“Escribes poemas porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es” (Alejandra Pizarnik)
“Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos. Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.” (Alejandra Pizarnik)
Siempre he sentido una profunda admiración por Alejandra Pizarnik. No solo por su poesía, sino por esa búsqueda incansable que atraviesa cada uno de sus versos: la necesidad de encontrar las palabras capaces de nombrar aquello que parece imposible decir. Como si escribir no fuera un ejercicio literario, sino una batalla íntima contra el silencio. Un intento desesperado y, al mismo tiempo, hermoso de acercarse a lo innombrable. Quizá por eso me siento tan cercana a ella.
Desde muy pequeña he sentido que existen experiencias, intuiciones, dolores y formas de amar que el lenguaje cotidiano no alcanza. Hay emociones que desbordan las palabras y, sin embargo, seguimos buscándolas. Escribimos porque intuimos que, aunque nunca lleguemos a decirlo del todo, cada intento nos acerca un poco más a la verdad. Creo que esa es la tarea del poeta: no inventar mundos, sino descender a ellos. Adentrarse en las galerías más profundas del alma para regresar con una pequeña chispa de luz entre las manos.
Las almas sensibles solemos vivir con esa sensación de extrañeza. Habitamos un mundo que, muchas veces, no parece diseñado para nuestra forma de sentir. Todo sucede demasiado deprisa, demasiado superficial, demasiado ruidoso. Y entonces buscamos refugio. Algunos lo encuentran en la música. Otros en la pintura. Otros en el silencio. Yo lo encuentro escribiendo. La escritura ha sido, desde siempre, mi manera de respirar cuando el mundo se vuelve demasiado estrecho. Mi forma de comprender aquello que todavía no sé explicar. Porque escribir no es tener respuestas. Es aprender a convivir con las preguntas. Y cuanto mejores sean las preguntas, más se aprende.
También me conmueve la relación que mantuvieron Alejandra Pizarnik y el también escritor, Julio Cortázar. Nunca sabremos con certeza si fue una amistad, una admiración mutua o un amor silencioso que eligió permanecer en el territorio de las palabras. Tal vez no importe. Hay vínculos que trascienden las etiquetas. Lo verdaderamente hermoso es imaginar esas conversaciones entre dos personas que entendían que el lenguaje no solo sirve para comunicarse, sino también para intentar rozar el misterio de la existencia.
Vivimos, sin embargo, en una época en la que el amor parece medirse por la espectacularidad de las ceremonias en las bodas, por la cantidad de invitados, por las fotografías perfectas o por la puesta en escena. Y no puedo evitar preguntarme si, en medio de tanto ruido, seguimos dejando espacio para lo verdaderamente importante: esa conversación profunda que sucede cuando dos almas se encuentran sin necesidad de demostrar nada a nadie.
***Nota astrológica: Me refiero, por ejemplo, a la reciente boda de Taylor Swift (Sagitario) con el jugador Travis Kelce (Libra), quienes, eligieron celebrar su enlace en el multitudinario y poco romántico Madison Square Garden de Nueva York. Por supuesto, les deseo toda la felicidad del mundo, pero no puedo evitar mirar estas cosas también desde la perspectiva astrológica. Creo que, en este sentido, no han estado tan bien asesorados como Dua Lipa, que eligió casarse bajo la influencia de la reciente conjunción de Venus y Júpiter. Taylor y Travis, en cambio, han decidido darse el “sí, quiero” bajo una conjunción prácticamente exacta de Marte y Urano en Géminis, acompañada además por Mercurio retrógrado en Cáncer. Tratándose justamente de configuraciones mucho más imprevisibles y menos auspiciosas. Ojalá me equivoque (la astrología habla de tendencias, no de sentencias), pero, si tuviera que hacer una lectura de esa carta para el día de su boda, no sería de las que invitan precisamente a pronosticar un camino especialmente tranquilo para la pareja. Por otro lado, Pizarnik era Tauro y Cortázar, Virgo, de ahí la inmediata atracción mutua y su discreción para llevar su relación, fuera la que fuese. ***
Quizá por eso sigo creyendo que la poesía continúa siendo necesaria. Porque mientras el mundo corre hacia afuera, ella nos invita a descender hacia dentro. Nos recuerda que todavía existen lugares donde el alma puede respirar sin prisa, donde el silencio no incomoda y donde las palabras dejan de ser simples sonidos para convertirse en pequeñas lámparas encendidas en mitad de la oscuridad.
Hoy no quiero extenderme demasiado. Estamos en pleno mes de julio y es tiempo de descansar y de bajar el ritmo. Os dejo con mi último poema, profundamente inspirado por esa forma de habitar el lenguaje que tanto admiro en Alejandra Pizarnik. Espero que, al leerlo, encontréis alguna palabra que también os estaba esperando.
¡¡Un fuerte abrazo!!
Excavar el silencio
Cavo palabras
con las manos desnudas.
Las arranco
antes de que vuelvan
a no pertenecerle a nadie.
Permanecen suspendidas,
como vetas invisibles
en la roca del universo,
esperando
a quien acepte perderse
para encontrarlas.
Yo solo soy
el accidente de su descenso.
Las bajo desde ese lugar
donde todavía no existen los nombres
y las golpeo,
torpe,
contra el yunque de mi lengua.
Qué desmesura
creer que una palabra
puede soportar un alma.
Las moldeo
con esta precaria soberbia
de quien juega a ser dios
sin haber aprendido aún
a crear una sola brizna de hierba.
Vivo en el mes del olvido.
Todavía soy guaje
de este oficio antiguo.
Cada poema,
me deja los dedos abiertos,
como si la memoria
fuera cuarzo
y hubiese decidido resistirse.
Nadie preparó
la entibación
de estos recuerdos.
Cada galería
amenaza derrumbe.
Nací
para reconocer
las corrientes profundas,
pero solo se me mostró
a recorrer
los túneles superficiales
como si la luz
fuera un accidente
y no el destino.
Salgo cada mañana
igual que un minero.
Beso a quienes amo
con la discreta sospecha
de no regresar.
Nunca se sabe
qué veta esconderá grisú,
qué silencio
hará estallar el pecho.
Con pico y pala
desmenuzo la realidad.
La separo como quien aparta
la mena del estéril.
Y, sin embargo,
cuanto más excavo,
menos comprendo.
Nos educaron
para respirar
bajo tierra.
No a volar.
Para aceptar
que el horizonte
es solo el techo
de otra galería.
Pero yo digo:
¡Abrid las ventanas!
Si vamos a amarnos,
hagámoslo con la insolencia
de quienes conocen
el oxígeno.
Porque ningún cielo
se construye
desde el fondo
de un socavón.
Y luego están
los que no han descendido
hasta su propio infierno.
Los que no se conocen.
No existe criatura
más peligrosa que esa.
Quien nunca ha escuchado
el eco
de sus propios derrumbes.
Excavo cavidades paralelas
para encontrarte
en estas profundidades.
Tal vez
el amor
no sea otra cosa
que dos galerías
que avanzan a oscuras
esperando,
contra toda lógica,
abrirse la una en la otra.
Pero hay minerales
que jamás cristalizan juntos.
Y filones que exigen
renunciar
a toda la montaña.
Y riquezas,
que ninguna escombrera
podrá ocultar.
Yo vivo
en la sencilla
profundidad de amar.
Lo extraordinario
es que muchos
la consideran
demasiada honda
para llamarla sencilla.
Sigo descendiendo.
No busco oro.
Me vale el barro.
Busco
esa palabra
que aún respira
bajo toneladas
de escombro
y silencio.
Y cuando la encuentro,
comprendo
que la oscuridad
nunca fue mi cárcel.
Era la mina
donde aprendía
a fabricar
mi propia luz.
Beatriz Casaus 2026 ©


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