“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Jesús de Nazaret. Juan 8,12)
“La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”. (Jesús de Nazaret. Juan 3,19)
Se acerca Halloween y este año me he propuesto compartir mi visión sobre esta celebración, con la esperanza de que, al menos, alguien se detenga a reflexionar y se plantee si realmente quiere celebrarla o simplemente lo hace por costumbre, sin cuestionarse nada más. Si consigo despertar esa reflexión, aunque sea en una sola persona, para mí ya habrá merecido la pena escribir esto. Será todo un triunfo y me daré por satisfecha.
Me pregunto si somos realmente conscientes de lo que celebramos o simplemente participamos en aquello que la sociedad y la industria del entretenimiento nos ponen delante sin cuestionarnos absolutamente nada. Una cosa es divertirse, disfrazarse y disfrutar de una fiesta, y otra muy distinta es conocer el trasfondo espiritual de aquello en lo que estamos participando, porque cuando es así, quizá ya no lo volveríamos a hacer. Parece que basta con ponerle la etiqueta de “diversión” a cualquier cosa para que automáticamente quede exenta de reflexión o responsabilidad. Considero que hay determinadas celebraciones cuyo trasfondo merece ser examinado antes de sumarnos a ellas alegremente.
Halloween es una celebración de antiguas tradiciones paganas. Etimológicamente, su nombre procede del inglés All Hallows' Eve, que significa literalmente “víspera de Todos los Santos”. La palabra hallow está relacionada con lo santo o sagrado, mientras que eve significa víspera. Una celebración cuyo nombre hace referencia a la santidad pero que, sin embargo, en su versión contemporánea se ha convertido en una exaltación estética de la muerte, los demonios, las brujas, los espíritus malignos, los cadáveres y todo aquello que tradicionalmente se ha asociado con las tinieblas.
Mucho antes de que Halloween se convirtiera en una fiesta comercial, los antiguos pueblos celtas de Irlanda y otras regiones celebraban el Samhain, una festividad que marcaba el final de la temporada de cosechas y el comienzo de la mitad oscura del año. La palabra Samhain proviene del irlandés antiguo y significa “final del verano”. Para aquellos pueblos, los cambios estacionales no eran simples acontecimientos meteorológicos, sino que tenían un significado simbólico y religioso. Según las tradiciones irlandesas transmitidas posteriormente, Samhain era también un momento en el que la frontera entre el mundo de los vivos y el “otro mundo” se volvía especialmente permeable, de manera que los seres sobrenaturales podían aproximarse al mundo humano.
La gente se disfraza de demonios, representan escenas de muerte, decoran sus casas con cadáveres y esqueletos y reproducen imágenes de terror sin detenerse a pensar en lo que simbolizan. Todo ello bajo una justificación de que es inocente, porque es “solo una fiesta”. A mí, personalmente, me parece que hemos perdido buena parte de nuestra capacidad de discernimiento, porque una cosa es conocer y respetar las tradiciones de otras culturas y otra muy distinta es participar en ellas sin comprender su significado.
Los símbolos transmiten ideas, incluso cuando hemos olvidado su significado original. Una cruz no es simplemente dos líneas que se cruzan, así como una bandera no es únicamente un trozo de tela. Tienen un significado por aquello que representan. ¿Por qué, entonces, cuando hablamos de Halloween debemos fingir que sus símbolos no significan absolutamente nada? La iconografía de esta celebración gira alrededor del miedo, la muerte, los monstruos, la brujería, los demonios y el terror. Por supuesto, una persona puede utilizar esos elementos sin creer en nada sobrenatural, pero eso no elimina su significado, ni su alcance.
En el pasado sí lo celebré y me disfracé, pero hace años que soy consciente de lo que implica. Ya no encuentro ninguna necesidad de celebrar la oscuridad, aunque sea desde la parodia. Si todo el mundo pudiera ver y sentir las energías como algunas personas lo hacen o percibimos, quizá se replantearían esta celebración. Tal vez ni siquiera participarían en ello, porque no todo aquello que parece un juego carece de consecuencias en el plano energético. Hay quienes sostienen, entre los que me incluyo, que determinadas prácticas, rituales e invocaciones pueden favorecer el contacto con lo se que denominan energías densas, entidades del bajo astral o influencias espirituales negativas. Participar deliberadamente en estas prácticas equivale a abrir una puerta a ello. Y aunque es importante distinguir entre disfrazarse y realizar un ritual de invocación, porque evidentemente no son lo mismo, desde mi sensibilidad espiritual prefiero no trivializar ninguna práctica relacionada con aquello que considero oscuro. Porque que no lo veas no significa que no exista. Yo no pretendo demostrar científicamente que existen portales sobrenaturales que se abren automáticamente cada 31 de octubre, pero sí que sé que se producen y que ese día el velo entre los dos mundos es mucho más fino.
Por eso, las corrientes ocultistas y satanistas que son buenas conocedoras de este conocimiento, aprovechan ese día en concreto para realizar los peores rituales. Es su día de celebración por antonomasia. Anton Lavey, el máximo satanista contemporáneo, dijo que es un culto al diablo. Hay un testimonio del ex-líder de la iglesia satanista South African Satanic Church en Sudáfrica, Riaan Swiegelaar, que advierte sobre la importancia de no festejar ni participar en Halloween. Anunció públicamente su abandono de esa organización en 2022 debido a una experiencia que interpretó como un encuentro con el amor de Cristo, y por la que se ha unido al Cristianismo desde entonces. En uno de esos testimonios, que conviene escuchar, dice textualmente que “se alegraban mucho que, una vez al año, los niños celebraran el mal.” También advierte que el simple hecho de que alguien se disfrace o festeje ese día, es una invitación para esas entidades en la vida de las personas que lo hacen. Me hace gracia que cuando hablo de esto con la gente me digan: “Ay, no hables eso, que me da miedo”. Pero luego no les da miedo todo lo que se ve durante ese día. Si de verdad fueran conscientes de lo que acarrea, sí que les daría auténtico miedo.
Me parece especialmente preocupante la facilidad con la que hemos normalizado que los niños se disfracen de demonios, cadáveres ensangrentados o figuras relacionadas con el mal. ¿Realmente necesitamos familiarizar a los más pequeños con toda esa estética para que se diviertan? También según Riaan Swiegelaar, si dejamos que los niños participen en ello, porque es lo que todo el mundo hace ese día, estamos permitiendo que esas entidades se cuelen en sus vidas. Así de importante es esto. Podemos hacer como que esto no ocurre y seguir celebrándolo, o podemos hacer algo con esto que sabemos.
Por su parte, la Iglesia católica celebra el 1 de noviembre la solemnidad de Todos los Santos y el 2 de noviembre la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Son fechas dedicadas a la esperanza en la vida eterna y la memoria de quienes han fallecido. Es un marcado contraste con una celebración comercial qu convierte la muerte en espectáculo y el miedo en entretenimiento. Mientras una tradición invita a recordar a los muertos desde la oración, la esperanza y el recogimiento, la otra apuesta por una estética macabra que, personalmente, no encuentro edificante. No deja de resultar paradójico que una fecha cuyo nombre significa “víspera de Todos los Santos” haya terminado identificándose principalmente con demonios, monstruos y películas de terror. No estoy diciendo que todas las personas que celebran Halloween estén rechazando conscientemente los valores cristianos, porque sería absurdo atribuir semejante intención a millones de personas que simplemente quieren divertirse, pero sí que desconocen el significado que ello implica.
Halloween también es un negocio. Mueve una enorme industria de disfraces, decoraciones, películas, espectáculos, fiestas y productos comerciales. Cada año se multiplican las campañas publicitarias, los escaparates se llenan de esqueletos y las redes sociales se inundan de imágenes macabras. Todo perfectamente empaquetado, comercializado y presentado como diversión. Y, por supuesto, quien cuestiona algo de esto corre el riesgo de ser considerado exagerado, anticuado o demasiado espiritual. Pero a mí nunca me ha preocupado especialmente ir a contracorriente. Lo que me llama la atención es nuestra facilidad para aceptar determinadas costumbres sin preguntarnos de dónde vienen, qué representan o por qué sentimos la necesidad de participar en ellas.
Llevo muchos años sin celebrarlo y no, no es porque no me guste divertirme ni disfrazarme. Todo lo contrario. Me encanta. Precisamente hago fiestas de disfraces en otros momentos del año. Pero creo que podemos divertirnos sin necesidad de recurrir a representaciones del mal. También creo que vivimos en una sociedad que ha confundido la libertad con la ausencia absoluta de discernimiento. Que una costumbre sea multitudinaria y se presente como inocente no la convierte automáticamente en inocua. No pretendo imponer mis creencias a nadie. Cada persona es libre de celebrar aquello que considere oportuno, pero en mi caso, el 31 de octubre es una noche en la que percibo mucha densidad ambiental que no me resulta agradable. Sé que se trata de una experiencia personal y no de una realidad demostrable para los demás, pero he aprendido a respetar mis propias percepciones.
Yo prefiero dedicar esos días a recordar a quienes ya no están y honrar su memoria. Prefiero la luz al miedo, la belleza a lo macabro, la conciencia a la costumbre y el discernimiento a la imitación colectiva. Cuando alguien me diga que Halloween es simplemente una fiesta inocente, espero que en algún momento descubra lo que esconde en verdad. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Yo, desde luego, lo tengo claro. Este 31 de octubre, no cuenten conmigo.
Beatriz Casaus 2026 ©

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