"The planet does not need more succesful
people, the planet desaperately needs more peacemakers, healers, restorers,
storytellers and lovers of all kinds." (Dalai Lama)
"The more real you get, the more
unreal the world gets." (John
Lennon)
Beber para recordar
Vino
para los demás agua
para mí los
vicios siempre ocultos son
los míos, vivo
desde dentro el
mundo está afuera y
no llego a él, un
pacto entre lujuria y trabajo: prostituyo
mi alma con
cada salario. Dudas
con el vaso de agua, ¿puede
más la sorpresa del encuentro que
el mismo encuentro, puede
más mi vaso medio lleno que
el propio agua? Miles,
cientos de voces que idealizan un trago. Hay
bebidas que curan bebidas
que calman la sed, poco
alcohol cura las heridas ajenas las
otras no se curan porque
no están al descubierto. Nadie
niega una flor delante de nadie pero
sí un abrazo, nadie
bebe para olvidar sino
para recordar lo que es estar alegre.
El
ser humano es un ser de costumbres Todos
los días el mismo
recorrido con el mismo
trayecto a la misma
velocidad por el mismo
camino para ir al
mismo sitio sentarte en
el mismo puesto saludar a las
mismas personas del mismo modo hablar de las
mismas cosas con el mismo
tono para hacer lo
mismo a la misma
hora y comer lo
mismo en la misma
mesa con los
mismos cubiertos para seguir
haciendo lo mismo ir a la
misma casa por el mismo
recorrido ponerte la
misma ropa ver lo mismo escuchar lo
mismo hacer el amor
en la misma postura con la misma
persona dormir del
mismo modo ducharse a la
misma hora con la misma
duración y misma
cantidad de agua colocar las
mismas cosas del mismo modo en el que
estaban celebrar lo
mismo pensar lo
mismo desear lo mismo
que los demás poner el
despertador a la misma hora y hacer lo
mismo que el día anterior para tener sensación de seguridad y confort.
"El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega, perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará falta" (Pablo Neruda) A continuación os dejo con un poema de la fabulosa escritora mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) y más abajo, con uno mío escrito desde ese espacio vacío desde donde uno se deshace de todo y le da por escribir :)
Autorretrato
Yo soy una
señora: tratamiento arduo de conseguir,
en mi caso, y más útil para alternar con
los demás que un título extendido a mi
nombre en cualquier academia.
Así, pues, luzco mi
trofeo y repito: yo soy una señora.
Gorda o flaca según las
posiciones de los astros, los ciclos
glandulares y otros fenómenos
que no comprendo.
Rubia, si elijo una
peluca rubia. O morena, según la
alternativa. (En realidad, mi
pelo encanece, encanece.)
Soy más o menos
fea. Eso depende mucho de la mano que
aplica el maquillaje.
Mi apariencia ha
cambiado a lo largo del tiempo aunque no tanto como dice Weininger que cambia la
apariencia del genio. Soy mediocre. Lo cual, por una
parte, me exime de enemigos y, por la otra, me
da la devoción de algún admirador
y la amistad de esos hombres que
hablan por teléfono y envían largas
cartas de felicitación. Que beben
lentamente whisky sobre las rocas y charlan de
política y de literatura.
Amigas... hmmm... a
veces, raras veces y en muy pequeñas
dosis. En general, rehuyo
los espejos. Me dirían lo de
siempre: que me visto muy mal y que hago el
ridículo cuando pretendo
coquetear con alguien.
Soy madre de
Gabriel: ya usted sabe, ese niño que un día se
erigirá en juez inapelable y que acaso,
además, ejerza de verdugo. Mientras tanto lo
amo.
Escribo. Este
poema. Y otros. Y otros. Hablo desde una
cátedra. Colaboro en
revistas de mi especialidad y un día a la
semana publico en un periódico.
Vivo enfrente del
Bosque. Pero casi nunca vuelvo los
ojos para mirarlo. Y nunca atravieso la calle
que me separa de él y paseo y respiro y
acaricio la corteza rugosa
de los árboles.
Sé que es
obligatorio escuchar música pero la eludo con
frecuencia. Sé que es bueno ver
pintura pero no voy jamás a
las exposiciones ni al estreno
teatral ni al cine-club.
Prefiero estar
aquí, como ahora, leyendo y, si apago la luz,
pensando un rato en musarañas y
otros menesteres.
Sufro más bien por
hábito, por herencia, por no diferenciarme más
de mis congéneres que por causas
concretas.
Sería feliz si yo
supiera cómo. Es decir, si me
hubieran enseñado los gestos, los parlamentos,
las decoraciones.
En cambio me
enseñaron a llorar. Pero el llanto es en mí un
mecanismo descompuesto y no lloro en la
cámara mortuoria ni en la ocasión
sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se
quema el arroz o cuando pierdo el último recibo
del impuesto predial.
(Rosario Castellanos)
Lejos fuera deti
Es mi piel quien proclama ser una cadena de tus muslos. Me consuelo explotando en tus brazos, qué otra cosa puedo hacer. Ya no hay nada en mí que sea árido. Esta égida es lo que soy, antes que eso una puerta condenada a estar cerrada. Mi cuerpo ha sido robado de mí, expuesto a comentarios de mujeres a miradas y manos de hombres y a juicios críticos
de mi mente. Nunca fue mío pero tampoco de otros, ahora lo sé. En ti ya no hay camino por recorrer entro y salgo sin medida sin la culpa que tiene prisa por irse vuelvo hacia atrás y comienzo donde termina tu espalda y allí me puedo perder sin estar confundida, como estar en casa por un
rato. Son mis tobillos los que resisten de pie por muchas razones y mis piernas las que sólo saben andar hacia delante por puro impulso. Son los sueños, las ilusiones mi único combustible para ellas. Dos cuerpos unidos, atados el uno por el otro no pueden ser destruidos ni estigmatizados por nadie, no hay rivalidad en sus diferencias sólo un gran
concierto. Todos buscan su sitio en sus cuerpos, pero de una u otra forma acaban dirigiéndose contra ellos mismos sin saber que habitan un paréntesis. Si nunca te hubiera conocido nunca te hubiera tocado, olido, sentido, mirado,
¿¿entiendes?? ¡tengo que devolverle este favor al destino! alrededor de tu cuello establecí mi órbita sin principio ni fin por eso no me ves cuando me acerco, porque estoy tan lejos como cuando estoy fuera de ti. Éramos tres, yo, tú y la vida entre nosotros, y nosotros nos dedicábamos a leerla juntos.
"Todo aquel que no viva por encima de sus posibilidades sufre de falta de imaginación" (Óscar Wilde) "Yo soy revolucionario. No hay verdadero poeta que no sea revolucionario. " (Federico García Lorca)
Ventanas de mar
Levanté
mis dedos hacia el cielo alcé
la voz hasta devorármela, grité:
¡¿Qué hay en mí que no puedo
mirar?!
no
hubo respuesta en ese tiempo.
Me
desarmé de mis vestiduras, sin
mi nombre y creencias enfrenté
al mar.
Humedecí
mis labios sedientos
de vida, pero
su agua salada en sudor de lágrimas sólo
me provocaba más sed .
Descubrí
una nueva clase de néctar para
aquellos que
no tienen precipicios desde
donde saltar, la
comodidad.
Respiré
de esa marisma, como
ella me respiró a mí, intenté
convertirme en aquel océano, pero
me ahogaba. El
olor a algas y a sal impregnaron
mis pesadillas. Me
agarré a las únicas palabras que conocía bien:
No
es otra cosa lo que sucede, es
la belleza lo que no sucede.
Hay
diques de contención emanando
silencio a borbotones por
un corazón huidizo, plantillas
decoradas en
la práctica del día a día, la
rutina que llega sin remedio. Tiene
color de ceniza, color
de bosque derrotado de
roble hecho añicos. Es
el mismo suelo que arrancado de
sus cimientos echa
a andar.
Es
la espera sin sustancia, su
último refugio, lo que no llega, lo
que no avanza, lo que espera, en
esta ilusión gris fuera de Dios.
Consiste
en abrir una rendija a
través de la cual se pueden observar los
asuntos que nos ocupan a todos. Los
mismos miedos, las mismas dudas, los
mismos sueños. Los
que van y los que vienen, que
son lo mismo desde diferentes entradas. Una
salida no es sino una entrada
hacia
otro lado, lo
único que permanece, es
todo lo que no arrastra al abismo.
La
belleza debería quitarse de en medio
una
temporada, tengo
la profunda convicción de
que con ella no va la cosa. De
que es una ilusión, de que no hace medrar, y
de que nos mantiene distraídos.
"Quien no encaja en el mundo, está siempre cerca de encontrarse a sí mismo" (Herman Hesse)
Libre
Sólo cuando escribo, y mis manos se hacen alas y la poesía me hace libre. Libre, sólo cuando canto, y mi voz se funde con el aire y la música me hace libre. Libre, sólo cuando no pienso, y mi corazón habla despacito y la verdad me hace libre. Libre, sólo cuando bailo, y mi cuerpo pierde su forma y el movimiento me hace libre. Tan libre, como cuando tengo la oportunidad de ser feliz sin más razón que la de estar vivo. Tan libre como eso.
Estábamos callados, él miraba a la ventana yo le miraba a él. Tomé un respiro e incliné la balanza a favor de los dos. “No veas en mí sólo lo malo” le dije, y tuvimos el valor de equivocarnos una y otra vez.
Se produjo un cambio en la ruta trazada, un individuo se alejó del camino convencional por otro más atrevido y poco transitado.
Se acercaba la treintena en el horizonte y la losa del matrimonio y la familia le perseguían mientras se sentía más lejos de ellos que nunca. La gente rígida y apegada a las normas le tildaban de inmaduro e inestable, como si no cambiar de rumbo fuera sinónimo de inteligencia.
Siguió sin baluartes impuestos ajenos a su ser más que a los que nacían de su alma. Su devenir era incierto visto desde fuera pero gracias a ir a la deriva, encontró milagrosamente el paraíso perdido más allá de las tierras del Norte. Fue inmortal.
Cerró los ojos. Pocas cosas había hecho bien en la vida, y
de esas pocas cosas, sólo se acordaba de unas cuantas y de otras muchas que le
atormentaban.
Entró en un bosque frondoso donde las hojas estaban
envueltas unas de otras, colmadas de un impetuoso oleaje de diversos colores. El
viento las tambaleaba provocando una mayor sensación de mareo debido a unos escasos
metros de aire confinados en una vasta bruma vegetal. Toda aquella hojarasca
debajo de sus pies le parecía inútil y ruidosa. Anduvo un largo rato intentando
ignorar los chasquidos de las hojas quebrándose a sus pies, pareciéndole un homónimo
de su existencia en la que un día, como ellas, vivió en las copas de los
árboles y en un abrir y cerrar de ojos cayó desde allí y sucumbió a la ignota
aceptación de una vida tendida en el suelo, junto a otras hojas anónimas,
rendidas a los pies de una sociedad incoherente.
Mientras miraba hacia abajo, descubrió unas piedrecitas
colocadas unas tras otras de forma consecutiva que hacían de trincheras para
protegerde las inclemencias
climatológicas a los insectos que se escondían debajo de ellas. Las siguió como
un sendero improvisado y pronto desembocó en uno más ancho y natural que aun
desconocido, pensó que le llevaría sin duda a cualquier otro lugar mejor. Tomó
el camino, decidido, con la impronta de dejar atrás aquel bosque recóndito sin
un ápice de luz.
Entonces el cielo se presentó tímido encima de él, y un
brochazo de rayos de sol pintó de colores cálidos el paisaje. Aquello le hizo
sentir pequeño, tan pequeño como los insectos que se escondían bajo las
piedrecitas y se dio cuenta de que quizás todo fuera una cuestión de perspectiva, para
los humanos, los insectos parecían diminutos y para el cielo, los humanos. Caminó
sin rumbo, balbuceando en su cabeza, donde se sentía intruso de sus propias
ideas, y al cabo de un buen rato vislumbró
una pequeña figura que agitaba las manos en el aire estrepitosamente.
Estaba cansado pero aquella figura que le saludaba para que
se acercara era la primera persona que veía desde hacía mucho, lo que
le colmó de ilusión, así que se apresuró a su encuentro sin dudarlo. Se
trataba de un niño de corta edad, enjuto y descuidado que llevaba rotas sus
vestiduras y andaba descalzo. Cuando apenas le quedaban escasos metros para
encontrarse, el niño corrió a abrazarle cálidamente de forma tan familiar que
pareciese que se conocieran de toda la vida. La primera pregunta que le hizo no
fue ni cómo se llamaba, ni cómo había llegado hasta allí, sino cuánto tiempo
había pasado desde la última vez que se habían hablado. Él no entendió nada,
pero pensó que sería mejor no desilusionar al pequeño confesándole que no le
había visto en su vida y prefirió seguir su juego dejándose encandilar por su
cercanía. Tenía una voz delicada, casi como la de una niña de su misma edad, sus
manos eran suaves y su cabello era del mismo color que el de él. El niño no le
apartaba la vista ni un momento, sus ojos estaban ávidos por mirarle, como si
estuviera ansioso por estar a su lado y no quisiera perder ni un momento en
gozar de su compañía. Le ofreció frutos sabrosos que le saciaron al instante de
tomarlos, frutos que no habría visto de no haber sido por él y le guió con
maestría por aquellas tierras que pareciesen no tuvieran fronteras. Caminaron
de la mano hasta que llegaron a una pradera coloreada del color del ímpetu de
la libertad de los campos salvajes, donde ningún humano había llegado antes, ni
sus flores habían sido presenciadas por ningún ojo que las juzgara. Corrieron y
jugaron hasta extenuarse. El tiempo ni siquiera pasó o al menos no tuvo
conciencia de élhasta que los músculos
de sus mofletes y estómago delataban que se habían pasado el día entero riendo.
Había vuelto a su más tierna niñez con aquel extraño adorable que hablaba poco
y que mostraba una gran falta de afecto.
La felicidad era palpable como las hierbas y los árboles que
abrazaban, cuando de pronto le invadió una sensación de despedida, como si no
se sintiera merecedor de tal despliegue de chorros de dicha. Buen conocedor de que
las cosas buenas suelen durar poco, se acercó a su nuevo amigo y agachándose le dió un beso en la frente. El niño no lograba concebir esa sensación,
pero colmado de nostalgia, le miró articulando unaúltima pregunta: “¿Cuándo volverás?”
Abrió los ojos. Percibió el olor a café tanto como a sus mismos errores,
de vuelta a su querencia por los tropiezos habituales y al ruido de la calle. Se tranquilizó pensando en el
verde intenso de la pradera donde había jugado y donde se había sentido más auténtico que nunca. Tenía la sensación de querer a ese niño con frescura, sin sentimentalismos gratuitos, desde la certeza innata de quien ha recibido un diagnóstico y se sentió confundido. Nunca
había tenido hijos, ni siquiera no legítimos, por lo que aquel niño al que ansiaba volver a ver sólo podía
ser una persona, su más cercano extraño,
Se le preguntó al Buda: "¿qué has ganado con la meditación?él respondió, nada. Sin embargo te digo que he perdido la ira, la ansiedad, la depresión, la inseguridad y el miedo a la muerte".
Sinónimo
Prefiero más al sinónimo que al antónimo, sinónimo de amor, diligencia, de humildad y templanza, de acercarme, de querer parecerme a la caridad y la generosidad, de ser análogo a lo
que aprecio que representar su contrario. Vicio, ira, soberbia, avaricia o la tan practicada envidia, también son sinónimos, de rémoras hacia la dicha. Prefiero amar el bien y no odiar el mal, luchar contra algo lo hace más fuerte. Como el médico que lucha contra la enfermedad, en vez de estudiar la salud. Los antónimos, son heridas que han sido sangradas varias veces, llevan al desconsuelo sucedáneo de la tristeza quien vecina de la dicha se aproxima a convertirse en consuelo de los masoquistas, trayéndoles más razones para estar mal. De tanto perdonar soy sinónimo de olvido en alerta, entre siendo y sintiendo más allá del espacio que existe entre ambos. Mi sinónimo es el espejo que se convierte en la imagen de la búsqueda de una mujer sin mácula. Y mientras tanto el gran oxímoron: estar muerto vivo o tener una vida
Soy cómplice de mi amante, él sólo quiere mi cuerpo y yo, yo disfruto con el placer que me da, tan esclava del vicio como tú porque, ¿qué es más pecado, practicarlo o desearlo? Yo confieso que he pecado, pues estoy tan lejos de la virtud como tan cerca de la lujuria y sin embargo, ¿no son las dos caras de una misma moneda? ¿no es mi debilidad, una parte también de lo que soy? Mi sombra, no puede existir sin la luz que la origina, así como el pecado, es la sombra de la virtud. Tarea hercúlea es sacarlo a la luz, yo confieso que he pecado,