"De nuestros miedos nacen nuestros corajes, y en nuestras dudas viven nuestras certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible, y los delirios otra razón. En los extravíos nos esperan los hallazgos porque es preciso perderse para volver a encontrarse." (Eduardo Galeano) Estados de ánimo Unas veces me siento como pobre colina y otras como montañas de cumbres repetidas. Unas veces me siento como un acantilado y otras como un cielo azul pero lejano. A veces uno es manantial entre rocas y otras veces un árbol con las últimas hojas. Pero hoy me siento apenas como laguna insomne con un embarcadero ya sin embarcaciones una laguna verde inmóvil y paciente conforme con sus algas sus musgos y sus peces, sereno en mi confianza confiando en que una tarde te acerques y te mires, te mires al mirarme. Mario Benedetti.
No podía deshacer las maletas, acostumbrarme a aquellas vistas y pretender que me iba a quedar allí para siempre. La idea era fascinante pero a mi vuelta los montones de legajos y expedientes se habrían apilado inexorablemente en la mesa a esperas de que tomara importantes decisiones sobre ellos. No importaban las coordenadas exactas de mi paradero, la situación, el lugar, la fecha, ni la hora, ni siquiera si se trataba de un lugar tan paradisíaco como en el que me encontraba. Aquello era secundario si lo comparaba con la razón de mi exilio temporal. Me sentía desubicada, intranquila, perdida, ¿cómo uno puede hacerse a la idea de que se puede estar desubicada en el paraíso? Conocía a la perfección mi emplazamiento preciso gracias a las incesantes búsquedas en Google map y de la Travel Guide que se había convertido en prolongación de mi mano derecha pero yo mientras parecía desentenderme de los eventuales ajustes con la realidad que me rodeaban. Eso sí, las interminables horas de vuelo y sus correspondientes cambios de horario indicaban que estaba muy lejos de mi hogar, sobre todo si me quería comunicar de algún modo con alguien porque no entendía ni una palabra de lo que hablaban y su inglés no era, digamos, lo suficientemente comprensible. “No sé qué hago aquí” me repetía incesantemente mientras mi desasosiego aumentaba a medida que las horas pasaban y que la culpa hurgaba con su dedo en la profundidad de mi herida subyacente. ¿Era posible estar en un lugar como ese y sentirse tan perdida? desde luego el personaje ficticio de Robinson Crusoe bien lo sabía porque lo había vivido en sus carnes durante veintiocho años. “El paraíso también puede ser un lugar hostil si se está sólo”. Estoy segura que el propio Crusoe como yo, lo habría pensado en algún momento de su cruzada.
Mi viaje había comenzado por una pregunta y esa pregunta era mi único acompañante durante la travesía. Entonces, delante de mí apareció él y comprendí que estaba destinada a comenzar la realización de un sueño que acariciaba desde hacía años. ¡Cuánto había cambiado desde la última vez que nos vimos! Aún así, seguía siendo muy atractivo y su sola presencia embadurnaba el ambiente de una sensualidad embriagadora. Una atracción imposible de ignorar obligaba a acercarnos peligrosamente y cuando agarró con sutileza mi cintura, sentí electricidad atravesar todo mi cuerpo. Aquella fue la señal. Mi duda era si logrado mi sueño, esa energía habría perdido súbitamente su vigor o si sería el comienzo del asedio de mi perdición. Sólo teníamos un día. Para ello había recorrido miles de kilómetros, rellenado formularios de aduanas, había sido vacunada de múltiples enfermedades, hablado con diferentes traductores en hoteles, cogido autobuses más calurosos que el propio infierno y anulado mis horas de sueño. ¿Qué se puede hacer en un día para que contrarrestase todos aquellos requisitos previos? Nada. “La Dolce far niente” o el placer de no hacer nada. Sólo estar juntos, disfrutar de cada una de sus miradas, de nuestra conversación, de estar abrazada a él y de besarle como si no le fuera a ver nunca más, porque en realidad eso sucedería al día siguiente.
Cogimos un bote a motor e hicimos el amor mar adentro donde los únicos testigos de nuestro éxtasis fueran el cielo, el sol y el mar. Más tarde fuimos a una isla remota y pasamos las horas abrazados, sin más, pero juntos. No hicimos nada especial y no nos hacía falta porque sólo queríamos disfrutar de nuestra compañía. El ambiente paradisíaco era propicio pero creo que aun habiendo estado en un zulo lo hubiera disfrutado de igual modo. Seguía teniendo una piel suave y aunque era muy peludo, acariciarle se convertía en un placer para mis sentidos. Estábamos luchando a contrarreloj para aprovechar los únicos instantes que jamás volveríamos a tener, mientras una extraña melancolía parecía apoderarse de nosotros aunque no quisiéramos darnos cuenta. Él se casaba al día siguiente y yo tenía una familia a miles de kilómetros de distancia que me necesitaba. Cualquiera nos habría juzgado y tachado de infieles, incluso en algunas culturas a mí por ser mujer me habrían apedreado. Pero aun así hubiera merecido la pena pasar por el calvario de la culpa. Aquel recuerdo ya era parte de nosotros y de nuestras vidas porque durante años habíamos ansiado haberlo vivido. Las ganas superaban los juicios de lo que estaba bien o mal o de los convencionalismos establecidos. Lo mantendríamos para siempre escondido como nuestro secreto más especial al que nos aferraríamos en los peores momentos. Nuestra cuenta pendiente saldada.
Al marcharse, le miré por última vez y parecía tener veinte años más. Mientras su silueta se iba difuminando por el camino a mí el mundo se me cayó encima de golpe y me sentí como a un niño al que se le da el mejor regalo que alguien puede desear y se le arrebatara al instante, o como tocar el cielo y luego darse de bruces con la cruda realidad al caer en la tierra. Sin embargo, de camino al hotel contesté a la pregunta con la que había comenzado el viaje. ¿Merece la pena haber vivido algo aunque luego duela o no haberlo vivido nunca para evitar así el sufrimiento? La respuesta para cualquier persona cabal hubiera sido clara: no, nada justifica el sufrimiento, ni la más dichosa experiencia, sin embargo para mí la respuesta llegó sin dudarlo, y con tremenda firmeza afirmé para mí misma, aunque lo hubiera proclamado a voces a los cuatro vientos si se hubiera requerido: “Desde luego que sí, ahora yo soy rica”. A mi izquierda contemplé cómo un ganado se revolcaba en un charco y algunos aldeanos se bañaban en esa misma agua y me visualicé a mí misma como una burguesa en una aldea perdida del paraíso. Me di cuenta que yo era una habitante de ciudad, por mucho que me costara admitirlo, a la que se le empezaba a encorvar el cuerpo bajo el ardiente sol. Miré a mi alrededor y aunque el paisaje era sublime, yo seguía siendo un náufrago perdido que tenía ganas de volver a casa y abandonar el paraíso.
"Esa necesidad de olvidar su yo en la carne extraña es lo que el hombre llama noblemente necesidad de amar" (Charles Baudelaire)
Mucha locura es juicio divino
Mucha
locura es juicio divino
Para el ojo más sagaz
Mucho juicio, la más estricta locura
Para la mayoría;
En esto y en todo, prevalece
Asiente, y entonces eres normal,
Disiente y eres directamente peligroso
Y manejado con cadenas.
“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con
exceso lo que no tengo”
“La razón no me ha enseñado nada, todo lo que yo sé me ha sido dado por
el corazón”
“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí
mismo”
(León Tolstói)
A continuación, uno de mis poemas favoritos del gran Mario Benedetti que por más que lo lea, aunque sea mil veces seguidas, sigue motivándome y haciéndome sonreír por dentro.
No te salves
No te quedes inmóvil al borde del camino no congeles el júbilo no quieras con desgana no te salves ahora ni nunca no te salves no te llenes de calma no reserves del mundo sólo un rincón tranquilo no dejes caer los párpados pesados como juicios no te quedes sin labios no te duermas sin sueño no te pienses sin sangre no te juzgues sin tiempo
pero si pese a todo no puedes evitarlo y congelas el júbilo y quieres con desgana y te salvas ahora y te llenas de calma y reservas del mundo sólo un rincón tranquilo y dejas caer los párpados pesados como juicios y te secas sin labios y te duermes sin sueño y te piensas sin sangre y te juzgas sin tiempo y te quedas inmóvil al borde del camino y te salvas entonces no te quedes conmigo.
“Los grandes espíritus siempre han encontrado una violenta oposición de parte de mentes mediocres” (Albert Einstein) "Lo que ves en el exterior
es lo que hay en tu interior, si ves sólo lo negativo o todos te parecen malos,
en realidad deberías preguntarte qué hay en ti que te muestra eso en los demás.
Lo que ves en los demás no es más que una extensión de tu propia persona. Así que por la cuenta que me trae, yo pongo esmero en ver lo positivo". (De mi
propia cosecha)
Mamíferos de
asfalto
(No cae el invierno
este año
como hizo el pasado
por tanta verborrea…)
Los cuadrúpedos envidiosos se estancan,
evolutivamente hablando,
por albergar pensamientos oscuros hacia los demás.
Se les reconoce por ser como aves feroces
que derraman injurias sobre presas inocentes.
Su cerebro no se ha desarrollado como lo deseado,
no así sus pezuñas.
Tienen un interior podrido
por pestilentes comentarios y críticas hirientes.
Desgastan tiempo y energía en chismorrear,
y hablar mal.
Su presencia maloliente atrae a moscas
y buitres que buscan carroña
que en ellos encuentran.
Están corrompidos por bajos sentimientos
que creen no poder controlar.
Se distinguen por ser solitarios
o por sus grupos pequeños.
No puede haber más de tres personas en él
ya que no se aguantarían.
Ignorantes, no conocen que aquello
que lanzan a los demás les será devuelto por duplicado
y si desean el mal,
(que en ellos es un rasgo común),
en mayor medida.
Desconocen que los que hoy lloran por alguien,
mañana reirán y los que hoy se ríen de alguien,
mañana llorarán más.
Se expresan con vulgaridad,
el conjunto de la palabra les define ampliamente.
Sus miradas parecen sucias,
labradas por tenebrosas intenciones.
Viven en el odio, los celos y la amargura.
Son orgullosos y pueden ser altivos y prepotentes.
Es conveniente situarlos a la mayor distancia posible.
“No temáis la grandeza; algunos nacen grandes, algunos alcanzan la grandeza, a algunos la grandeza les es impuesta y para otros la grandeza se mantiene como una idea demasiado grande” (William Shakespeare)
Os dejo con el regalo de la mejor definición del amor jamás escrita:
"Amaos el uno al otro
pero no hagáis del amor una atadura,
que sea más bien un mar movible
entre las orillas de vuestras almas.
Llenaos el uno al otro las copas
pero no bebáis de la misma copa.
Daos el uno al otro el trozo de pan
pero no comáis del mismo trozo.
Cantad y bailad juntos y estad alegres
pero que cada uno de vosotros sea independiente.
Las cuerdas del laúd están solas
aunque tiemblen con la misma música.
Dad el corazón pero no para que el compañero lo tenga,
sólo la mano de la vida puede contener los corazones,
y estad juntos, pero no demasiado juntos,
porque los pilares del templo están aparte.
Y ni el roble crece bajo la sombra del ciprés,
ni el ciprés bajo la del roble".
Khalil Gibran
INDULTO a mí misma
(Perdón si parezco un poco grosera,
pero quisiera disculparme con quien más se lo merece
que además es donde me toca vivir)
Perdón por haber perseguido en vano un ideal inalcanzable de belleza, la impuesta. La única belleza verdadera es la de cada cual.
Perdón por no haber tratado con importancia a flores, mares y ocasos y haber puesto mi atención en discursos obsoletos, siluetas o formas de conducta aprendida.
Perdón por no haberme dado cuenta de dónde quiero estar y hacia dónde quiero dirigirme.
Perdón por no haberme permitido ser más sincera con mis sentimientos y emociones.
Perdón por aceptar la realidad que no me gusta y no creer en mi fuerza para cambiarla.
Perdón por restar importancia a mi espacio personal por el de la pareja y creer en la utopía de la fusión.
Perdón por haber sido funesta y cruel conmigo misma en los momentos en los que más me necesitaba.
Perdón por haber fluído en ocasiones en las sombras de las críticas hacia mí misma.
Perdón por haber idolatrado los mecanismos de defensa mientras se apoderaba de mí el miedo a salir herida en vez de a lanzarme, que para vivir es de lo que se trata.
Perdón por no haber dicho “te quiero, lo siento, vete a la mierda” las veces que debía haberlo hecho.
Perdón por haber creído que soy víctima de mis circunstancias cuando soy yo quien las provoca consciente o inconscientemente.
Perdón por haber saboteado mis sueños por cobrar un sueldo.
Perdón por dar poder a lo externo en vez de a lo interno que hay en mí.
Perdón por dar credibilidad a mensajes que agobian el alma.
Perdón por haberme negado, cuando mi único reto en esta existencia es ser más yo.
Perdón por haberme abandonado en la duda y haber cuestionado mi poder.
Perdón por teñir un retrato hacia el exterior y no mostrar toda mi potencialidad.
Perdón por el llanto provocado cada vez que me he puesto excusas o he pensado que no podía.
Perdón por haber derramado tanta energía en nimiedades.
Perdón por haberme agarrado a los rescoldos de amores que ya no tenían cabida.
Perdón por las cadenas de los “debería” que he convertido en “me gustaría”.
Perdón por haberme sentido culpable, mala o no merecedora.
Perdón por nublar mi vista con negatividad y haber dejado escapar alguna oportunidad.
Perdón por haberme consumido alguna vez en el orgullo y la soberbia.
Perdón por haberme tratado como el último mono cuando en realidad, en mi vida soy lo más importante.
Soy libre porque sé quién soy gracias al néctar del abrazo de la soledad,
“Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que
quieres, abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños (...)” (Pablo
Neruda)
Amor a primera vista
Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún “lo siento”
o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.
Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.
Hubo picaportes y timbres en los que un tacto se sobrepuso a otro tacto. Maletas, una junto a otra, en una consigna. Quizá una cierta noche el mismo sueño desaparecido inmediatamente después de despertar. Todo principio no es mas que una continuación, y el libro de los acontecimientos se encuentra siempre abierto a la mitad.