jueves, 5 de mayo de 2011

Lucía dejó de llorar

El reloj de cuco del salón daba las 12 del mediodía, siempre tan solemne, tan exacto. Lucía no había probado bocado desde hacía dos días alegando una gastroenteritis ficticia y sus padres se lo habían creído, como siempre.
Decidió probarse el vestido para la fiesta de esa noche. Enfundada en aquella seda negra ajustada se sentía distinta, irreconocible para sí misma, acostumbrada a verse siempre en ropa cómoda y amplia. Era la fiesta de graduación y quería deslumbrar. Para ello había destinado gran parte de sus ahorros en aquel carísimo vestido con un gran escote en la espalda que le quedaba como un guante. Aunque su autoestima estuviera más baja que la de Kafka  al escribir “La metamorfosis” y rozara límites insanos, sacó todo el arrojo que llevaba dentro y se atrevió a salir así a la calle.
El gruñido de los cláxones de los coches, las miradas de los hombres o la irritación de las demás mujeres a su paso, la hicieron pensar que quizás no le sentara  mal el vestido y que era probable que esta vez, estuviese guapa.
En la cena, intentó resistirse a los platos fuertes, adoraba masticar aquella apetitosa carne en su salsa,  pero había aprendido a reconocer el placer en las ensaladas, a no comer con gula, a tragarse las ganas y a saborear cada bocado como si fuera el último. A su lado estaba la chica más famosa de su promoción, Clarisa. Sus conversaciones frívolas entretenían a todos y la hacían ser el centro de atención. Tenía una melena morena, larga y lisa y unos dientes blanquísimos perfectamente alienados. No era muy alta pero su constitución tan delgada le hacía parecerlo y siempre llevaba uñas de porcelana cuidadas al extremo. Sonreía todo el tiempo, lo que le provocaba desconfianza a Lucía. No se podía creer que el aburrido profesor de química que estaba sentado a su lado fuese tan gracioso como para provocarla semejantes carcajadas. De pronto, se le asemejaba a una hiena. Cuando se reía abría tanto la boca que parecía querer estar tratando de enseñar hasta el último de sus alienados molares. Algo característico en ella es que solía llevar pendientes de perlas blancos. Lucía encontraba los pendientes de perlas como un referente para distinguir si una chica era pija o no, además del moreno anaranjado de los rayos u.v.a., claro. La vida de Clarisa era una constante de vanidades y de mentiras. Cuando notaba que la miraban o para llevarse la atención de la gente, alzaba más la voz y gesticulaba más.  Lucía intentó entablar conversación con ella pero ella se hacía la sorda y no le dirigió la palabra durante toda la cena. Se preguntó si Clarisa alguna vez habría pasado hambre o si habría sufrido por algo. Parecía tan perfecta… para la gente lo era, lo que la hacía perfecta para Lucía. Durante un instante, vió que en la mesa de al lado había una bandeja a rebosar de exultantes postres. Empezó a salivar desmesuradamente y tuvo que beberse de un trago la copa de vino que le habían servido. Nunca antes había probado el alcohol porque había leído en numerosas revistas de belleza que tenía muchas calorías así que súbitamente se empezó a sofocar. Intentó abanicarse con las manos pero su calor no disminuía, se levantó estrepitosamente y todos en la mesa la miraron. Lucía se disculpó y se fue al baño para refrescarse un poco.
Al salir del aseo, una señora mayor le agarró por el brazo y la dijo: “¿Por qué llevas esa mirada tan triste joven? A tu edad los problemas no son problemas, aprovecha la vida que hay muchas cosas bonitas que vivir”. Lucía se sintió ofendida.“¡Qué sabrá esa señora sobre mi vida para sentenciar semejante frase! Se creerá un hada madrina o algo por el estilo… ¿acaso sólo la gente mayor tiene derecho a estar triste? Además esta es mi noche de graduación, no estoy triste…” Refunfuñaba entre dientes.
Cuando volvió a sentarse en la mesa, comenzó a sentirse peor y decidió cogerse un taxi y volver a casa. Su gran noche había acabado mucho antes de lo planeado, a su pesar.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue dirigirse al baño, como tantas otras veces. Se conocía el camino perfectamente bien y lo hacía de forma automática. Una vez dentro, se quitó los zapatos y se sentó en el suelo. Todo le daba vueltas y vueltas. Se arrimó a la taza del váter y comenzó a vomitar. Cuando terminó, sintió de nuevo un ardor tremendo en la garganta. Tantos años vomitando y ésta era la primera vez que no tenía que provocárselo. Se empezó a sentir un poco mejor una vez que había expulsado el vino de la cena, pero una tristeza la invadió por completo y empezó a llorar desconsoladamente. De pronto, le vinieron a la mente las palabras de aquella señora mayor y como un rayo de luz la golpearon inspirándola: “Se trata de vivir…¡Claro!¡Eso era! Vivir o morir”. Si seguía vomitando su cuerpo no aguantaría muchos años más y si lo hiciera sería con secuelas devastadoras en sus encías y en su esófago, por citar algunas. Por otro lado, si dejaba de hacerlo, si no vomitaba más, empezaría a vivir y a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida: comer, beber, sonreír, estar contenta…. Lo que pareciera la cosa más simple para cualquier persona corriente, para ella significaba todo un mundo llevarlo a la práctica. Vomitar no era la solución de nada, le estaba restando vida. Así que se prometió a sí misma que cada vez que le entraran las ganas de hacerlo, saldría corriendo para evitarlo. Y así fue. Corrió varias veces para controlar el impulso. Incluso los músculos de sus piernas se desarrollaron. Corrió tanto que la gente la empezó a llamar Forrest Gump, pero a Lucía ya poco le importaba.
Lucía comenzó a vomitar un martes a los 12 años y no dejó de hacerlo hasta ese viernes de su graduación a los 23. Había probado infinidad de dietas de todas las clases y probado con todo tipo de cremas de adelgazamiento. Pero nada de eso le había provocado ni una sola sonrisa. Todo es cuestión de decidirse: Vivir o morir. Desde aquel día, Lucía eligió vivir y dejó de llorar.

Beatriz Casaus 2011 ©

lunes, 2 de mayo de 2011

Lo que antes no veía


Una larga noche de discoteca. Sostengo el cubata que aún me mantiene erguida y le doy un par de tragos. No quiero parecer una estúpida pero soy de los que creen que las victorias se hacen más dulces si se ha luchado a bocajarro en la batalla. Estoy apoyada en la barra de un bar esperando a alguien desconocido. He superado crisis, ansiedades y una ceremonia eclesiástica con invitados desconocidos. Sigo en pie, aunque me tambalee por el nocivo efecto de un caro Gyn Tonic. Aquel con el que brindé en ocasiones más alegres. Me acompaña un moribundo que me repite que las cosas no las hice bien en el pasado, pero esta noche le doy largas, prefiero no escucharle. Me sumerjo en las profundidades de un océano sin fondo, sin nombre. De pronto en la pista de baile, vislumbro un pequeño brillo que se mueve iluminando cualquier resquicio de oscuridad. Va creciendo y sacude los instintos de cualquier animal desamparado. Sus movimientos me atraen como en un campo magnético. No hay dolor más amargo que el que ha dejado de doler, me repito. El brillo que ha crecido considerablemente, se mueve en el centro de la pista y casi como un guía me dirige hasta allí. Cuando me acerco, comienza a cegarme  pero no desisto y me sonríe. Suena “Nights in White Satin” y me recuerda que estamos a principios de los 70 pero yo sin embargo no recuerdo ni cuando nací. Ya no escucho ninguna otra canción. Me convierto por un corto espacio de tiempo en alguien más. Alguien que nunca fue dañado. Me acaban de robar el corazón, como antes. Ese resplandor me envuelve y veo destellos esparciéndose por todo el local. La magia se ha hecho realidad. Me convierto poco a poco en aquella luminosidad cautivadora  y no veo fin.  La luz ha desaparecido. Ya no la veo, aunque paradójicamente la noto cerca, muy cerca de mí, tanto o más incluso que mi propia respiración. Me siento eufórica porque sé que no me la podrán arrebatar, es tan mía como mi propia voz o como la sangre que recorre mis venas y arterias. Me ha envuelto y hecho suya  alumbrándome desde dentro. Oigo una sirena de ambulancia, pero como siempre, pienso que no me va a tocar a mí. Aunque nunca llegue al final, sé que es durante el camino donde se aprende, pienso.Todo lo demás me da igual. Confío en que toda esa opacidad de mi delirio, no era más que la sombra de aquella luz. Ahora sin embargo, aunque no la vea, la siento dentro de mí, casi como un hijo que llevara dentro. Quizás sea a eso lo que se refieren con el término dar a luz. Veo más allá de mí y percibo todo lo que antes ni siquiera me imaginaba. Se acaba la canción y sigo escuchando las sirenas esta vez, alejándose.

martes, 19 de abril de 2011

Optimistas Indignados

Existen personas pequeñas, medianas y grandes.
Del mismo modo, hay personas con almas pequeñas, medianas y grandes. José Luis Sampedro, es sin duda de aquellas personas a las que calificaría (que conste que no me gusta utilizar esta palabra, pero en su caso es irremediable) como un gran alma, una persona enorme con una inmensidad de conocimientos que repartir y difundir aún, a sus 94 años de edad.
Se trata de una de esos seres a las que puedes estar escuchando horas y horas y no perder ni un ápice de interés sobre lo que está diciendo y menos aún sobre lo que te está transmitiendo: ¡Conocimiento en estado puro!.
Acaba de colaborar junto al escritor francés Stéphane Hessel, (quien fue prisionero de tres campos de concentración y desde hace años diplomático de Naciones Unidas) escribiendo el prólogo del libro "¡Indignaos!"

En la actualidad, el libro está siendo todo un éxito de ventas y aboga por un mayor compromiso de los ciudadanos y por una movilización de forma pacífica contra un sistema que apunta hacia su extinción.

Aquí os dejo el prólogo de Sampedro y también una entrevista en la que desprende su infinita humanidad.
"Yo también nací en 1917. Yo también estoy indignado. También viví una guerra. También soporté una dictadura. Al igual que a Stéphane Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak. Podría aportar más detalles, pero la edad y la época bastan para mostrar que nuestras vivencias han sucedido en el mismo mundo. Hablamos en la misma onda. Comparto sus ideas y me hace feliz poder presentar en España el llamamiento de este brillante héroe de la Resistencia francesa, posteriormente diplomático en activo en muchas misiones de interés, siempre a favor de la paz y la justicia.
¡INDIGNAOS! Un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza. Como la sirena que anunciaba la cercanía de aquellos bombarderos: una alerta para no bajar la guardia.
Al principio sorprende. ¿Qué pasa? ¿De qué nos alertan? El mundo gira como cada día. Vivimos en democracia, en el estado de bienestar de nuestra maravillosa civilización occidental. Aquí no hay guerra, no hay ocupación. Esto es Europa, cuna de culturas. Sí, ése es el escenario y su decorado. Pero ¿de verdad estamos en una democracia? ¿De verdad bajo ese nombre gobiernan los pueblos de muchos países? ¿O hace tiempo que se ha evolucionado de otro modo?
Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos. El autor de este libro recuerda cómo los primeros programas económicos de Francia después de la segunda guerra mundial incluían la nacionalización de la banca, aunque después, en épocas de bonanza, se fue rectificando. En cambio ahora, la culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis no sólo no ha conducido a ello; ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo. No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema. Los financieros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros. Es decir, el dinero y sus dueños tienen más poder que los gobiernos. Como dice Hessel, “el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos, y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general”
¡INDIGNAOS!, les dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas. Hessel reconoce que para un joven de su época indignarse y resistirse fue más claro, aunque no más fácil, porque la invasión del país por tropas fascistas es más evidente que la dictadura del entramado financiero internacional. El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido. Ni en aspectos tan burdos como los campos de concentración (Guantánamo, Abu Gharaib), muros, vallas, ataques preventivos y “lucha contra el terrorismo” en lugares geoestratégicos, ni en otros mucho más sofisticados y tecnificados como la mal llamada globalización financiera.
¡INDIGNAOS!, repite Hessel a los jóvenes. Les recuerda los logros de la segunda mitad del siglo XX en el terreno de los derechos humanos, la implantación de la Seguridad Social, los avances del estado de bienestar, al tiempo que les señala los actuales retrocesos. Los brutales atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas acciones emprendidas por Estados Unidos como respuesta a los mismos, están marcando el camino inverso. Un camino que en la primera década de este siglo XXI se está recorriendo a una velocidad alarmante. De ahí la alerta de Hessel a los jóvenes. Con su grito les está diciendo: “Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten”.
¡INDIGNAOS! Luchad, para salvar los logros democráticos basados en valores éticos, de justicia y libertad prometidos tras la dolorosa lección de la segunda guerra mundial. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico. “Los medios de comunicación están en manos de la gente pudiente”, señala Hessel. Y yo añado: ¿quién es la gente pudiente? Los que se han apoderado de lo que es de todos. Y como es de todos, es nuestro derecho y nuestro deber recuperarlo al servicio de nuestra libertad.
No siempre es fácil saber quién manda en realidad, ni cómo defendernos del atropello. Ahora no se trata de empuñar las armas contra el invasor ni de hacer descarrilar un tren. El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual, más sofisticado que el de los bombarderos nazis. Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del “siempre más”, del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes.
¡INDIGNAOS!, sin violencia. Hessel nos incita a la insurrección pacífica evocando figuras como Mandela o Martin Luther Kingo. Yo añadiría el ejemplo de Gandhi, asesinado precisamente en 1948, año de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de cuya redacción fue partícipe el propio Hessel. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Negaos. Actuad. Para empezar, ¡INDIGNAOS!" (José Luis Sampedro)

sábado, 16 de abril de 2011

Quizás,antes,París.


 "Hay cosas conocidas y cosas desconocidas. Y en el medio están las puertas". (William Blake)

- Quizás tenga una convicción casi obsesiva de que las cosas tienen que hacerse a su manera…
-¿qué dices?
-Pues por lo del sábado por la noche...
-¿Vas a ir?
-¿Te asombras?
-Me asombra que te asombre el verme asombrado.
-¿A qué te refieres?
- Si sigues con tus celos por lo de Dorothy, deberías dejarlo... es la cara bonita del grupo y la luz que nos ilumina a todos en el escenario… en ésto estamos metidos todos, somos un grupo, pensamos en conjunto, ¡entre todos!. Jimmy está el hospital, y tú no le puedes traicionar.
-No exageres...
-Un trato es un trato ¿sí o no?
-No voy a perder una oportunidad así porque esté otra vez indispuesto por toda la mierda que se mete.
-Él es el mejor.
-Eso que lo diga el público.
-Lo dicen, escucha lo que dice la crítica: “Es un grupo único e inclasificable, excelsamente rico en texturas y estructuras sónicas. Poseen una poética perspectiva retazos rock, pop, blues, psicodelia envueltos en la poderosa voz del vocalista..." Es el alma del grupo. 
-No hago caso a esos vendidos de los críticos que dicen lo que les interesa…Y la gente, ya sabes lo que dice todo el mundo en el Whiskey A Go-Go: ¡que tenemos un cantante que está totalmente loco! Llevo muchos años metido en ésto y no quiero que nos echen como nos pasó con Columbia. Desde que ha aparecido esa chica todo ha empeorado. Ya no se sabe con quién de los dos hablas. Son una sola persona.
-Ah... ¿O sea que todo esto es por ella?
-Ella no es nadie en el grupo y ya la quiere hacer nuestra mánager.
-No sé qué historias os traéis… antes os llevabais bien, la mayoría de las canciones eran vuestras y sin ser rivales. Ahora tú estás todo el tiempo a la que salta metiéndote todo el tiempo con él. Si tienes algún problema nos lo dices y entre todos lo solucionamos.
-Eso no puede ser.
-¿Por qué no puede ser?
-Hicimos un trato, si Jimmy lo quiere romper que lo rompa él, pero los demás estamos metidos en el ajo.
-¿Y si me niego yo?
-Pues también te traicionaré a ti.



-Ya están todos abajo. Nos esperan en la furgoneta.
-No voy a ir.
- ….¿?
- Rompo el trato. No seguiré más en esta historia.
- Aparecemos en todos los carteles, somos el reclamo del show…también estarán los productores de la discográfica…
- Ya no me importa. No soy ni la mitad de bueno que él, quedaos con el dinero.
- El dinero no nos importa joder, ya lo sabes, si ni siquiera nos hemos comprado un coche nuevo con toda la pasta que hemos ganado…Jimmy incluso sigue viviendo en ese apartamento.
-Sí, pero ahora  se pule el doble en alcohol y en drogas...
- Como si tú no lo hicieras…
- Es el chamán, el chamán electrizante. Sin él no somos nadie. Se ha ido a París con Pam, me mandó una carta ayer, dice que necesita tiempo para descansar y escribir. ¿Escribe poesía, lo sabías?
- ¿No dice nada más la carta? ¿La tienes tú?
- La he roto. Firmó diciendo: ¡CUALQUIER COSA QUE QUERÁIS HACER,¡HACEDLO!¡HACEDLO!¡HACEDLO!¡HACEDLO!
- No somos nadie sin él.
- Nadie lo es.



Beatriz Casaus 2011 ©


lunes, 11 de abril de 2011

Menos es más

A finales del S.XVIII y XIX existían las enfermedades infectocontagiosas agudas, más tarde con la Industrialización despuntaron las infectocontagiosas crónicas y ya en el S. XX con la mejora de la sanidad y su consecuente mayor esperanza de vida  aparecieron las enfermedades sociales no infecciosas y crónicas. En nuestros días se  ha establecido una nueva enfermedad que afecta al conjunto de la población occidental y que perjudica directamente al resto de la población mundial: “la consumitis aguda”.

Llega el fin de semana y como locos despavoridos salimos de nuestros respectivos trabajos  para  dirigirnos en busca de consuelo a los centros comerciales. En el pasado, las peregrinaciones tenían un carácter religioso pero en la actualidad se producen compulsivamente y en masa a los lugares a los que rendimos culto y que se han convertido en sustitutivos de la religión: las tiendas y los centros comerciales, que son los santuarios y templos modernos respectivamente.
El sábado estaba en una tienda de ropa (por todos conocida) probándome una camiseta. Cuando iba a echar un vistazo para ver su precio me di cuenta que en la etiqueta figuraba dónde se había fabricado: “made in India” decía, en ese momento pensé que para que esa misma camiseta hubiera llegado a mis manos y costara 12 euros tenía que haber pasado por toda una cadena de producción en la que el primer eslabón sería una fábrica en la India en donde los trabajadores (quién sabe si entre ellos niños) cobrarían una miseria y trabajarían durante jornadas laborales extensísimas y en centros de trabajo insalubres. Así, Amancio Ortega acumularía una descomunal fortuna y se mantendría entre los más ricos del mundo de la lista Forbes, pensé. Ya podría fabricarse esa misma camiseta en fábricas españolas y dar trabajo aquí, pero claro, prefieren hacerlo en países subdesarrollados donde el coste es ínfimo en comparación debido a las peores condiciones laborales de sus trabajadores y a la no existencia de tales derechos. De pronto se me quitaron las ganas de comprarla y de seguir la moda establecida y me marché de la tienda más chula que un ocho.
Los niveles de producción y consumo han aumentado de forma exponencial en las últimas décadas. Sin embargo el planeta en el que vivimos es limitado y parece que vivimos al margen de este hecho. Ahora nos vienen con la milonga de que cuanto más consumamos antes saldremos de la crisis, cuando la realidad es que se deberían reducir de forma inexorable esos niveles de producción y consumo. Según palabras del filósofo catalán Jordi Pigem, autor del libro: “Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista "el mundo se ha convertido en un gran taller, que produce para que podamos consumir a fin de que podamos seguir produciendo", lo que ha propiciado un nivel de consumo innecesario e insostenible. De hecho, "si toda la humanidad viviera como los españoles, se necesitarían los recursos de dos Tierras y media para proporcionar los bienes consumidos". Estamos chupando recursos que no vamos a dejar a las generaciones venideras y sin embargo nos hacen creer que así se vive bien en la sociedad del Bienestar.
A modo de ejemplo, la renta per cápita de Estados Unidos es mayor que 50 años atrás pero sin embargo el porcentaje de ciudadanos americanos que se considera infeliz también es mucho mayor. Cuando viví en Estados Unidos conocí de primera mano personas con muchísimo dinero y que tenían casas como palacios de grandes. Recuerdo que me decían que cada año tenían que tirar decenas de bolsas con montañas de ropa en su interior porque no les cabía en “el closet” para así dejar espacio a todo lo nuevo que habían comprado ese año. He sido testigo de este hecho porque yo misma tuve que ayudarles en más de una ocasión. Luego llevábamos esas bolsas a centros de ayuda social en los que la mayoría de los beneficiarios eran hispanos. Puedo asegurar que también allí conocí a la gente más triste que he conocido en mi vida…
Vivimos en un mundo que nos hace ser esclavos, dependientes de productos que en realidad no necesitamos mediante campañas de márketing millonarias que se ocupan de crearnos  necesidades ficticias. Nos hacen pensar que seremos más felices cuanto más tengamos, más dinero ganemos o más bienes adquiramos. Esta sociedad materialista nos ha llevado a sentir un profundo vacío interior que tenemos que rellenar con alivios temporales que se convierten en drogas y éstas necesitan cada vez mayores dosis.

Pigem por su parte, aboga por abrir la mente y el corazón para "aprender a vivir en plenitud", lo que implica irremediablemente, "reconocer el valor de lo intangible, como la creatividad, la solidaridad, la sabiduría y la alegría de convivir y cooperar". De ahí que "la sociedad del futuro será postmaterialista o no será". El puente entre ambas parece ser la adopción de "la filosofía del decrecimiento, que prescinde del crecimiento como quien prescinde de una religión que dejó de tener sentido".

Fuentes:  
- “BUENA CRISIS. HACIA UN MUNDO POSTMATERIALISTA” Jordi Pigem, Editorial Kairós.
- FIB vs PIB artículo del Blog 3500 millones de El País: http://blogs.elpais.com/3500-millones/

Beatriz Casaus 2011 ©

miércoles, 6 de abril de 2011

Los amantes de un día


Aún se sentía el redoble de las pesadas campanas en la basílica del Sacre Coeur, imponiéndose imperecedera sobre la colina, observando la ciudad. Daba la sensación que su inmaculado color blanco trataba de imponer la pureza y castidad que aquella libertina parte de la urbe había perdido.  No eran ni las 6 de la tarde y los cafés estaban a rebosar en las calles del viejo barrio rojo de Montmartre. Mientras, en algún rincón de la plaza se escuchaba sutilmente la melodía de algún artista perdido.
Sophie abrió los ojos en una habitación oscura de un hotel particularmente incómodo. La única luz que iluminaba  el recinto era la que penetraba directamente por los agujeros de una cortina verde anticuada que tapaba la ventana. Hacía mucho que no se desnudaba delante de nadie y menos de un hombre al que apenas acababa de conocer. Sus complejos habían desaparecido y se encontraba espléndida entre las sábanas que medio cubrían su figura. No se reconocía a sí misma sin tener ningún sentimiento de culpa por encontrarse allí. Era demasiado pacata para hacer lo que estaba haciendo y sin embargo acababa de aprender el significado de la turbia carnalidad que envolvía aquel ambiente. Se esforzó en ocultar todo rasgo de la cándida pureza que largo tiempo  había conservado y que tanto la caracterizaba, la consiguió fingir lo suficiente como para que su compañero de dormitorio tampoco la notara. La conexión entre ambos había sido enorme. Ni siquiera recordaba su nombre y no podía dejar de pensar en su perfecta anatomía y en las caricias que se habían regalado. Tomó conciencia con extrema rapidez de la existencia de terminaciones nerviosas que antes desconocía en su organismo.
Sophie  había decidido conocer la vida. Y la vida no consistía en la parte segura y cómoda de las cosas. Hasta entonces ni siquiera se hubiera atrevido a salir de su acomodado entorno de inamovible costumbrismo, pero el cansancio acumulado de los años y sus ganas de alejarse del injusto apodo de solterona con el que la habían catalogado, la condujeron exactamente a ese sucio hotel situado a dos calles del conocido Chat Noir.
Antes de dormirse, le había pedido al muchacho sin nombre que reposaba a su lado hacerla una promesa. Cuando uno de los dos se despertara, el otro debía haberse marchado sin dejar señal alguna que indicara que esa noche habían estado juntos, ni rastro para poder volver a verse. Serían perfectos desconocidos para siempre y para siempre conservarían ese recuerdo intachable. Se levantó y desnuda, sigilosamente se asomó por la ventana  para contemplar las personas variopintas que se concentraban de forma aleatoria en las aceras. Se percató de la presencia de dos prostitutas en el edificio de enfrente que flirteaban abiertamente con un caballero mientras una de ellas le quitaba el sombrero y la otra rebuscaba en sus bolsillos. Por primera vez en su vida se sentía desenvuelta, segura de sí misma y relajada. De pronto la dieron ganas de conservar esa sensación nueva de control y, decidida, se ahuecó el pelo con sus dedos salvajemente, pellizcó sus pálidos mofletes, dio una profunda bocanada de aire casi como si estuviera intentando fumarse un puro de ese ambiente cargado y se giró apresuradamente. Entre la penumbra de la habitación no podía distinguir nada, imaginó por un momento que aquel muchacho le estaba mirando sonriendo y le ofrecía acomodarse a su lado. Pero cuando los ojos de Sophie se habían acostumbrado a la oscuridad del cuarto, descubrió que no había nadie en la alcoba, y entre las sábanas halló unos brillos que la desconcertaron, cuando se acercó un poco más a la cama, el muchacho se había ido y descubrió en su lugar, unos escasos francos.
 
(Inspirado en la canción “Les amants d´un jour” de Edith Piaf)


Beatriz Casaus 2011 ©

lunes, 4 de abril de 2011

La vida a escena

"El mundo es un escenario; nosotros somos sus actores." (William Shakespeare)

Cuando termina una película, el director espera la reacción del público para saber si su obra ha sido un éxito o un fracaso. Puede ser abucheado o vanagloriado dependiendo de si existe consenso entre la visión del cineasta y la de los espectadores. Lo mismo ocurre con un disco o con un libro. Sin embargo, la escritura de un blog no concluye en la última hoja de una novela ni en un último fotograma, se trata más bien de un trabajo cotidiano que se consume habitualmente y que está en constante cambio y evolucionando. Lo bueno de su escritura es que cada día aporta algo nuevo y confiere una gran libertad creativa.

Es a esa misma libertad creativa a la que se refería Shakespeare: Somos nosotros los actores  que salen a escena  y los que tenemos que dar la cara por nuestros actos en cada momento. Formamos parte de una obra en constante cambio y que evoluciona cada día. Por ello deberíamos aprender que tenemos el poder de cambiar de escena  y de improvisar. El guión no está escrito y no existe un director que nos guíe. Nosotros tenemos el control absoluto de hacer lo que queramos en cada escenario, cambiar los decorados, los personajes e incluso la capacidad de dar un giro a la historia de 180 grados. Podremos hacer de ello una comedia, un drama, una tragicomedia o también una historia de terror, cada cual le dará su propio criterio personal .
En mi particular escenario, intento concentrar todos los ingredientes que una buena obra debería tener: comedia, romanticismo, fantasía, acción, emoción, buenos diálogos, situaciones disparatadas que provocan la risa, aventura y rodearme por supuesto de los mejores personajes protagonistas y secundarios que me permitan jugar y descubrir nuevas maneras de improvisación. En esta obra a veces nos olvidamos de nuestro poder y nos dejamos llevar creyendo que somos marionetas, pero no lo somos, en realidad nuestra historia, aquella que en ocasiones cuando hemos olvidado nuestro poder se llena de tintes de seriedad, es un entretenimiento que reside en la imaginación y capacidad de creación de cada cual. No olvidemos que es un juego y los juegos suelen ser divertidos...
Deseo que  cuando termine vuestra propia obra, estallen carcajadas de profunda satisfacción y os aplaudan.