miércoles, 29 de julio de 2026

El verdadero rival nunca está fuera

 "Nadie es libre si no es dueño de sí mismo." (Epícteto)

"El que domina a los demás es fuerte; el que se domina a sí mismo es poderoso." (Lao Tsé)

"Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta." (Viktor Frankl)

"Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro." (Santiago Ramón y Cajal)


                                


Hace unas semanas estuve, junto con mi pareja y unos amigos, en una competición nacional de IPSC, una modalidad deportiva de recorridos de tiro con pistola, en este caso de calibre 9 mm. Las competiciones y, en general, el mundo del tiro deportivo son un entorno en el que se combinan la concentración, la técnica, la precisión, la rapidez y, sobre todo, la capacidad para gestionar la presión. Cualquier pequeño error en alguno de estos aspectos puede traducirse en una peor puntuación, por lo que aprender a controlar las emociones resulta tan importante como dominar la propia técnica. El tiro deportivo no consiste únicamente en acertar al blanco. En realidad, es una práctica constante para aprender a dominarse a uno mismo. Y creo que ocurre lo mismo con cualquier disciplina deportiva. El ejercicio físico no solo fortalece el cuerpo; también pone a prueba nuestro carácter, paciencia, humildad y nuestra capacidad para gestionar la frustración. Por eso considero que el deporte es uno de los mejores maestros que existen, porque, más que enseñarnos a vencer o competir contra otros, nos enseña a vencernos a nosotros mismos. Mi rival siempre soy yo en cada ejercicio y mi objetivo es solo mejorar mi marca. 

Más allá de la competición en sí, hubo algo que llamó especialmente mi atención: la forma en la que algunas personas reaccionaban cuando las cosas no salían como esperaban. Uno de los participantes, al darse cuenta de que los ejercicios no le estaban saliendo como él quería, se enfadó tanto que decidió abandonar la competición alegando que se encontraba mal. Fue evidente que no era un problema físico, sino la incapacidad de aceptar que ese día no estaba rindiendo al nivel que esperaba de sí mismo. Pero no fue un caso aislado. Otros competidores que tampoco estaban obteniendo buenos resultados comenzaron a enfadarse, a perder los nervios e incluso a mostrarse agresivos con quienes les rodeaban. Y entonces pensé lo importante que es la gestión de las emociones,y también que en realidad, aquello no iba de una competición de tiro. Iba de las personas. Porque las personas no se definen cuando todo les sale bien. Se definen cuando las cosas no salen como esperan. Cómo actúan y reaccionan entonces.

Hace poco vivimos otro ejemplo parecido durante el Mundial de fútbol. Me refiero a la actitud de algunos jugadores de la selección argentina durante determinados momentos de la final. Más allá del resultado deportivo, hubo acciones como provocaciones, faltas innecesarias, gestos de desprecio, violencia verbal y física o comportamientos alejados de los valores que deberían representar al deporte. No pretendo juzgar a un equipo entero ni cuestionar su mérito deportivo. Mi reflexión va mucho más allá del fútbol. Lo verdaderamente interesante no es quién gana o quién pierde, sino cómo se comporta cada uno cuando siente que está bajo presión, cuando el miedo a perder aparece o cuando el ego toma el control. Porque todos, absolutamente todos, mostramos quiénes somos cuando la vida nos coloca delante de una situación incómoda.

Muchas veces creemos que nuestro verdadero enemigo está delante de nosotros: el rival, el compañero de trabajo, la persona que te odia, el político, el vecino o el que piensa distinto. Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que el verdadero rival nunca está fuera. Está dentro. La persona que aprende a dominar sus impulsos siempre será más fuerte que aquella que necesita recurrir a los insultos, a las malas palabras, a la violencia o a la humillación porque no soporta que alguien haya sido mejor que ella en un determinado momento. Cuando uno pierde el control de sí mismo, en realidad ya ha perdido la partida.

El libro "El arte de la guerra", de Sun Tzu, es un referente en este sentido. No es solo un libro sobre estrategias militares. En el fondo habla de algo mucho más profundo: la conquista de uno mismo. Cuando afirma: "Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro", parece estar recordándonos que la mayor batalla de nuestra vida no sucede fuera, sino dentro. No luchamos realmente contra el rival que tenemos delante, sino contra el orgullo cuando nos hieren, contra la ira cuando nos frustran, contra el miedo cuando creemos que vamos a perder y contra ese ego que necesita tener siempre la razón. Esa es la única guerra que todos hemos venido a librar y, al mismo tiempo, la única que merece la pena ganar.

Siempre he creído que cada persona entrega al mundo aquello que lleva dentro. Quien vive en paz transmite paz. Quien vive con miedo transmite miedo. Quien vive con rabia acaba repartiendo rabia. Y quien utiliza la violencia para responder a aquello que considera injusto no hace más que demostrar el nivel de conciencia desde el que está actuando. En el momento en que respondemos desde la agresividad dejamos de tener razón, aunque la tuviéramos antes. Descendemos al nivel más primario del ser humano, donde ya no gobierna la conciencia, sino el impulso. A nadie le gusta rodearse de ese tipo de persona. Ninguna falta se defiende con violencia. Quien responde con violencia muestra el tipo de persona que es. 

A veces, cuando uno conduce, y más en un país donde la educación al volante no siempre destaca, termina siendo el destinatario de algún insulto o gesto de desprecio. Recuerdo una ocasión en la que una persona me gritó con una ira desproporcionada. Lo curioso no solo fue su reacción, sino la mía. Me observé por dentro y descubrí que no me había afectado en absoluto. Fue como si esa persona me hubiera dicho: "No me gusta tu pelo azul." Como yo no tengo el pelo azul, era imposible sentirme identificada con esa afirmación. Lo mismo ocurría con su reacción: no hablaba realmente de mí. En ese momento comprendí que para reaccionar con semejante nivel de agresividad por una situación tan insignificante, esa persona debía de estar librando una batalla mucho más profunda dentro de sí. Aquella explosión de ira no nacía de mí; nacía de todo lo que llevaba acumulado en su interior. Simplemente había coincidido con esa persona en el momento en que necesitaba descargar ese peso. Entendí que el problema no era yo, sino su mundo interior. Cuando uno sabe quién es, deja de apropiarse de las emociones ajenas. Los insultos dejan de ser flechas que nos atraviesan para convertirse en un reflejo del estado emocional de quien los pronuncia. Porque muchas veces las palabras hablan menos de la persona a la que van dirigidas que de quien las dice.

Hace muchos años que tengo una comprensión espiritual sobre la realidad. Siempre he sentido que esta realidad no es la definitiva. Que la vida se parece más a un juego que a otra cosa. Durante este tiempo he leído infinidad de libros, estudiado filosofía, espiritualidad, física, testimonios y diferentes corrientes de pensamiento. Curiosamente, muchas de ellas, aunque utilicen lenguajes distintos, parecen señalar una misma idea: la vida funciona como una especie de escuela o de videojuego. La cábala además hace referencia a esto en muchas ocasiones. No me refiero a un videojuego en sentido literal, sino como una metáfora muy útil para comprender la existencia. La mayoría de las personas juegan sin saber que están jugando. Y, de quienes son conscientes de ello, solo unos pocos llegan a comprender cuáles son las reglas del juego. La primera gran regla, quizá la más importante, es comprender que nadie es realmente nuestro enemigo. Sí, existen personas que pueden hacernos muchísimo daño. Existen injusticias, abusos, traiciones. No pretendo negar ninguna de esas realidades. Pero, cuando observas la vida desde una perspectiva más amplia, empiezas a comprender que incluso esas personas terminan convirtiéndose en catalizadores de nuestro crecimiento. Son piezas del tablero que despiertan heridas, miedos, inseguridades o aprendizajes que de otra manera quizá nunca habríamos visto. El verdadero jugador somos nosotros. Y el verdadero adversario también. Creo que nuestra conciencia es quien juega la partida, mientras que nuestro personaje, ese conjunto formado por el ego, la mente, los miedos, las heridas, las creencias y las emociones, es el gran reto que debemos aprender a dirigir.

El problema es que la mayoría vive completamente identificada con ese personaje. Defiende su imagen, necesita tener razón, ser el mejor, busca reconocimiento y validación, compite constantemente. Quiere demostrar quién es. Y acaba creyendo que ese personaje es su verdadera identidad. Pero no lo es. Solo es el avatar con el que estamos viviendo esta experiencia. Desde esa perspectiva, el tablero del juego sería nuestro cuerpo emocional. Cada emoción aparece como una prueba. Cada conflicto es un nivel nuevo. Cada frustración es una oportunidad para observar cómo reaccionamos. Y ganar el juego no consiste en acumular dinero, títulos, seguidores o reconocimiento social. Consiste en dejar de ser esclavos de nuestras emociones. El momento en que somos capaces de observar nuestra rabia sin convertirnos en ella, de sentir miedo sin obedecerlo o de experimentar tristeza sin identificarnos completamente con ella, ocurre algo muy interesante. De alguna manera dejamos de jugar desde el personaje y empezamos a jugar desde la conciencia. Es como si saliéramos unos centímetros fuera de nosotros mismos para contemplar la escena desde otro lugar. Y justo ahí, en ese instante, se produce el verdadero crecimiento y hasta se gana la partida. 

En mi vida he conocido personas profundamente dominadas por sus emociones. Personas incapaces de poner un filtro entre lo que sienten y lo que hacen. Personas que reaccionan impulsivamente desde la ira, el orgullo, el miedo o la frustración. Y, aunque todos podemos actuar así en algún momento, vivir permanentemente desde ese lugar termina siendo agotador, tanto para uno mismo como para quienes conviven con nosotros. Nadie tiene por qué soportar la mala gestión emocional de otra persona. Ser conscientes de nuestras emociones no significa reprimirlas. Tampoco significa fingir que no existen. Significa responsabilizarnos de ellas. Porque sentir es inevitable. Reaccionar impulsivamente es una elección. Creo que las emociones son el lenguaje del alma. Son como un GPS interior que continuamente nos informa de qué nos está ocurriendo por dentro, de qué necesita atención, de qué heridas siguen abiertas o de qué camino nos acerca más a nosotros mismos. Por eso debemos escucharlas. Pero no obedecerlas ciegamente. Escuchar no significa reaccionar. Escuchar significa comprender. Y, una vez comprendidas, decidir conscientemente cómo queremos actuar.

Las mujeres, además, convivimos con una dificultad añadida. A lo largo del mes atravesamos numerosos cambios hormonales que influyen directamente en nuestro estado emocional. Hay días en los que todo parece más sencillo y otros en los que cualquier pequeño detalle puede sentirse como una montaña. A veces bromeo pensando que debería cambiar el nombre de este blog por "No soy yo, son mis hormonas", porque en determinados momentos siento que soy una auténtica marioneta de sus vaivenes. Pero precisamente por eso creo que tiene todavía más mérito aprender a conocerse. Saber en qué momento del ciclo nos encontramos. Comprender qué nos está ocurriendo. No identificarnos por completo con ese estado emocional pasajero. No convertir cada emoción en una verdad absoluta. Porque las hormonas pueden explicar cómo nos sentimos, pero nunca deberían decidir quiénes somos. Al final, quizá la vida no consista en ganar competiciones, discusiones o batallas. Quizá consista en algo mucho más complejo y, al mismo tiempo, mucho más sencillo: aprender a gobernarnos a nosotros mismos. Porque el verdadero rival nunca estuvo enfrente. Siempre estuvo dentro.

Abracito. 


Beatriz Casaus 2026 ©







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