“Si hay música en tu alma, se escuchará en todo el universo” (Lao Tsé)
“La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse.” (Jonathan Swift)
6.30 A. M.: Me llamo Vero, tengo 39 años y un miedo que confesar: la alarma por las mañanas se siente como una alerta sísmica. El despertador se convierte en el enemigo número uno de la salud física; cuanto más a gusto estás, más puntual suena.
06.35 A. M.: Nunca encuentro las zapatillas de andar por casa cuando tengo prisa. Pensé que las había dejado debajo de la cama, pero ahí no están. Las habré abandonado a su suerte en el salón. Esperemos que Jim, mi perro, no se las haya comido. Es lo que tiene vivir sola: nadie va recogiendo tus errores.
9.00 A. M.: Llego tarde a la oficina por culpa del tráfico. ¿Ves? La alarma no ayuda a nada. Aunque la ponga, llego tarde igual. Nunca he sido buena calculando el tiempo. No llevo reloj y jamás me he adaptado a los horarios. O eso creo, porque llevo diez minutos mirando el mismo semáforo y juraría que no ha cambiado de color.
9.30 A. M.: El compañero pelota que la semana pasada se chivó al jefe de mis entradas tardías hoy me pregunta cómo estoy. Se lo pregunta a todo el mundo, pero en realidad nunca espera que nadie le conteste la verdad. En este entorno no se aprecia la intimidad que surge cuando realmente respondes cómo estás cuando te lo preguntan. Nadie quiere saberlo. Es solo un ritual para no tener que mirarse.
10.47 A. M.: Estoy rodeada de verdades incómodas. Me cruzo con Lourdes en el pasillo. Lleva toda la vida en el mismo departamento. Camina de forma automática, con los ojos puestos en algún punto a medio metro del suelo, como si hubiera aprendido a no levantar demasiado la vista. Desde fuera parece una esclava del antiguo Egipto, pero en lugar de cargar piedras lleva años de resignación sobre los hombros.
Por un instante me parece que lleva exactamente la misma expresión que ayer, la semana pasada y hace diez años. Como si alguien hubiera pulsado la pausa y nadie se hubiese dado cuenta. Parece que tuviera apagada su alma.
Luis, el de financiero, también se ha cruzado con ella y le ha preguntado cómo está. He escuchado la que quizá sea la peor respuesta que el ser humano ha utilizado jamás:
—De lunes...
Cada vez que alguien la usa, me produce pereza. Es insípida. Como esconderse detrás de no decir nada.
12.02 P. M.: Abro Instagram. A lo largo de los años me he dado cuenta de que soy influencer de la gente que más me odia. Resulta que luego me copian en todo: en la forma de vestir, de ser, de pensar... Hago un poco de scroll y veo las mismas caras, las mismas frases motivacionales, las mismas fotos cuidadosamente espontáneas. A veces pienso que llevo años viendo el mismo día repetirse una y otra vez. Hoy no sé si estoy mirando la pantalla o un espejo roto.
13.19 P. M.: Recibo un correo de Recursos Humanos sobre salud mental. El asunto dice: Tu bienestar nos importa. Lo leo dos veces porque no termino de creerlo. Justo los entornos que más promueven su deterioro son los que, de repente, se interesan por ella. Es la mayor de las incongruencias. Archivado sin responder.
14.14 P. M.: La mujer que me tiene envidia me mira de arriba abajo cuando me levanto a coger algo de la estantería. No dice nada. No necesita hacerlo. Ese tipo de mirada lleva subtítulos.
14.27 P. M.: Estudié Empresariales por mi familia y por eso acabé trabajando en una empresa, pero yo siempre quise ser bailarina.
No sabía que estos entornos corporativos no me producirían indiferencia, sino un rechazo visceral. Son lugares donde la hipocresía no sólo es tolerada, sino premiada; donde la máscara importa más que el talento y la forma pesa infinitamente más que el fondo. Ecosistemas llenos de mediocridad. Personas que se validan unas a otras a base de frases huecas, aplausos en LinkedIn y una retórica edulcorada que no dice nada, pero suena bien. Un teatro permanente donde lo importante no es ser, sino parecer. Todos saben que es un teatro. Y todos actúan igual.
14.39 P. M.: Abro LinkedIn. Deslizo publicaciones y tengo la sensación de haber leído algunas hace años. Quizá no sean las mismas palabras, pero sí exactamente el mismo mensaje, el mismo tono, la misma necesidad disfrazada de convicción. Voy a cerrar mi cuenta. No es una red neutra; es un escaparate identitario. Muchas personas buscan parecer coherentes, valiosas, relevantes. Se rodean de discursos correctos para sostener una imagen. Es casi una confesión involuntaria de la necesidad constante de controlar la percepción externa.
14.45 P. M.: Voy al comedor y está el mismo corrillo de siempre denigrando a personas que no están presentes. Hablan en voz baja, como si supieran que lo que dicen no se debe saber. Son los mismos que apuñalan por la espalda para ascender. Les he visto mentir, aparentar y esforzarse por parecer exactamente aquello que menos son. Yo pensaba que el colegio se había acabado, pero en la edad adulta continúa. Solo cambian los bocadillos.
15.19 P. M.: Fermín, al que acaban de ascender, me da una orden.
En esta empresa ascienden con facilidad los trepas, los pelotas, los perfiles fríos y calculadores, los narcisistas, los que saben moverse sin escrúpulos, los que pisan a los demás con tal de llegar más alto, los que llenan sus vidas vacías de reconocimientos igualmente vacíos. Llenos de codicia y liderazgo de pacotilla.
Se promociona a quienes no incomodan, a quienes no cuestionan, a quienes saben jugar el juego aunque el juego esté podrido.
Mientras habla, me distraigo mirando el reloj de la pared. Son las 15.19h. Vuelvo a mirarlo unos minutos después. Siguen siendo las 15.19h. Pienso que quizá el reloj lleve así años y nadie se haya dado cuenta. Pienso que quizá le pase lo mismo a Fermín.
16.21 P. M.: Aurora, mi compañera, me pregunta qué haré el fin de semana. La miro y pienso que para ella esta oficina no es solo un trabajo: es su mundo. He comprobado que mucha gente no tiene vida social, no tiene amigos y suple ese vacío con las personas que conoce en la vida corporativa.
Por alguna razón, tengo la sensación de que esta conversación ya la hemos tenido antes. Con las mismas palabras. En el mismo sitio. El mismo lunes.
16.39 P. M.: Se acabó.
Me he armado de valor y acabo de eliminar todos los correos de mi cuenta. He escrito una carta de baja voluntaria. La mano no me ha temblado.
Para las personas con alma sensible, con una necesidad real de coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace, aquí no hay cabida.
Durante unos segundos todo parece demasiado nítido. Como cuando sabes que algo está a punto de terminar, aunque todavía no sabes exactamente qué.
16.41 P. M.: Me levanto de mi escritorio. Estoy de pie, mirando el despacho de mi jefe. Me acuerdo de la película Matrix. Ojalá me diesen ahora la pastilla azul. Con gusto me la tomaría. Nos han vendido este tipo de vida como algo normal y yo solo quiero correr en dirección contraria.
Paradójicamente, estos entornos son los que la sociedad suele señalar como sinónimo de éxito. Sueldos altos, cargos rimbombantes, reconocimiento externo. Pisar a otros, celebrar logros vacíos. Codicia disfrazada de ambición, o el mal hacer legitimado por los resultados.
Pero, ¿a qué precio? Forrarse mientras se apaga la conciencia no es triunfar. Es desertar de uno mismo. Y eso, por muy bien que cotice, es una forma profunda de fracaso.
17.09 P. M.: Acabo de salir del despacho de mi ya ex jefe tras presentar mi baja voluntaria. No aspiro a encajar aquí. Prefiero una vida más sencilla, más vulnerable, más auténtica, aunque no aparezca en ningún ranking. Porque hay lugares donde el alma se encoge para que el ego crezca, y yo ya he elegido no vivir en ninguno de ellos.
Salgo a la calle. El aire huele distinto cuando eres libre. O quizá solo lo imagino. De momento, es suficiente.
…
06.32 A. M.: Vaya, menudo sueño maravilloso he tenido. No he escuchado la alarma. Ojalá se haga realidad. Miro el reloj: 06.32 A. M.: Dentro de unos minutos volveré a buscar las zapatillas. Llegaré tarde por el tráfico. El compañero pelota me preguntará cómo estoy. Lourdes responderá “de lunes”. Recursos Humanos enviará su correo sobre salud mental.
Todo volverá a ocurrir exactamente igual. El mismo semáforo. Las mismas conversaciones. Las mismas sonrisas fingidas. Los mismos ascensos. Me levanto de la cama. La alarma sigue sonando. Seguiré jugando mi papel.
Por ahora…
Beatriz Casaus 2026 ©


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