su cumpleaños, le dedico algo en mis redes, porque soy más
de escribir que de cocinar… pobrecito, qué aguante tiene...
Hoy es el cumpleaños de esta persona con quien comparto mi
felicidad.Y voy a expresar a lo que me
refiero con “compartir mi felicidad”, por si a alguien le sirve:
Somos felices juntos y también por separado. Es decir, no es
su responsabilidad ni es la mía hacernos felices, sino que se trata más bien de
un trabajo personal e individual. La felicidad solo es responsabilidad de uno
mismo. Nosotros compartimos nuestra felicidad individual cuando estamos juntos.
Y eso, a su vez, hace que vivamos en plenitud.
En cuanto a él, gracias a esta personita sé lo que es el
amor verdadero correspondido.
Le admiro porque es un hombre de palabra, todo lo que dice
lo cumple, y eso es difícil de encontrar en alguien. Es íntegro, leal,
valiente, aventurero, inteligente, divertido, y tiene un gran corazón, además de
ser un buenísimo cocinero (para mí supone un alivio ya que no me gusta cocinar
y a él le encanta hacerlo para mí) me cuida mucho, tanto, que hasta me lleva el
desayuno a la cama casi todos los días y ese es solo un detalle entre mil más.
No tiene redes sociales y no le gusta nada todo esto de
escribir sobre una fotografía. Ahí se demuestra su inteligencia y lo poco vanidoso
que es. Y es guapo a rabiar…
"Tú mismo, tanto como cualquier otro ser en el universo entero, mereces tu propio amor y afecto" (Buddha)
"Ama al prójimo como a ti mismo" (Jesús de Nazaret)
A mí
Me adentré en la indomable indefensión de ser yo.
Descubrí que soy lo que queda cuando quedo desprovista de
capas de opiniones, prejuicios y de todo lo aprendido que se supone se debe
ser.
Se me había quedado pegado formando una segunda piel.
Durante tanto tiempo me había identificado con ello y
olvidado de mi verdadera esencia.
Dilatando el inconmensurable intento de ser la mejor versión
de hija, amiga, novia, hermana, pero no podía, porque para eso primero tenía que ser la
mejor versión de mí.
Y ni tan siquiera sabía quién era yo. También era importante.
Estaba condenada primero a pensar en los demás.
Atrapada en las buenas acciones con otros que se habían convertido en obligaciones.
Me cansé de mirar siempre otros ojos.
Si tengo que amar a todos, yo también estoy dentro de ese todos, pensé.
Un día cerré los ojos y me vi. Por primera vez me encontré.
Ahí estaba yo, en medio de esa oscuridad.
Y hacía frío en mí.
No me había mirado nunca.
En esa quietud escuché lo que me decía mi corazón y el corazón nunca miente.
Esa era la oportunidad de conocerme.
Empecé a resonar con la frase “soy suficiente”.
Tenía que estar para mí como había estado para otros.
Comprobar cómo estaba mi energía, sentimientos, darme mi espacio.
Anteponer mis necesidades a los deseos de los demás.
Cultivar una preciosa relación conmigo misma.
Escuchar mis propias palabras.
Está bien ser yo. Ser vulnerable y sensible está bien. Todo está bien.
El amor entonces estaba justo ahí al lado, rasgando la superficie. Anhelando ser encontrado.